Los hilos invisibles del destino Capítulo 19
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Capítulo 19

Era el último día que Chloe e Iván iban a estar con Leire en Colmar.

Aunque pareciera mentira, el tiempo había pasado demasiado rápido desde que aterrizaron el quince de diciembre; sin embargo, Leire entendía que sus amigos tuviesen que marcharse.

Al día siguiente sería veintitrés de diciembre y ella era consciente de que tanto Chloe como Iván debían regresar a Madrid para celebrar la Navidad con sus seres queridos.

Iván se quedaría en la capital el resto de las festividades.

Chloe, en cambio, volaría a Londres, ya que parte de su familia residía allí; apenas tendría tiempo para preparar otra maleta y subirse a un nuevo avión el día veinticuatro de diciembre.

—Te voy a echar mucho de menos. ¿De verdad te vas a quedar hasta Año Nuevo? —preguntó Chloe.

Leire asintió. Había solicitado todas las vacaciones que le quedaban en esas fechas y, ya que disponía de tiempo suficiente, prefería exprimir su estancia en Colmar.

—Yo también os voy a echar de menos, amigos —admitió Leire, detectando un deje melancólico en su propia voz—. Estoy muy agradecida de que hayáis venido. Los dos. Significa un mundo para mí que hayáis querido acompañarme estos días.

—¿Estás de coña? ¡Era lo menos que podíamos hacer!

—mencionó Iván tratando de quitarle hierro al asunto mientras esbozaba una sonrisa pícara—.

Además, ha sido un viaje maravilloso. Hemos conocido una ciudad preciosa gracias a ti y a tu abuela, por supuesto.

Y bueno, yo me llevo el teléfono de un Adonis que espero volver a ver muy pronto —añadió, mostrando la pantalla de su móvil con el contacto de Bastian.

—¡Anda, que os ha salido mal el viaje! —bromeó Leire, antes de volverse hacia su amiga—. Tú también tendrás ganas de ver a tu novio, ¿verdad?

Chloe desvió la mirada hacia el suelo. En realidad, no sabía en qué punto exacto estaba su relación con Biel; lo que más le dolía era asumir que no lo había extrañado en absoluto durante toda la semana, un hecho que solo podía significar que aquella historia no llevaba a ninguna parte.

—Ay, cielo, lo siento —murmuró Leire al reparar en la expresión de su amiga, comprendiendo que la relación entre Chloe y Biel tenía los días contados.

—Es que… no puedo seguir con alguien con quien no veo un proyecto de futuro —confesó Chloe, dejándose caer abatida en el sofá y hundiéndose el rostro entre las manos—.

Me cuesta encajar a Biel en mis planes. Lo quiero, de verdad que sí, pero quizás no de la forma en la que se debería querer a la persona con la que deseas compartir una vida.

Lo que no sé es cómo abordarlo: si hablarlo mañana en cuanto llegue a Madrid porque he quedado con él, o esperar a regresar de Londres.

Iván se sentó al otro lado del sofá y Chloe alzó la cabeza hacia él, buscando refugio en sus ojos.

—Tengo una pregunta —intervino él, suavizando el tono—. ¿Estás completamente segura de lo que sientes? ¿De verdad esos sentimientos están estancados y la situación es irreversible?

Chloe asintió en silencio mientras una lágrima solitaria le surcaba la mejilla.

—Entonces… —añadió Leire, sentándose a su lado— quizás es el momento de tomar cartas en el asunto.

Sé que es una situación complicada, pero si tienes esa certeza, se lo diría en cuanto lo vieras.

Es una forma de no haceros más daño, de dejar que él también sea libre para buscar su futuro junto a alguien que sí quiera pasar el resto de sus días a su lado.

Y tú podrás ser libre también para disfrutar de la vida.

Ya llegará la persona con la que sientas que es ahí.

—¿Tú crees que eso pasará? —Chloe continuó llorando, sorbiéndose la nariz con la mirada atenta y apenada de sus amigos fija en ella—.

Tengo la sensación de que hay algo roto en mí, como si me pasara algo malo.

Soy capaz de conectar con la gente, pero, cuando pasa un tiempo, me doy cuenta de que lo que siento no es amor de verdad.

No me visualizo teniendo una relación a largo plazo con nadie.

Antes de Biel fueron otros y… ya no sé qué pensar.

—Chloe, cariño, no hay nada malo en ti —le aseguró Leire, rodeándola con los brazos—.

Simplemente aún no ha llegado a tu vida la persona que te haga sentir mariposas y te ponga el mundo del revés.

Y, créeme, llegará. Pero no te fuerces a encontrarla.

El amor no se busca, simplemente aparece.

Eso es lo bonito: dejar que la vida juegue sus cartas y que, en el momento menos esperado, te coloque a alguien en el camino, casi de repente, a quien no puedas dejar de mirar y con quien sientas que es ahí, la persona a la que siempre habías estado esperando.

Chloe lloró con más fuerza ante sus palabras y se apretó contra ella mientras Iván le tomaba la mano, apretándosela con cariño.

—Y mientras tanto, hay que ser feliz —añadió él—. Estamos aquí para lo que necesites.

—Gracias, de verdad, sois los mejores —Chloe esbozó una sonrisa cansada y miró a su amigo—. Lo único, Iván… ¿te puedo pedir un favor?

—Claro, lo que haga falta.

—¿Cuándo vaya a hablar con Biel, podrías esperarme? No quiero quedarme sola después de romper con él.

—Por supuesto. Te acompaño y, si quieres, al día siguiente te llevo yo mismo al aeropuerto.

—No hace falta, con que estés ahí después de hablar con él es más que suficiente. Tendrás mil cosas que hacer, que el día veinticuatro ya es Nochebuena.

—Insisto, te llevo al aeropuerto —zanjó Iván de forma inapelable—. Mi amiga necesita apoyo y estoy a su entera disposición. Es justo lo que me gustaría que hiciesen por mí en la misma situación. Así me despido de ti en condiciones, que también te voy a echar mucho de menos.

Chloe amplió su sonrisa.

—Gracias a los dos por ser los mejores amigos del mundo.

Los tres se fundieron en un mismo abrazo, conscientes de que la casualidad que los había juntado en la vida era el mejor regalo que les podían haber hecho.

Pasaron el resto del día recorriendo una vez más la hermosa ciudad de Colmar, contemplando el alumbrado navideño.

Después de tantos días admirándolas, las luces seguían pareciéndoles insuficientes; todo estaba tan perfectamente cuidado, hasta el más mínimo detalle, que resultaba imposible cansarse del paisaje, por muchas veces que hubieran cruzado las mismas calles.

—Qué lugar tan bonito y especial —comentó Chloe, dando un sorbo a su vaso de vin chaud , el último que se tomaría en esas fiestas, mientras hacía un repaso mental de la semana—.

Y eso que Londres en Navidad es precioso también, pero no tiene este encanto.

Esto es mucho más sencillo, familiar e íntimo.

Londres es una marea humana inmensa, alocada, con todo el mundo corriendo de un lado para otro; aunque tiene su belleza, claro, sobre todo en estas fechas.

Lo malo es la cantidad de días que llueve; es una ciudad pasada por agua.

—Yo creo que todos los lugares tienen su encanto —opinó Leire, metiéndose las manos en los bolsillos de la chaqueta—.

Madrid también lo tiene. Es enorme y ruidosa, en verano hace un calor asfixiante y hay líneas de metro que parecen ubicadas en el mismísimo infierno, pero tiene rincones maravillosos: los paseos por El Retiro, los domingos de Rastro, las copas por Malasaña, salir de noche por la Gran Vía o contemplar el atardecer desde el Templo de Debod.

—Leire, ¿has pensado qué vas a hacer con la casa de tu abuela una vez que nos vayamos? —indagó Chloe, deteniéndose en mitad de la plaza.

—No, la verdad es que no lo sé. Lo consultaré con la almohada y lo hablaré con mis padres en cuanto vengan.

—¿Vienen pasado mañana?

Leire asintió.

—Estarán conmigo hasta el día veintiséis y después me quedaré sola hasta antes de Año Nuevo —explicó, antes de dar un sorbo a su propia bebida—.

Mis padres no lo entienden. No comprenden qué pinto pasando los últimos días de estas fiestas sola en una ciudad en la que no conozco a nadie, metida en una casa completamente vacía.

—Bueno, lo que ellos no saben es que en realidad sí conoces a alguien. Está Joyce, ¿verdad? —le picó Iván con una ceja alzada.

Leire sintió un vuelco idéntico a un chispazo eléctrico en el estómago al escuchar su nombre.

—Sí, pero no hemos hablado nada sobre ello. Solamente sé que hemos quedado mañana para ir de excursión a la nieve y quiero disfrutarlo.

—Sinceramente, me parece un planazo —aseguró Chloe—. Nieve, un pueblo con encanto en Navidad… todo muy idílico. A todo esto… ¿Has pensado que pasará cuando estos días acaben?

Leire la miró entrecerrando los ojos.

—Ya sabes, entre vosotros… esto es temporal o… ¿qué vais a hacer con vuestra «relación»? O lo que sea que tengáis.

—Ay que aguafiestas eres, Chloe. Déjalos disfrutar, leñe —intervino Iván.

—Solo quiero que no se hagan daño, en especial tú —dijo señalando a su amiga—. Parece especial lo que tenéis y yo no quiero que sufras…

—Creo que eso también lo consultaré con la almohada —respondió Leire, resoplando—. Mañana solo quiero disfrutar de esa excursión por la nieve.

Chloe la seguía mirando con actitud de reproche.

—Solo vamos a dar un paseo por la montaña —matizó Leire, intentando infundir un tono neutral a sus palabras—.

Iremos a la estación del Lac Blanc a hacer una ruta con raquetas y, después, la idea es regresar en coche y parar en Kaysersberg para conocerlo.

Como dos personas que se acaban de conocer y quieren hacer algo divertido juntas.

—Sí, sí… amigos. Justo la palabra perfecta que os define —se mofó Iván—. Leire, por favor, después del magnetismo que desprendíais en la terraza del spa, solo falta que os comáis la boca en mitad de la nieve y terminéis encerrados en un hotel por ahí.

—¡Iván! —Leire notó cómo el calor le encendía las mejillas de golpe, el pulso acelerándosele ante la involuntariedad de sus palabras.

—Bueno, habrá que dejar a la chica que haga lo que sienta en cada momento, ¿no? —le defendió Chloe con una sonrisa protectora—. Leire, disfruta, pásalo bien y que sea lo que tenga que ser. Al fin y al cabo, ¿qué tienes que perder?

Leire se quedó pensativa, clavando la mirada en los adoquines iluminados de la plaza.

Su amiga tenía toda la razón del mundo: no había nada que perder y sí una experiencia entera por exprimir.

En lo relativo a Joyce, solo tenía que dejar que las circunstancias siguieran su curso natural y que la vida la sorprendiera de la forma que considerase oportuna.

Su aparición repentina en Colmar, después de todo, había sido un claro empeño de la realidad por cruzar sus caminos.

¿Destino o casualidad? De pronto le vino a la cabeza la melodía de aquella canción de Melendi con Ha*Ash que tanto le gustaba, unas líneas que ahora, bajo el cielo estrellado de Alsacia, cobraban un sentido casi poético.

Porque al final, sentía que eran dos extraños que se cruzaron en la vida.

Ella prefería llamarlo destino y él, casualidad.

Al rememorar el cruce de miradas en la cafetería, pensó en el debate que habían mantenido frente a las tazas de porcelana, cuando Joyce le aseguró que el universo le susurraba al oído todas las cosas que podría hacerle si ella se atrevía a seguir jugando.

Se estremeció al rememorar la cadencia ronca de su voz y aquella tensión palpable que parecía flotar entre los dos cada vez que recortaban las distancias.

Al pensarlo detenidamente, Leire fue consciente de que, con respecto al masajista, ya no valían las excusas.

Daba exactamente igual si preferían llamarlo destino, casualidad o el mismo universo jugando a su antojo; entre ellos se había tejido una conexión de la que ninguno de los dos iba a poder escapar.