Capítulo 18
El Café des Baisers , también conocido como el Café de los Besos, era un establecimiento emblemático de la ciudad.
La decoración estaba cuidada hasta el más mínimo detalle y el aroma a café recién hecho mezclado con el de los pasteles horneados convertía el local en un refugio sumamente acogedor.
Sus paredes, pintadas en un suave tono rosa pastel, contrastaban con las pequeñas velas y las flores que decoraban las mesas.
Leire observó a varias parejas disfrutando de una copa de vino, a clientes concentrados frente a las pantallas de sus ordenadores e incluso a lectores solitarios que devoraban novelas mientras saboreaban una porción de la típica tarta alsaciana.
De fondo sonaba una melodía sutil y, al buscar el origen de la música, Leire localizó a un joven tocando un piano de cola junto a los ventanales.
—Son villancicos franceses, muy famosos por aquí. Está interpretando las melodías en versión acústica —comentó Joyce mientras alzaba la mano para captar la atención del camarero.
—Es precioso este sitio. Muchas gracias por traerme.
— Bonsoir, monsieur, madame . ¿Qué desean tomar? —el camarero anotó la comanda de dos cafés acompañados por un surtido de dulces navideños, cortesía y recomendación de la casa.
En pocos minutos, el empleado regresó a la mesa portando dos tazas de porcelana fina con cucharillas que parecían extraídas de la época de Luis XIV y un plato repleto de repostería artesanal.
—¡Que les aproveche! Quería preguntarles antes…
es una pregunta que estamos haciendo a nuestros clientes en esta época del año.
¿Conocen la historia de este lugar? —Leire miró a Joyce, pero este negó con la cabeza—.
Ah, pues si me lo permiten, se la relataré en un minuto —se ofreció el maître con una sonrisa—.
El Café des Baisers recibe este nombre porque, según cuenta la leyenda, su fundador se enamoró perdidamente de una joven hace ya muchos años.
Para conquistarla, una noche de invierno cerró la cafetería solo para ellos dos.
Mientras la nieve caía al otro lado del cristal, bailaron abrazados al compás de un piano.
En mitad de la velada, él le pidió que le permitiera besarla, prometiéndole que la magia de la Navidad sellaría su amor entre estas paredes para siempre.
El hombre hizo una breve pausa, contemplándolos con un brillo de nostalgia.
—Y así fue. Se casaron tiempo después y compartieron sus vidas hasta el fin de sus días.
Lo único que le exigieron a los nuevos propietarios cuando traspasaron el negocio fue que jamás cambiaran el nombre.
Este lugar se llama así porque aquí nació un amor tan puro que ni el tiempo ni nadie logró quebrantarlo.
Mientras Joyce le iba traduciendo en voz baja las frases que Leire no alcanzaba a comprender, el camarero concluyó el relato con una reverencia amable. Leire, conmovida, miró a su acompañante antes de dirigirse al empleado:
—Qué historia tan bonita. Muchas gracias por compartirla con nosotros.
—A ustedes. Disfruten del café y recuerden: no se olviden de darse un beso antes de salir. Quién sabe si eso puede atraer la buena suerte para ustedes.
Joyce casi se atraganta con el sorbo de café que acababa de dar y Leire se puso roja como un tomate ante la ocurrencia del camarero, quien, con la misma parsimonia con la que había llegado, desapareció entre las mesas.
—Se ha creído que somos pareja —murmuró ella, rompiendo la tensión.
—Ya veo. ¿Y tú crees que haríamos buena pareja? —Joyce arqueó las cejas con una sonrisa encantadora y le guiñó un ojo.
Leire lo observó divertida y se mordió el labio inferior.
¿Harían buena pareja? No tenía una respuesta, pero era consciente de que aquel chico la atraía y le resultaba imposible no estudiar cada uno de sus movimientos.
Le inquietaba su mirada, pero su sonrisa la desarmaba por completo; cada vez que reía de verdad, dejando a la vista su dentadura perfecta, Leire sentía que se derretía por dentro.
Para Joyce no pasó desapercibido el gesto de ella al morderse el labio, un tic que le resultó sumamente sexy y tentador.
Leire le sostuvo la mirada, a la par que una corriente eléctrica le recorría la piel.
Su pregunta quedó suspendida en el aire mientras buscaba las palabras correctas, asumiendo que Joyce la estaba poniendo a prueba.
—No lo sé —respondió con timidez—. ¿Acaso tú crees que podríamos serlo?
Divertido ante el reto, Joyce posó los antebrazos sobre la madera y se inclinó hacia delante, reduciendo la distancia hasta que el espacio entre ambos se cargó de una tensión palpable.
—No lo tengo claro… Pero sí sé que tengo una curiosidad inmensa por ver qué pasa contigo —hizo una pausa, sosteniéndole los ojos—. Tengo curiosidad por descubrir qué esconde la editora española que me hipnotizó aquella noche en Madrid.
Leire tragó saliva lentamente, siendo consciente de que Joyce se había acercado un poco más a ella. Se dio cuenta de que sus pensamientos comenzaban a desmoronarse y que toda la cordura que tenía hasta ese momento, ahora pendía de una cuerda floja.
—¿Te hipnoticé? ¿Acaso crees que soy una especie de bruja o algo parecido? —bromeó.
Joyce recuperó la distancia, recostándose de nuevo en el respaldo de la silla, aunque sin romper el contacto visual.
—Puede ser… Hacía muchísimo tiempo que nadie despertaba mi interés de la manera en que lo estás haciendo tú.
—No es para tanto, Joyce. Solo soy una chica normal que quizás guarda un par de ases bajo la manga.
—Pues si es así, me encantaría descubrirlos. Cuando se trata de ti… soy incapaz de pensar en otra cosa. Si mis amigos me viesen ahora mismo, no se lo creerían.
—¿Por qué? ¿No están acostumbrados a verte con chicas?
Joyce negó con la cabeza, adoptando un semblante más serio.
—Hace cuatro años que no me ven con nadie, porque no he estado con nadie desde entonces.
Leire guardó silencio, verdaderamente sorprendida por la confesión. Le resultaba extremadamente extraño que un chico con su magnetismo no hubiera tenido ninguna historia de amor en tanto tiempo.
—No sé por qué me cuesta creer que eso sea verdad —confesó con honestidad.
—Desde que terminé mi relación con Léa, no he vuelto a involucrarme con nadie.
No quería hacerlo y tampoco había aparecido ninguna mujer que me interesara lo suficiente —Joyce dio un trago a su taza antes de continuar—.
Cuando te vi en Madrid, tuve la intuición de que eras alguien especial y, aunque sabía que la distancia complicaba todo, me pareció buena idea hablarte.
Me sentía bien, hacía tiempo que no estaba tan feliz.
Pero… —se acomodó en el asiento—. Cuando nos reencontramos en Colmar, me volví completamente loco.
Creía que esas casualidades solo pertenecían a las películas de amor, pero no: eras tú, en carne y hueso.
Y por mucho que he intentado controlarlo…
soy incapaz de no sentirme atraído por ti.
Leire se quedó estupefacta. No imaginaba que aquel chico hubiera estado dándole vueltas a su encuentro madrileño con tanta intensidad.
—¿Ahora crees un poco más en el destino? —le preguntó con picardía—. ¿O sigues pensando que el universo no te está mandando señales sobre mí? Igual solo te está poniendo a prueba.
Joyce la fulminó con la mirada, captando la picardía detrás de sus ojos avellanados.
Leire estaba ganando terreno, aprovechando su confesión para jugar con un fuego con el que era sumamente fácil quemarse.
¿Conque esas teníamos? Si ella quería jugar, él no se iba a quedar atrás; el flirteo era un terreno que dominaba bien, a pesar de no haberlo puesto en práctica durante un tiempo.
—¿El destino? Puede ser el destino o solo una forma de ponerme a prueba, Leire. Como el otro día en el spa —Joyce dejó escapar una risa baja, un tanto oscura, mientras sus ojos recorrían el rostro de la chica y descendían, sin prisa, por la línea de su cuello.
Notó el rubor instantáneo de sus mejillas y se relamió internamente; había dado en el clavo. Se inclinó de nuevo sobre la mesa, acortando la distancia entre sus rostros, e hizo un sutil gesto para que ella se aproximara. Disfrutando de su nerviosismo, arrojó más leña al fuego:
—Después de lo que sentí al verte tan nerviosa durante el masaje…
diría que el universo no solo me está enviando señales, Leire —su voz descendió hasta convertirse en un ronroneo cargado de intención—.
El universo me está susurrando al oído todas las cosas que podría hacerte si te atreves a seguir jugando conmigo.
—¿Ah, sí? ¿Y quién te asegura que yo estuviera nerviosa durante el masaje? Quizás solo estaba disfrutándolo o prestando especial atención a tu técnica profesional.
Joyce estiró la mano, atrapando la de Leire sobre el mantel, y redujo el tono a un susurro. Percibió cómo el cuerpo de ella se tensaba al contacto, lo que avivó su diversión.
—Noté cómo se te ponía la piel de gallina y cómo se te escapaba un gemido mientras te acariciaba la espalda. Por no hablar de cómo te sudaban las manos…
Leire palideció por completo. ¿Le habían sudado las manos? No lo recordaba en absoluto; la vergüenza la invadió de golpe.
—Yo… eh… no era consciente…
—Entonces, dime. ¿Vas a seguir tentándome o ya has asumido que este juego solo tiene un final posible? —la interrogó él, contemplando su rostro absorto y algo acalorado por el comentario.
Leire literalmente no sabía dónde meterse. Sentía impulsos de propinarle un puñetazo amistoso por acorralarla de esa manera, pero a Joyce no parecía importarle su crispación; al contrario, se regocijaba en ella.
—Venga, paguemos y vámonos de aquí antes de que nos echen por escándalo público o antes de que entres en combustión espontánea. Estás rojísima, ¿lo sabías?
Leire notó el calor inundándole las mejillas. Tras pagar la cuenta, salieron al exterior y, a pesar del fuerte impacto del invierno, agradeció la brisa helada en la cara. Las bajas temperaturas la ayudaron a serenarse y a destensar los músculos.
—Eres malvado, Joyce.
—Tú has empezado. Fuiste tú quien preguntó si el universo me estaba poniendo a prueba, y solo te he demostrado que puedo ganar si me lo propongo, ¿no crees?
Leire esbozó una amplia sonrisa y se arrimó un poco más a su costado. Aprovechando la sutil diferencia de estatura y con un poco más de valentía con la que estaba acostumbrada a actuar, se puso ligeramente de puntillas y, alcanzando su oído, le devolvió el golpe en un susurro:
—No sé si recuerdas lo que te acabo de decir sobre los ases bajo la manga, Joyce. No cantes victoria demasiado rápido.
Se separó de él con paso firme, dejándolo anclado en la acera. Joyce tragó saliva, sintiendo el eco de su aliento cálido en la oreja. Aquella chica sabía jugar sus cartas de una forma que lo estaba volviendo completamente loco.
—Vamos, como sigamos a este ritmo vamos a tener problemas —rio él, dándole alcance y tendiéndole la mano. Ella la aceptó sin dudarlo.
—¿Adónde me llevas ahora?
—¿Te acuerdas de lo que te comenté sobre La Petite Venise? Te invito a dar un paseo en barco. Te va a encantar; a esta hora las luces de los canales están encendidas y el recorrido es precioso.
Leire aplaudió entusiasmada como una niña pequeña.
El plan le pareció idílico y Joyce no pudo evitar contagiarse de su vitalidad.
¿Qué demonios le estaba haciendo aquella mujer?
¿Por qué sus gestos le resultaba tan magnéticos?
Deseaba besarla con una urgencia que lo asustaba, sabiendo que cruzar ese umbral significaba derribar los muros de protección que tanto le había costado construir durante todo ese tiempo.
Llegaron al embarcadero y Joyce adquirió los dos tickets.
Cuando la barca de madera atracó, ayudó a Leire a subir y se acomodaron en los asientos traseros, esperando a que el resto de los turistas ocuparan sus lugares.
Al notar que ella tiritaba levemente por el frío, Joyce pasó el brazo sobre sus hombros.
—¿Te importa si te abrazo un poco? Estás helada.
Leire lo miró a los ojos y asintió, cobijándose en el calor reconfortante de su pecho.
Durante casi una hora, disfrutaron del trayecto en un agradable silencio, contemplando el reflejo de las guirnaldas y los abetos sobre las aguas oscuras del canal.
Era un paisaje de ensueño, especialmente romántico.
Leire observó de soslayo el perfil de Joyce; mantenía la mirada fija en el frente, absorto en sus propios pensamientos.
Aprovechando la intimidad del momento, Leire le relató las páginas del diario de Berta que había leído esa mañana, hablándole de la excursión rural que su abuela había hecho a la nieve en los años cincuenta.
Casi sin darse cuenta, el bote regresó al muelle.
Leire tuvo la sensación de que el trayecto había durado apenas diez minutos en lugar de una hora completa.
Al desembarcar, compartieron una sonrisa y se encaminaron de vuelta hacia las avenidas principales, donde las plazas continuaban abarrotadas de turistas ojeando los puestos navideños.
—Me lo he pasado genial, de verdad —anunció Leire, consultando la pantalla del móvil—. Pero creo que va siendo hora de regresar al apartamento.
Joyce consultó también su reloj y asintió; al día siguiente debía madrugar para su turno en el hotel.
—Supongo que nos volveremos a ver pronto —añadió él, deteniéndose.
Leire se aproximó un poco más, dudando sobre cómo despedirse.
—Me encantaría volver a verte, Joyce.
—¿Te parece bien si quedamos pasado mañana? Podríamos hacer esa excursión a la nieve de la que me hablabas. Te llevo a Le Lac Blanc y luego podemos visitar Kaysersberg; es un pueblo precioso y está a solo veinte minutos de aquí. Así recreamos el viaje de tu abuela Berta.
El rostro de Leire se iluminó por completo ante el detalle.
—¿Harías eso por mí? —Joyce asintió, sonriente ante la cara de ilusión de Leire—. Me parece un plan perfecto. Quedamos en eso entonces.
—Nos vemos —concluyó Joyce.
Permanecieron un instante parados, sosteniéndose la mirada en mitad de la acera, hasta que él se inclinó para depositar un beso suave pero prolongado en su mejilla. Leire se estremeció al sentir el roce y, tras regalarle una última sonrisa tímida, ambos emprendieron rumbos opuestos.
Durante el camino de vuelta, Leire avanzó flotando en una nube, repasando cada palabra de la noche; era evidente que entre ellos había nacido una conexión tan intensa como inexplicable.
Mientras tanto, Joyce caminaba bajo los adornos luminosos con la certeza absoluta de que, con Leire, ya no había marcha atrás.
Aquella chica estaba logrando que perdiera los estribos y, por mucho que sus miedos intentaran frenarlo, ya no podía hacer nada por evitarlo.