Los hilos invisibles del destino Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Leire estudió sus ojos, inyectados en una mezcla de miedo, tristeza y frustración absoluta, y asintió en silencio.

Fuese lo que fuese lo que arrastraba, su proximidad resultaba embriagadora.

Experimentó un escalofrío cuando los dedos helados de Joyce le acariciaron la línea del cuello en un beso necesitado, ciego, como si se aferrara a ella para no desmoronarse por completo.

Al separarse un milímetro, Leire le sostuvo la mirada buscando comprender la naturaleza de aquella herida.

Vio rabia, pero también una desolación tan honda que le encogió el pecho.

Volvió a rodearle el cuello con los brazos, regalándole esta vez un beso lento, pausado, que pretendía transmitirle todo el consuelo del que era capaz.

Minutos más tarde, cuando ambos lograron recuperar cierta templanza, Leire se apartó lo justo para acariciarle el rostro.

—Todo este tiempo… —murmuró él con la voz rota—.

Todo este tiempo creyendo que nos había dejado atrás porque no le importábamos.

Pero la realidad es que… —se detuvo, saboreando el matiz amargo de las palabras—.

Creyeron que me rompería más si sabía la verdad.

Pensaron que era preferible que creyera que mi padre era un hijo de puta antes de asumir que había tomado aquella decisión… por mí.

—No acabo de comprenderlo, Joyce. Necesito que me lo expliques con calma —Leire le tomó la mano, invitándolo a pasar al salón para acomodarse en el sofá.

—Lo sabían todo, Leire. Mi madre y mi hermano estaban al corriente de todo desde el primer día.

Fue una separación de mutuo acuerdo —Ella abrió los ojos de par en par, completamente estupefacta ante ese giro dramático de los acontecimientos.

Quiso intervenir, pero prefirió dejar que él se desahogara—.

Mi madre asegura que fue una imposición de mi padre.

Prefirió que lo odiara a él antes de hacerme sufrir con la idea de que su matrimonio se había roto.

—Ay, Joyce… Lo siento muchísimo. De todos modos… hay piezas que no me encajan en esa versión. Creo que todavía te deben muchas explicaciones. ¿Por qué hacerlo de esa manera? ¿Por qué causar un dolor así en vez de asumir la realidad?

Joyce la contempló fijamente. Captar la preocupación en la mirada de ella lo conmovió profundamente; ya que el mero hecho de que Leire se involucrase de esa manera en su peor momento le confirmó que lo que sentía por ella crecía a pasos agigantados cada día que pasaba.

—Creo que está relacionado con mi abuelo, justo fue ese año cuando le diagnosticaron la enfermedad. ¿Tú crees que debería… hablar con él?

—Sí. Creo firmemente que os debéis una conversación a solas.

—No sé si soy capaz de perdonarlos —susurró él, bajando la cabeza—. A ninguno de ellos. Ni siquiera a mi hermano. Es que…

—No tienes que hacerlo ahora, ni tampoco mañana —le aseguró Leire, tomándole el rostro—. Pero necesitas escuchar su versión. Quizás no logres comprenderla, puede que ni siquiera sea suficiente para ti, pero al menos conocerás la verdad. Esa verdad que llevas cuatro años persiguiendo.

—Está bien. Le llamaré —cedió Joyce, asimilando sus palabras—. ¿Puedo… pedirte un favor?

—Claro. Lo que necesites, Joyce. Estoy aquí.

—¿Me dejas quedarme a dormir aquí esta noche? No puedo volver a casa. Hoy no. Me acomodaré en el sofá, no te preocupes.

Leire esbozó una sonrisa dulce y lo contempló con ternura.

—Claro que puedes quedarte y en mi cama hay suficiente sitio —dijo con una sonrisa—. Voy a prepararte una tortilla de patatas española, ¿qué te parece?

—Suena de maravilla. Muchas gracias.

Leire se dispuso a encaminarse a la cocina, pero Joyce la retuvo suavemente del brazo, estrechándola contra su pecho con firmeza.

—En serio, gracias. No sabes lo que significa para mí que estés aquí a mi lado. No querría imaginar cómo hubiera sido todo si estuviera solo para afrontar esto.

—Pero por suerte o por destino, no lo estás —Leire bajó la mirada a la tarjeta que Joyce tenía entre sus manos y le indicó que era buena idea llamarlo.

Compartieron un beso tierno y pausado antes de que ella cruzara la puerta de la cocina, dejándole la intimidad necesaria para que realizara la llamada telefónica que tanto miedo le daba hacer.

Tras marcar los dígitos que figuraban en la tarjeta de visita, una voz grave y madura respondió al otro lado de la línea. Al principio, Joyce se quedó mudo, como si un nudo le anudara la garganta.

—¿Hola? ¿Hay alguien? ¿Se me escucha?

—Hola… Antoine. Soy Joyce —articuló finalmente.

Un silencio sepulcral inundó el espacio. Cuando Joyce ya creía que había sido un error telefonearle y se disponía a colgar, percibió un leve sollozo al otro lado.

—¿Joyce? ¿Hijo? —la voz de su padre tembló de forma evidente. Él tragó saliva, abrumado por la oleada de emociones—. Gracias por llamar… No esperaba que lo hicieras tan pronto.

—Yo tampoco. Si te soy sincero ha sido idea de Leire —dijo con frialdad.

—Oh, esa jovencita que te acompañaba. ¡Menos mal que me hizo caso, gracias a Dios!

—Necesito respuestas —sentenció Joyce haciendo caso omiso a sus palabras.

—Claro que sí, hijo. Lo que necesites.

—Pero quiero la verdad. Solo la verdad. O no volverás a saber de mí el resto de tu vida.

—Te lo prometo, Joyce. Solo la verdad —se comprometió el hombre tras otra pausa—. ¿Te parece bien si te invito a desayunar mañana en Le Ciel de Colmar ?

—De acuerdo. A las nueve en punto.

—A las nueve estaré allí.

Joyce colgó de inmediato. Un suspiro de alivio genuino le recorrió el cuerpo de la cabeza a los pies.

Acto seguido, le envió un mensaje rápido a su hermano advirtiéndole de que no lo esperaran despierto, alegando que pasaría la noche en casa de un amigo; no se sentía con fuerzas para desvelar que se encontraba con Leire.

Se dirigió a la cocina y se apoyó en el marco de la puerta. Observó en silencio cómo ella cocinaba mientras canturreaba una melodía a bajo volumen, y una sonrisa involuntaria apareció en sus labios. Al percatarse de su presencia, Leire se giró:

—Hey. ¿Cómo ha ido?

—Bien, supongo. Hemos quedado para desayunar mañana en Le Ciel de Colmar .

Leire sonrió de inmediato al escuchar el nombre del local; había sido la primera cafetería que había visitado junto a Chloe e Iván nada más pisar la ciudad.

Parecía que aquello había ocurrido hacía una eternidad, y no pudo evitar pensar en cómo aquel viaje le estaba poniendo la vida patas arriba, despertando emociones que no sabía cómo gestionar.

Pero se sentía inmensamente feliz. Sobre todo por haber cruzado su camino con el de Joyce.

—Eso es una gran noticia. Todo saldrá bien, ya lo verás —le animó, contagiándole un poco de su optimismo. Él lo necesitaba con urgencia; de no haber sido por ella, la situación lo habría arrastrado hacia la oscuridad más absoluta.

—Huele de maravilla, Leire. Estoy deseando probar esa tortilla.

—En unos minutos estará lista. Ahora… ven aquí.

Leire lo tomó suavemente por la sudadera, obligándolo a inclinarse mientras ella se ponía de puntillas para sellar sus labios en un beso profundo.

Joyce lo recibió con toda la energía que le quedaba, asumiendo que la única certeza absoluta en mitad de su caos era que sus sentimientos por aquella mujer no hacían más que crecer.