Capítulo 32 #2
El spa era como un santuario donde se respiraba lujo y exclusividad, diseñado para ofrecer a los clientes una experiencia sensorial inigualable.
Todo estaba decorado exquisitamente, en perfecta armonía entre la modernidad y su combinación con la naturaleza.
El centro de la piscina principal estaba presidido por una isla interior de la que emergía vegetación tropical, helechos colgantes y flores exóticas que perfumaban el aire con una fragancia embriagadora.
Era un oasis oculto en el corazón del hotel, un refugio donde el tiempo parecía flotar y detenerse por completo.
Leire optó por acomodarse en una de las tumbonas de hidromasaje que ya había probado en su visita con Chloe e Iván.
Era una auténtica maravilla sentir cómo el agua burbujeaba suavemente en su espalda, aliviando cualquier resto de tensión acumulada.
Sintió como sus ojos se cerraban y la invitaban a relajarse profundamente, entrando en un trance de paz y tranquilidad absoluta.
Se cercioró de la presencia de Joyce, pero no por ello abrió los ojos, sino que se sentía a gusto sintiendo su presencia a su lado.
Con extrema delicadeza, Joyce posó la palma de la mano sobre su abdomen, trazando círculos lentos mientras estudiaba las facciones relajadas de Leire.
Observó ensimismado su rostro. ¿Qué le pasaba con ella?
Hacía tanto tiempo que no se sentía así…
ni sentía que tenía tantas ganas de ver a alguien como las que tenía de ver a Leire.
Estos últimos días siempre estaba ella divagando por su mente y no era capaz de apartar su imagen de sus pensamientos.
Joyce siguió pensando en ello, hasta que el chorro de agua cesó y Leire se incorporó lentamente abriendo los ojos.
—Me quedaría a vivir en este spa para siempre —confesó Leire.
—No creo que mis jefes estuvieran muy de acuerdo con ello.
—¡Qué aguafiestas! —chapoteó salpicándole la cara. Nadó hasta el otro extremo de la larga piscina y se sumergió en el jacuzzi, mientras Joyce la seguía. Ambos dejaron que el agua les embriagara por completo.
—Hace tiempo que no me permitía el lujo de disfrutar de algo así —Joyce rompió el silencio, mientras seguía con los ojos cerrados, disfrutando del placer que le daba sentirse tan a gusto y relajado entre las aguas del spa.
—¿No sueles dedicarte tiempo? ¿Darte un respiro?
—Últimamente no —Leire sintió el tono grave en su voz—.
Estas navidades me he dado cuenta de que estos últimos años he vivido en modo automático.
Del trabajo al gimnasio, del trabajo a casa…
de casa al trabajo. Solo salía de vez en cuando con mis mejores amigos y tampoco hacíamos nada especial.
La última vez que hicimos algo juntos, fue cuando fuimos a Madrid.
Me llevaron un poco a regañadientes, porque la verdad no estaba de humor para ir de viaje y salir de fiesta, pero…
—¿Pero?
—Pero gracias a eso te conocí. Aunque fuese solo una noche. Pero no sé si fue el destino quien quiso que nos volviésemos a encontrar.
—Vaya, ahora parece que sí que piensas que el destino tuvo algo que ver —Leire arqueó una ceja y sonrió, divertida por su cambio de opinión—. ¿A qué se debe este cambio?
—He tenido tiempo para pensar, ¿sabes? He dejado que el dolor y la ira me cegaran por completo, sin ser consciente de todo lo bueno que hay alrededor.
Y una de esas cosas buenas, fuiste tú. Cuando llegaste a mi vida.
Cuando me permití sentir algo más que la rabia y el dolor, me sentí bien conmigo mismo.
Sentir que no tengo el corazón tan roto como pensaba me ha hecho creer en que aunque estemos un poco rotos por dentro, siempre queda un poco de luz en nuestro interior.
Y esa luz fue la que hizo que quisiera seguir conociéndote.
Me diste esa fuerza para pensar que no estaba todo perdido. Que yo no estaba perdido.
—Joyce… —Leire estaba emocionada. Jamás había visto a Joyce abrirse tanto desde que lo conocía y eso le dio a entender que por fin, aunque fuera lentamente, Joyce estaba sanando las heridas del pasado y se estaba dando la oportunidad que merecía.
—Espera… quiero terminar de sincerarme contigo —Leire asintió.
Joyce la miró a los ojos y la invitó a sentarse encima de él, mientras el agua seguía burbujeando con fuerza a su alrededor—.
Es verdad que nos conocemos desde hace poco tiempo, pero han sido tan intensos todos estos días…
Gracias a ti he visto otra parte de mí mismo que creí que había desaparecido.
El Joyce cariñoso y sentimental… creí que nunca lo volvería a ver.
Pero tu has conseguido que esa parte de mí volviese a salir a la luz y creo…
creo que merece la pena intentar ver que pasa entre nosotros, Leire.
Porque… algo así, como lo que siento por ti, no lo puedo dejar escapar.
—¿Y qué es lo que sientes por mí? —Leire tragó saliva, nerviosa por la confesión que le estaba haciendo ese chico de ojos azules, que le había estado quitando el hipo y el sueño los últimos días.
—Creo que… —Joyce también tragó saliva lentamente.
Leire observó cierto temor en sus ojos, como si tuviera miedo a pronunciar esas palabras.
Sabía que él estaba haciendo un esfuerzo enorme por desnudarse emocionalmente delante de ella, algo que Joyce no se había permitido en los últimos cuatro años—.
Creo que estoy comenzando a quererte, Leire.
Joyce se quedó en silencio después de soltar esas palabras. Notó cómo su cuerpo se desinflaba y una oleada de alivio fluía por su cuerpo. Miró a Leire, quien seguía mirándolo a los ojos, con una mezcla de expectación y ternura.
Leire pudo ver en los ojos de Joyce, que no había sido una confesión impulsiva, sino que lo había estado meditando.
Había cierto temor en sus ojos, eso sí. Y entendía que para él no estaba siendo fácil sincerarse de esa manera con ella, pero el mero hecho de que estuviese haciéndolo, le hacía ver muchas cosas.
—No hace falta que me contestes, Leire. Sé que esto quizás no es lo que esperabas.
Nos conocemos desde hace poco tiempo. Yo…
no quiero agobiarte. Solo quería que supieras lo importante que ha sido encontrarme contigo.
Has cambiado muchas cosas en mí en tan poco tiempo. Sé que quizás parece una locura, pero…
—No me parece una locura —le interrumpió Leire. Joyce la miró de nuevo, con un atisbo de sorpresa y una luz iluminando su mirada.
—¿No?
—No, Joyce. Yo también estoy asustada por lo rápido que ha ido todo y la cantidad de emociones que hemos sentido en los últimos días. Pero la tranquilidad que siento estando contigo…
—Continúa, por favor —Joyce la asió con fuerza de la cintura y la estrechó un poco más hacia él.
Leire no contestó con palabras. En su lugar, se acomodó en su regazo y le rodeó el cuello con sus manos, apretando con suavidad.
Se acercó lentamente a sus labios y cuando sus labios quedaron a escasos milímetros, susurró.
—Aquí es cuando veo que todo esto tiene sentido de verdad —Joyce exhaló un suspiro entrecortado y entendiendo que estaba todo dicho, la besó con una mezcla de ansia y dulzura, mientras la temperatura volvía a crecer entre ellos.
Leire, en ese momento, supo con certeza que no sabía si había sido el destino, una bonita casualidad o la magia de la Navidad, pero después de todos esos días, su corazón, sin pedir permiso, había elegido a Joyce.