Los hilos invisibles del destino Capítulo 22
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Capítulo 22

La suite del hotel irradiaba cierto lujo.

Al entrar, la madera crujió sutilmente bajo sus pies.

Era la habitación más premium de aquel hotel y, casualmente, era la única que les quedaba libre.

Un amplio ventanal dejaba ver cómo los copos de nieve descendían sin pesar al otro lado del cristal, cada vez más gruesos, formando una densa capa blanca al caer.

En el centro de la estancia había una cama king-size que invitaba a descansar durante un año entero, además de estar cubierta por un edredón de algodón fino y suave, con cojines perfectamente colocados en el centro de la colcha.

Encima de ella descansaban dos albornoces de lino color granate, cuidadosamente doblados.

Enfrente de la cama se alzaba una mesa con dos sillones, uno frente al otro.

Sobre la superficie, destacaba una botella de vino blanco con dos copas, tal y como les había sugerido la recepcionista.

Al lado de los sillones había una pequeña chimenea que crepitaba suavemente, llenando el ambiente con un calor envolvente y un sutil aroma a madera quemada que, mezclado con el toque avainillado de los ambientadores, daba lugar a una habitación de lo más hogareña y acogedora.

No obstante, pese a la lujosidad de la estancia, lo mejor de todo, sin duda, era el baño.

Estaba cubierto con repisas de mármol blanco y separado del dormitorio únicamente por una puerta corredera de cristal esmerilado.

Los ojos se les fueron de inmediato a una bañera de spa de diseño minimalista, la cual ocupaba un lugar privilegiado junto a una pequeña ventana por la que se podía observar la nieve caer.

Al otro lado se ubicaba una ducha con chorros de hidromasaje que, desde luego, no era apta para una limpieza rápida, ya que los chorros invitaban a demorarse un buen rato bajo el agua; nada sostenible con el medio ambiente.

Aromas sutiles de lavanda y vainilla flotaban en el aire, procedentes de los aceites esenciales dispuestos en un rincón.

Estaba todo cuidado al detalle. Sin duda, era la estancia perfecta para una pareja enamorada.

La diferencia radicaba en que ni Joyce ni Leire estaban enamorados ni eran pareja.

Y menos aún después de aquella conversación en la montaña, en la que no hubo lugar para la tregua y donde todo había quedado dicho: sin segundas intenciones, sin forzar la situación, sin riesgos.

Entre ellos no iba a pasar absolutamente nada, y eso Joyce parecía tenerlo muy claro.

—Bueno, pues tendremos que pasar las próximas horas aquí —comentó Leire, rompiendo el hielo.

Se quitó el abrigo y lo colocó cuidadosamente sobre el sillón.

Acto seguido, se despojó del pantalón de esquí y lo puso encima para quedarse solo con los vaqueros y el jersey.

Joyce la imitó, dejando sus prendas en el otro asiento.

Él vestía un pantalón de chándal gris con una sudadera, pero el crepitar de la chimenea provocaba que la temperatura de la habitación fuese bastante alta, por lo que se dispuso a quitarse la prenda superior y se quedó en manga corta, dejando a la vista unos brazos anchos y musculados.

Leire optó por no mirar. Había quedado claro que entre ellos no iba a pasar absolutamente nada, por lo que distraerse con posibles tentaciones no constituía una opción inteligente.

—Voy a bajar a la cafetería del hotel a por un café, ¿quieres que te traiga algo? —se ofreció él.

Leire negó con la cabeza ante el ofrecimiento de Joyce, el cual desapareció por la puerta sin añadir nada más.

Se quedó sentada, un poco angustiada e incómoda por la situación.

¿Por qué las cosas se habían tenido que torcer de esa manera con el buen día que estaban teniendo?

Repasó mentalmente la conversación que habían mantenido anteriormente y chasqueó la lengua con rabia.

No estaba de acuerdo con la reacción ni con la actitud de Joyce, pero la respetaba.

Sabía que había algo oscuro en el fondo de su ser que le impedía avanzar, y ella no podía hacer nada contra eso; no se podía forzar a una persona a que hiciera algo que no sentía de verdad, y menos si no estaba segura de querer hacerlo realmente.

Suspiró. Qué difícil iban a ser pasar las próximas horas encerrada con él en aquel espacio.

Observó las posibilidades de las que disponía: ¿ver la televisión, mirar por la ventana, tomarse una copa de vino?

Clavó los ojos en la fina tela del albornoz dispuesto sobre la cama y no dudó ni un segundo.

Ya que estaba allí, tendría que aprovechar las instalaciones.

Había pagado la friolera de ciento ochenta euros por la noche, así que lo mínimo que podía hacer era sacarle partido a la bañera del spa.

Aprovechando que Joyce se había marchado, se desvistió, dejando la ropa cuidadosamente doblada en el sillón y, en cuanto se quedó completamente desnuda, se envolvió en el albornoz y se encaminó hacia el baño.

Abrió el grifo del agua caliente y, mientras dejaba que la bañera se llenase, regresó un momento al dormitorio sintiendo el suelo frío de mármol bajo sus pies descalzos.

Cogió la botella, se sirvió una copa de vino blanco y regresó.

Cuando el agua estuvo lista, vertió una bomba de baño que encontró en la cesta de productos de aseo personal y añadió gel.

Activó los chorros de masaje y el agua empezó a burbujear, revolviendo el jabón mientras la bola se deshacía conforme daba vueltas.

Dejó resbalar el albornoz por su espalda desnuda y se deslizó dentro de la bañera.

La calidez del agua la envolvió de inmediato, reconfortándola.

Poco a poco se fue sumergiendo, acostumbrándose a la temperatura hasta que su cuerpo quedó completamente cubierto.

Cerró los ojos y se dejó llevar, saboreando el momento en absoluto silencio.

Con la copa de vino al lado, Leire se sentía en la gloria.

Buscó una lista de reproducción en su teléfono y seleccionó una tenue melodía de jazz; ayudándola a relajarse por completo y disfrutar de la paz que experimentaba en ese instante.

Unas plantas más abajo, Joyce se encontraba tomando un café en la cafetería del hotel.

Mientras removía la cuchara sin parar, repasaba la conversación que había mantenido con Leire y visualizaba cómo habían llegado a esa situación.

Resopló. Sentía que el universo sí trataba de decirle algo, porque tantas casualidades encadenadas comenzaban a mosquearle un poquito.

«¡Joder, Leire! ¡Pero te irás! ¿Y qué se supone que voy a hacer yo después? Siento que soy capaz de perder la cabeza por ti y sé que no podré soportar el dolor de tu ausencia. No quiero volver a pasar por ese infierno, no quiero».

Joyce era plenamente consciente de su reacción: se había puesto a la defensiva y había levantado un muro inquebrantable entre él y Leire, uno que no estaba dispuesto a derribar. Agobiado, decidió llamar a su hermano Jérôme; él sabría qué decirle.

Dos tonos después, escuchó la voz de su hermano al otro lado de la línea, lo cual fue suficiente para calmarlo un poco. Jérôme siempre estaba disponible para ayudarlo cuando fuese necesario.

—Hola, Joyce. ¿Qué pasa? ¿Todo bien? —preguntó.

Joyce comenzó a relatarle todo lo que había pasado a lo largo del día, desde la excursión hasta el desprendimiento de nieve en la carretera que les impedía regresar a Colmar, obligándolos a pasar la noche en un hotel a la espera de que despejaran la calzada al día siguiente.

—¡Pero bueno, hermano! ¡Eso no pinta nada mal! En verdad la vida te ha hecho un favor, ¿no te parece? —rio Jérôme.

—No. Favor ninguno.

—¿Por qué? ¿Me estás diciendo que tienes a una chica que te gusta ahí arriba y esto que os ha pasado no es ningún favor? ¡Joder! Parece que el universo ha estado conspirando contra vosotros. —Otra vez con el maldito universo. Ahora su hermano también.

—No empieces tú también con la teoría del universo, el destino y las puñeteras casualidades imposibles, porque no estoy de humor, Jérôme. Hoy no.

—Pero vamos a ver, mon frère . La chica te gusta. Por lo que me has dicho, a ella también le gustas. ¿Cuál es el maldito problema? Dímelo porque yo, la verdad, no lo entiendo.

—Porque luego se irá, Jérôme. Y no la volveré a ver —confesó Joyce con amargura—. Desaparecerá de mi vida como hizo papá y luego tardaré un montón de tiempo en recuperarme. Estoy harto de sufrir.

—Ay, Joyce —se escuchó un suspiro al otro lado del teléfono—. Tienes que empezar a superar lo de papá. No lo hizo bien, no lo justifico.

—¿No lo hizo bien? ¡Se portó como un capullo y nos dejó solos a mamá, a ti y a mí! Se largó después de ponerle los cuernos a mamá, tras unos cuantos años llevando una doble vida, y nos abandonó a escasos días de Navidad.

Jérôme bufó al otro lado del teléfono.

—A ver, Joyce. ¿Fue una mierda? Sí. Pero yo que tú no lloraría más por él, tienes que seguir adelante.

—Es un gilipollas.

—Tampoco digas eso, hermano. Es nuestro padre.

—Era nuestro padre —rectificó—. Un padre que no tuvo ningún reparo en abandonarnos y desaparecer de nuestras vidas como si nada, rompiendo todo tipo de comunicación posible.

Si a eso se le llama padre, entonces nuestra madre es un ángel.

¿Te has preguntado alguna vez cómo lo ha vivido ella?

Te recuerdo que su marido la abandonó después de enterarse de que llevaba años siendo engañada, ¡años!

, y la dejó sola, a cargo de la hipoteca con dos chavales sin trabajo viviendo bajo su techo. ¿A ti qué te parece?

Jérôme suspiró en silencio. Su hermano tenía toda la razón; su madre había sufrido un infierno por aquello pero, aun así, había seguido hacia delante. A diferencia de Joyce, ella había encontrado otra manera de vivir y de ser feliz, pese a que el dolor y el sufrimiento fueran demasiado grandes.

—Sí, lo sé. Tienes razón. Pero Joyce…

—¿Qué? —replicó, molesto.