Los hilos invisibles del destino Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

—Tendremos que buscar un hotel en los alrededores. Vamos —Joyce apagó el motor, se abrochó el abrigo y salió al frío de la noche, seguido de cerca por una Leire consumida por la inquietud.

Probaron suerte en el primer establecimiento que divisaron frente al parking.

—Buenas tardes, quería consultar si tienen disponibles dos habitaciones para pasar la noche —solicitó Joyce al aproximarse al mostrador.

—Lo siento mucho, chicos, pero estamos completos —le respondió la recepcionista ojeando la pantalla de las reservas con ademán apenado—. Es temporada alta y lo tenemos todo bloqueado desde hace meses. Es imposible, lo lamento.

—Entiendo, muchas gracias igualmente —zanjó Joyce, dándose la vuelta—. Tendremos que buscar en otro sitio —le indicó a su acompañante.

—¿Y qué vamos a hacer si no queda nada libre? Ay Dios mío, esto es terrible —se angustió Leire, contemplando la ventisca arreciar al otro lado de las cristaleras.

—Tranquilízate, Leire. Encontraremos algo, te lo prometo —le aseguró él, intentando infundir una calma que él mismo empezaba a perder.

Ingresaron en un segundo hotel, pero la respuesta del empleado fue un calco de la anterior. Joyce comenzaba a desesperarse y Leire sentía que la ansiedad amenazaba con cortarle la respiración.

—Eh, detente. Respira. Tranquila, ven aquí —al verla al borde del colapso, Joyce la atrajo hacia su pecho y la rodeó con los brazos.

Leire se cobijó en su calor, intentando acompasar su respiración a la de él—.

Eso es, inspira hondo y exhala el aire despacio por la boca.

Ahora entraremos a preguntar en ese último establecimiento de la esquina. Seguro que allí tenemos suerte, ¿vale?

Leire asintió, no muy convencida, y cruzaron el umbral del tercer hotel.

—Buenas tardes, quería saber si disponen de dos habitaciones libres para esta noche —repitió Joyce frente al mostrador de la recepción, donde una empleada bastante amable los recibió con una sonrisa.

—Buenas tardes, pareja —los saludó ella. Ninguno de los dos se molestó en corregir el malentendido dada la urgencia de la situación—. Veamos qué puedo hacer por ustedes.

Joyce y Leire aguardaron en un tenso silencio mientras la mujer consultaba el registro en el ordenador; unos segundos que a Leire se le hicieron eternos.

—Pues están de suerte. Me queda una sola habitación disponible en todo el complejo.

—¿Dispone de camas individuales? —indagó Joyce. La recepcionista desvió la mirada de uno a otro, confusa ante la petición.

—Disculpen mi atrevimiento, asumía que eran pareja…

Déjame revisarlo —la mujer tecleó de nuevo en el ordenador—.

No, lo lamento. Solo nos queda libre una suite con spa que dispone de una cama de matrimonio king-size .

Supongo que vienen huyendo del desprendimiento de la carretera, ¿verdad?

—Ambos asintieron—. De acuerdo, aguarden un instante, por favor.

La recepcionista se retiró hacia las oficinas traseras durante un par de minutos.

—Escucha, Leire, no pasa nada, yo puedo dormir en el suelo del dormitorio o metido en la bañera, me da exactamente lo mismo —le aseguró Joyce en voz baja.

—¿Pero cómo vas a dormir en el suelo con el frío que hace? ¿Te has vuelto loco? —le reprendió ella.

La recepcionista regresó al mostrador.

—Me comunica mi superior que, al tratarse de una causa de fuerza mayor por el temporal, podemos aplicarles un veinte por ciento de descuento en la tarifa de la suite y obsequiarles con una botella de vino blanco, cortesía del hotel.

—De acuerdo, nos la quedamos. Muchas gracias —zanjó Leire, extrayendo el teléfono del bolso para abonar la reserva en el acto, bajo la mirada agradecida de Joyce, que asumía la gravedad de la situación.

—¿Y ahora qué hacemos? —murmuró ella, guardándose el móvil.

—Ahora subimos a la habitación y rezamos tres padrenuestros para que el temporal amaine lo antes posible —sentenció él, recogiendo la tarjeta de acceso.

Subió junto con Leire a la habitación, consciente de que, aunque no podía hacer nada por cambiar la situación, aquello era un error monumental.

Una sola cama para Leire y para él. Cojonudo.

Lo que necesitaba para calmar las aguas y olvidarse de la tentación.

Sabía que esa noche iba a ser interminable, y que dormir con Leire a su lado iba a ser una misión imposible.

Leire, por su parte, esbozó una sonrisa nerviosa contemplando los números del ascensor mientras subían. Le hubiera gustado decirle a Joyce que aquello volvía a ser una señal indiscutible del destino conspirando a su favor, pero optó por guardar silencio.

—No lo digas, por favor —Joyce rompió el silencio en el ascensor y la miró.

—¿Decir el qué? —preguntó haciéndose la tonta.

—Que esto no es más que otra obra macabra del destino.

Leire se encogió de hombros, pensando que si los astros no se hubieran alineado a conciencia para encerrarlos en esa habitación, la situación parecía sacada directamente del guion de una comedia romántica navideña.

—Lo has dicho tú, no yo.

Joyce bufó y Leire no pudo evitar reprimir una sonrisa.

Destino 1 — Joyce 0.