Capítulo 29
Después de haber hablado con su padre, Joyce se sentía extraño.
Por un lado, experimentaba una mezcla de alivio y tranquilidad que hacía tiempo que no percibía en su interior.
Aunque no quiso aceptar su abrazo, aquella conversación había ayudado a ir recomponiendo viejas heridas.
A pesar de todo, aquella explicación aún no era suficiente para perdonarlo.
Por mucho que él pudiese entender su postura o incluso, perdonar las malas decisiones que tomó, no implicaba que fuese a perdonarlo completamente.
La rabia y el dolor continuaban latiendo en su cuerpo; no bastaba una sola explicación y un café para olvidar cuatro años de vacío y sufrimiento.
Además, todavía le quedaba pasar el mal trago de enfrentarse a su madre y a su hermano.
Que ambos lo hubieran sabido desde el primer día y que él hubiera sido el único ignorante de toda aquella farsa había sido un acto de la más pura traición que no se esperaba recibir por parte de ellos.
Después de haberlo visto dolido, triste y cabreado, ¿cómo habían pensado que eso era mejor que contarle la verdad?
Él habría asimilado la separación, incluso la existencia de su hermanastro Théo… ¿o no?
Realmente, se hubiera cabreado al entender que había llevado una relación paralela a la que tenía con su madre y que, además, había tenido los santos cojones de dormir bajo el mismo techo, en la misma cama, mientras estaba con otra mujer.
¿Cómo pudo su madre permitir eso? ¿Cómo no lo echó de casa a la primera de cambio?
¿Por protegerlo a él? ¡Qué situación tan absurda!
Sentía que todos a su alrededor habían tomado decisiones nefastas, disfrazadas de «buena fe» para evitarle más sufrimiento tras el diagnóstico de su abuelo. ¿En qué sentido era eso normal?
Necesitaba explicaciones, pero la situación lo sobrepasaba tanto que carecía de las fuerzas necesarias para afrontarlas esa misma noche.
Era Nochebuena.
No se sentía preparado para fingir una cena en armonía mientras el asiento de su abuelo Étienne permanecía vacío.
En los últimos años, la fase avanzada de su alzhéimer había obligado a la familia, con todo el dolor de su corazón, a seguir el consejo de los médicos de la residencia: evitar sacarlo de su rutina, puesto que los entornos ruidosos y los rostros que ya no lograba reconocer le provocaban crisis de ansiedad severas.
Joyce recordaba con amargura cómo su abuelo se había vuelto un extraño en su propia casa, incapaz de reconocer el salón donde tantas tardes había merendado con él.
La enfermedad de su abuelo no entendía de vínculos familiares y para él, eso era como estar en un lugar desconocido.
Descartado el plan familiar, sopesó llamar a Nathan o a Dean, pero asumiría que estarían ocupados con los suyos.
Tampoco poseía la confianza suficiente con Axel —su compañero de trabajo—, como para plantarse en su casa con semejante papeleta en plena festividad.
Agobiado, Joyce comenzó a deambular por el centro histórico sin un rumbo fijo, hasta que sus pasos lo condujeron de vuelta a su Citroën ë-C3 , que continuaba estacionado exactamente en el mismo lugar donde lo había dejado la noche anterior, tras acudir desesperado al apartamento de Leire.
Se metió en el vehículo y, buscando un hilo de distracción, encendió la radio.
Chasqueó la lengua al comprobar que en la primera emisora sonaba «Santa Tell Me» de Ariana Grande.
Cambió de emisora y lo recibió la voz de Kelly Clarkson con «Underneath the Tree» .
Furioso, apagó el aparato de un manotazo.
Cómo odiaba la maldita Navidad.
Reclinó el asiento hacia atrás, se cruzó de brazos y cerró los ojos, permitiendo que el silencio sepulcral del vehículo lo invadiera por completo.
Al otro lado de la ciudad, Leire aguardaba impaciente en los andenes de la estación de Colmar.
Desde que sus padres le habían mandado el mensaje de que su vuelo había aterrizado en Estrasburgo, no había parado de morderse las uñas.
Ella se había empeñado en viajar en tren hasta el aeropuerto para escoltarlos, pero Marisa se había negado en rotundo, amenazándola de broma con darle una colleja si se le ocurría aparecer por allí.
« Que no somos analfabetos, niña, sabemos guiarnos por una terminal », le había espetado por teléfono.
A pesar de las advertencias, Leire contaba los minutos para abrirles las puertas del apartamento de Berta y desvelarles el cuaderno de cuero que había estado analizando con su lupa de editora durante las últimas semanas.
Compartir aquellas revelaciones sobre el pasado de su abuela en plena Nochebuena le parecía el escenario idóneo.
Iban a ser unas Navidades atípicas, lejos del hogar madrileño, pero la ocasión lo merecía.
Finalmente, el tren procedente del aeropuerto hizo su entrada en la estación y Leire pudo divisar las cabezas de Marisa y Leonardo emergiendo entre la marea de viajeros.
Se puso de puntillas, agitando la mano en el aire.
La Gare de Colmar estaba a reventar; supuso que muchos alsacianos que trabajaban en París o en ciudades de alrededor aprovechaban las escasas dos horas y media de trayecto del tren de larga distancia para reunirse con sus familias.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Aquí! —Leire se abrió paso y se fundió en un gran abrazo en cuanto los tuvo delante.
—¡Ay, mi niña! ¡Qué falta me hacías! —su madre la estrujó con tanto ímpetu que casi le deja sin aliento.
—Tampoco ha pasado tanto tiempo, mamá, pero es verdad que este lugar tiene una atmósfera que te absorbe —sonrió Leire, liberándose del abrazo—. Tengo tanto que contaros y enseñaros en el apartamento… Os va a estallar la cabeza.
Sus padres la contemplaron intrigados. Feliz e ilusionada, Leire le arrebató el asa de la maleta a su madre y les indicó que el trayecto hasta la Rue Saint-Nicholas se realizaba perfectamente a pie.
—Te veo deslumbrante —observó Leonardo, estudiando sus facciones mientras caminaban—. Tienes un brillo diferente en la mirada. Parece que el aire de Alsacia te ha sentado de maravilla.
« Más bien ha sido Joyce el que me ha sentado de maravilla », pensó ella, reprimiendo una sonrisa.
—¡A ver si ahora te nos vas a quedar aquí para siempre! —bromeó Marisa, maravillada con la arquitectura de entramado de madera que tanto caracterizaba a aquella zona.
—Tranquila, mamá, no entra en mis planes —respondió Leire acelerando el paso, deseosa de que llegaran a la casa de Berta.
A escasos metros del portal de la abuela, Leire reconoció el Citroën rojo de Joyce, aparcado exactamente en la misma plaza.
Le extrañó, puesto que él le había enviado un mensaje mañanero confirmándole que el encuentro con Antoine había terminado y que le daría los detalles en persona cuando se vieran.
Intrigada, se desvió de la acera y se agachó para ojear a través de la ventanilla del copiloto.
Allí estaba él, sumido en un sueño profundo en el asiento reclinado.
Sus padres se detuvieron a su espalda, observando la escena con una mezcla de desconcierto y curiosidad.
—¡Joyce! ¡Joyce, despierta! —golpeó el cristal con los nudillos varias veces hasta que él abrió los ojos de golpe, sobresaltado por el ruido.
Al reconocerla, Joyce enderezó el respaldo a toda prisa y bajó la ventanilla.
—¿Leire? ¿Qué haces aquí?
—No, Joyce, la pregunta es qué haces tú aquí metido. ¡Estabas durmiendo en el coche!
—Eh, sí… —él abrió la puerta y salió a la acera, un tanto desorientado—. No sabía muy bien adónde ir. No me apetecía regresar a casa con mi familia y, como tenía el coche aquí… opté por quedarme. Te he echado de menos.
Joyce se aproximó por inercia, le tomó el rostro por la barbilla con suavidad y le plantó un tierno beso en los labios.
Leire se apartó de inmediato con las mejillas encendidas, lo que provocó que él frunciera el ceño, confundido.
Fue entonces cuando Joyce siguió la línea de su mirada y reparó en los dos adultos que permanecían estáticos en la acera.
Marisa contemplaba la escena con los ojos como platos y la boca entreabierta; Leonardo, en cambio, mostraba un semblante que oscilaba entre la estupefacción y el sutil cabreo de cualquier padre que presencia cómo un desconocido se toma semejantes libertades con su hija.
Joyce palideció de inmediato, perdiendo su entereza.
—Mierda. Eh… lo siento. ¿Son tus padres? —le murmuró en bajito a Leire.
Ella asintió, abochornada por la incomodidad del momento.
—Hola, buenas tardes. ¿Qué tal? Señor y señora… eh, bueno, padres de Leire.
Ella lo miró de reojo, conteniendo la risa. ¿Qué clase de presentación era aquella?
—Soy Marisa, encantada —su madre, haciendo gala de su habitual espontaneidad, rompió el hielo y le encajó dos sonoros besos en las mejillas.
—Encantado, Marisa. Soy Joyce… Un amigo de Leire.
Marisa enarcó una ceja con suspicacia. Tras el beso que acababa de presenciar, la etiqueta de « amigo » resultaba bastante inverosímil.
—Leonardo —su padre dio un paso al frente y le estrechó la mano con firmeza. Joyce tuvo que hacer acopio de voluntad para no hacer una mueca ante la presión de su agarre—. Ya hablaremos con calma de lo que está pasando aquí.
Joyce tragó saliva ante la seriedad de Leonardo.
—Joyce, sube con nosotros, ni se te ocurra quedarte en el coche en Nochebuena —decretó Leire, abriendo el portal.
—¿Estás segura? No quiero molestar…
—Completamente segura. Además, de paso me ayudas a cargar con el equipaje —le guiñó el ojo.
Joyce asintió en silencio, tomó las dos maletas voluminosas como si no pesaran nada y comenzó a subir por aquellas empinadas escaleras hacia el último piso.
—Menuda fuerza tienes, jovencito. Es de agradecer la ayuda, porque que este edificio no cuente con ascensor es un auténtico despropósito —resopló Marisa desde el descansillo.
—¡Mamá, por favor! —se quejó Leire.
—¿Qué? El chico está fuerte, ¿le has visto los brazos?
Leire puso los ojos en blanco, conteniendo el rubor. ¡Como si ella no hubiera analizado cada centímetro de esos brazos cuando estuvieron juntos!
Joyce se quedó rezagado detrás de la puerta principal. Leire lo miró con diversión. Esta Nochebuena iba a ser diferente y cuánto menos, especial.