Los hilos invisibles del destino Capítulo 27
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Capítulo 27

Joyce estaba nervioso. Pese a que la noche anterior se había refugiado entre los brazos de Leire, ahora había llegado el momento de la verdad.

Eran las ocho y media de la mañana y tenía que terminar de arreglarse para ir a la cafetería Le Ciel de Colmar y reunirse con su padre.

El simple hecho de volver a verle la cara tras cuatro años arrastrando su ausencia lo inquietaba hasta el punto de notar cómo la sangre le corría con violencia por las venas.

Lo único que le pedía el cuerpo era cargar de nuevo contra él, pero eso no podía volver a suceder.

Tenía que recordarse a sí mismo que él no era así; el incidente en el parking había sido fruto de una rabia desmesurada que simplemente no había sido capaz de contener.

Mirándose en el espejo del baño, se recolocó la melena y dio el visto bueno a su aspecto.

Unas ligeras ojeras ensombrecían su mirada, pero no tenía mala cara.

Antes de salir, echó un vistazo hacia la habitación de Leire, que todavía dormía plácidamente, arropada bajo varias mantas.

Aunque él había propuesto quedarse en el sofá, Leire terminó por convencerlo de que durmiera junto a ella, a pesar de que compartir la cama con ella le parecía un paso de una intimidad abismal para la que todavía no se sentía preparado.

Pero la noche en el hotel había marcado un antes y un después en su relación.

Leire tampoco lo había mencionado, y Joyce supuso que ambos habían comprendido a la perfección el punto exacto en el que se encontraban.

En un tira y afloja en el que sus emociones eran un puzle desordenado, especialmente tras aquel giro de los acontecimientos.

Tras cerrar la puerta sigilosamente para no despertarla, Joyce salió al portal, hundiendo las manos en los bolsillos mientras castañeaba por el frío húmedo de la mañana.

A medida que avanzaba, notaba que el corazón se le aceleraba.

El reencuentro lo asustaba; para él, aquel hombre era ahora mismo un completo desconocido.

Era duro catalogarlo así, pero cuatro años habían sido suficientes para pulverizar la imagen idílica que Joyce guardaba de su padre, así como cualquier rastro de la buena fe que tanto lo había caracterizado en el pasado.

Le resultaba inconcebible que el hombre al que más había admirado hubiera sido capaz de sobrellevar una mentira de ese calibre durante tanto tiempo. Era demasiado que asimilar.

Pero, ahora más que nunca, necesitaba la verdad.

La verdad detrás de una farsa que sus padres habían orquestado a sus espaldas, convenciéndose de que el engaño era la mejor de las opciones posibles.

Él se negaba a aceptarlo, pero ya no había vuelta atrás.

El daño estaba hecho y solo quedaba espacio para las respuestas reales.

Esas que Joyce llevaba anhelando una eternidad para poner en pausa, de una vez por todas, su propio sufrimiento.

Se detuvo frente al local. Había llegado la hora.

Tras emitir un largo suspiro que se deshizo en vaho debido a las bajas temperaturas, empujó la puerta de cristal.

El establecimiento estaba casi vacío. Al ser la mañana de Nochebuena, pocas personas habían decidido salir a desayunar tan temprano, la mayoría andaría finiquitando las compras de última hora en los supermercados para la cena familiar.

Las luces cálidas del interior contrastaban con el frío que empañaba los ventanales, y el siseo del vapor de la cafetera se mezclaba con el repiqueteo de una lluvia ligera que comenzaba a amainar afuera.

Cuando Joyce llegó a pensar que su padre se había echado atrás, divisó su silueta en la última mesa del fondo, situada en un rincón recóndito que garantizaba cierta privacidad.

Caminó hacia allí con pies de plomo. Su cuerpo temblaba sutilmente por dentro, pero, lejos de proyectar una imagen vulnerable, se aproximó con firmeza, dispuesto a encarar lo que viniera.

Así, al menos, podría seguir odiándolo, pero con argumentos de peso.

—¡Has venido! —Antoine se levantó de inmediato para recibir a su hijo y le tendió la mano, pero Joyce se limitó a desplomarse en la silla opuesta, ignorando el saludo. Antoine se rascó la nuca, contrariado, e imitó el gesto.

—Sí, bueno, yo no soy un cobarde como tú. Yo me enfrento a la realidad —respondió Joyce con una rudeza cortante.

Su padre entrelazó los dedos sobre la mesa y suspiró, bajando la vista. Tomó la cucharilla del café y comenzó a remover el líquido de su taza en círculos, buscando las palabras para arrancar.

—La verdad es que no sé por dónde empezar —admitió con la voz apagada—. He ensayado esto cientos de veces en mi cabeza, pero supongo que no existe una manera correcta de hacerlo.

—Empieza por la verdad. Una que debiste contarme hace cuatro años.

Ya no soy un adolescente, Antoine. He madurado mucho desde que te marchaste.

—Joyce alzó la mano para pedir un café con leche al camarero y volvió a clavar sus ojos azules en su padre.

Le costaba sostenerle la mirada, pero se obligó a hacerlo; quería demostrarle que estaba listo para acatar la realidad, por muy dolorosa que resultase.

—Bueno… Pues la verdad es que tu madre y yo llevábamos un tiempo bastante mal —confesó el hombre—. Ya no nos entendíamos, teníamos proyectos de vida diferentes y las discusiones eran constantes.

—¿Cuánto tiempo? —Joyce arqueó una ceja—. Si me vas a contar la verdad, la quiero completa. Necesito los detalles.

—Un año largo antes de mi partida. —Joyce cabeceó, asimilando el golpe.

Le dolía profundamente haber sido tan ingenuo, no haberse percatado de nada—.

No te culpes, Joyce. No podías haberlo sabido.

Éramos una familia rota disfrazada de felicidad.

Y lo hicimos por ti. Seguimos juntos aquel último año exclusivamente por ti.

Tú eras el único motivo por el que fingimos que todo marchaba bien.

—¿Por qué? ¿Por qué yo y no Jérôme? ¿Por qué ocultarlo? ¿Y por qué os pareció una idea estupenda que desaparecieras de la noche a la mañana en lugar de confiar en mí? —Las preguntas de Joyce se atropellaban una detrás de otra.

Antoine cerró los ojos un instante antes de volver a mirarlo. Se recostó en el asiento, apartó la taza y apoyó los antebrazos en el borde de la mesa.

—Fue una decisión mía. Aunque tu madre terminó por ceder, la propuesta nació de mí. Coincidimos en que era preferible que me odiaras a mí antes de que vieras cómo se desmoronaba todo lo que creías real.

—Ya estaba desmoronado, ¿no? —lo interrumpió él, con ironía amarga.

—Joyce, no es tan sencillo como parece… Con esto no pretendo excusarme, pero creí que si yo asumía el papel de malo, tú podrías cerrar esa puerta y seguir adelante con tu vida sin tener que elegir bandos en un divorcio.

Sin tener que preguntarte por qué yo había rehecho mi vida con otra persona.

No se trataba solo de admitir que nos separábamos; decirte que había otra mujer a mi lado y que estaba esperando un hijo mío era un impacto demasiado difícil de gestionar para ti en ese momento.

—Sigo sin entender por qué os costó hablar como personas civilizadas y contarme la verdad en vez de actuar de esta manera tan imbécil por vuestra parte.

—Justo acababas de encajar la noticia de que tu abuelo tenía alzhéimer… —Joyce tragó saliva ante la confesión—. Se juntaron demasiadas cosas. Yo me iba a ir a París y temía que al quedarte sin la presencia de los dos…

—No te atrevas —escupió Joyce, y las palabras le quemaron en la garganta—. No te atrevas a meter al abuelo en esto para justificarte. No te lo voy a permitir.

—Insisto en que nada justifica lo que hice, hijo.

Solo intento exponerte los motivos. La situación de tu abuelo Étienne te destrozó, Joyce.

Estabas muy unido a él y saber que avanzaba una enfermedad que le impediría recordar tu nombre, te hundió.

Pasaste semanas sin levantar cabeza. Él fue como un segundo padre para ti, te enseñó todo lo que yo no tuve tiempo de enseñarte por culpa de mis viajes de negocios…

Joyce tragó saliva. Sentía que los ojos le escocían, pero se negó en rotundo a derramar una sola lágrima frente a él.

—Háblame de esa mujer. De la persona por la que cambiaste a mamá.

Antoine negó con la cabeza, con un semblante apenado.

—No la cambié por tu madre, Joyce. Tu madre fue y es una mujer extraordinaria, y jamás me arrepentiré de haber compartido aquellos años con ella.

Me dio lo más sagrado que poseo, que sois Jérôme y tú.

—Joyce chasqueó la lengua, escéptico—. Te estoy diciendo la verdad.

Conocí a Marie cuando nuestro matrimonio ya estaba sentenciado.

Una cosa llevó a la otra y me enamoré de ella.

Cuando supe que estaba embarazada… comprendí que no podía seguir sosteniendo aquella farsa en casa.

—¿Y mamá lo sabía? ¿Sabía que te acostabas con Marie y que venía un niño en camino?

Antoine asintió en silencio.

—En cuanto pasaron las cosas en París, se lo confesé. Le dije que no quería seguir haciéndole daño, pero que me había enamorado de otra persona. Ella lo asumió; al fin y al cabo, lo nuestro estaba perdido.

—¿Y decidió seguir compartiendo techo contigo a sabiendas de todo?

—Tu madre quiso proteger lo que más amaba en este mundo: a vosotros.

Prefirió dejar que durmiera bajo el mismo techo antes que echarme de patitas a la calle, algo para lo que tenía todo el derecho.

Lo hizo porque sabía que una ruptura abrupta os destrozaría, especialmente a ti.

Ella planeó que lo hiciéramos de forma progresiva, cuando llegara el momento oportuno.

Y siempre le estaré agradecido por ese sacrificio.

—De acuerdo. Fue decisión de mamá no armar un escándalo. ¿Pero cómo justificas que fingir un abandono egoísta era la mejor alternativa?