Capítulo 25 #2
Leire asintió en silencio. En cuanto Joyce se giró, ella sintió la mano de Antoine retenerla con suavidad por el brazo para deslizar la tarjeta entre los dedos.
—Por favor —murmuró Antoine con la mirada suplicante.
Ella asintió, guardándose el papel del padre de Joyce.
—Lo intentaré, pero…
—Gracias. Con que lo intentes me basta —musitó el hombre.
Leire ladeó la cabeza y se topó con los ojos de aquel hombre, idénticos a los de Joyce. Un nudo denso se instaló en su garganta; la situación que acababa de presenciar resultaba demasiado dolorosa para todos y su prioridad absoluta era arrastrar a Joyce a un lugar donde pudiera calmarse.
Segundos después, Joyce y Leire desaparecieron del parking, caminando en un silencio sepulcral sin mirar atrás, bajo la mirada apenada de Antoine.
Aquel hombre también cargaba con un gran peso a sus espaldas y con el corazón partido por las decisiones que tomó en su pasado y que no supo gestionar.
El dolor de haber dejado atrás a sus hijos le seguía reconcomiendo las entrañas, pero sabía perfectamente que nada se comparaba al calvario que debieron de sufrir y, en especial, Joyce, al ver que su padre se desvanecía de la noche a la mañana sin dar señales de vida.
Tras caminar unos escasos metros y adentrarse en la espesura del bosque colindante, Joyce se llevó las manos a la cabeza y gritó.
Desató un grito desgarrador hasta quedarse sin aliento, dejando que su cuerpo se desplomara sobre la espesura blanca de la nieve mientras las lágrimas le brotaban inevitablemente.
Hacía tiempo que no lloraba por él, pero cuatro años eran mucho tiempo.
Y verlo ahora, con una vida nueva, había sido la gota que colmó el vaso.
—Ay, Joyce… Lo siento muchísimo… Lo siento tanto, de veras. Ven aquí —Leire se arrodilló a su lado sobre la nieve y lo rodeó con los brazos.
Joyce la estrechó con una fuerza desesperada, llorando sobre su pecho durante un largo rato.
Ella esperó en silencio, dándole el tiempo necesario para desahogarse.
Aquello constituía un cúmulo salvaje de emociones que acababa de estallar en su interior, liberando toda la rabia que guardaba enquistada desde hacía cuatro años.
Ver a su padre en carne y hueso no solo lo había conmocionado, sino que lo había convertido en testigo directo de su nueva vida: una nueva esposa y un nuevo hijo.
Una criatura que no debía de tener más de tres años; prácticamente el mismo tiempo que Antoine llevaba fuera de sus vidas.
—No sé cómo digerir esto… Yo… —gimoteó, limpiándose bruscamente el rostro—. Verlo de nuevo con una vida completamente estructurada… Mientras yo sigo atrapado intentando encontrar una puta explicación a lo que pasó.
Joyce chasqueó la lengua con amargura.
—Joder, me siento un imbécil.
Leire lo contempló apenada. Notaba cómo cada palabra que salía de su corazón parecía costarle una eternidad. Había un resentimiento profundo en su voz, mucho más lacerante de lo que ella hubiera podido imaginar.
—¿¡Por qué se fue!? —vociferó de pronto.
El ímpetu con el que soltó la pregunta sobresaltó a Leire, pero ella se mantuvo firme a su lado.
El dolor se entrelazó en un grito que resonó entre los árboles antes de disiparse en un sollozo impotente—.
¿Por qué dejó que todo esto pasara? ¿Es que no le importábamos una mierda?
¡Ahora tiene otra mujer y otro hijo! ¡OTRO PUTO HIJO!
¿Qué se supone que tengo que hacer con eso, eh?
¡Maldito cabrón! Nos dejó como si nada tuviera valor…
Como si su ausencia no fuera a significar nada para mí.
Nunca volvió a dirigirme la palabra. Nada. ¡Nada en cuatro años!
Joyce se puso en pie de un salto y Leire lo imitó al instante.
Hubiera querido hablar y aproximarse a él, pero lo vio tan consumido por la furia que consideró prudente otorgarle un margen de distancia.
El chico dio un paso atrás, tambaleándose, como si cada frase le pesara más que la anterior.
Su respiración continuaba acelerada, pero era incapaz de detener el torrente de sus palabras.
—Todo este tiempo pensé que en algún momento regresaría.
Que se pondría en contacto conmigo, ¡que me daría una explicación real!
Pero no… Qué equivocado estaba. He tenido la maldita mala suerte de tropezarme con él viendo cómo es feliz y cómo ha rehecho su vida, mientras yo sigo llorando su ausencia.
¡Y ahí me he quedado atrapado! ¡Mirando a un hombre que ya no es mi padre porque cuando se marchó dejó muy claro que rehusaba ejercer como tal!
¡Le importó una mierda! ¿Y sabes qué es lo peor de todo, Leire?
—ella se acercó despacio, le posó las manos sobre los brazos y lo miró fijamente, dispuesta a escuchar la verdad—.
Lo peor es que, aunque estoy furioso con él, he sentido el impulso irrefrenable de abrazarlo a pesar de todo lo que hizo.
Pese a lo mal que se portó, lo sigo queriendo.
Es mi padre, Leire… Me enseñó tantas cosas, me cuidó tanto…
Joyce rompió a llorar de nuevo, completamente desconsolado, buscando refugio en los brazos de ella.
—Lo peor de todo… es que no sé si seré capaz de perdonarlo.
—Eso solo te lo dirá el tiempo y tu propio corazón, Joyce —admitió ella.
El muchacho asintió, asumiendo que el reencuentro abría más interrogantes que nunca. ¿Qué había sido de la vida de Antoine durante todo ese vacío? Siguió inspirando y expirando con fuerza, luchando por estabilizar el pulso.
Quince minutos más tarde, cuando la respiración de Joyce se hubo apaciguado, se soltó suavemente del abrazo y musitó:
—Gracias.
—No tienes por qué darlas. Lo necesitabas con urgencia.
—Estoy… no sé ni cómo me encuentro ahora mismo —admitió él, pasándose las palmas de las manos por las facciones para retirar los restos de lágrimas adheridos a su piel.
—Confuso —concluyó ella. Él asintió—. Es completamente normal, cariño. Te has topado con tu padre después de años de silencio absoluto y… bueno, tiene un hijo. De veras, no sabes cuánto lo lamento.
—¿Cariño? ¿Acabas de llamarme cariño hace un momento? —indagó él, esbozando una sutil sonrisa de medio lado.
Leire sonrió también, intentando aligerar el ambiente.
—No te acostumbres.
—No, pero me gusta cómo suena —Joyce suspiró de forma pesada—. Supongo que no esperaba encontrarlo, y menos de una forma tan violenta y repentina.
—Lo sé. Joyce, ahora que estás más calmado, ¿podemos hablar seriamente de lo que ha pasado en el parking?
—él alzó la vista. Sus ojos reflejaban una tristeza infinita y ella sintió una punzada de compasión, pero obligándose a actuar con firmeza, continuó—.
Le has empujado una y otra vez sin detenerte a razonar.
Comprendo que el impacto te ha cegado y que la rabia se ha apoderado de ti, ¿pero esto?
Si no te hubiésemos frenado, le habrías hecho muchísimo daño.
¡Si no hubiera estado el coche, se hubiera caído hacia atrás!
¡Y había un niño pequeño presenciándolo todo!
Estaba aterrado viendo cómo le hacían eso a su padre…
¿Puedes pararte a pensar por un segundo lo que ha podido suponer eso para él?
—Lo sé, no me siento nada orgulloso de mi reacción.
No suelo reaccionar de estas formas, de verdad que no…
Pero entiéndeme, ha sido superior a mis fuerzas —Joyce se examinó las manos, entumecidas por la rabia y el frío de la mañana.
Observó sus nudillos agrietados, con pequeñas heridas que comenzaban a formarse en su piel—.
Me he pasado de la raya. Lo siento. No quería que me vieras así.
Leire observó la escena con ternura.
—Ven. Vamos a buscar una farmacia en Colmar para hidratarte esas manos.
—Lo siento —musitó él.
—No es a mí a quien debes pedirle disculpas, Joyce.
—Ni de coña, Leire. Ni de puta coña —replicó él de inmediato, captando hacia dónde se dirigía—. No pienso hablar con él.
—Joyce, es tu padre. Habrá cometido errores imperdonables, pero le has empujado en mitad de la calle. Por mucho que sintieses que se lo merecía, la violencia no justifica nada. Lo mínimo que deberías hacer es pedirle perdón.
—Leire, tú no tienes la menor idea de lo que supuso para nosotros su marcha, de lo que significó que nos abandonara…
—¡Claro que me lo imagino, Joyce!
—Yo creo que no —le rebatió él con cierta rudeza—. Si lo supieras, no me pedirías semejante estupidez. Tú habrás sido una niña de papá que siempre ha vivido entre algodones y lo ha tenido todo jodidamente fácil. Pero yo no. Los últimos cuatro años han sido una mierda.
Leire parpadeó, herida por la acusación.
—¿Perdona? ¿Me estás hablando en serio, Joyce? ¡Tú tampoco tienes la menor idea sobre mi vida ni sobre lo que he tenido que pasar!
—¡Ni tú sobre la mía! ¡Nadie te ha otorgado el derecho a meterte en los asuntos de mi familia! —Joyce comenzaba a encenderse de nuevo, y Leire no daba crédito a sus oídos.