Los hilos invisibles del destino Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—No lo era, Joyce. Lo admito. Mirándolo con perspectiva, me avergüenzo profundamente de aquella decisión.

Debí sentarme contigo y armarme de valor para decirte la verdad…

pero fui un cobarde. Mi suegro empeoraba, yo ayudaba a tu madre con los trámites de la residencia, tenía mil negocios sin cerrar en París, una mujer con un bebé mío en camino…

Me vi superado. Solo quería ahorrarte dolor, aunque logré el efecto contrario.

—Vaya si lo lograste —sentenció Joyce, con una frialdad glacial.

—Lo sé, y no sabes cuánto lo siento, hijo.

A Joyce se le tensaron los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se le tiñeron de blanco al escuchar aquella palabra. No consideraba que Antoine tuviera el derecho de llamarlo así. No se lo había ganado.

Desvió la mirada hacia el ventanal empañado, incapaz de articular palabra, tratando de procesar tanta información. Era demasiado.

—Joyce… —su padre volvió a llamarlo, forzándolo a sostenerle la vista—.

Si te soy honesto, todo se reduce a que sabía que me odiarías de todos modos.

Que hubiera conocido a otra mujer estando con tu madre no lo habrías digerido.

Y cuando supe que Théo nacería y sería tu hermanastro, entendí que no había marcha atrás; habría roto toda tu confianza.

Así que decidí cargar con todo. Dejar que me odiaras por haberos abandonado.

Sabía que con tu madre estarías a salvo, y no quería que la odiaras a ella también por consentir la separación o por permitir que yo siguiera viviendo allí mientras rehacía mi vida y tu madre se quedaba cargando con una situación dolorosa a sus espaldas: un padre que dejaría de reconocer su rostro.

Antoine interrumpió su discurso con la voz entrecortada.

Un pequeño hilo de voz escapó de su garganta y Joyce pudo vislumbrar, por primera vez, una quiebra absoluta en los ojos de su padre.

Supo que no mentía. Aquella mirada era real, un reflejo cargado de arrepentimiento y dolor por el peso de sus propias malas decisiones.

El gran hombre sabio y perfecto de su infancia había muerto; en su lugar, solo quedaba un tipo asustado, imperfecto y profundamente arrepentido.

—Ya veo… —murmuró Joyce. La palabra «papá» se le quedó atascada en la garganta, negándose a salir.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Antoine, quien, incapaz de contenerse por más tiempo, rompió a llorar de forma silenciosa, cubriéndose el rostro con una servilleta de papel.

Ver a su padre mostrando semejante grado de vulnerabilidad, totalmente quebrado por el pasado, le ablandó un poco su corazón, pero la desconfianza seguía allí, firme.

Sabía que las lágrimas no reparaban cuatro años de vacío.

El alivio de conocer la verdad se instaló en su pecho, pero el enfado no se evaporó por arte de magia.

Antoine alzó la vista, se enjugó los ojos con torpeza y formuló la pregunta que llevaba años conteniendo:

—¿Me dejarías… darte un abrazo, Joyce?

Joyce se quedó mudo. Observó los brazos de su padre amagando el gesto y, tras meditarlo unos segundos con el corazón latiéndole con fuerza, negó sutilmente con la cabeza. Se puso en pie despacio, ajustándose la chaqueta.

—No. No estoy listo para eso, Antoine —sentenció con voz firme pero calmada—. No te voy a mentir; sigo muy enfadado contigo y un abrazo ahora mismo sería hipócrita por mi parte. Necesito tiempo para procesar todo esto.

Antoine encajó la negativa con una dolorosa mueca de asimilación, pero acabó por asentir, forzando una débil sonrisa de respeto.

—Pero gracias por animarte a contarme toda la verdad. Creo que ahora entiendo muchas cosas… Aún así, tengo mucho que digerir.

—Lo entiendo. Tienes toda la razón del mundo para estarlo, hijo. Pero que hayas venido y me hayas escuchado es más de lo que merezco. Lo haremos a tu manera, al ritmo que tú decidas. Es lo menos que puedo ofrecerte.

Joyce se quedó un instante mirando a su padre, aquel hombre que tanto había admirado y entendió que al fin y al cabo su padre era una persona que se vio sobrepasado por tantas cosas, y que acabó tomando las peores decisiones posibles.

Insensatas, incongruentes e inentendibles.

Pero así suelen ser las personas a lo largo de su vida, fallan y toman malas decisiones, aunque la solución estuviera clara delante de sus ojos.

Joyce suspiró, algo más tranquilo por haber tenido aquella conversación.

—Te llamaré cuando esté listo —le informó Joyce levantándose de la mesa—. Te agradecería que no me presionaras. ¿Crees que puedes hacer eso por mí?

—Por supuesto, hijo. Lo que necesites.

Sin esperar réplica y dejando el café intacto sobre la mesa, Joyce dio media vuelta y abandonó la cafetería a paso rápido.

Al cruzar el umbral, la bocanada de aire helado de Colmar le golpeó el rostro, y esta vez agradeció el frío.

Sentía un vacío inmenso por dentro, pero también una ligereza que no había experimentado en cuatro largos años.

Ya tenía la verdad que tanto había buscado; ahora solo le quedaba el trabajo más difícil: aprender a vivir con ella.

Y el perdón. Algo que sabía que le iba a ser difícil pero que tenía que darle a su padre.