Los hilos invisibles del destino Capítulo 25 #3
63%

Capítulo 25 #3

—Escúchame bien, Joyce —Leire apretó los dientes, dándole un paso al frente—.

Puede que no nos conozcamos lo suficiente, es verdad.

Pero en los pocos días que llevo a tu lado, he descubierto a una persona con un corazón inmenso.

Un corazón profundamente herido, sí, y la culpa es de tu padre.

Pero si no le otorgas la oportunidad de explicarse para que puedas comprender la verdad, esa herida jamás va a cicatrizar.

Se quedará enquistada en tu pecho y terminarás viviendo consumido por el rencor y la ira.

Y eso, Joyce, solo te convertirá en alguien frío y amargado, alguien que claramente no eres.

Solo tienes que mirarte. ¡Mírate! ¿Esto es lo qué quieres? ¿Convertirte en alguien que no eres?

Joyce guardó silencio. Cerró los ojos durante unos instantes, procesando la firmeza de sus palabras.

—Vale. Lo entiendo. Supongo que tengo muchas cosas en las que pensar.

—Yo creo que sí. ¿Quieres regresar ya?

—Sí. Vamos de vuelta a Colmar, por favor. Tengo demasiadas cosas en las que pensar —sentenció él.

Leire asintió, optando por no añadir nada más. Quizás aquello era lo más sensato; Joyce estaba demasiado vulnerable y herido para asimilar más información. Hablaba desde el dolor más absoluto.

Regresaron al coche afrontando los cuarenta y cinco minutos de trayecto sumidos en un silencio sepulcral.

No hubo música, no hubo diálogos; solo un ambiente espeso y cargado de una tensión dolorosa.

Cuando estacionaron finalmente en la Rue Saint-Nicolas, frente al edificio de Berta, Leire se mantuvo unos instantes contemplando el parabrisas, sin saber muy bien cómo despedirse.

—Lo siento —Joyce rompió el silencio con la voz apagada—.

Siento todo lo que ha pasado en el parking.

No quería arrastrarte a un escenario tan desagradable, ni me siento orgulloso de haberte levantado la voz en el bosque.

Y menos después de este momento tan especial que hemos vivido juntos. Esta situación me sobrepasa…

—Lo sé, Joyce —lo interrumpió ella con suavidad—. No pasa nada, lo entiendo. Pero necesitas sanar esa brecha. Sobre todo por tu propio bienestar.

—Lo sé.

—¿Lo prometes? —Leire lo miró fijamente—. ¿Prometes que al menos lo intentarás?

—Lo intentaré por ti.

—No quiero que lo hagas por mí, Joyce. Hazlo por ti, porque lo necesitas para poder vivir en paz.

—No quiero que me veas como un monstruo, Leire.

Yo no soy así, no soy ese salvaje que se mueve por impulsos que has visto hace una hora.

Me da pánico que te hayas llevado una imagen totalmente equivocada de mí, aunque entendería perfectamente que no quisieras volver a verme. Nada justifica mi actitud.

—Joyce, no estoy enfadada contigo y, por supuesto, no me pareces ningún monstruo —le aseguró ella, tomándole la mano con extrema delicadeza—. Eres un chico destrozado por el abandono de un padre, pero tienes que trabajar en ese dolor.

—¿Por qué no te marchas? ¿Por qué eres tan buena conmigo después de lo que he hecho?

—No me asusto porque, por desgracia, he vivido demasiado.

También me enfadé con mi abuela por dejarnos de lado cuando falleció su marido.

Pero no puedo reprochárselo. Sé perfectamente que el dolor humano a veces estalla de la peor manera —Joyce abrió los ojos de par en par, sorprendido por su madurez—.

Comprendo perfectamente los problemas de una familia rota por las circunstancias que les ha tocado vivir.

—¿Crees de verdad que hay solución para mí? ¿Crees que superaré esta carga que llevo dentro? —indagó él, buscando desesperadamente una respuesta que lo reconfortara.

—Lo harás, claro que lo harás. Pero necesitas comprometerte contigo mismo y darte tiempo. Y, sobre todo, necesitas respuestas —Leire extrajo la tarjeta que le había entregado Antoine y se la depositó sobre la palma de la mano—. Solo piénsatelo, ¿vale?

Joyce asintió en silencio, contemplando el papel.

Leire alzó la vista y se topó con sus ojos azules, donde flotaba un mar de decepción. Se inclinó sutilmente para estamparle un beso cálido en los labios y se dispuso a abrir la puerta del coche.

—Feliz Navidad, Joyce.

—Feliz Navidad, Leire. Y… gracias por lo de hoy. No sabes lo mucho que ha significado para mí.

—El sentimiento es mutuo. Pero ahora, por favor, ve a casa y descansa. Lo necesitas.

Antes de salir por completo, ella se giró una última vez para sellar la despedida con un nuevo dulce y reconfortante beso en los labios.

Un contacto afectuoso que le transmitió a Joyce la certeza absoluta de que ella estaría allí para apoyarlo, pero que aquel problema era algo que debía resolver él mismo con su familia.

Tras verla cruzar el portal, Joyce se guardó la tarjeta de su padre en el bolsillo del pantalón.

En mitad de un silencio sepulcral, condujo de regreso a su hogar mientras repasaba los últimos acontecimientos de esos dos días: Antoine, el pequeño Théo, el calor de la suite, el cuerpo de Leire encajando sobre el suyo…

Cabeceó, abrumado por semejante cóctel de emociones en tan poco tiempo.

Entró en su casa con la firme e inquebrantable intención de reunir de inmediato a su madre y a su hermano Jérôme para relatarles lo sucedido.

No podía ocultárselo; a ellos no. Ellos eran la única familia real que se había mantenido al pie del cañón luchando frente al temporal.

No podía fallarles tras todo lo que habían vivido juntos por culpa de las mentiras de su padre.

Exhausto pero decidido, se dispuso a afrontar la conversación más difícil de su vida.