Capítulo 21 #2
—Si tú prefieres creer que el destino o el universo nos ha cruzado en el camino, eres libre de hacerlo, Leire, pero yo no —le espetó él, inflexible—. Para mí eso no existe. El amor es solo una ilusión efímera que se desvanece con el tiempo. Siempre se termina desvaneciendo.
Leire se quedó absorta ante la firmeza y la hostilidad de sus palabras. ¿Así que aquello era todo? ¿Una simple distracción vacacional por la que no merecía la pena arriesgar absolutamente nada?
—¿Y entonces qué hacemos aquí, Joyce? ¿Me lo explicas? Creía que de verdad tenías curiosidad por conocerme, que esto significaba algo para ti —murmuró ella, haciendo un esfuerzo sobrehumano por contener las lágrimas de frustración que amenazaban con asomar por sus ojos, profundamente dolida.
Y ahí estaba. De nuevo su temor por no ser suficiente. Porque detrás de la crudeza de sus palabras, Joyce no pensaba arriesgarse a conocerla a pesar de la distancia. Podía más el obstáculo que ella misma.
—Y quiero conocerte, Leire, todo lo que te confesé en el café es real… pero…
—¿Pero qué?
—¡Joder, Leire! ¡Pero te irás! ¿Y qué se supone que voy a hacer yo después? Siento que soy capaz de perder la cabeza por ti y sé que no podré soportar el dolor de tu ausencia. No quiero volver a pasar por ese infierno, no quiero.
Fue en ese instante cuando Leire comprendió el verdadero origen de su resistencia. Joyce no actuaba por desinterés, sino por puro terror.
—Tienes miedo —afirmó ella. Él desvió la mirada, guardando silencio—. Joyce, mírame y respóndeme. ¿Tienes miedo a enamorarte de mí?
Joyce resopló, pasando los dedos por su melena; un rasgo que Leire comenzaba a ver en él cada vez que se ponía nervioso. Inspiró y expiró el aire frío varias veces antes de clavar sus ojos en ella.
—Sí —sentenció.
—Entiendo —Joyce posó sus ojos sobre ella—-. ¡Claro que lo entiendo, Joyce! ¿Acaso te has parado a pensar en cómo voy a gestionar yo todo esto? ¿Si esto para mí es difícil o no?
—No es lo mismo, tú no has…
—¡No vayas por ahí, Joyce! ¡No sabes nada sobre mí! No sabes todo lo que he sufrido ni sabes si esto me duele tanto a mí como a ti, ¡por qué no estás en mi cabeza! ¿Lo entiendes?
Joyce la miró en silencio, con las manos metidas en el abrigo. Ahora mismo era incapaz de mantenerle fija la mirada. No sabía qué decirle, ni cómo. Leire resopló, nerviosa y cabreada por el rumbo que había tomado aquella conversación.
—Supongo entonces que no hay nada que podamos hacer por cambiar las cosas —replicó Leire con tristeza, tragándose el nudo que amenazaba con cerrarle la garganta antes de obligarse a sostenerle la mirada—.
¿Sabes, Joyce? Yo estaba dispuesta a arriesgarme.
Estaba dispuesta a dejarme llevar sin frenos, sin pensar en el después ni en lo que haríamos con esto cuando las vacaciones terminaran; simplemente quería exprimir lo que fuera que existiese entre nosotros.
Pero está claro que tú no compartes esa visión, y tienes todo el derecho del mundo a protegerte.
Si no estás dispuesto a dejar que las cosas fluyan, no tiene sentido que sigamos forzando la situación.
No quiero hacerte daño, ni quiero que pienses que esto es un juego. Dejémoslo aquí.
—Leire, yo… no sé… —Joyce titubeó, completamente desarmado ante sus palabras, sintiéndose un cobarde.
Le dolía reprimir sus sentimientos por mero temor al sufrimiento o al abandono.
La sombra de la marcha de su padre se proyectaba de nuevo sobre sus decisiones presentes, sabiendo lo doloroso que resultaba que la persona a la que quieres desaparezca sin mirar atrás.
El pasado amenazaba una vez más con boicotear su futuro, atrapándolo en una jaula de culpa y miedo de la que no sabía cómo escapar.
—Entonces nos marchamos, Joyce. Creo que es lo mejor para los dos. Llévame de vuelta al apartamento —zanjó ella.
Joyce valoró la idea de rebatir sus palabras o prolongar la conversación, pero la voz pareció romperse en su garganta y se limitó a asentir en silencio.
Regresaron al vehículo sin cruzar una sola palabra.
En cuanto se acomodaron en los asientos y él arrancó el motor, la tensión que antes era puramente física se transformó en un muro incómodo, espeso y exasperante.
Un silencio absoluto envolvió el espacio mientras el coche avanzaba por la carretera de montaña.
Apenas habían transcurrido cinco minutos de trayecto cuando, al enfilar el tramo principal que los conectaría con Colmar, dos patrullas de la Gendarmería Nacional los obligaron a ralentizar la marcha hasta detenerse por completo.
Joyce bajó la ventanilla.
— Bonsoir .
— Bonsoir , agente —respondió Joyce—. ¿Ocurre algo?
—¿Hacia dónde se dirigen?
—Hacia Colmar —indicó él. El policía negó con la cabeza.
—Lo siento, pero todos los accesos a la avenida principal están cortados. Se ha producido un desprendimiento masivo de nieve y la carretera está completamente intransitable.
—¿Hasta cuándo se mantendrá el corte?
—Me temo que hasta mañana por la mañana, como mínimo.
Los servicios de emergencia no podrán despejar la zona hoy.
Observe, caballero —el gendarme señaló con el índice hacia el cielo nocturno—.
Está comenzando a nevar con fuerza y las previsiones meteorológicas anuncian fuertes ventiscas para esta noche.
Les aconsejo que den la vuelta y busquen un alojamiento cercano donde pasar la noche. Que tengan suerte.
Joyce encauzó la marcha atrás y regresó por el mismo camino por el que habían venido, regresando al aparcamiento de la estación de esquí. Absortos por el giro de los acontecimientos, se mantuvieron mudos hasta estacionar el coche.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Leire, con un punto de nerviosismo en la voz—. ¿Cómo regresamos a Colmar?
—Ya has oído al agente, es imposible. Hoy no saldremos de aquí.
—¿Pero dónde se supone que vamos a dormir?