Capítulo 24
Leire no dudó ni un segundo más; acarició su nariz con la suya, hasta rozar sus labios ligeramente sobre los suyos.
Joyce gimió y se acercó más aún, hasta que sus labios se fundieron en un beso cargado de intención, buscando resolver toda la tensión acumulada de los últimos días.
Un beso que albergaba mucho más significado de lo que ellos pretendían.
Joyce posó la mano sobre su cuello y la instó a sentarse a horcajadas sobre él.
Ella se dejó hacer, intensificando el contacto mientras posaba ambas manos sobre su nuca y las deslizaba hacia su espalda.
Joyce aferró sus manos en torno a las caderas de ella para atraerla hacia él y suspiró, mientras la miraba con intensidad.
—Aquí no tengo el espacio para todo lo que me gustaría hacerte en este momento —gruñó Joyce.
—Pues sácame de aquí —le respondió ella, dispuesta a dejarse hacer.
Joyce, incapaz de contenerse por más tiempo, se incorporó, alzando a Leire en brazos mientras dejaba que el agua y la espuma resbalaran por sus cuerpos desnudos, y caminó hacia el dormitorio guiado por el resplandor anaranjado de la chimenea.
La acurrucó con delicadeza sobre la cama king-size , a pesar de la urgencia con la que pretendía devorarla.
Leire se acomodó, contemplando cómo Joyce se posicionaba lentamente sobre ella, estudiándola con la mirada.
Su pecho subía y bajaba con una respiración arrítmica y entrecortada.
Joyce no esperó ni un segundo más. Estampó sus labios contra los suyos, atrapándolos con su lengua, mientras sus manos descendían con firmeza por sus muslos, abriéndolos con lentitud y suavidad para acomodarse entre sus piernas.
Sentir la apremiante firmeza de Joyce entregándose al mismo pulso del deseo que la envolvía a ella le arrancó, inevitablemente, un gemido ahogado contra sus labios.
Joyce bajó lentamente sus manos por su cuello hasta acariciar su pecho, mientras sus labios se posaban sobre su piel, mordisqueándole con suavidad el lóbulo inferior de la oreja.
—Mírame, Leire —le susurró contra la boca, con la voz rota y la mandíbula tan tensa que ella alcanzaba a vislumbrar las venas de su cuello—. Mírame, por favor.
Ella lo miró y Joyce, sin dejar de fijar sus ojos en los suyos, fue deslizando la boca por el resto de su cuerpo hasta alcanzar su ombligo.
—Quiero que me mires mientras te toco, quiero verte disfrutar.
Acto seguido, aferró con fuerza sus glúteos, elevando sutilmente las caderas, y se alzó sobre ella.
Con un empuje lento, deliberado y firme, Joyce se introdujo en su interior.
Leire arqueó la espalda contra el colchón al sentir a Joyce dentro de su cuerpo, dejando escapar un grito ahogado que se difuminó entre el calor abrasador de la chimenea.
Clavó sus uñas en los hombros musculados de él ante la abrumadora ola de sensaciones que la recorrían de la cabeza a los pies.
Durante ese momento, Leire sintió que nunca nadie había encajado tan bien en su cuerpo de la forma en que lo hacía Joyce, acompasando sus movimientos al ritmo frenético de sus respiraciones, mientras, de forma lenta y pausada, él trataba de acompasar el movimiento de sus caderas.
Joyce contuvo el aliento durante unos segundos, como si estuviese haciendo un gran esfuerzo por contenerse, saboreando los restos de vino de su boca, que en ese instante le supieron a gloria.
Deslizó su mano sobre la de ella, agarrándola con fuerza y obligándola a estirarla sobre el colchón.
Leire, deseosa de enseñar sus cartas, lo envolvió con las piernas y se posicionó sobre él, sentada a horcajadas sobre su cuerpo; se hundió más sobre él, logrando que Joyce dejara escapar varios gemidos roncos que la impulsaron a adoptar una actitud más posesiva y determinante.
De esa forma cambió el baile de sus cuerpos, abandonando la danza lenta de Joyce para continuar con una mucho más rítmica y apasionada.
—Si sigues así no podré aguantar mucho más… —jadeó Joyce—. Leire, por favor.
— Shhhh … —le susurró ella sobre el oído—. Te dije que si jugabas conmigo te acabarías quemando, ¿no es así?
—Y yo que no me tomé en serio los secretos que decías tener escondidos bajo la manga… —bufó él con una sonrisa pícara que la hizo temblar.
Joyce giró su cuerpo para apoyarlo esta vez con fuerza sobre la cama. Leire soltó una risita ahogada que lo terminó de volver completamente loco.
—Pero se te olvidó preguntarme por mis secretos, Leire —Joyce le dio un beso que le entrecortó la respiración, haciéndole olvidar todo por unos minutos.
—Joyce… más… por favor —gimió ella, ladeando la cabeza sobre la almohada mientras los mechones de su melena mojada se esparcían por las sábanas.
El vaivén de sus cuerpos se volvió más frenético, envueltos en una entrega salvaje en la que no les parecía importar los miedos y la incertidumbre del futuro; porque en ese instante solo estaban sus cuerpos, entregándose el uno al otro, desatando una fuerza imparable que los había conducido a sentirse terriblemente atraídos.
Quizás fuera fruto de una chispa —típica de un amor de verano— o quizás el destino trataba de decirles que estaban destinados a encontrarse, a juzgar por cómo sus cuerpos parecían encajar a la perfección, como si aquello ya lo hubieran repetido un sinfín de veces.
Como si la anatomía de cada uno fuera un mapa que estaban deseosos de explorar con calma y aplomo.
Joyce se hundió más sobre ella, apoyando su mano sobre la espalda y sujetándole el pelo húmedo con suavidad hacia atrás.
—Vas a acabar conmigo, Leire —susurró sobre su oído—. Bendito día en el que me crucé contigo por Madrid.
—Joyce, por favor, no dejes de…
Leire no lograba responder, incapaz de encontrar palabras para hacerle ver que ella sentía francamente lo mismo.
Se centró en la intensidad del placer que le recorría el cuerpo, sintiendo la presión agolparse sobre su bajo vientre como una marea ardiente que la empujaba hacia el borde del abismo.
Apretó las piernas en torno a las caderas de Joyce con más fuerza, invitándole a descargar toda su energía.
Joyce captó el mensaje, acompañando el compás de sus embestidas con una sincronía perfecta, hundiéndose con fuerza en su interior.
Leire estalló de golpe, soltando un grito desgarrador sobre la almohada que Joyce amortiguó atrapando su boca con la mano, mientras su propio orgasmo lo sacudía a la par, en una marea de espasmos internos que lo dejaron aturdido por unos breves segundos.
Joyce se dejó caer sobre ella, evitando que todo su peso quedara encima de su cuerpo para no cortarle la respiración, dándole varios besos sobre el cuello y la espalda antes de recostarse a su lado.
Leire se dio la vuelta, quedándose flotando en una nube en su costado, unidos en un abrazo exhausto mientras sus respiraciones, agitadas y erráticas, buscaban recuperar el ritmo normal en mitad de aquel espacio iluminado por las chispas del fuego que repiqueteaba de fondo.
—Eres preciosa —le susurró Joyce rozando las yemas de sus dedos por su espalda.
—Me ves con buenos ojos.
—Nadie en su sano juicio pensaría lo contrario, Leire.
Leire se jactó.
—Si tú lo dices…
—Si no lo piensan, es que son imbéciles. Mismamente, no entiendo por qué no he sido capaz de dejarme llevar antes…
—Porque tienes miedo, Joyce. No te culpo por ello.
—No pienso desperdiciar esta oportunidad, Leire, has puesto mi vida patas arriba.
—Pero…
—Pero nada… —le susurró de nuevo—. Quiero verte feliz, quiero sentirte sobre mi cuerpo, quiero decirte de mil maneras posibles que este encuentro significa más para mí que mi miedo a sufrir de nuevo.
—Joyce…
Pero Leire ya no pudo continuar, porque Joyce comenzó a depositarle varios besos en la nuca que le hicieron perder el sentido. Bajó sus labios hacia su pecho y mordisqueó suavemente uno de sus pezones mientras que su mano se deslizaba suavemente hacia abajo.
—Más…
—Tengo todo el tiempo del mundo para darte todo aquello que desees, Leire. Está claro que tú tienes todo el poder.
Leire sonrió y se abandonó a un abismo de emociones y sentimientos que no pudo explicar con palabras, a la vez que saboreaba aquel momento.
Su boca se encontraba con la suya a un ritmo incansable y frenético.
Porque en aquel momento eran él y ella, abandonados a su suerte o por el destino, pero nada ni nadie podría borrar ese momento. Porque era suyo y de nadie más.
Unas horas más tarde, Joyce se quedó mirando la figura de Leire, dormida entre las aterciopeladas sábanas que envolvían su cuerpo.
Mientras observaba su tez pálida, le dio la sensación de que, estando dormida, era como una pequeña hada de los bosques: un ser diminuto y frágil por el que sentía una necesidad ineludible de proteger, de estrecharlo entre sus brazos y cuidarlo.
Hacía mucho tiempo que no se ponía en juego una emoción así; ya que nadie había sido capaz de despertar en él esas ganas de arriesgar, de lanzarse en manos de la adrenalina y dar rienda suelta a sus impulsos más innatos.
Sentir su cuerpo contra el suyo había sido como un conjunto de verdades estallando en su interior.