Los hilos invisibles del destino Capítulo 20
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Capítulo 20

Leire se despidió apenada de sus amigos. Chloe e Iván le dijeron que no se preocupase por ellos, que iban a estar bien y que ella se limitase a disfrutar de los días que quedaban y, por qué no, de Joyce.

Eran las siete de la mañana y Leire estaba tratando de despertar con un café mientras esperaba a que Joyce la pasara a buscar con el coche.

Mientras tomaba el desayuno, observó la casa de su abuela Berta, que ahora, sin Chloe e Iván, se había quedado sumida en un silencio sepulcral.

Sentía como si le faltase algo, como si hubiese quedado un vacío enorme que necesitaba cubrir.

Un halo de nostalgia le inundaba las entrañas, a la vez que el recuerdo de su abuela agolpaba su mente.

—Ojalá me hubieras enseñado esto cuando estabas conmigo, abuela —murmuró Leire.

—¡ Bonjour ! ¿Qué tal hemos amanecido? —Joyce parecía estar lleno de energía, a pesar de ser las siete de la mañana y haber trabajado el día anterior.

—Con sueño —Leire esbozó una sonrisa—. ¡Pero nerviosa! Hace mucho tiempo que no voy a la nieve. Creo que desde que era pequeña.

—Entiendo que no vienes preparada, con material.

—¿Material? —Leire echó un vistazo a sus vaqueros, sus botas más calentitas y el jersey que más le abrigaba sin entender absolutamente nada. Joyce se rio.

—¿Qué? Voy abrigada. Tengo guantes y gorro —Leire chocó sus guantes el uno con el otro mientras Joyce la observaba con gracia.

—¿Pensabas que ibas a poder hacer una excursión por la nieve en vaqueros?

¡Sí que hace tiempo que no has ido a la nieve!

—miró hacia la parte de atrás, dirigiendo su mirada a una bolsa de deporte—.

He traído un pantalón de esquí de mi madre.

Creo que te valdrá, de todas formas tiene goma ajustable.

Solo tienes que ponértelo encima de los vaqueros. Así no pasarás frío y no se te mojarán.

Leire asintió un poco confusa. Hacía mucho tiempo que no iba a la nieve y desconocía por completo si era necesario algún tipo de vestuario, aparte de lo claramente imprescindible.

Tenían un viaje de unos cuarenta y cinco minutos hasta llegar a la Estación del Lac Blanc.

Un poco nerviosa y tensa por lo último acontecido con Joyce en los últimos días, Leire no sabía cómo romper el hielo en aquella situación, mientras giraba su cabeza hacia un Joyce totalmente concentrado en la carretera.

—¿Sabes? Cuando has salido del portal de casa de tu abuela, he recordado que mi abuelo me contó que un día conoció a una mujer que vivió en Colmar unos años, hasta que se fue —Joyce finalmente, se decidió a romper el hielo.

Agradecida por el gesto, Leire se interesó por la conversación, girando su cuerpo hacia la ventana con la intención de mirarlo mientras conducía.

—¿De verdad? ¿Tu abuelo vive aquí en Colmar? ¿Y qué pasó con aquella mujer?

—Ahora mismo tiene alzhéimer y está en una residencia —Joyce se aferró con fuerza al volante mientras le explicaba a Leire la importancia que tenía su abuelo para él—.

Siempre me ha cuidado. Siempre ha estado presente cuando lo he necesitado.

Me ha dado los consejos más valiosos para la vida y ahora…

ahora, no me reconoce. No sabe quién soy.

—Lo siento… tiene que ser muy duro.

—Lo es. De un día para otro, la persona a la que quieres mucho no se acuerda de ti. Te mira con la mirada perdida, como si no hubiese vida detrás de esos ojos que un día han visto demasiado y niega con la cabeza, diciendo que no sabe quién eres ni qué haces ahí.

—Me parece algo muy difícil de gestionar.

No me quiero imaginar lo duro que tiene que ser para ti y para tu familia, sobre todo para tu madre.

¿Es su padre, verdad? —Joyce asintió en silencio—.

Mi abuela también fue muy importante para mí.

Aunque tuvimos problemas, ella me enseñó muchas cosas y ahora que no está, me arrepiento de haber perdido ese tiempo que no pasamos juntas.

—Son lecciones muy valiosas las que nos enseñan nuestros abuelos.

Son maestros de la vida. Me apena la gente que no es capaz de valorar eso.

Cuando eso te falta, ya no hay marcha atrás.

Ese tiempo no se puede recuperar —Joyce desvió rápidamente la mirada hacia Leire, que mantenía el rostro serio—.

Seguro que tu abuela está orgullosa de ti dondequiera que esté.

—Sí, lo sé. De eso estoy segura. Y me alegro de que mi abuela se haya ido con las cosas habladas y con todos los asuntos zanjados.

De alguna manera quería que yo me quedase con esta casa en Colmar.

Y aún estoy tratando de descubrirlo —Leire tomó una pequeña pausa—.

¿Sabes que hubo un chico del que se enamoró mi abuela de pequeña cuando vivía aquí?

Lo pone en un cuaderno que escribió a modo de diario.

—¿En serio? —Joyce alzó las cejas con sorpresa—. Vaya, por cómo hablas del tema, entiendo que esa historia de amor no prosperó.

Leire negó con la cabeza.

—Mi abuela tuvo que irse, por cuestiones familiares a España. Y ya no volvió a saber nada más de aquel chico.

—Vaya. Va a ser que nos juntan muchas más casualidades de las que parece, Leire. Igual sí va a ser cosa del destino.

Leire esbozó una sonrisa ante el comentario de Joyce. ¿Otra vez con el debate entre destino y casualidad?

—¿Te imaginas que por alguna casualidad de la vida, tu abuelo fue realmente el amante de mi abuela en el pasado?

—No lo creo. Sería demasiada coincidencia —Joyce redujo poco a poco la velocidad y Leire lo miró asustada.

—¿Pasa algo?

—¿Cuántos años tenía tu abuela cuando falleció?

—Ochenta y nueve, ¿por qué?

—De la misma época que mi abuelo. Él tiene ahora noventa años.

He imaginado por un momento que se conociesen en el pasado —Leire rio pensando en lo que Joyce estaba tratando de sugerirle.

¿Su abuela y su abuelo se conocían? Sonaba descabellado; sería cuanto menos una coincidencia descomunal, como si los astros se alinearan a conciencia.

—No sé, Joyce, no lo creo. Sería demasiada coincidencia. Creo que simplemente han coincido en el tiempo. Mi abuela no vivió muchos años en Colmar.

—Supongo. Creo que estoy haciendo teorías innecesarias en mi cabeza. Todo esto del destino y las casualidades me está empezando a pasar factura.

Leire observó confusa el rostro de Joyce.

Había algo en él, en cómo hablaba de su abuelo y de la situación, que la inquietaba.

Al hablar de ello, se había puesto tenso, había agarrado con fuerza el volante y había apretado la mandíbula, además de tener el rostro serio y la mirada fija en la carretera, como si buscase una respuesta que no terminaba de llegar.

Leire pensó que eso se debía a la situación actual de su abuelo.

Estaba claro que a Joyce le afectaba. Tenía muy buena relación con él, y que, debido a su enfermedad, apenas pudiera reconocer a su nieto, era una situación difícil de gestionar, un dolor que se agazapa en el corazón con el que tienes que aprender a vivir, sabiendo que un día fue el último en el que los ojos de esa persona reconocían el rostro joven de su nieto y al día siguiente, era un completo desconocido para él.

Con intención de hacer desaparecer el mal trago que les había provocado esa conversación y conseguir liberar la tensión en el ambiente, Leire comenzó a relatarle los días que había vivido con sus amigos en Colmar: los planes que habían hecho, los sitios que habían visitado, así como un par de anécdotas divertidas que hicieron estallar a Joyce en carcajadas.

Leire, aliviada por ver serenidad y tranquilidad en su rostro, rio a carcajadas con él mientras se limpiaba las lágrimas que le salían de la risa.

Sin darse cuenta, ya habían pasado los cuarenta y cinco minutos de trayecto y habían llegado a la Estación de esquí del Lac Blanc.

—¡Wow! ¡Que frío hace aquí! —comentó Leire tras salir del coche.

—Estamos a una altitud de 1200 metros. Y en una estación de esquí —matizó Joyce en un tono irónico—. Esto no son las Maldivas, nena.

—¿Nena? —se quejó dándole un puño amistoso en el brazo—. ¡Habló el listo! ¡Ya lo sé!

Leire se puso el pantalón de la madre de Joyce, agradecida porque estuviese pendiente de ese detalle y cuando estuvieron preparados, con mochilas en la espalda, caminaron hacia la oficina de turismo y reserva de material para coger las raquetas y los bastones de senderismo que eran necesarios para hacer la excursión.

Iban a hacer una ruta de un recorrido de casi seis kilómetros, la cual se realizaba en un tiempo estimado de dos horas, aunque siendo Leire principiante, tardarían más en realizarla, tomándose los descansos que fueran necesarios.

Leire estaba emocionada; Joyce le había estado hablando de la vista panorámica con la que se iban a encontrar, de los paisajes nevados de los Vosgos y con la vista al famoso y deslumbrante Lac Blanc.

Empezaron la ruta con las raquetas puestas y dos bastones de senderismo, uno en cada mano, para que andar entre la densa nieve les costase un poco menos.

El aire era limpio y frío, tan puro que cada bocanada de aire se sentía como un pequeño golpe helado en los pulmones.

Pero se agradecía. Después de vivir en una ciudad como Madrid, Leire agradecía tener esos momentos de contacto con la naturaleza.

Sin duda, Colmar y sus alrededores eran un lugar idílico donde respirar aire fresco.

La nieve crujía bajo sus raquetas mientras avanzaban por un sendero correctamente señalizado y cubierto de blanco, dejando huellas que se hundían con cada paso que daban.

Había gente realizando la misma ruta; pero los veías a lo lejos, cada uno a su ritmo, lo que permitía que ambos disfrutaran de un silencio que se rompía solamente por el suave susurro del viento al colarse entre las ramas desnudas de los árboles, y el ocasional chasquido de una rama caer o resquebrajarse a causa del peso de la nieve.