Los hilos invisibles del destino Capítulo 23
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Capítulo 23

Cuando sus labios se separaron, Leire se movió primero.

No fue un gesto brusco, sino que se desplazó con delicadeza, como las bailarinas cuando alzan los pies y mueven las manos con una fragilidad tan sutil que parece que todo está a punto de romperse.

Se sentó en el sillón, percatándose de que no se dejara nada de piel expuesta, teniendo en cuenta que debajo de aquel albornoz no había ninguna otra prenda de ropa; tan solo la tela envolvía ligeramente su figura, resultando tentador imaginarse lo que figuraba debajo de ella.

Joyce seguía de pie, sin moverse, con los ojos fijos en ella.

Era incapaz de articular palabra o realizar cualquier tipo de movimiento porque, en ese momento, no era dueño de sus sentidos ni de sus acciones.

Sentía que en cualquier instante sus manos iban a engancharse en su pelo húmedo y sus labios iban a volver a posarse contra los suyos.

—Parece que estamos atrapados aquí —comentó Leire, rompiendo el silencio que se había instaurado nuevamente entre ellos.

Joyce soltó una risa suave, intentando relajarse. ¿Iba a hacer como si nada hubiese pasado? Bien. Él también sabía jugar a aquel juego. Dio un paso adelante y se sentó en el sillón que se encontraba frente a ella.

—Eso parece. Pero no es tan terrible, ¿o sí? —Joyce recorrió con la mirada la estancia. Sin duda, era muy lujosa y acogedora. Pese a que no habían podido regresar a Colmar, esta alternativa era bastante gratificante.

Leire alzó la vista y, sin responder, cogió nuevamente la copa de vino con delicadeza y se la llevó a los labios, sin apartar la mirada de él.

No bebió de inmediato; solo la sostuvo mientras posaba su dedo pulgar por el borde del cristal.

Joyce la miró, observando los pequeños detalles, cómo sus dedos sostenían la copa y cómo el pulgar recorría lentamente el filo, un movimiento aparentemente insignificante pero que estaba cargado de sensualidad.

Observó cómo su pecho ascendía y descendía con una respiración inusual, y cómo la tela del albornoz se movía con cada inspiración y exhalación.

—¿Quieres un poco? —La pregunta le pilló desprevenido. Observó cómo Leire alzaba la copa en señal de ofrecimiento. Joyce asintió, sin musitar palabra. Hizo amago de coger la otra copa vacía que estaba en la mesita, pero Leire, anticipando sus acciones, se la quitó.

—No —negó ella con firmeza. Sus labios se curvaron en una sonrisa ligera y posó su mirada en su copa, para luego volver a clavarla en Joyce.

Joyce la observó en silencio, intentando discernir sus intenciones en el brillo de sus ojos. Leire alzó la copa y humedeció sus labios con el vino blanco. Él observó cada movimiento, como si todo estuviese sucediendo a cámara lenta y aquello fuese la secuencia de una película.

—Si quieres beber, ven aquí y tómalo —Joyce se quedó estupefacto ante la tiranía de sus palabras, como si fuese una orden.

Una orden que cumplió, sin dejar de mirarla.

Se levantó lentamente de su asiento y, con dos pasos, se posicionó delante de ella.

Leire lo miró desde su sitio y Joyce pudo apreciar la intensidad de su mirada.

Le retiró la copa con las manos, no sin rozar intencionadamente la mano de ella con sus dedos, y bebió del cristal, siendo consciente de que anteriormente habían sido los labios de Leire quienes habían probado el líquido.

—No está mal, ¿verdad? —susurró ella.

Joyce deslizó la mirada al frente, saboreando el vino. Se humedeció los labios con la lengua, probando el último rastro del vino. O de ella.

—Está bien —murmuró—. Pero me hubiera gustado más probarlo directamente de tus labios.

El silencio que siguió no pedía palabras.

Ambos estaban jugando a un juego que no sabían cómo continuar: ella recelosa por realizar cualquier acción que pudiera echarlo atrás, y él con miedo a perder por completo el control y dejarse llevar absolutamente por la necesidad urgente de sentir su cuerpo contra el suyo.

—Se te da muy bien este juego. Juegas muy bien al arte de la provocación, ¿no te parece? —comentó él.

—¿Yo? Solo te he ofrecido vino. Fuiste tú quien decidió acercarse.

—Más bien sonó como una orden.

—Y tú la acataste.

—Empiezo a pensar que el vino no era el único ofrecimiento —la voz de Joyce sonó algo ronca.

—¿Y hay algún problema? Te recuerdo que has sido tú quien me ha besado a mí.

Leire se acomodó en el sillón, con la pierna aún por encima de la otra, el albornoz completamente cerrado y con la copa en las manos. Jugar con el cristal entre los dedos era la única manera de mantenerse firme y saber qué hacer con ellos.

—A lo mejor ese beso es todo lo que puedes darme, ¿qué iba a ser si no? —le retó ella.

—Leire, no juegues con fuego. Ya te dije qué podría pasar si lo intentabas.

—¿Y si me gusta quemarme?

Joyce dio un paso al frente y se agachó, posando ambas manos en los reposabrazos del sillón.

—Pues te diría que eres un poco masoquista.

—No lo creo. Solo estoy jugando a un juego que tiene ciertos riesgos.

Joyce suspiró. El calor de la habitación comenzaba a ser insoportable y él se sentía dentro de una olla a punto de ebullición.

—¿Leire? —Ella le miró fijamente—. ¿Siempre eres así?

—¿Así cómo? —Ladeó la cabeza como si no supiese de qué le estaba hablando, con una pizca de inocencia.

—Peligrosa. Dejando que todo arda a su antojo si quisieras.

Leire dejó escapar una risa suave acompañada de un resoplido. Se aclaró la garganta antes de responder:

—Solo cuando sé que el riesgo merece la pena —Joyce abrió los ojos, atónito por esa respuesta que no se esperaba.

Leire dejó caer sus dedos en los brazos de él, los cuales seguían posados sobre el sillón, y se inclinó ligeramente hacia delante.

Él intentó mantenerse firme al sentir el contacto de las yemas sobre su piel.

Joyce se inclinó hacia ella, acortando completamente la distancia entre los dos. Notó su aliento cálido sobre el suyo. Leire no se movió; su boca quedó a escasos milímetros de la suya. No la tocó. No aún.

—Dime que me detenga —murmuró Joyce.

Leire sintió un escalofrío al notar el aire que emanaba de su boca, pero no respondió. Joyce anotó su respiración entrecortada y supo que la tenía justo donde quería. ¿Le gustaba jugar? Pues jugarían entonces.

Él esperó, dejando que el momento se alargara y que la expectativa hiciera su trabajo. Y entonces, justo cuando creyó que Leire iba a cerrar los ojos y acortar la distancia, se apartó lentamente con una sonrisa cargada de desafío. Leire parpadeó, sorprendida por el movimiento.

—Me voy a catar la bañera de hidromasaje.

Creo que me toca probar, ¿no te parece? —Leire, perpleja, observó cómo Joyce se quitaba la camiseta delante de ella, dejando ver un torso desnudo bien trabajado, con un sutil vello en el pecho.

Observó las marcas que se dibujaban hacia la parte inferior, dando lugar al pantalón gris de chándal que aún tenía puesto.

Tiró la prenda al suelo y retrocedió, encaminándose hacia el baño.

Leire lo miró asombrada, siendo consciente de que acababa de darle un golpe bajo.

Ella había jugado muy bien sus cartas, pero él sabía cómo mover las suyas.

Joyce poseía una maestría inquebrantable en el arte de la provocación; no era que no la hubiese avisado, ella lo sabía.

Aun así, estaba atónita. Después de contemplar la imagen de su torso desnudo, sentía que había perdido completamente la cordura.

—¿Vienes? —se dio la vuelta él.

—¿Qué?

—Podemos compartir.

—¿Ahora quieres compartir?

—¿Y cuándo no? Tú has compartido el vino, yo comparto la bañera. Es enorme; sería todo un desperdicio no aprovechar el espacio y el agua caliente —Joyce sonrió con ese brillo en los ojos que lo delataba todo, denotando la picardía en su mirada.

Leire lo meditó un segundo. Si accedía, le daría exactamente lo que quería. Aunque se moría de ganas por ceder, decidió esperar. Cogió otra vez la copa de vino y miró a Joyce.

—Disfruta de tu baño, Joyce —añadió. Notó la decepción en la mirada de él. Bien, justo lo que quería provocar.

—Como quieras —Joyce se encaminó al baño, cerrando la puerta tras de sí.

Pocos minutos después, escuchó la bañera llenarse, tal y como había hecho ella anteriormente.

Dejó pasar diez minutos y, cuando decidió que ya era tiempo suficiente, se dirigió con sigilo hacia el baño.

Abrió la puerta con discreción y observó a Joyce tumbado en la bañera, mientras las burbujas danzaban a su alrededor y una densa capa de espuma cubría la superficie del agua, ocultando su cuerpo casi por completo.

Parecía estar completamente relajado, ya que no había escuchado la puerta abrirse.

La luz tenue del baño reflejaba una suave aureola sobre su figura, parcialmente oculta por el jabón.

Su torso, ahora sumergido, aún era visible, marcado por la mezcla entre el agua y el jabón que la cubría.

A Leire le costaba creer lo que veía. Había algo en esa imagen tan vulnerable, tan humana, que la fascinaba; porque debajo de toda esa seguridad que Joyce proyectaba, allí estaba él, relajado y ajeno a su presencia, como un hombre sin barreras y sin defensas.

Alguien que habría sufrido mucho y que, por más que lo intentase ocultar, se ponía una coraza para protegerse del resto del mundo.

Leire se acercó un poco más, con un sigilo apenas perceptible. Cuando estuvo delante de la bañera, Joyce fue consciente de su presencia.

—He sentido envidia de imaginarte disfrutando solo de esa bañera de hidromasaje y no he podido resistirme —comentó Leire. Joyce pareció no alterarse por su presencia y se mantuvo tumbado en la misma posición en la que estaba antes.

—Lo sabía —respondió él con voz suave, con una confianza inquebrantable. Él sabía perfectamente lo que hacía.—¿No vas a entrar?

—Entonces, ¿me invitas a entrar? —Joyce emitió un gruñido, señal suficiente para Leire, que se metió con el albornoz puesto en la bañera.

—¿No te lo vas a quitar?

—No te lo voy a poner tan fácil —Joyce tragó saliva al ver cómo la tela húmeda del albornoz se ceñía a su piel.

Él se incorporó, sentándose en un lateral de la bañera y dejando su torso expuesto al aire, mientras el resto de su cuerpo quedaba cubierto por la espuma. Observó el rostro de Leire, humedecido por el vapor. Leire vio cómo Joyce la recorría minuciosamente con la mirada.

—Joyce, ¿sabes lo que haces conmigo?

—Cuando se trata de ti, nunca sé lo que hago —confesó.

Leire mordió ligeramente su labio inferior, un gesto inconsciente que él observó con intensidad. Ella se atrevió a moverse un poco, lo suficiente para alargar el brazo y pasarlo lentamente por la melena mojada de Joyce, acariciando su pelo y moviéndolo hacia atrás.

Joyce se tensó al instante.

—Dime que me detenga —esta vez fue Leire quien pronunció esas palabras, y el silencio de Joyce fue más que suficiente para proseguir.

Se aproximó ligeramente y, sin ningún tipo de pudor ni miramiento, se acercó hacia él, con el albornoz flotando tras ella mientras bajaba la mano lentamente hacia su cuello.

Se inclinó pegada a su oído, dejando que sintiera su aliento.

Joyce cerró los ojos por un instante, como si estuviera luchando contra sí mismo.

—¿Esto es realmente un juego, Joyce? —susurró Leire contra su oído.

—Nunca fue un juego para mí —murmuró él, mientras deslizaba el albornoz hacia atrás, dejando tras de sí su espalda completamente desnuda.

—Entonces, ¿lo de antes? Nuestra conversación…

—Esa conversación fue una soberana estupidez.

—Entonces, ¿puedo?

—Por favor —suspiró Joyce entre dientes.