Capítulo 30 #2
Leire se puso de puntillas, atrapándolo por la nuca para rozar sus labios una última vez.
—Me muero por saber cómo se resuelve ese asunto pendiente.
—Maldita sea, no puedes dejarme así —Joyce suspiró y se encargó de supervisar la comida, mientras Leire desaparecía de nuevo hacia el salón.
Tras una cena tranquila donde Joyce pudo hablar de sus proyectos de futuro y su deseo de fundar su propio hotel y spa, Leonardo sugirió la opción de hacerlo en Madrid como una opción idónea teniendo en cuenta el mercado actual, provocando una mirada de advertencia por parte de su hija.
—No lo había pensado, la verdad. Pero puede ser una opción, ¿no? —Joyce miró a Leire, quien esbozó una sonrisa ante su respuesta.
—Si tú quieres, Madrid te espera con los brazos abiertos.
Al llegar el momento del brindis, Marisa alzó su copa:
—Un brindis por el futuro, por los proyectos compartidos, por la salud y, sobre todo, por la familia. Estoy muy feliz de teneros aquí.
Joyce chocó su copa, pero su mirada se ensombreció sutilmente al escuchar la palabra «familia». Marisa, que no perdía detalle, reparó en su expresión.
—¿Todo bien, Joyce?
—Sí… Es solo que… ¿Cómo se gestiona el perdón cuando sientes que las personas en las que más confiabas te han mentido? —lanzó la pregunta al aire, buscando una respuesta.
Marisa le sostuvo la mirada con dulzura, mientras Leire lo miraba, apenada por la batalla que Joyce parecía tener en su interior respecto a su familia.
—A veces, perdonar es el mayor acto de valentía que existe.
Los padres nos equivocamos con frecuencia; cometemos errores garrafales convencidos de que estamos protegiendo a nuestros hijos, pero somos humanos.
No sé qué habrá ocurrido en tu entorno, pero debes preguntarte si tu madre merece esa oportunidad.
Joyce fijó su mirada en ella, como si buscara un poco más de ayuda.
—Quiero decir… ¿todas sus buenas acciones pueden compensar el daño que te haya podido causar ahora?
Joyce guardó silencio, asimilando la pregunta.
—Creo que sí —admitió en un susurro—. Ella y mi hermano han sido los únicos que han estado al pie del cañón siempre.
Marisa posó su mano sobre la de Joyce, dándole un reconfortante apretón.
—Entonces ya tienes la respuesta que necesitabas. Haz lo que creas que es conveniente hacer. Nunca es tarde para arreglar las cosas. Cuando se trata de la familia, merece la pena intentarlo todo; de lo contrario, arrastrarás siempre la duda de qué hubiera sucedido si hubieras tomado otra decisión.
Leire contempló a su madre emocionada, recordando el distanciamiento que ellos mismos habían mantenido con Berta en el pasado. Joyce se puso lentamente en pie, asimilando las palabras de Marisa.
—Supongo que tenéis razón… —Leire asintió, sonriente, sabiendo a lo que se disponía a hacer.
—Haces lo correcto, cielo —intervino Marisa, entendiendo que Joyce tenía una charla pendiente con su familia.
—Ha sido un auténtico privilegio compartir esta cena con vosotros, pero creo que tengo un asunto urgente que atender. Mi familia me necesita en casa.
—Muchacho, es muy valiente por tu parte lo que has hecho esta noche.
No todo el mundo se enfrenta a los padres de la chica con la que sale el día de Nochebuena ni con tantas cosas pendientes por resolver.
Reconozco que al principio me asusté al verte tan cerca de mi hija pero… se te ve buen muchacho, Joyce.
Joyce le estrechó la mano al hombre, agradecido por sus palabras. Leire observaba la estampa, emocionada.
—Ha sido un placer conocerte y gracias por endulzarnos la velada —lo despidió Marisa con dos sonoros besos—. Eres más que bienvenido a Madrid… si quieres.
Leonardo le volvió a estrechar la mano con un fuerte apretón y una palmada afectuosa en el hombro.
—Y Joyce… —este se dirigió hacia Leonardo que lo miraba alzando una copa de champán—.
Si me permites el consejo: pase lo que pase esta noche con tu familia, escúchalos.
Aunque se hayan equivocado o hayan obrado mal.
Las personas merecen contar su propia versión de las cosas. Te lo dice alguien con experiencia.
—Lo tendré en cuenta, Leonardo. Muchas gracias.
Leire, por su parte, lo acompañó hasta el umbral del portal. El frío de la calle los recibió de golpe, pero Joyce ya no parecía notar el impacto.
—Siento irme así, Leire. Pero…
—No digas eso, Joyce. Tu familia te necesita y tienes asuntos que atender.
—Te llamaré mañana. Tengo un montón de cosas pensadas para hacer juntos antes de que te vayas a Madrid —anunció él, depositando un dulce beso en sus labios—. Y gracias. Por todo.
—Estoy orgullosa de ti, Joyce. Sé que esto no es fácil para ti.
—Lo sé, pero nada hubiera sido posible sin ti. Gracias a ti empiezo a creer en la magia de la Navidad.
—Feliz Navidad, Joyce —sonrió ella, conmovida por aquella confesión y por cómo Joyce conseguía abrirse poco a poco a la hora de expresar sus sentimientos.
—Feliz Navidad, Leire.
Joyce se dio la vuelta y avanzó a paso firme bajo el alumbrado de Colmar, dispuesto a enfrentarse a la conversación que tenía pendiente con su madre y su hermano.
Leire, por su parte, regresó al salón, dispuesta a terminar de celebrar la noche con sus padres y contarles todo lo que había descubierto en el cuaderno de su abuela, con la certeza de que el destino los había llevado a estar juntos en aquel lugar.