Capítulo 24 #2
¿Cómo iba a desenvolverse todo entre ellos a partir de ahora?
¿Tenía miedo? Estaba completamente aterrado.
Amar siempre había significado demasiado para él y no podía soportar la idea de pensar que quizás lo suyo no tuviese ningún futuro.
No estaba enamorado de ella, eso lo sabía; no había pasado tiempo suficiente para que sus emociones se juntasen de forma que pudiesen elaborar algo denominado amor al uso.
Pero sí era consciente de que podía llegar a hacerlo; aquello lo tenía muy claro, y eso era precisamente lo que lo asustaba.
Si el destino había sido tan caprichoso como para juntarlos, no tendría ningún reparo en hacer que los astros se pusieran de acuerdo en que estuviesen juntos de verdad, ¿no?
¿O era una maldita artimaña para ponerlo a prueba, o incluso para castigarlo? Quizás ahora todo dependiese de ellos.
Mientras divagaba sobre este asunto, algo que no había podido evitar hacer en los últimos días, observó cómo los ojos de Leire se abrían despacio, como un leve aleteo que aún no terminaba de tomar impulso.
—Eh… ¿Qué hora es? —Leire se desperezó, observando la imagen de Joyce, completamente espléndida—. ¿No has dormido?
—Hola —Joyce se tumbó para mirarla de frente—. No he podido conciliar el sueño. Te has dormido un rato, solo son las dos de la mañana.
—Hola… Vaya, creía que me había dormido por completo —Joyce posó su mano sobre la larga cabellera de la joven, echando hacia atrás varios mechones que dejaban al descubierto todo su rostro, algo cansado por los últimos acontecimientos.
—¿Estás bien? —preguntó ella, algo insegura.
—Estoy bien. Solo estaba pensando.
—¿Pensando? ¿En qué?
—En lo que ha pasado entre nosotros.
—¿Crees que ha sido un error? —Joyce negó con la cabeza, mientras con la yema de sus dedos acariciaba su mejilla trazando pequeños círculos sobre ella.
—No. Para mí no ha sido un error, ¿para ti sí?
—No —murmuró ella—. Me alegro de que haya pasado —Joyce suspiró aliviado por su respuesta.
—Lo que no sé es cómo vamos a gestionar todo esto… Leire, ¿tú qué quieres de mí? Sé que estoy pareciendo un poco paranoico, que quizás esto te está presionando o que no es lo que esperabas. Pero para mí es importante. Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así con alguien. Yo… estoy hecho un lío…
Leire se incorporó y le cogió de ambas manos, con las que él no había dejado de gesticular.
—Joyce. Escúchame. Mírame a los ojos —Él le hizo caso, alzando la vista para toparse con esos ojos avellanados en los que él se había perdido en más de una ocasión—.
Para mí también es importante. No quiero hacer nada que te haga daño.
Sé que esto nos ha pillado por sorpresa y que no sabemos qué pasará, pero lo solucionaremos. Juntos, ¿vale?
Joyce asintió, no muy seguro de su respuesta. Ladeó la cabeza y continuó mirando al frente.
—Joyce, no puedo darte una respuesta ahora.
Sé que todo esto te agobia. Me he fijado en ti, ¿sabes?
He visto lo que tu mente calla. Ese miedo latente que llevas contigo allá donde vayas.
Y sé que tienes miedo. ¿Me equivoco? —Joyce negó con la cabeza, dándole la razón—.
Bien. Tienes miedo. ¿Te apetece contarme por qué?
Joyce se tensó y se enderezó a su lado, apoyando la cabeza en el cabecero de la cama.
Leire observó su torso desnudo, seguido de unos bóxers negros.
Él se pasó la sábana por encima, a la altura de la cintura, y suspiró.
Se pasó una mano sobre el pelo y, tras unos segundos de meditación, se dignó a contestar.
—Hace cuatro años mi padre nos abandonó —confesó—.
Se fue de casa y nos dejó a mi madre, a mi hermano y a mí solos, a escasos días de Navidad.
El motivo fue que había conocido a otra persona, a otra mujer.
Pero fue peor: llevaba viéndose con ella un largo tiempo; entendí entonces la cantidad de veces que se tenía que quedar fuera supuestamente por trabajo, porque en realidad estaba con ella.
Leire observó apenada la situación, pero guardó silencio, dejando que el dolor de Joyce siguiese hablando; ese espacio era suyo y necesitaba hablar de ello. Estaba claro que era algo que tenía muy presente y que interfería claramente en cómo se resolvían las cosas entre ellos.
—Así que se fue. Sin decir nada ni a dónde, solo dejó una nota. Una maldita nota:
«Ruego que me perdonéis por todo el daño que os he causado, pero me tengo que ir. Lo siento mucho. Quizás algún día pueda explicarlo. Os quiere, papá» .
—Y eso fue todo, no volvimos a saber nada más de él.
Leire atisbó una lágrima cayendo por su mejilla e impulsivamente le acarició el rostro, cargado de decepción. Ahora le encajaban muchas cosas: su poca fascinación por la Navidad, su reticencia a dar el paso y su pánico a dejarse llevar.
—Joyce, te lo tengo que preguntar para asegurarme —Leire se sentó a horcajadas sobre él, posando las manos sobre su rostro—. ¿Por eso no querías intentarlo? ¿Porque crees que te voy a abandonar, igual que hizo tu padre con vosotros?
Joyce asintió con la cabeza. Otra lágrima volvió a aparecer en sus ojos.
—Lo siento mucho. Si lo hubiera sabido… yo no…
—¿No me hubieras besado, verdad? No hubieras accedido a conocerme, lo sé —intervino él.
—¡No! O sea sí, quiero decir… Te hubiera besado igual, Joyce —le rebatió con firmeza—. Pero te hubiera hecho saber que estoy aquí desde el principio, que no me voy a ir.