Capítulo 30
Al cruzar el umbral del apartamento, Marisa y Leonardo se detuvieron, conmovidos por la atmósfera que se respiraba en el antiguo hogar de Berta.
Su padre avanzó por el pasillo con pasos pequeños pero decididos, acariciando el relieve de las paredes y la tapicería del sofá, como si a través del tacto buscara el eco de la juventud de su madre.
—¿Aquí vivió ella de joven? —murmuró Leonardo con un hilo de voz—. ¿De verdad jamás nos mencionó una sola palabra sobre este sitio?
—Ni una sola —confirmó Leire—. Tampoco lo entiendo. ¿Por qué ocultar una propiedad así?
—¿No tendrá alguna relación con el romance que dejó documentado en su juventud? —sugirió Joyce desde el marco de la puerta, manteniéndose en un discreto segundo plano.
—Voy a tener que contaros la historia desde el principio —anunció Leire—. ¿Qué os parece si organizamos la cena primero? Os enseño las estancias y preparamos la cena de Nochebuena.
—Me parece una idea excelente —asintió su madre.
Sin embargo, sus padres se quedaron paralizados al asomarse al despacho. Leonardo se llevó la mano al pecho al fijarse en la fotografía en blanco y negro que descansaba sobre el escritorio: Berta, sonriendo con timidez frente a la cámara.
—Qué belleza de mujer… Aquí no debía de tener más de dieciocho años —comentó Marisa. Su esposo asintió, con los ojos empañados.
—Leire, cariño… ¿Te importa si me quedo con esta fotografía?
—Por supuesto que no, papá. Te pertenece; era tu madre.
—Pero, por alguna razón, decidió legarte este apartamento a ti. ¿Has descubierto ya el porqué?
—Estoy en ello, pero al menos me ha brindado la oportunidad de descubrir Colmar. Está siendo un regalo maravilloso.
Compartiendo una sonrisa, la familia y Joyce se distribuyeron las tareas para organizar el menú de la noche.
—Si les parece bien, puedo acercarme a una pâtisserie cercana a adquirir los postres tradicionales alsacianos. Estoy seguro de que les encantarán —ofreció Joyce con educación, intuyendo que la familia necesitaba un espacio de intimidad para charlar a solas.
En cuanto Joyce cruzó el umbral, Leonardo y Marisa se volvieron hacia su hija con gran velocidad, ansiosos por saber más mientras pelaban las verduras.
—A ver, Leire. ¿Y este chico, Joyce? ¿Cómo os habéis conocido exactamente? ¿Es tu pareja? —soltó su padre casi sin respirar, incapaz de contener la curiosidad por más tiempo.
—Con calma, papá. Resulta que coincidimos en una fiesta en Madrid un par de semanas antes de que me notificaran la herencia… y el destino hizo que nos reencontráramos en esta ciudad… De hecho, me lo encontré de frente en la salida de un restaurante famoso de la ciudad.
—Los misterios que tiene la vida, eh… veo que el legado de tu abuela ha funcionado como un guion perfecto para juntaros —Marisa le guiñó un ojo sonriendo con picardía. Leonardo, en cambio, continuaba escéptico.
—Papá, Joyce es masajista profesional. Trabaja en el spa de un hotel de lujo de la ciudad.
—¡Ya decía yo que esos músculos en los brazos no salían de la nada! —intervino Marisa.
—¡Mamá! —se quejó Leire, algo abochornada.
—No sé yo si esto…
—Leonardo, deja que la niña se explique —le interrumpió su madre con calma, cortando el pimiento rojo en tiras finas.
Leonardo apretó los dientes, pero hizo caso de lo que le decía su mujer.
—Pues eso… —retomó Leire—. Decidimos seguir viéndonos.
Incluso me llevó de excursión a los Vosgos, a Le Lac Blanc, para recrear una de las rutas que la abuela describía en su cuaderno.
Y fue una magnífica experiencia —Leire le enseñó alguna de las fotos que hicieron en su excursión a la nieve y Leonardo parecía respirar más tranquilo.
—La verdad que nunca había visto un paisaje tan espectacular como este…
—Leonardo cogió el móvil para visualizar una de las fotos en las que Leire posaba de espaldas con los brazos abiertos, ante la inmensidad de las montañas nevadas—.
Y te llevó porque le contaste la excursión que hizo tu abuela en el pasado…
Leire asintió y vio como su padre relajaba los hombros por fin. Entendía su preocupación, pero su misión era hacerle ver que su encuentro con Joyce no suponía nada por lo que alarmarse.
—Le conté las razones por las que vine aquí y bueno…
digamos que él tampoco está pasando por un buen momento.
Su abuelo está ingresado en una residencia porque tiene alzhéimer —añadió en tono más bajo, lo que provocó un asentimiento compasivo por parte de Leonardo—.
Creo que el hecho de acompañarme a desandar los pasos de la abuela le ha servido también a él para canalizar sus propias emociones.
Y de alguna manera, es como si pudiera sentirla.
A la abuela. Gracias al cuaderno del que os hablé, he conocido muchas cosas nuevas sobre ella y he descubierto que era una persona totalmente diferente a la imagen que tenía antes de ella.
—¿Diferente? —preguntó Leonardo, con un poco de miedo en sus palabras.
—Diferente para bien, papá. He conocido una parte de ella de cuando era joven que jamás nos contó y de alguna manera, creo que dejarme esto a mí tenía un sentido para ella.
—Eso es precioso, hija —su padre se enjugó una lágrima de emoción—. Y dice mucho a favor de Joyce que se haya volcado de esa manera contigo. ¿Te gusta de verdad?
Leire abrió los ojos de par en par, descolocada por la pregunta de su padre.
En su mente se proyectaron de golpe todos los momentos que habían vivido juntos: su primer mercadillo navideño, el momento de la atracción, su noche en el hotel, las caricias compartidas y las conversaciones sinceras de las últimas noches.
Recordó el agobio de Joyce al hablar de su padre y sintió un vuelco en el corazón.
Descubrió que, en lo más profundo de su ser, experimentaba una necesidad urgente de ayudarle y de demostrarle que ella no pensaba abandonarlo. Estaba empezando a sentir cosas por él.
—¡Pues claro que le gusta, Leo! ¿No le ves la cara de boba? —sentenció Marisa—. Estos pequeños detalles solo los captamos las mujeres.
Leire asintió con una sonrisa tímida, incapaz de articular palabra.
—¿Y por qué no cena con su familia esta noche? —inquirió Leonardo, extrañado.
—Es un asunto complicado… Arrastra un conflicto familiar bastante doloroso con su padre y la situación en su casa es muy tensa ahora mismo.
Marisa detuvo el cuchillo y la miró con seriedad.
—¿Por eso estaba durmiendo en el coche? —Leire asintió—. No hay nada más triste que no tener un entorno seguro donde refugiarse en Navidad. Ese chico es más que bienvenido a nuestra mesa.
—Gracias, mamá.
—¿Y qué va a pasar cuando regreses a Madrid? —su padre soltó la pregunta del millón. Leire tragó saliva; era el mismo dilema que le llevaba comiendo la cabeza las últimas veinticuatro horas y para el que aún carecía de respuesta.
—¡Leo, por Dios, deja a la niña en paz! —le reprendió Marisa—. Ya habrá tiempo de resolverlo después de las fiestas. Ahora, a disfrutar.
Entre villancicos y risas, la cena fue cobrando forma.
Cuando Joyce regresó, se detuvo en el pasillo contemplando la estampa familiar.
Traía una bolsa de papel y una botella de Moët & Chandon en la mano.
Experimentó una punzada de nostalgia al compararlo con el caos de su propia casa, pero se reafirmó en su decisión: acudir con su madre y Jérôme en ese estado solo habría provocado una disputa innecesaria.
Necesitaba asimilar la verdad de Antoine antes de sentarse a la mesa con ellos.
—¡Joyce, ya estás aquí! —Leire lo recibió con una sonrisa cómplice. Él tuvo que reprimir el impulso de tomarla por la cintura y besarla allí mismo.
—He traído una selección de los mejores dulces de la pastelería, y un buen champán para el brindis. Espero que os guste.
—No hacía falta que te dejaras el sueldo, chico —agradeció Leire, tomando la botella—. Es un detalle precioso.
—Es Navidad, ¿recuerdas?
—Tú odias la Navidad.
—No tanto desde que formas parte de ella —le susurró él al oído, provocando que el pulso de ella se acelerara.
Joyce se remangó el jersey y se dispuso a colaborar, montando un centro de mesa espectacular sobre la madera oscura con ramas de pino, velas doradas, piñas y bolas carmesíes que había adquirido de camino. El gusto exquisito de la decoración sorprendió a la familia.
—Un trabajo impecable —alabó Leonardo mientras se servía una copa de champán—. Se nota que tienes gusto y delicadeza en las manos, Joyce.
—Cielo, ¿Leire te ha dicho que tienes unos ojos muy bonitos? —comentó Marisa de forma inocente.
Joyce casi se atraganta con el sorbo de vino y Leire notó como las mejillas se teñían de un rojo intenso.
—Algo me ha dicho, sí —dijo este guiñándole un ojo.
Marisa captó el cruce de miradas y sonrió con picardía, aunque prefirió desviar la conversación hacia sus planes frustrados de visitar Toledo en Año Nuevo.
—Cariño, ya lo hemos hablado… Tus primos de Toledo son insufribles, ¿no podemos decir que hemos tenido un problemilla o no sé, que nos hemos puesto enfermos?
Aprovechando que sus padres discutían por enésima vez sobre los planes vacacionales, Leire se retiró a la cocina para supervisar el horno donde estaban preparando el lechazo asado.
Joyce la siguió de inmediato, entornando la puerta a sus espaldas.
Sin mediar palabra, la tomó por el rostro y la arrastró hacia sí, besándola con una ardiente intensidad.
—No te imaginas lo que haría ahora mismo si estuviéramos solos —murmuró él, descendiendo los labios por la línea de su cuello—. Me encantas, Leire. Y tu familia también. Parecen encantadores.
—Joyce… —gimió ella, experimentando un escalofrío al sentir el roce de sus labios en la clavícula—. Habíamos dicho que jugar con fuego era peligroso. Y esto es… tú aquí con mi familia… viendo lo bien que encajas…
—Yo ya me quemé hace tiempo contigo.
—Por favor… mis padres están al otro lado. Me moriré de la vergüenza si nos pillan.
Joyce se distanció un centímetro, depositando un último beso en su mejilla.
—Está bien. Pero tenemos una conversación pendiente y lo sabes.