Los hilos invisibles del destino Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Es la primera vez que tomo la iniciativa de plasmar mi vida y mis pensamientos en un cuaderno.

En realidad me da un poco de miedo; siempre he considerado que escribir es una forma de desnudar el alma y concederle a los demás la oportunidad de descubrir tu fragilidad.

Seas quien seas, si estás leyendo esto, espero que disfrutes con las peripecias de una joven que no sabe muy bien qué hacer con su vida, pero que, a pesar de todo, sigue buscando su lugar en el mundo.

Leonardo levantó la vista del manuscrito, conmovido.

—¿Te importaría dejármelo para que lo lea con calma cuando regresemos a Madrid? Creo que necesito intimidad y espacio para asimilar esto.

—Por supuesto, papá. Yo ya lo he terminado y es una historia preciosa —Leire se acomodó en el sillón de lectura y desvió la mirada hacia el ventanal—. Siempre me he preguntado por qué nunca os habló de los años que pasó aquí. Vivió una larga etapa en Alsacia.

—Nosotros tampoco lo entendemos —intervino Marisa—. ¿No leíste nada que te llamara la atención o explicara el motivo?

—Bueno, ella experimentó su primer gran amor en estas calles. Se enamoró perdidamente de un chico llamado Étienne.

Su padre arqueó las cejas, estupefacto.

—¿De veras? ¿O sea que mi padre no fue su primer amor?

Leire negó con la cabeza con una sonrisa tierna. Leonardo dejó caer los hombros, tratando de encajar aquella revelación sobre su madre.

—Por lo que dejó escrito, estaba colada por ese tal Étienne desde que era una adolescente. Las dos familias organizaban planes comunes; ellos eran jóvenes e inexpertos, como suele decirse, y terminaron por enamorarse.

—¿Y qué ocurrió después? ¿Por qué acabó su historia?

—Se vieron obligados a mudarse a España de repente —aclaró Leire—. Mis bisabuelos tuvieron que partir por motivos laborales y la distancia hizo el resto… Ya conocéis el resto de la historia de la abuela.

Leonardo asintió, pensativo.

—Tuvo que ser un proceso durísimo para ella, sobre todo teniendo en cuenta que jamás hizo mención del asunto. ¿Tú abuelo Antonio lo sabría?

Leire se encogió de hombros; aquella era una respuesta que no sabía, ni creía que la sabría nunca.

—Supongo que nunca lo sabremos con certeza. Sin embargo, encontré una carta al final del cuaderno… Creo que lo aclara todo.

Leire tomó el diario, aclaró su garganta y comenzó a leer en voz alta la última página:

«A mi querida nieta Leire:

Esta es la última vez que vengo de escapada a Colmar, ese secreto que he tenido escondido durante muchos años de mi vida.

Una ya es muy mayor y no está para viajar sola.

Por ese motivo, creo que este momento es muy especial: para mí, porque es poner punto y final a un diario en el que he dejado grabada una historia maravillosa y especial; y para ti, porque me has acompañado de alguna forma mientras la descubrías.

Si has llegado al final de esta historia, te habrás dado cuenta de lo especial que fue para nosotros. Étienne fue para mí lo que las flores son para la primavera: un estallido de color y alegría que transforma todo a su paso, abriendo un mundo nuevo.

Cuando conocí a Étienne, solamente era una joven muchacha, con sueños bordados de esperanzas simples.

Él, sin embargo, tenía una fortaleza que parecía demostrar que hubiese vivido demasiado.

No sé cómo fue que la vida nos puso en el camino…

igual fue el destino, una bonita casualidad o quizás simplemente el capricho del viento que hizo que nuestras madres se conocieran en aquel club de costura. Gracias a eso, ahí empezó todo.

Él solía decirme que mi presencia en Colmar hacía que el canto de los pájaros tuviera otra melodía, que las flores estuvieran más bonitas y que la ciudad estuviese cubierta por una oleada de magia que eclipsaba todo a su antojo.

Cuando estábamos juntos, el mundo parecía detenerse.

Su risa era como una bonita melodía que podía estar escuchando sin parar y sus manos siempre sabían encontrar las mías sin necesidad de tener que usar las palabras.

Era una conexión tan simple y a la vez compleja, entre dos personas que no necesitan más que sus miradas para entenderse.

Te preguntarás por qué no pudimos seguir juntos…

la vida a veces te desafía. El viento ondea la bandera indicándonos que hay que tomar otra dirección.

Cuando supe que nos teníamos que ir de Colmar, lloré.

Sentía que mi vida se resquebrajaba en mil pedazos, porque era completamente consciente de que no lo volvería a ver, al menos no volvería a sentir el aleteo de su risa ni a sentir el tacto de sus manos rozando las mías.

Fue una historia de amor como las que ya no quedan.

Un amor intenso y tan puro, que estoy segura de que se ha quedado grabado por las calles de Colmar.

Jamás olvidaré lo que fue amar de esa manera.

Amar sin medidas, sin reservas, sin importar el final.

Aunque nunca más nos volvimos a ver, guardo con aprecio las últimas fotografías que tenemos juntos. Quizás quieras tenerlas, no me gustaría que se quedaran en el olvido.

Quiero que sepas que amar a Étienne me enseñó a amar con el corazón abierto. Y fue por él que supe reconocer el amor verdadero cuando tu abuelo llegó a mi vida. Diferente sí, pero igual de profundo y especial.

Escribir estas palabras es mi forma de decir que nunca temas a sentir, aunque duela. Hay que amar sin precedentes, sin miedo a lo que pueda ocurrir en el futuro. El amor, cuando es para ti, deja huellas, que se iluminan incluso en la más absoluta oscuridad.

Si has llegado hasta aquí, solo quiero darte las gracias, por querer compartir parte de una historia que fue muy importante para mí.

Y es un regalo que te hago aún después de fallecer, de pedirte que ames la vida, como yo la amé en su momento y que no tengas miedo de sentir, de dejarte llevar.

Si alguien te agita el corazón, dáselo, aunque tengas miedo de que pueda romperlo en pedazos.

Las mejores historias, a veces empiezan dejando el miedo atrás y empezando a vivir un poco más.

Con todo mi cariño. Tu abuela Berta».

—Qué preciosidad —murmuró Marisa, visiblemente emocionada—. Ahora entiendo por qué quiso dejarte esto en herencia.

—Mi madre quería que recorrieras la ciudad que un día fue testigo de su amor con aquel muchacho —intervino Leonardo—. Y de alguna manera, ha puesto en tu camino a Joyce, como si desde donde esté tuviera el poder de ponerte a una persona extraordinaria en tu camino.

Sus padres se enjugaron las lágrimas y se miraron con ternura, comprendiendo que el tipo de amor del que Berta hablaba en sus memorias siempre había estado presente en su propio matrimonio.

—¿Tú crees, papá? Me parece tan descabellado, tan…

—¿Y qué no es descabellado en esta vida, hija? Creemos que lo queremos creer. Y yo prefiero creer que tu abuela ha dejado esto para ponerte en tu camino a alguien que sin duda, será muy especial para ti. Lo que pase en el futuro es cosa vuestra, pero esto… ha sido cosa del destino.

—O de Berta, cariño. Desde alguna parte está moviendo unos hilos invisibles a su antojo. Es su forma de decirte que está aquí. Contigo.

Leire sollozó. Podía ser solo una teoría y quizás algo en lo que refugiarse.

Algo a lo que las personas buscan aferrarse para sentirse en paz tras la partida de una persona importante para ellas.

Si sus padres creían que eso era así, ¿quién era ella para quitarles esa ilusión?

Todo había sido una casualidad inmensa y ellos preferían creer que ella estaba presente, cuidándolos desde alguna parte.

—Lloré muchísimo la primera vez leí el diario —confesó Leire—. Creo que este cuaderno es el mejor regalo que me han hecho en la vida. Así que, por favor, papá, cuídalo bien.

—Te lo garantizo. Esto significa un mundo para mí también. Es una forma de recordar a mi madre y saber que fue inmensamente feliz aquí. Que aunque su destino cambió de rumbo y amó a tu abuelo incondicionalmente, un pedacito de su alma se quedó en Colmar, al lado de Étienne.

Leonardo abrazó el diario contra su pecho, dejando escapar un suspiro.

—Cariño, no quiero entrometerme donde no me llaman —la voz de Marisa rompió el silencio que se había instalado en el despacho tras leer la carta—.

Pero una vez más… Algo me dice que la casualidad que os hizo coincidir a Joyce y a ti en esta ciudad significa algo, ¿no crees?

Es como si estuvieras reescribiendo los pasos de tu abuela.

Leire se quedó pensativa, dubitativa frente al reflejo del cristal.

¿Podría tratarse de eso? ¿Un hilo invisible manejado por el destino?

¿Era esa la lección que el universo intentaba darle?

Contempló la vieja fotografía de Berta de joven junto a Étienne, ambos sonriendo de oreja a oreja, y se llevó la imagen directa al pecho.

—No lo sé, mamá. Pero sí que estoy segura de que cuando una bonita casualidad llega a tu vida, es por algo.

Y creo que de alguna manera, Joyce ha llegado a mi vida para ponérmela patas arriba.

Quizá esta relación no llegue a ninguna parte, pero tal vez podría ser una bonita historia movida por el destino por la que merece la pena luchar.

—Estoy completamente de acuerdo, cielo. Déjate guiar por el corazón —Marisa rodeó a su hija con los brazos, un gesto al que Leonardo se unió de inmediato.

Los tres se fundieron en un abrazo cálido y reconfortante, de esos que dejan una huella imborrable y le recuerdan a cualquiera que, por muy cruda que se vuelva la realidad a veces, la familia siempre está ahí para darte la bienvenida a casa.