Los hilos invisibles del destino Capítulo 31
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Capítulo 31

Joyce conducía a toda pastilla con la única intención de llegar a su casa y brindar con su familia al menos durante las últimas horas de la noche.

Tras cenar con la familia de Leire, había comprendido que, a pesar de haberse negado varias veces a mantener aquella conversación en Nochebuena, debía estar con los suyos y permitirles que se explicaran.

Todos estos años de cariño y apoyo no se podían echar por la borda de la noche a la mañana.

Seguía profundamente enfadado con ellos, por supuesto, pero sentía que se merecían un espacio donde poder exponer su verdad.

Al llegar, se quedó estático frente a la puerta.

Aunque llevaba las llaves en el bolsillo, optó por pulsar el timbre.

Cuando la puerta se abrió, se topó con el rostro demacrado y triste de su madre.

Tenía la melena recogida de mala manera en un moño desaliñado, vestía un pijama gastado, se cubría con una manta sobre los hombros y llevaba los pies descalzos.

—¿Joyce? ¡Ay, cariño! ¡Has venido! ¡Estaba tan preocupada por ti! —Su madre se abalanzó sobre él, rompiendo a llorar sobre su hombro.

Al fondo del pasillo apareció la figura de Jérôme, quien le dedicó a su hermano un sutil gesto de agradecimiento por haber regresado.

—Dijiste que no vendrías…

—He cambiado de opinión. Espero llegar a tiempo para el postre.

—Por supuesto. Entra, anda, que te vas a congelar aquí fuera.

Su madre lo invitó a pasar y entornó la puerta a su espalda. Joyce se descalzó y se excusó un momento para ir al baño; consideraba que las conversaciones incómodas se afrontaban mejor tras una ducha caliente y con la cabeza despejada.

No se demoró demasiado. Se puso un chándal limpio que tenía en su dormitorio y se dirigió al salón, donde su madre y su hermano lo aguardaban en silencio.

Jérôme sostenía una copa de champagne , mientras que ella se tomaba una infusión relajante.

Joyce reparó en que la taza llevaba una bolsita doble, señal inequívoca de que su madre había estado de los nervios durante todo el día.

Se sentó al lado de su hermano, justo enfrente de ella.

Posó los antebrazos sobre la mesa y se sirvió otra copa. La iba a necesitar.

—He querido venir para aclarar todo lo que me lleva rondando la cabeza desde hace horas —hizo una breve pausa antes de soltar el bombazo—. He estado con papá esta mañana.

Su madre y su hermano se quedaron atónitos, mudos de la sorpresa.

—Sí, he estado con él. Hemos ido a una cafetería y me ha contado todo lo que pasó en su momento.

Se ha disculpado y me ha pedido que retomemos el contacto poco a poco —confesó—.

Le he dicho que todavía no estoy listo para perdonarlo, pero que estoy dispuesto a intentarlo, siempre y cuando no haya más mentiras de por medio.

Y eso es justo lo que vengo a pediros a vosotros ahora.

Que me contéis la verdad, solo la verdad.

Si no, no habrá nada que podamos arreglar.

Su madre y Jérôme asintieron, asumiendo la gravedad de la situación. Su hermano le hizo una señal con la cabeza a la mujer, instándole a romper el hielo.

—Joyce, verás… Tu padre y yo ya no estábamos bien desde hacía tiempo…

—Siento interrumpirte, mamá, pero todo eso ya me lo sé y no necesito volver a escucharlo —la cortó él con suavidad pero con firmeza—. Me duele saber que no me lo contasteis en ningún momento, podíais haber confiado en mí. Ahora solo quiero que me expliques el porqué de tanto secreto.

—Estabas muy vulnerable, Joyce. Por lo de tu abuelo Étienne —explicó su madre con la voz quebrada—.

No podías soportar el dolor de asumir que lo estabas perdiendo; no en el sentido literal, pero saber que el alzhéimer avanzaba y que él ya no te reconocía, te destrozó por completo.

Fue como si te lo hubieran arrebatado de golpe.

Joyce asintió en silencio, asumiendo la crudeza de aquellas palabras. Había sufrido mucho por su abuelo y fue una realidad difícil de afrontar. Sabía que no había sido el hijo ni el hermano más ejemplar en aquella época, bloqueado por el dolor.

—Además de eso —prosiguió ella— tú tenías un vínculo muy especial con tu padre. Una admiración inmensa. Todo lo que sabías de la vida te lo había enseñado él. Yo no quería que te quedaras con una mala imagen de él. Simplemente pasó lo que pasa en muchas otras familias.

—¿Qué imagen, mamá? Tomó decisiones horribles. Se marchó con otra mujer, te fue infiel.

—Eso ocurrió solo una vez, Joyce, y me lo confesó en cuanto pasó.

Por aquel entonces la relación ya estaba en bancarrota y supe que no teníamos ningún futuro juntos.

¿Me dolió? Claro que sí, sufrí muchísimo.

Pero no podía cortarle las alas. Tu padre y yo fuimos muy felices durante muchos años y ambos estamos de acuerdo en que lo mejor que nos ha dado la vida sois vosotros dos.

—Pues no lo demostró mucho cuando decidió largarse.

—Se marchó de esa manera porque creímos que era preferible que pensaras que nos abandonaba a todos por egoísmo, antes que confesarte que tenía otra mujer y otro hijo en camino.

Sabíamos que aquello te habría destruido.

Mucho más que la mentira que decidimos contarte.

Iba a ser padre por tercera vez; iba a tener una criatura con otra persona a la que cuidar y enseñar, tal y como había hecho contigo.

Se tenía que ir a París sí o sí y eso implicaba renunciar a muchas otras cosas…

Su madre hizo una pausa para mirarlo a los ojos.

—Pensamos que te dolería más sentirte reemplazado que el hecho de asumir que tu padre nos dejaba. Se iba a marchar a París de todas formas, Joyce. Tenía que hacerlo.

—¿Y cuál fue tu papel en todo esto? Porque sigo sin comprender tu postura —insistió él, contrariado.

—Tu padre me suplicó que, si al menos te ibas a enfadar con alguien, fuera con él, pero que no te distanciaras de mí. Que te enfadaras con los dos hubiera sido devastador para ti. Sin tu abuelo…

—¿Pero no te das cuenta de que yo jamás me habría enfadado contigo, mamá? —le interrumpió—. ¡Tú eras la víctima! ¡El que cometió el error fue él!

Su madre ladeó la cabeza, haciendo un esfuerzo titánico por reprimir las lágrimas que amenazaban con desbordarse por sus mejillas.

—La verdad es que… Joyce… yo también tuve una aventura.

—¿¡Qué!? —Joyce carraspeó, estupefacto.

—Un antiguo amigo del instituto. Nos reencontramos en Colmar, quedamos para tomar un café y pasó lo inevitable.

Se lo confesé a tu padre de inmediato, por supuesto, y ese fue el detonante para darnos cuenta de que lo nuestro se había terminado.

Pero por cuestiones de trabajo y por intentar causaros el menor daño posible a Jérôme y a ti, decidimos aplazar la ruptura.

Esperamos y esperamos, pero nunca encontrábamos el momento adecuado para decíroslo, hasta que la situación se nos fue de las manos y optamos por la mentira.

¡Me arrepiento tanto de aquello, Joyce! ¡No sé en qué estaba pensando!

—¿Y por qué tú si lo sabías desde el principio? —le preguntó Joyce a su hermano.

—Nos vio —respondió su madre por él—. A ese hombre y a mí. Y no te creas que fue fácil, también Jérôme tuvo que lidiar con ello.

—Hermano… te lo hubiera contado todo en el momento y lo sabes —Jérôme acercó la silla un poco más a la de él—. Pero es lo que dice mamá. Nunca te había visto tan mal ni tan en baja forma desde que diagnosticaron al abuelo. Supe que tenía que dejar pasar el tiempo, era lo mejor.

—Eso no justifica que no me lo contaras después —replicó Joyce, molesto.

—Cuando ya estabas mejor me pregunté si después de tanto tiempo, merecía la pena volver a hacerte sufrir con una realidad que no iba a cambiar nada. Solo te iba a volver a hacer sufrir. Y tú ya habías sufrido demasiado.

—Pero era la verdad. Y no teníais derecho a ocultármela. Ninguno de los dos.

Su madre comenzó a gimotear, llorando desconsolada, mientras Jérôme se levantaba de la silla para rodearle los hombros con un abrazo protector.

Joyce se quedó un largo rato pensativo, con la mirada clavada en la superficie de la mesa.

Se tomó de un trago el resto de la copa de champagne , alzó los ojos hacia ella y sentenció:

—No voy a decirte que no te perdone, mamá, pero podríais haber hecho las cosas de otra manera. Entiendo que no fue una situación fácil para ninguno, pero necesito asimilarlo. Necesito tiempo, ¿vale?

Su madre asintió, secándose el rostro. Joyce se levantó hacia ella y la abrazó, fundiéndose en un abrazo que decía mucho más que las palabras.

—Gracias, cariño. De verdad, lo siento muchísimo.

Joyce se puso en pie y asintió, indicándole con la mirada a su hermano que ya hablarían a solas en otra ocasión.

—Ahora, terminemos de celebrar la Nochebuena como Dios manda. Los tres. Como hemos hecho estos últimos cuatro años.

Los tres brindaron en mitad del salón con una mezcla de amargura y nostalgia, pero con la firme certeza de que, a pesar de las grietas del pasado, no había herida que la familia no pudiera sanar con el debido tiempo.

Mientras tanto, en el apartamento de Berta, en la Rue Saint-Nicolas…

—¡Mira esta fotografía! ¡Qué ropa tan extravagante se llevaba en aquella época! —Leonardo llevaba un buen rato hojeando uno de los álbumes en blanco y negro que Leire había localizado días atrás en el despacho de su abuela.

—Para mí, lo más valioso que se escondía en esa habitación es esto —anunció Leire, posando sobre la mesa el cuaderno de cuero marrón que había estado leyendo durante las últimas semanas.

Leonardo acarició la cubierta envejecida y ojeó las páginas con suma delicadeza, como si temiera dañar el papel. En aquel diario se escondía una parte de la juventud de su madre. Tragó saliva con emoción y se detuvo en la primera anotación.

1 de diciembre de 1952.