Capítulo 20 #2
El sol invernal bañaba el paisaje con una luz cálida, haciendo brillar el sendero a la vez que iluminaba el rostro de Leire, la cual sentía aquellos rayos de luz solar como un abrazo directo al corazón mientras caminaba y llenaba sus pulmones de ese aire tan puro y limpio.
Iban a su ritmo, sin necesidad de realizar un sobreesfuerzo, por lo que Leire sentía que podía disfrutar completamente de la experiencia sin la necesidad de que eso supusiese un martirio.
Al principio, notaba el peso de la raqueta bajo sus pies, pero al cabo de escasos minutos, se acostumbró a la forma de caminar y eso le permitió sentirse como un pez en el agua mientras caminaba al lado de Joyce, el cual parecía estar muy tranquilo y disfrutando al mismo tiempo, de la poca calidez del sol.
A pesar de que las manos les dolían un poco por el frío, el paseo tenía algo de mágico, casi irreal, como si estuvieran caminando dentro de una postal navideña.
—Es un lugar mágico, parece sacado de un cuento de hadas —comentó Leire, deteniéndose un segundo para contemplar el paisaje que se cernía ante sus ojos.
Joyce se paró a su lado, clavando los bastones en la nieve y observando asombrado el paisaje. No era la primera vez que hacía esa ruta o esa misma actividad, pero cada vez que la realizaba, era como si fuese la primera vez. El paisaje nunca dejaba de maravillarle y abstraerle por completo.
—Sí, estoy de acuerdo. Pero no te voy a mentir, si no caminamos y aprovechamos el tirón, el último tramo va a resultar agotador —respondió Joyce, consciente de lo que decía.
—¡Son menos de seis kilómetros! ¡Podré con ello! ¿O es que necesitas que te cargue? —se burló Leire. Él bufó y negó con la cabeza, divertido.
—Ya veremos quién ríe el último y quién tiene que acabar cargando a quién —Ambos siguieron caminando, entre risas y hablando de trivialidades.
Cuando llevaban dos kilómetros, Leire pidió una pequeña pausa.
—Para, por favor. Necesito beber un poco de agua.
—Vaya… ya se nos está haciendo cuesta arriba la ruta, ¿no decías que podías perfectamente?
—Y puedo, claro que puedo —bebió un largo sorbo de agua de la cantimplora que Joyce había llevado antes de seguir—. Pero agradecería hacer una pequeña pausa. ¿Ves esa roca de ahí? Podemos sentarnos y no sé, ¿hacer un muñeco de nieve?
—¿Un muñeco? ¿En serio? ¿Qué tenemos, cinco años?
—Sí, ¡hace mucho tiempo que no piso la nieve!
¡Tengo que aprovechar! —Leire se quedó pensativa y de repente, su rostro se iluminó como si acabase de tener una idea magnífica—.
¡Ya sé! ¡Podemos hacer un concurso! ¿Qué te parece?
Un concurso de muñecos de nieve. Yo hago uno y tú haces otro y vemos quien lo hace mejor.
—¿Y quién va a hacer de jurado, tú misma?
—No, se lo podemos mandar a mis amigos por mensaje, por ejemplo.
—¡Pero eso no es justo, escogerán el tuyo solo porque eres su amiga! —Leire negó divertida con la cabeza.
—No, porque no les diré cuál es el mío. Les enviaré solo las fotos y ellos tendrán que decidir cuál es mejor. ¿Qué me dices aguafiestas, te apuntas al reto?
—¿Aguafiestas yo? ¡Serás! —exclamó Joyce con una sonrisa traviesa. Se agachó rápidamente, formó una pequeña bola de nieve y la lanzó en dirección a Leire, quien no tuvo tiempo de reaccionar. La bola estalló contra su abrigo, dejando restos de nieve en la manga.
—¡Ah! ¡Esa sí que no me la esperaba! ¡Ahora verás! —Leire hizo lo mismo que Joyce con un poco más de torpeza y le lanzó una bola de nieve que le rozó ligeramente—. ¡No te vas a librar! Has jugado muy sucio.
—Todo vale en la guerra y en la nieve —espetó Joyce con una sonrisa victoriosa. Volvió a lanzar otra bola que le volvió a dar a Leire, concretamente en el pecho.
Leire entre risas, volvió a coger nieve y le lanzó otra bola, acertando esta vez de pleno en el abrigo de Joyce. Leire se fijó en su cara y entendió que o corría o la próxima bola le iba a dar plenamente en su cara.
—Oh, no. Joyce… no hagas lo que creo que vas a hacer… ¡ni se te ocurra!
—¿Y qué voy a hacer? ¿Eh? ¡Ilumíname! —Divertido, cogió otra bola de nieve y se la volvió a lanzar, pero esta vez Leire sí pudo esquivarla.
—¿Ah sí? ¡Ahora verás! ¡No tienes escapatoria, Leire!
—Ella se puso a correr, dejando que sus pies se hundieran en la nieve, pero fue en vano.
Era muy difícil correr por un sendero así.
Sentía la adrenalina del momento, mientras Joyce la perseguía como podía, con los pies hundiéndose entre la nieve, pero al menos, iba más rápido.
Su demostrada experiencia en terrenos nevados le daba una ventaja que Leire no tenía.
Joyce se paró, con una bola de nieve en la mano.
—¡Eh, Leire! —Ella giró la cabeza, cometiendo un grave error, porque la bola de nieve le impactó en toda la cara. Impresionada por el frío, se dejó caer hacia atrás, para quitarse toda la nieve de la cara.
—¡Ostras, lo siento! —Joyce corrió hacia donde estaba Leire y se agachó junto a ella, que intentaba quitarse la nieve que tenía por la cara, observando la situación con una mezcla de pánico y risa al mismo tiempo.
—Lo siento, ¿estás bien? ¿Te he hecho daño? No era mi intención, al menos no en la cara. —Joyce observó el rostro de Leire, cubierto de nieve. Intentó no reírse por la situación, pero estaba muy graciosa con el pelo lleno de nieve.
Con delicadeza, Joyce se quitó el guante de la mano y con la punta de los dedos, comenzó a quitarle la nieve del pelo, hasta descender hasta su rostro, apartando los copos de sus pestañas y deslizándose hasta sus mejillas, algo enrojecidas por el frío.
Leire contuvo la respiración al sentir los dedos de Joyce deslizarse con suavidad por sus mejillas.
El aire entre ellos era denso, suspendido en la quietud del bosque cubierto de nieve.
Sus ojos se encontraron por un segundo que parecía demasiado largo, cargado de algo que ninguno de los dos parecía dispuesto a nombrar.
Los ojos de Joyce se posaron en sus labios, mientras ella lo observaba atrapada entre la sorpresa y la expectación.
Con un leve gesto, Joyce se inclinó ligeramente hacia Leire, acortando la escasa distancia entre ambos, dispuesto a hacer lo que llevaba días anhelando.
Besarla. Sentir el roce de sus labios sobre los suyos y por fin descubrir si aquel torbellino que lo consumía por dentro tenía nombre, o si no era más que el eco de una ilusión pasajera.
Leire tragó saliva, entendiendo lo que estaba a punto de suceder.
Joyce posó su fría mano entre la mandíbula y su cuello, provocándole un escalofrío derivado del frío y del choque eléctrico que sintió al sentir las manos de Joyce sobre su piel.
Unas voces de fondo hicieron que ambos se echaran ligeramente hacia atrás y los sacasen de su ensoñación.
Una familia descendió por el sendero sin percatarse apenas de lo que estaba a punto de suceder entre ellos.
Ambos se incorporaron y se quedaron mirando el uno hacia el otro, con cierto rubor e incomodidad por lo que había estado a punto de suceder.
—Supongo que he ganado yo —comentó Joyce rompiendo la tensión que se había dibujado en el ambiente.
—Yo creo que hemos perdido los dos. No hemos hecho ningún muñeco y hemos acabado en el suelo los dos.
—Bueno, técnicamente yo no he acabado en el suelo…
—En todo caso, me debes una disculpa.
—Vale… lo siento, Leire —Ella sonrió divertida.—Pero no me puedes negar que fue un tiro increíble, ¿eh? —Leire negó con la cabeza, conteniendo una risotada.
—Voy a necesitar más que una disculpa con palabras. —Le tentó mirándolo a los ojos. Sus ojos azules seguían intimidándola pero ya no tanto como antes, no cuando tenía un torbellino de emociones resurgiendo en su interior.
—¿Y qué sugieres? —preguntó Joyce, posicionándose enfrente de ella con los brazos cruzados y alzando una ceja.
—Déjame pensarlo durante el camino —Joyce asintió divertido por la propuesta y continuaron con la ruta.
—Está bien. Sigamos, antes de que nos congelemos aquí.