Los hilos invisibles del destino Capítulo 25
60%

Capítulo 25

—

B uenos días —Leire se sobresaltó al sentir la puerta de la ducha abrirse y notar el aliento de Joyce sobre su oído—. ¿No pensabas invitarme?

—Buenos días… —murmuró con la carne de gallina al sentir el tacto de su piel—. Estabas dormido, no quería molestarte.

—¿Y perderme este momento? Por nada del mundo —Joyce emitió un leve gruñido, atrapándola por la espalda.

Leire exhaló al sentir los labios de Joyce en su cuello mientras él deslizaba las manos por su torso y el agua caliente caía sobre sus cuerpos.

En escasos segundos todo quedó envuelto en un vaho espeso provocado por las altas temperaturas del agua y de sus propios cuerpos, intensificándose a medida que ambos se recorrían mutuamente.

—Joyce…

—Leire…

El sonido del agua golpeando el suelo de la ducha se mezclaba con la respiración entrecortada de ambos, cada vez más profunda y necesitada. Leire inclinó la cabeza hacia atrás, dándole libre acceso a su piel, mientras sus dedos exploraban su espalda, memorizando cada músculo tenso bajo sus yemas.

—Siempre encuentras la forma de sorprenderme… —susurró ella—. Tú dices que te asusta esto que sientes, pero… ¿y si te digo lo mucho que me asusta lo fácil que es perderme en ti?

Joyce la abrazó por detrás con fuerza y, con dulzura, la instó a darse la vuelta para apoyar su frente contra la de ella.

—Entonces, prométeme que si te pierdes, me dejarás encontrarte siempre.

Leire tragó saliva y exhaló de nuevo al sentir los labios de Joyce en su cuello antes de regresar lentamente a sus labios, para acentuar un beso que hacía que todo lo demás se desvaneciese a su alrededor.

Dos horas más tarde, habiendo desayunado con la calma que les brindaba la tregua del temporal, ambos se disponían a abandonar el hotel con la confianza de que ya fuesen capaces de regresar a Colmar.

Tras pasar por recepción para efectuar el check-out y agradecer a los empleados su amabilidad y consideración del día anterior, se despidieron y se encaminaron a paso ligero hacia el parking.

—Según veo en las noticias, todos los accesos están completamente despejados, incluida la autopista principal —comentó Leire, consultando la pantalla de su teléfono.

Él asintió con la cabeza, metiéndose las manos en los bolsillos.

—Si todo va bien, no deberíamos tener el menor problema —Joyce caminó decidido hacia su vehículo, pero se detuvo en seco, quedándose pasmado como una auténtica estatua—. O sí. O sí que vamos a tener problemas.

—Joyce, ¿a qué te refieres? —Leire alzó la vista, sorprendida por el tono endurecido de su voz—. ¿Qué está pasan…?

Leire dirigió la mirada hacia donde él apuntaba, sin comprender la situación al principio.

Al mirar hacia él, descubrió su postura profundamente rígida; mantenía las manos apretadas en puños, con tanta fuerza que daba la impresión de que los nudillos le iban a crujir en cualquier instante.

Tenía la mandíbula tensa, los dientes le rechinaban y su mirada lucía cargada de un odio visceral.

Emanaba una ira insoportable, idéntica a una olla a presión a punto de estallar.

—¡Eh, tú! ¡Maldita sea! —reaccionó Joyce, quebrando la rigidez de su cuerpo.

Impulsado por la rabia ciega que lo reconcomía por dentro, caminó con paso rápido hacia un coche familiar donde una pareja cargaba el equipaje en el maletero.

—¡Sí, tú! ¡Te estoy hablando a ti!

Un hombre de unos cincuenta años, de apariencia pulcra y bien cuidada, con unos ojos azules tan claros como un glaciar, acababa de guardar dos maletas de cabina en el maletero del coche.

Al escuchar los gritos, se giró levemente y se quedó petrificado al reconocer a Joyce, que avanzaba hacia él hecho una furia.

—¿Joyce? ¡Hijo! ¡Eres tú!

—¿¡Hijo?! ¿Después de todo este tiempo tienes la desfachatez de llamarme hijo? Eres un cabrón, un maldito hijo de puta.

—Joyce, escúchame…

El hombre fue incapaz de decir nada más, cuando el puño de Joyce impactó de lleno en su pecho, justo cuando una mujer rubia y esbelta salía del vehículo sin entender absolutamente nada de lo que ocurría.

—¡No tengo nada que escucharte, joder! ¡Me has jodido la vida! ¡Maldito malnacido, nos abandonaste! ¿Te acuerdas? ¡Nos abandonaste a todos! —Joyce arremetió contra él con un furor salvaje.

Las palabras brotaban como fuego de su boca mientras sus manos se dirigían hacia el pecho del hombre, el cual comenzaba a tambalearse y trastabillar hacia atrás.

—¡Joyce, para! ¡PARA! —Leire intentó interponerse y sujetarlo del brazo, sin el menor éxito. Él estaba completamente enajenado y no atendía a razones.

—¿Cómo pudiste hacernos algo así? ¿Eh? ¿Te sientes orgulloso de tu hazaña?

Apuesto a que te va de maravilla la vida —le asestó un fuerte empujón y luego otro, haciendo que su espalda impactara contra el lateral del vehículo—.

¿Eres más feliz ahora? ¿Eh? ¿Sin nosotros?

¡Eres un desgraciado, un auténtico gilipollas!

—¡JOYCE! ¡Detente ahora mismo! ¡Hay un niño mirándote! ¡JOYCE! O paras o te juro que…

Joyce soltó la solapa del abrigo de su padre de golpe y giró la cabeza.

Al volverse, divisó a un niño pequeño que apenas debía de tener tres años; lo contemplaba absorto desde el asiento trasero, con la inocencia de quien es incapaz de comprender por qué un chico joven le estaba actuando con semejante agresividad a su padre.

—Papi, ¿qué pasa? ¿Por qué te pegan?

Joyce congeló la respiración al escuchar la voz del pequeño, su respiración se volvió más agitada mientras sus ojos seguían fijos en la criatura que lo miraba con una mezcla de miedo y tristeza.

—Lo siento mucho. Oh, Dios mío, no sé cómo ha pasado todo. Lo siento, señor… —Leire, nerviosa y abrumada por la situación, intentaba calmar las aguas de forma torpe. ¿Qué coño acababa de pasar en ese parking?

—Apártate —le ordenó la mujer rubia con brusquedad—. No quiero veros cerca de mi hijo.

Leire se hizo a un lado de inmediato mientras Joyce bufaba, intentando recuperar el control de su propia respiración y asimilar lo que acababa de suceder.

Su mirada saltaba continuamente de su padre —que permanecía sentado en el suelo intentando recomponerse apoyado en el lateral del coche—, al niño pequeño que seguía quieto en el mismo lugar, con un muñeco de trapo colgando de la mano.

—Lo siento… no era mi intención… —trató de excusarse, pero lo cierto es que había cargado como una furia nada más ver a su padre allí.

—¿Lo sientes? ¡Casi le da algo, niñato! ¡Vaya modales!

—Tranquila, Marie —intervino el hombre, con voz amortiguada—. Estoy bien —intentó ponerse en pie con un ligero tambaleo y, cuando logró estabilizarse, se limpió el abrigo y dio un sorbo a una botella de agua que le tendía la mujer.

—Antoine, ¿me puedes explicar qué está pasando aquí? ¿Por qué ha venido este chico como un loco a agredirte y a gritarte esas groserías? Necesito una explicación ahora mismo.

—Marie… este es Joyce. Mi hijo —confesó Antoine, bajando la vista.

El rostro de la mujer palideció por completo. Joyce lo fulminó con la mirada, con los ojos entornados por la furia.

—No vuelvas a llamarme hijo en tu vida. Tú no eres mi padre.

—Joyce… —musitó Leire, dándole un sutil toque en el hombro.

—Ahora no, Leire. Ahora no —le advirtió él de forma tajante.

Ella guardó silencio, asumiendo que no era un buen momento para entrometerse. ¿El hombre que tenían enfrente era el padre de Joyce? ¿El mismo del que habían estado hablando hacía apenas unas horas en mitad de la noche?

—¿Tu hijo? ¿Aquel del que me hablaste? —preguntó Marie. Antoine asintió ante su pregunta, y ella enmudeció. No tenía la necesidad de añadir nada más. ¿Qué sabía exactamente aquella mujer sobre la antigua familia de su marido?

—Genial, así que ella sabe de mi existencia, pero yo no he sabido de la tuya en cuatro años. Hay que joderse —espetó Joyce con amargura.

—Joyce, lo siento de veras. Quise regresar y explicaros las cosas, pero… —Antoine chasqueó la lengua y bajó la cabeza, compungido.

—Pero fuiste un cobarde. Y preferiste marcharte y borrarnos de tu vida antes que dar la cara y ofrecernos una explicación —sentenció Joyce con desprecio.

—Hijo, por favor. Podemos sentarnos en la cafetería y hablar tranquilamente…

—No tengo absolutamente nada que hablar contigo. Leire, vámonos —cuando ambos se disponían a darse la vuelta para dirigirse a su coche, la voz de Antoine los volvió a frenar.

—Este es Théo. Tu hermanastro.

Joyce se giró de golpe y observó de nuevo a la pequeña criatura, que seguía de pie, ahora sujeta de la mano de la que entendió que era su madre. La nueva mujer de su padre.

—¿Mi qué…?

—Tu hermanastro. Quise contártelo en su día, pero no tuve el valor necesario para decírselo a tu madre.

Marie era mi compañera de trabajo; por aquel entonces yo estaba atravesando un bache horrible y me terminé enamorando, Joyce.

Quería mucho a tu madre, pero no podía seguir con aquella farsa.

Me enamoré de Marie entre reunión y reunión…

Hijo, tú sabías perfectamente que pasaba demasiadas horas en la oficina y que tenía que viajar constantemente…

—¡Madre mía! ¡Para! Por favor. Para. No quiero seguir escuchando tus sandeces.

Son todo mentiras; mentiras y más mentiras, excusas baratas para intentar justificarte ante ti mismo.

¿Y sabes qué? ¡Que no te creo! Eres como una rata: escapas por donde puedes y desapareces por las alcantarillas. ¡Apestas a falsedad!

—Joyce, entiendo perfectamente que… que pienses así de mí. Pero me gustaría hablar contigo a solas —con miedo, trató de dar un paso al frente—. Toma, esta es mi tarjeta. Llámame cuando estés más calmado. Prometo contártelo todo mientras nos tomamos algo. La verdad, nada más que la verdad.

Antoine le tendió la tarjeta de visita, pero él la rechazó de inmediato, dándole un fuerte manotazo que la hizo caer sobre el suelo cubierto de nieve.

—No quiero nada que provenga de ti. No quiero volver a verte ni a escucharte en mi vida. Vámonos, Leire, por favor.