Los hilos invisibles del destino Capítulo 26
65%

Capítulo 26

—¿

Q ué has hecho qué ? —vociferó su madre, dando vueltas descontroladas por el salón. Las manos le temblaban visiblemente mientras se las pasaba por el cabello, sin saber muy bien qué hacer con ellas.

—Os lo acabo de decir. No me hagáis contarlo de nuevo —Joyce permanecía sentado a la mesa del comedor, con los puños cerrados con fuerza bajo el escrutinio de su hermano.

Intentaba mantener una compostura rígida y serena, pero la realidad era muy distinta: estaba al borde del derrumbamiento absoluto.

—Joyce… Has sido… —interrumpió Jérôme. Negó con la cabeza y se levantó despacio del sofá. Caminó hacia él con pasos lentos, como si se aproximara a un animal herido.

—No me arrepiento —sentenció él, adelantándose a sus palabras—. Si buscas mi aprobación, no la vas a tener. No me siento orgulloso de haber reaccionado de esa forma, pero tampoco me arrepiento de haberle dado su merecido.

—¡¿Cómo que no te arrepientes?! ¡Le has puesto las manos encima a tu padre! —gritó su madre. Joyce se estremeció al escuchar aquel término salir de sus labios. Con todo lo que ella había sufrido, ¿cómo podía siquiera atreverse a llamarlo así?

—Lo siento, ¿vale? Simplemente no pude contenerme. Fue reconocerlo y, al instante, la cabeza me explotó. No era yo. No fui capaz de reaccionar con lógica. Mi instinto me empujó a acercarme y… sentí que la rabia hablaba por mí.

—Es tu padre, Joyce. Aunque nos haya causado tanto dolor, sigue siendo tu padre —Joyce alzó la mirada y observó el rostro de su madre; estaba totalmente desencajado y la voz le vibraba por el llanto.

—¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡Después de lo que te hizo, mamá! ¡Fue un cabrón contigo y con todos nosotros! —alzó la voz, profundamente indignado. Sabía que ella no se lo tomaría bien, ya que jamás había creído en la violencia, pero no se esperaba una reacción así. ¿Lo estaba defendiendo? ¿A él?

—Joyce, para —Jérôme lo fulminó con la mirada, instándolo a que se detuviera, pero él se negó a hacerle caso.

—Me niego a que lo justifiques. No después de lo que nos hizo pasar. No tiene perdón y lo sabes perfectamente —Joyce se dirigió a su madre, apuntándola con el dedo—. ¡Estaba con otra mujer! ¡Una más joven que tú! Y tienen un hijo. ¡Un hijo, por el amor de Dios!

—Baja ese dedo, Joyce —soltó su madre con una crudeza inusitada—. No te voy a consentir que te dirijas a mí en ese tono.

—Tranquilicémonos todos, por favor —Jérôme intentó mediar para calmar las aguas—. Vamos a prepararnos unas infusiones y nos sentamos a hablar como las personas civilizadas que somos.

Joyce apretó los labios, conteniendo las palabras queriendo salir a borbotones por su garganta, y guardó silencio. Su madre se dejó caer en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos. Al cabo de unos segundos, un sollozo ahogado rompió el silencio de la estancia.

—Mamá… vamos… lo siento —Joyce se sentó a su lado y le pasó un brazo sobre los hombros. Al ver que ella no reaccionaba, le tomó una mano con suavidad y la apartó de su rostro, que ya estaba inundado de lágrimas.

—Yo lo sabía, Joyce.

—¿Saber qué? —preguntó él, confundido.

—Sabía que tu padre se marchaba…

Joyce la escuchó con el rostro atónito. Sintió que los ojos se le salían de las órbitas.

—¡¿Cómo?!

—No queríamos que sufrieras. Sabíamos que para ti sería una realidad difícil de digerir.

Si te confesábamos que nos separábamos de mutuo acuerdo…

no sabíamos cómo ibas a reaccionar. Él prefirió cargar con toda la culpa, Joyce.

Prefirió que lo odiaras a él antes de que nos odiaras a los dos.

Antes de que me odiaras a mí y pasaras todos estos años sumido en un infierno de rencor familiar.

—¿Y qué tenía cinco años? ¿No me podías decir la maldita verdad?

¡Vamos, joder! ¡No me lo puedo creer! —Joyce se levantó del sofá de un salto, apartándose de ella y comenzando a caminar en círculos por el salón.

Ahora era él quien acusaba los nervios, incapaz de detenerse, sacudido por la magnitud de la revelación—.

¡Y os pareció una idea brillante ocultarme la verdad durante cuatro años!

¡Todo este tiempo que he sufrido pensando que mi padre había decidido abandonarnos sin mirar atrás!

¿Y la nota que dejó? ¡Fue todo una maldita obra de teatro!

¿Sois conscientes de lo retorcido que suena todo esto?

Jérôme entró en el salón en ese momento, sosteniendo una bandeja con tres tazas y una jarra de agua caliente.

—Joyce… —intervino su hermano.

—¿Tú también lo sabías? —Joyce lo miró fijamente. Jérôme resopló y desvió la vista hacia su madre con resignación—. ¡Mierda! ¡Tú también estabas al corriente! ¡Lo sabíais todos menos yo! Esto es increíble. ¿Por qué? ¿Por qué os pareció buena idea actuar así?

—Joyce, vamos a sentarnos y lo aclaramos.

—¡Y una mierda! ¡No tengo nada que hablar con vosotros!

Creía que erais las únicas personas de fiar que me quedaban, pero veo que no.

Sois exactamente iguales que él. Unos putos mentirosos.

¡Cuatro años engañándome a la cara! ¡Y tú!

—dijo acercándose a su hermano—. Me hiciste creer que lo odiabas igual que yo, ¡eres un maldito mentiroso!

—Joyce… —sollozó su madre—. Tenías un vínculo tan estrecho con tu padre, lo querías tanto, que creímos que asumir la separación real sería mucho peor…

—¡Y preferiste dejar que lo odiara con todas mis fuerzas! Que arrastrara este lastre pensando que nos había apartado de su vida. ¿Qué hay peor que eso? ¡No estáis bien de la cabeza!

Joyce sintió que las lágrimas amenazaban con asomar a sus ojos y se negó en rotundo a que lo vieran vulnerable. Estaba harto de ser el que siempre sufría las consecuencias. Agarró su chaqueta del perchero y se dirigió a zancadas hacia la salida.

—¿A dónde vas, Joyce? —su madre lo siguió a toda prisa, tratando de secarse el rostro empapado.

—A cualquier parte menos aquí. No voy a pasar ni un minuto más bajo el mismo techo que unos malditos mentirosos. Mi propia familia… ¡joder!

Abrió la puerta de golpe y cruzó el umbral. Antes de que pudiera cerrarla, su madre se asomó al rellano:

—Fue su decisión, Joyce. Él lo quiso así de verdad. Habla con él y permite que se explique. El abuelo…

Joyce se giró al escuchar esa última palabra.

—El abuelo acaba de ser diagnosticado con alzhéimer y tú… estabas muy mal. La noticia te sentó como un jarro de agua fría. Tu padre pensó que lo mejor era que…

—Para. No quiero escucharlo. No puedo escucharlo.

Él la miró con una rabia fría y, sin dirigirle una sola palabra más, tiró de la manilla provocando un fuerte portazo que retumbó en todo el edificio.

Joyce caminó a paso rápido bajo la noche gélida de Colmar.

Los pensamientos lo atormentaban, martilleándole la cabeza sin tregua aparente.

El aire cortante le quemaba las mejillas, el cuello y las manos, un dolor físico que agradeció porque mitigaba temporalmente el incendio que llevaba por dentro; le venía bien que la bocanada de viento helado lo golpeara con fuerza.

« Habla con él », había dicho su madre. Como si fuera un proceso sencillo.

Como si el hombre que los había dejado atrás pudiera justificar cuatro años de silencio absoluto.

Lo que más le hería era la complicidad de su madre y de su hermano.

Había pasado todo ese tiempo compadeciéndolos, creyendo que compartían el mismo dolor por la ausencia paterna, pero todo había resultado ser una farsa.

No tenía sentido. ¿Por qué simular un abandono traumático en lugar de admitir un divorcio de mutuo acuerdo?

¿Por qué? Buscaba un motivo lógico, pero cuanto más lo analizaba, más absurdo le parecía.

En realidad, se hacía una ligera idea. Pero no quería pensar en ello. Ahora no.

Cruzó la calzada por puro instinto. Sus piernas avanzaban solas, pero no tardó en percatarse de que se encaminaba hacia el apartamento de Leire.

Las calles permanecían desiertas y solo el alumbrado navideño rompía la oscuridad, un despliegue de luces que en ese instante le produjo un profundo hastío.

Maldita Navidad y malditas fiestas navideñas; nunca traían nada bueno.

Aunque, bien pensado, en medio de aquel desastre, Leire estaba resultando ser lo único verdadero en su vida. Y se iba a marchar. Cojonudo.

Las palabras de su madre resonaban en su mente como un eco constante: «Fue su decisión, Joyce» .

¿Decisión de quién? ¿De su padre? ¿De su madre?

¿De ambos? ¿De quién había sido realmente la traición?

No entendía nada. Enfurecido y desbordado por la frustración, comenzó a correr, acelerando el paso en mitad del silencio de la noche cerrada, ignorando que las manos se le entumecían por el frío.

Solo necesitaba respuestas, evadirse y huir.

En cuanto se plantó en el portal del edificio de Leire, sacó el móvil y marcó su número. Al cabo de tres tonos, ella respondió al otro lado de la línea.

—¿Joyce?

—Leire —articuló él, con la respiración entrecortada—. ¿Me puedes abrir, por favor?

—¿Cómo? ¿Dónde estás?

—Abajo, en el portal. Por favor, abre.

Subió los peldaños a toda prisa hasta alcanzar el piso de la abuela Berta. Al llegar al descansillo, se encontró a Leire esperándolo en el umbral; vestía un pijama de gatitos muy adorable, pero lo verdaderamente importante, era la preocupación que se reflejaba en sus facciones.

—Joyce, ¿qué pasa? ¿Por qué has veni…

Él la calló de golpe con un beso urgente. Le acunó el rostro con las manos congeladas y la empujó suavemente hacia el interior del recibidor, entornando la puerta tras de sí.

—Luego te lo cuento. Por favor, ahora solo necesito que me beses.