Capítulo 22 #2
—Tienes que dejar de vivir con miedo al abandono y comenzar a arriesgarte, Joyce.
Cuando dejes el dolor y el miedo a un lado, comenzarás a vivir de verdad.
Mientras tanto, seguirás metido en una jaula de la que no podrás salir si no aprendes a dejar ir —Jérôme volvió a suspirar—.
Joyce, no te estoy diciendo que no te entienda.
Sé lo duro que fue para ti y lo unido que estabas a papá…
pero él tomó una decisión. No dejes que esa elección te joda el resto de tu vida.
Haz tu vida. Vive. Enamórate. Baila. Salta.
Bebe. Haz lo que te apetezca en todo momento, pero hazlo.
Deja de pensar en el futuro, deja de pensar en lo que pasará después y simplemente vive.
Las palabras de su hermano calaron hondo en su interior.
Sabía que necesitaba un cambio, pero siempre tropezaba una y otra vez con la misma piedra y la imagen de su padre se le aparecía por delante.
Sin embargo, aquello tenía que cambiar; él lo sabía perfectamente y Jérôme se había encargado de recordárselo de la manera más clara posible.
—De acuerdo. Te intentaré hacer caso. Voy a subir a la habitación o Leire se pensará que la he dejado abandonada allí.
—Me parece bien, Joyce. Y hazme caso, por favor, no temas dejarte llevar. Te sentará bien —antes de colgar, su hermano soltó un grito—. ¡Ah! ¡Y usa protección! ¡No queremos sorpresas en casa!
—Ay, por Dios, cállate. No voy a hacer nada de eso.
—Sí, sí. Lo que tú digas.
Jérôme colgó y Joyce se dispuso a abonar la cuenta del café.
Mientras subía en el ascensor, en su mente aparecieron un montón de maneras de abordar la situación con Leire; quería hablar seriamente con ella y ser sincero.
Al menos, pedirle perdón por cómo le había hablado en la carretera era lo mínimo que podía hacer, pues no se sentía nada orgulloso de su reacción.
Vio una rosa decorando parte de las zonas comunes del hotel y sin que nadie lo viera, no dudó en coger una para dársela a Leire en cuanto la viera.
Al entrar en la suite, escuchó la suave música de jazz y vio un vaho cálido escapar por la rendija del baño.
Sin querer molestar, se dirigió hacia el fondo del dormitorio para descalzarse, pero la estampa que se encontró lo dejó totalmente sin palabras.
Leire estaba con el albornoz a medio abrochar, dejando a la vista una ligera imagen de su escote mientras sostenía la copa de vino.
La rosa se le cayó al suelo en el momento en el que sus ojos la vieron.
Joyce se quedó petrificado en el umbral, sintiendo cómo el aire se volvía denso a su alrededor.
Leire, ajena a su presencia, dejó caer su melena mojada hacia atrás mientras le daba un nuevo sorbo al vino blanco, contemplando cómo la nieve seguía cayendo sin cesar al otro lado de la ventana.
El tejido de lino se aflojaba sutilmente con cada uno de sus movimientos y, cuando volvió a erguirse, su mirada se encontró con la de él.
Por un instante, todo pareció congelarse en mitad de la estancia. Leire parpadeó y un leve rubor ascendió de inmediato hasta sus mejillas. Joyce experimentó un escalofrío en la nuca, sin saber muy bien cómo reaccionar ni hacia dónde dirigir los pasos.
—No te había escuchado entrar —murmuró ella, apresurándose a ajustar el albornoz al ser consciente de que estaba enseñando más piel de la necesaria. Reparó en la rosa que yacía en el suelo y alzó la mirada hacia Joyce.
—¿Es para mí?
—Eh… sí… —respondió dubitativo—. Lo siento, no pensé que… que estabas… No quería interrumpir —respondió él, con una voz notablemente más ronca de lo esperado. Tragó saliva, intentando aclarar su garganta.
El silencio que se instauró entre ambos no resultaba incómodo, pero en cierta manera era extraño.
Ninguno de los dos sabía cómo debía comportarse: no después de la dolorosa conversación que habían mantenido, ni de cómo habían quedado las cosas entre ellos.
Joyce caminó hacia ella, movido por un impulso irrefrenable que se apoderó de sus piernas, como si unas alas invisibles lo obligaran a avanzar en su dirección.
Leire se quedó inmóvil, estupefacta. Descolocada por la interrupción inesperada, no pudo apartar los ojos de él.
Desplazó la mirada hacia su cuello, observando las líneas marcadas de sus venas, y descendió por sus brazos musculados hasta acabar en sus manos de masajista; unas manos que parecían esculpidas por el mismísimo Miguel Ángel.
Tragó saliva. ¿Cómo podía alguien rozar la perfección de esa manera?
Volvió a fijarse en su rostro, delimitado por una barba de pocos días bien cuidada, y observó cómo se echaba el pelo hacia atrás con los dedos; esa manía tan característica suya que la volvía loca y la desconcertaba a partes iguales.
Leire notó cómo la hombrera del albornoz se deslizaba hacia un lateral al coger la rosa de las manos de Joyce, dejando su hombro izquierdo completamente al descubierto.
Joyce clavó los ojos en ese trozo de piel expuesta.
En un amago por intentar subir el tejido y devolverlo a su lugar, las yemas de sus dedos rozaron su piel, provocando que una reacción eléctrica explotase en cada rincón de la habitación.
—Voy a… —articuló Joyce, sin tener muy claro qué pretendía hacer ni hacia dónde ir, pues apenas le quedaban opciones. Se llevó la mano a la nuca sin dejar de mirarla.
Sus ojos se posaron en su piel blanca, estudiando las pequeñas motas de lunares que nacían bajo su cuello. Su mirada brillante y avellanada deslumbraba, amenazando con eclipsar cualquier atisbo de cordura.
—Sí… yo… debería… —Leire dejó la copa de vino sobre la mesita con un golpeteo algo torpe que agitó el líquido dentro del cristal. Se mordió el labio inferior, inconsciente de que aquel simple gesto avivaba por completo toda la tensión que se palpaba en el ambiente.
Por un instante, ninguno de los dos supo qué hacer con las manos, con sus cuerpos, ni con todo lo que vibraba entre ellos.
No había sido algo premeditado, ni constituía un juego como en las ocasiones anteriores.
Era, sencillamente, una situación imprevista que los había dejado al borde de lo desconocido.
Y lo peor era que ninguno sabía si debía retroceder… o dejarse llevar por completo.
—A la mierda —espetó Joyce.
Recortó la distancia que había entre ellos y con delicadeza, le cogió la cara con ambas manos, estampando sus labios contra los de ella.
Leire, si se impactó por el ataque repentino de Joyce, no se echó atrás, sino que soltó la rosa sobre la cama y lo agarró de la cintura con una mano, mientras que la otra se posó sobre su nuca.
Ya no había vuelta atrás.