Los hilos invisibles del destino Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—¿Cómo puedes estar tan segura de eso?

—Porque… me… —Leire tragó saliva ante lo que estaba a punto de pronunciar—. Porque me gustas, Joyce. Porque me has hecho sentir cosas que hacía tiempo que no sentía. Ni siquiera por Hugo.

Leire se dio cuenta de que por primera vez, había sacado el nombre de su última aventura delante de Joyce, quien lo miraba extrañado.

—¿Hugo? ¿Era tu novio? ¿Te hizo daño? —Joyce le sujetó las caderas con firmeza, preparado ante lo que Leire tuviera que decirle. Si alguien la había hecho daño, no sabría cómo reaccionaría. ¿Quién en su sano juicio le haría daño a una mujer así?

—No exactamente —matizó Leire—. Fue un mentiroso con el que me crucé. Estuvimos varios meses quedando, pero le pareció una idea brillante echarse novia mientras seguía flirteando conmigo. Una novia de la que no me dijo absolutamente nada.

—Maldito cabrón. Lo siento. ¿Tú… tú estás bien? —le pasó una mano por el pelo, acariciándole la mejilla con el pulgar.

—Tranquilo, estoy bien. Me dolió, pero no me llegó a importar lo suficiente, y ahí me di cuenta de que realmente él no era la persona que estaba buscando.

—¿Y ahora lo sabes? ¿Sabes quién es la persona que estás buscando?

—Tú. Eres tú, Joyce —Joyce apretó los labios y con dulzura siguió acariciándole la mejilla, deslizándose hacia su cuello—. No sé a dónde nos llevará todo esto, pero no te voy a abandonar, Joyce. No me voy a ir.

—Pero te irás… a Madrid. Eso no puedes negarlo.

—Buscaremos la manera. De momento, ¿estás dispuesto a dejarte llevar por mí?

—Por ti estaría dispuesto a dar la vuelta al mundo si hiciera falta —admitió él mirándola a los ojos—. Leire, no sé si te has dado cuenta, pero me vuelves loco. Hay algo en ti que me tiene descolocado: tu mirada, tu boca, tu forma de ser… Joder, eres toda tú.

—Igual es la magia de la Navidad —rio ella y Joyce no pudo evitar imitarla.

—Me está bien empleado por haber odiado la Navidad durante años. Esto es una lección de la vida diciéndome que no, que las fiestas navideñas también traen cosas buenas. Y esta Navidad has sido tú.

—Bueno… si estás dispuesto a dejarte llevar —Leire anotó que Joyce asentía con firmeza—. Entonces bésame. No dejes de hacerlo.

Sin más dilación, ambos se fundieron en un intenso beso. Él la acomodó con un movimiento delicado sobre el colchón y se posicionó encima, buscando recorrer con ansia cada palmo de su cuerpo, devorado por la certeza de que con Leire, nunca tendría suficiente.

Por la mañana, cuando los rayos de sol se colaron tímidamente por la ventana, Leire se sorprendió al verse dormida sobre el pecho de Joyce, que la abrazaba por la espalda.

Desperezándose, salió de la cama sin molestarlo y se encaminó al baño para darse una ducha; la necesitaba.

Todo lo que había pasado el día anterior había resultado abrumador: la excursión, el aluvión de nieve, compartir habitación y todo el sinfín de emociones que se habían desatado en las últimas horas.

Por no hablar de que Joyce se había sincerado con ella, logrando acceder a sus sentimientos más profundos y a sus mayores temores.

Ahora todo le encajaba: su actitud, su reacción, su reticencia, su miedo…

Ella no podía explicar lo que significaba todo lo que él sentía respecto a su padre, pero podía imaginarlo.

Sus propios padres siempre habían estado ahí para ella, demostrando un afecto sincero; imaginarse a su padre haciendo algo parecido era lo más parecido a que le clavaran un puñal en mitad del corazón.

Era incapaz de concebir algo así: lo mucho que tuvo que sufrir Joyce al mirar al frente y ver la realidad rota ante sus ojos, el mito de un padre perfecto hecho añicos por el suelo.

Nada en la relación de Joyce con su padre había sido real; todo había sido una mentira maquillada durante años, cargada de sufrimiento.

Leire dejó que el agua le cayese encima y cerró los ojos, sintiendo su dolor y la rabia que le ocasionaba ver que Antoine se había marchado sin darles la oportunidad de explicarse, de enfadarse y expresar su malestar a la cara.

El padre de Joyce llevaba años sin dar señales de vida, y dolía más ese silencio cobarde que una cruda verdad bien contada, con pelos y señales.

Una realidad distorsionada, una explicación que nunca llegaba; solo engaño y más mentiras.

Pero si de algo estaba segura, es de que ella no iba a romperle el corazón. Al menos, no de manera intencionada. Y precisamente por eso, empezar algo a distancia con Joyce la llenaba de dudas e incertidumbre. ¿Y si eso era aún más perjudicial para ellos? ¿Y si Joyce sufría más así?

Con el agua cayéndole por su cuerpo, pensó en ello, debatiéndose entre la mejor forma de actuar, siendo consciente de que tenía un dilema importante entre manos:

¿Dejar las cosas estar y no causarse daño el uno al otro; o dejarse llevar por sus sentimientos, a sabiendas de que era posible que en una relación a distancia, se terminasen haciendo daño el uno al otro?

Gracias por tanto, maldito destino.