Los hilos invisibles del destino Capítulo 32
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Capítulo 32

Después de haber pasado una Navidad maravillosa junto a su familia, recorriendo los lugares más emblemáticos y recónditos de Colmar, los padres de Leire tuvieron que regresar a Madrid, ya que aún debían atender otros compromisos familiares a los que no podían faltar.

Antes del anochecer, Leire los acompañó de nuevo a la estación para que tomaran el tren que los llevaría directos al aeropuerto.

—Gracias, cariño. Ha sido una Navidad diferente, pero muy especial. ¿Estás segura de que no quieres regresar con nosotros todavía? —Marisa abrazó a su hija mientras esperaba en el andén. Leire negó con la cabeza con una sonrisa tierna.

—Creo que me quedaré unos días más. Volveré a Madrid justo para celebrar el Año Nuevo. Como les prometí a Chloe e Iván.

Sus padres asintieron y, tras fundirse en un último abrazo y llenarse de besos, Leire permaneció estática hasta que el tren desapareció en la distancia.

De camino al apartamento, consultó el reloj; todavía disponía de un par de horas para prepararse antes de que Joyce fuera a buscarla. Él le había sugerido explícitamente que no hacía falta que se arreglara, un detalle que la había dejado descolocada. ¿A dónde demonios tendría planeado llevarla?

Dos horas más tarde, la pantalla de su móvil se iluminó con un mensaje corto: Joyce ya la aguardaba abajo en el coche. Al instante, los nervios se apoderaron de su estómago y sintió el corazón casi en la garganta. ¿Cuándo iba a dejar de sentirse tan nerviosa cada vez que fuese a ver a Joyce?

Cuando cruzó el portal, lo descubrió apoyado en su coche, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Vestía unos vaqueros anchos que caían pesados sobre las zapatillas y, en el torso, un jersey burdeos de punto grueso y corte amplio.

Llevaba las mangas remangadas hasta los antebrazos, una combinación que le daba un aire sorprendentemente sexy.

Su atuendo era sencillo, pero había algo en la forma en que la ropa se acomodaba sobre su cuerpo en el modo en que sus manos asomaban, cruzadas con naturalidad, que lo volvía imposible de ignorar.

Su cabello castaño ondeaba hacia atrás, dejando escapar los sutiles mechones que siempre le caían sobre la frente, y sus ojos…

Sus ojos eran como un mar azul al que daba miedo saltar.

Tenía un semblante serio, como si estuviera perdido en sus propios pensamientos, pero al ver a Leire, esbozó una amplia sonrisa y se dirigió hacia ella.

La levantó en volandas y le dio un suave beso en los labios.

—Buenas tardes —articuló él con un tono grave y extrañamente dulce.

—Buenas tardes —sonrió Leire, prolongando el contacto antes de distanciarse un milímetro—. ¿Cómo estás?

—Bien. Creo que nunca me he sentido mejor.

—¿Es por tu familia? ¿Habéis podido arreglar las cosas?

Joyce asintió con la cabeza.

—Estoy solucionando las cosas y aunque sé que me va a llevar tiempo perdonarlos, es un gran avance.

Leire se mostró profundamente satisfecha con la respuesta.

Se alegraba infinitamente por él; sabía el calvario que había arrastrado con aquella situación y saber que, por fin, obtenía las respuestas que tanto ansiaba desde hace tiempo, suponía un gran alivio.

Lo sentía en su mirada. Incluso sus hombros parecían haber abandonado la rigidez de los últimos días.

Estaba relajado y sus suaves facciones eran el vivo reflejo de ello.

—Pero sobre todo, Leire, estoy feliz de poder pasar las últimas horas de esta Navidad contigo. ¿Me acompañas?

—Yo también me moría de ganas de compartirlas contigo. Menuda intriga… ¿Qué es lo que tienes preparado?

—Ahora lo verás. Sube al coche.

Leire se acomodó en el asiento del copiloto de buen humor y, mientras por los altavoces emergía la melodía de «Avant toi» de Vitaa y Slimane, se dirigieron hacia el destino que Joyce tenía preparado.

—Antes de llegar, voy a pedirte que te vendes los ojos —le advirtió Joyce con misterio—. No quiero que veas la sorpresa hasta que estemos dentro.

—Me estás empezando a asustar, Joyce. ¿Adónde me estás llevando? —bromeó ella, entusiasmada como una niña pequeña en la mañana de Reyes.

—¿Confías en mí? —le preguntó él, clavándole sus ojos azules.

Ella sostuvo la mirada y asintió. Confiaba plenamente en él.

—Pues entonces, déjame colocarte esto y no te lo quites hasta que yo te lo ordene, ¿vale?

Leire se dejó hacer. Percibió las yemas de los dedos de Joyce acomodando una venda de seda negra alrededor de sus ojos y anudándola con delicadeza detrás de la nuca.

Al descender del vehículo, se aferró con fuerza a su mano y comenzó a caminar, guiándose por el rumbo que él le marcaba sobre el asfalto.

—Venga, solo unos pasitos más.

Leire escuchó el tintineo metálico de unas llaves y el sonido sordo de una puerta pesada cerrándose a sus espaldas, sumergiéndolos de golpe en un silencio sepulcral.

—Tengo miedo, Joyce. Hay demasiado silencio aquí dentro. ¿Cuánto falta?

—Tranquila, todo marcha bien. Un par de pasos más y habremos llegado…

—Como sea una broma pesada, te juro que…

—Confía en mí, por favor. Y no me sueltes.

A tientas y con cierta desconfianza, Leire fue avanzando hasta notar que Joyce se detenía. Percibió de nuevo el rumor de un cerrojo y cruzaron un segundo umbral. En ese instante, los dedos de Joyce deshicieron el nudo de la venda.

Leire parpadeó, deslumbrada, y contempló el entorno con absoluto asombro.

Se encontraban en el interior de Le Refuge Enchanté .

Una iluminación tenue y romántica bañaba la instalación.

Junto a un par de tumbonas de diseño descansaba una mesa, equipada con sus respectivos albornoces y toallas.

Sobre el mueble destacaban dos copas de cristal, una botella de vino y una pequeña torre de tres pisos colmada de bombones y chocolatinas perfectamente ordenados.

—¿Pero qué…? ¿Cómo has…? Joyce… —Ella se giró hacia él, incapaz de articular una frase coherente.

Estaba completamente atónita por la sorpresa. Bien, eso era justo lo que buscaba.

—Lo tenemos entero para nosotros durante toda la noche —anunció él en un susurro, rodeándola con los brazos desde atrás.

—¿El spa? ¿Para nosotros solos? ¿Pero cómo lo has conseguido?

Joyce se encogió de hombros con una sonrisa de suficiencia.

—Ventajas de trabajar aquí y un par de favores pendientes que me debían por el exceso de horas extra.

—Pero si no he traído biquini…

Él amplió su sonrisa, metió la mano en su bolsa de deporte y le tendió una prenda negra de dos piezas a estrenar.

—Lo he cogido de la boutique del hotel. En esto sí que vas a tener que guardarme el secreto.

Leire rio, divertida ante la situación. Tras depositar un beso cálido en su mejilla, se dirigió a los vestuarios para cambiarse mientras observaba de reojo cómo Joyce se quitaba el jersey y se disponía a descorchar la botella.

Pocos minutos después, Leire salió de los vestuarios.

El biquini le sentaba de infarto. Joyce tragó saliva de golpe al estudiar la silueta de sus caderas y el movimiento de su melena al caer sobre sus hombros.

Ella se aproximó con paso lento y una mirada traviesa, plenamente consciente del efecto inmediato que causaba en él.

Joyce la contemplaba desde la tumbona, dando ligeros sorbos a la copa que se acababa de servir, sin poder disimular la sonrisa que le salía al verla.

Leire se detuvo al borde de la piscina principal, sumergiendo los pies en el agua templada mientras sentía los ojos de Joyce recorriendo cada centímetro de su piel.

—¿No vas a acompañarme? —le retó ella, adentrándose con lentitud en la piscina—. ¿O tienes la intención de quedarte ahí plantado toda la noche?

—Estoy disfrutando de las vistas.

Él apuró el vino, levantándose con movimientos rápidos pero prudentes y caminó hacia el borde de la piscina.

Cuando estuvieron frente a frente, posó una mano sobre su mejilla, apartándole un mechón de pelo hacia atrás, sin dejar de mirarla a los ojos.

Su otra mano se posó sobre su cadera, algo que hizo que Leire sintiera un escalofrío recorriendo su cuerpo de la cabeza hasta los pies.

—Vayamos adentro… —murmuró él, entrelazando sus dedos para invitarla a sumergirse en la zona más profunda.

Cuando el agua climatizada les cubrió los hombros, se detuvieron en seco, fijos el uno en el otro.

—Muchas gracias por esto —susurró Leire, conmovida—. Es una de las mejores sorpresas que me han dado en mucho tiempo.

Joyce sonrió, inmensamente feliz al comprobar que su plan había surtido el efecto deseado.

La idea había nacido de la imperiosa necesidad de sorprenderla; de demostrarle que su aparición fortuita en Colmar había sido su verdadero salvavidas durante aquellas fiestas.

Cuando él se encontraba de un humor de perros, detestando el ambiente navideño de cada esquina, ella había cambiado su rutina.

Una hermosa coincidencia que no solo había cambiado las fiestas, sino que también había cambiado su vida por completo.

Que ella estuviera ahí y fuera partícipe de la relación que tenía con su familia y todo lo que había pasado con su padre, hacía que todo fuese más especial.

Que ella se hubiera quedado junto a él, en vez de huir y dejarlo solo con sus rayadas y sus problemas, le hizo darse cuenta de que Leire realmente merecía la pena.

Que era la persona que estaba buscando después de mucho tiempo, sin quererlo.

Entre todas las posibilidades del mundo, ahí estaba ella, esperando el momento exacto para que sus lazos se uniesen o el destino les hiciera tropezar.

Joyce entrelazó sus dedos por debajo del agua y acercándose hacia ella, quedándose a escasos milímetros de sus labios, le susurró:

—Y aún no hemos llegado a la mejor parte… —murmuró antes de besarla con suavidad, dejando que la calidez del agua los inundase por completo. Leire suspiró contra sus labios y se dejó llevar, sin preocuparse por el tiempo. Después de todo, tenían toda la noche para ellos dos solos.