Los hilos invisibles del destino Capítulo 21
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Capítulo 21

Tras caminar el resto del sendero, Leire llegó exhausta. Había sido mucho más cansado de lo que pensaba; aunque fuesen pocos kilómetros, el esfuerzo de avanzar sobre la nieve era el doble y aquello se notaba en cada zancada.

—Guau, nunca creí que diría esto, pero me tiemblan las piernas —admitió, deteniéndose en mitad del camino—. No puedo más.

—Te lo dije. Es mucho más pesado de lo que parece —Joyce se agachó con destreza para ayudarla a desenganchar las raquetas y, al incorporarse, le ofreció el brazo—. Ven. Bajemos un poco más por la carretera, ahí abajo hay un restaurante que está para chuparse los dedos.

Leire asintió en silencio mientras su tripa rugía, confirmando la necesidad urgente de llevarse algo rico y caliente al estómago.

En cuanto llegaron al establecimiento y devolvieron las raquetas y los bastones, entraron en un local rústico en el que ya había varios comensales almorzando.

—Mmm, ¡qué rico huele! —exclamó ella, frotándose las manos para entrar en calor.

—¿Confías en mí? —Joyce la miró con un brillo divertido en los ojos azules. Ella asintió—. Pues déjame pedir a mí, no te arrepentirás.

Contenta por la iniciativa, Leire se acomodó en la silla dispuesta a dejarse impresionar.

Al cabo de pocos minutos, un camarero se aproximó a la mesa portando una generosa raclette : una fondue de queso fundido que venía acompañada de pan artesanal, patatas cocidas y una bandeja de embutidos de la zona.

Por otro lado, les sirvió una humeante tourte vosgienne , un pastel salado relleno de carne de cerdo y champiñones, típico de la cordillera de los Vosgos.

—Esto está delicioso. Una magnífica elección, Joyce.

—Por eso te pregunté si confiabas en mí.

—Bueno, después de que me lanzaras una bola de nieve directa a la cara, no lo tenía muy claro, la verdad —bromeó Leire, llevándose un trozo de patata a la boca para masticarlo con auténtico placer. Todo el menú estaba espectacular.

—En verdad fue un momento divertido, tenías que haber visto la cara que se te quedó.

—No lo dudo. Y todo gracias a ti —replicó ella con ironía.

Joyce la miró fijamente, completamente embobado por la mezcla de dulzura y descaro que la chica desprendía con cada uno de sus gestos.

Le resultaba asombrosamente fácil y reconfortante estar a su lado, una certeza que, en cierta medida, comenzaba a asustarlo.

Después de haber estado a punto de besarla en mitad de la nieve, era plenamente consciente de que recular o dar un paso atrás ya no era una opción viable.

¿Pero entonces, qué iba a suceder a partir de ese momento?

Leire se marcharía en unos días de Colmar; su regreso a España era un hecho inevitable.

—Por cierto, ¿hasta cuándo te vas a quedar exactamente en la ciudad? —indagó él, intentando sonar casual.

—Hasta Año Nuevo. Mis padres vendrán mañana por la tarde para cenar conmigo y pasar el día de Navidad, pero se marcharán al día siguiente. Yo he decidido quedarme unos días más.

—¿Por algún motivo en particular? —Joyce lanzó la pregunta deliberadamente, intentando que no sonara pretenciosa, pero Leire captó la jugada y aprovechó para picarlo.

—Bueno, puede que sí. Quizás me apetezca regresar a darme un masaje en Le Refuge Enchanté . He escuchado por ahí que hay un masajista que da los mejores masajes del mundo.

Joyce se atragantó con el vino. No se esperaba en absoluto aquella réplica; bebió un sorbo de agua a toda prisa para recuperar el aliento y la miró con intensidad.

—Te gusta jugar con fuego, ¿eh? —comentó con una sonrisa de medio lado—. Pero te advierto que tienes una alta competencia. ¿Acaso tengo que recordarte lo que pasó en el Café des Baisers ?

—Tú juegas y yo juego, Joyce, así son las cosas. Jugar uno solo resulta aburrido.

—Ay, Leire. ¿Qué voy a hacer contigo? —Joyce posó el brazo sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia delante, sosteniéndole la mirada.

En sus ojos apareció un brillo diferente, una chispa ardiente que delataba el deseo contenido de los últimos días.

—Conmigo puedes hacer lo que quieras. Al fin y al cabo, estoy en territorio enemigo, ¿no te parece?

—¿En territorio enemigo? ¿Por qué? —Joyce se aclaró la garganta, asumiendo el rumbo peligroso que estaba tomando la conversación.

—Bueno, digamos que tú juegas en casa. Vives aquí, eres de aquí y todo este entorno es completamente desconocido para mí. Tienes todas las de ganar.

—Eso es verdad. Supongo que tengo todo el poder, entonces —concluyó él.

Leire se encogió de hombros, divertida, y desvió la atención hacia su vaso de agua para darle un sorbo largo. Pero Joyce no se lo pensó dos veces y trató de decir, con confianza:

—Pero cuando se trata de ti, siento que no tengo para nada el control, Leire —Ella lo miró, perpleja por la sinceridad de sus palabras, incapaz de responderle al respecto—. Es más, siento que eres tú quien tiene todo el poder. Y eso… me gusta y me aterra a partes iguales.

—Supongo que me pasa algo parecido —trató de responder con una indiferencia muy poco lograda.

—Leire —Joyce apretó los dientes y se aproximó un poco más a ella, reduciendo el tono para que el resto de los comensales no pudiera escuchar la intimidad de sus palabras—.

No hay palabras suficientes para describir todo lo que me gustaría hacerte ahora mismo, así que hazme un favor y no tientes más a la suerte.

—¿O qué? —le desafió ella, sosteniéndole la mirada.

—O tendré que sacarte a rastras de este restaurante y buscar una solución.

—Hazlo —le retó en un susurro.

Joyce cerró los ojos un instante y se pasó las manos por la cara, abrumado.

No podía ser real; aquella chica sabía perfectamente cómo acorralarlo y provocarlo con solo una frase.

Estaba tentado de perder el control por completo, de besarla allí mismo y recorrer su cuerpo con las manos, una imagen que lo estaba volviendo loco cada vez que se lo imaginaba.

—Voy al baño. Ahora vuelvo —anunció, levantándose de la silla visiblemente acalorado por la situación.

En cuanto entró en el aseo, se salpicó el rostro con agua fría e inspiró y expiró con fuerza, intentando apaciguar las pulsaciones de su corazón. Si Leire continuaba por ese camino, iba a terminar quebrando todas sus defensas.

En la mesa, Leire tamborileó los dedos sobre la madera mientras lo veía desaparecer por el pasillo.

Sonrió para sus adentros, plenamente consciente del torbellino de emociones que acababa de desatar aquel chico sobre ella.

Sabía que lo estaba provocando, que la tensión acumulada entre ambos se había convertido en una bomba de relojería a punto de estallar, como un vaso hasta arriba de agua que amenazaba con desbordarse.

Sabía que estaba empujando a Joyce hacia el borde del abismo, pero se dio cuenta de que ella misma llevaba días experimentando ese mismo vértigo en el pecho.

¿Qué demonios tenía ese chico que la desarmaba por completo?

¿Era su forma de sonreír, su risa, la calidez que experimentaba cuando estaba cerca?

¿O acaso era la magia de la Navidad haciendo de las suyas?

Fuese lo que fuese, sus sentimientos bullían con tal fuerza en su interior que amenazaban con estallar en cualquier dirección.

Y de alguna manera, sintió que acababan de echar todas las cartas boca arriba sobre la mesa.

Respiró hondo y, con la intención de salir a buscarlo, hizo amago de ponerse en pie, pero se detuvo en seco al ver que Joyce ya regresaba con paso firme hacia la mesa.

—Nos vamos. Venga —sentenció él, con semblante serio.

Leire, atónita y confusa por el repentino cambio de rumbo, recogió su abrigo y la mochila a toda prisa. Observó cómo Joyce abonaba la cuenta en el mostrador con celeridad y cruzaba la puerta de salida sin esperarla.

—Eh, espera, Joyce —Leire aceleró el paso, siguiéndolo todo lo rápido que le permitían las piernas sobre el suelo nevado—. ¡Joyce, espera! ¡Por favor! —Le tomó firmemente del brazo, obligándolo a detenerse y a mirarla de frente.—¿Qué pasa? ¿He dicho algo malo? ¿La he cagado?

Joyce gesticuló cabreado consigo mismo por darle una imagen que no era cierta. Se acercó un poco más a ella y le apartó un mechón detrás de la oreja.

—No has hecho nada malo, por Dios, jamás pienses eso, Leire. Pasa que no sé qué hacer contigo, Leire. Me confundes por completo.

—¿Confundirte? ¿Yo? Pero si solo…

—Me refiero a que no logro controlar lo que me pasa cuando estás cerca —la interrumpió él, exasperado—.

Me apetece besarte, estar contigo a todas horas…

Y cuando me provocas de esa manera, siento que pierdo el control, maldita sea.

Estoy perdiendo el control de la situación y eso me saca de mis casillas.

Leire relajó los hombros, aliviada al comprender que Joyce no estaba enfadado con ella, sino asustado por la intensidad de sus propios impulsos.

Al saber que el deseo era mutuo, un auténtico nido de mariposas despertó de golpe en su estómago.

Si ambos se buscaban con la misma urgencia, ¿qué demonios los frenaba?

—Joyce, deja de moverte y escúchame —le pidió ella, dándole un paso al frente.

Él se detuvo, clavando en ella unos ojos azules donde se mezclaban la confusión, el escepticismo y el deseo contenido.

—A mí me sucede exactamente lo mismo —confesó Leire en un susurro—. Creo que ambos somos conscientes de que la tensión entre nosotros se respira en cada esquina. ¿Qué nos frena entonces? ¿Qué nos impide intentarlo?

—Que me abandonarás, Leire. Eso es lo que me frena —sentenció Joyce, con una crudeza que le heló la sangre—.

En unos días te irás de vuelta a Madrid y yo no estoy dispuesto a entregar lo mejor de mí para ver cómo desapareces de la noche a la mañana.

Porque tu sitio está allí, Leire. Esto que tenemos no es más que una efímera coincidencia de las vacaciones.

—¿Una coincidencia?