Los hilos invisibles del destino Capítulo 17
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Capítulo 17

Joyce recogía apresurado la ropa sucia del trabajo, metiéndola en una bolsa antes de guardarla en la mochila.

En cuanto terminó su turno, corrió a los vestuarios para darse una ducha rápida de cabeza a pies; necesitaba prepararse a fondo para su cita con Leire.

¡No podía permitirse llegar tarde! ¿Qué clase de impresión causaría si la hacía esperar?

Tras comprobar frente al espejo que su melena ondulada estaba correctamente peinada y despejada de la frente, se echó un par de gotas de perfume y salió pitando.

—Perdón, lo siento, disculpen —iba murmurando mientras intentaba abrirse paso entre la multitud.

A esa hora de la tarde, el centro de Colmar estaba a rebosar de turistas y familias que salían a disfrutar del alumbrado y del ambiente navideño.

Al llegar a la Rue des Marchands, comprobó que aún faltaban cinco minutos para la hora acordada.

Echó un vistazo a las inmediaciones y ojeó la entrada principal del Musée Bartholdi, pero no la vio.

Desde que había llegado, no paraba de pasarse los dedos por el pelo y de golpear rítmicamente el suelo con la puntera del zapato, en una clara señal de inquietud.

Empezó a preguntarse si Leire se habría arrepentido en el último momento.

Desbloqueó el teléfono para revisar el mensaje una vez más, cuando una voz lo interrumpió a su espalda.

— Bonsoir, monsieur .

Aquella voz dulce y suave lo hizo girarse en el acto.

Al darse la vuelta, se topó con la gran sonrisa de Leire.

Estaba preciosa. Se había recogido la melena en un moño sutil y se había maquillado un poco más de lo habitual.

Sus mejillas, encendidas por una mezcla del frío invernal y el colorete, brillaban bajo las luces de la calle.

Tenía los ojos realzados con una sombra beige brillante y un delineado negro que le confería una mirada tan dulce como sexy.

— Bonsoir, mademoiselle —respondió Joyce, devolviéndole la sonrisa—. Estás guapísima, Leire.

—Bueno, aún no has visto lo que llevo debajo.

A Joyce se le esfumó el color del rostro al escuchar aquella expresión, y su mente voló de inmediato a la penumbra de la sala de masajes, recordando la textura de su piel bajo sus dedos. Leire, al percatarse del doble sentido, se sonrojó al instante.

—Me refiero… a debajo del abrigo.

—Sí, claro —asintió Joyce, carraspeando para disimular—. Pues demos una vuelta y, en cuanto tengamos frío, nos metemos en una cafetería para que me enseñes tu deslumbrante look , ¿te parece bien?

Leire asintió y aceptó el brazo que él le ofreció, avanzando juntos con una parsimonia que recordaba a los paseos del siglo XIX. Caminaron en un cómodo silencio, contemplando el bullicio y la decoración de las fachadas.

—Cuéntame, ¿qué te trae exactamente por Colmar? —rompió el hielo Joyce—. ¿Por qué decidisteis venir aquí?

—Es una larga historia.

—Tengo todo el tiempo del mundo —esbozó él con una media sonrisa.

Leire se animó a explicarle la situación.

Le habló del triste fallecimiento de su abuela Berta, de la posterior cita con el notario y de la absoluta sorpresa que supuso enterarse de que poseía un apartamento en propiedad en Colmar.

Le confesó que la última voluntad de su abuela era que ella descubriera la ciudad bajo la luz de la Navidad a la par que indagaba en su propio pasado. Todo un misterio.

—Vaya, siento mucho lo de tu abuela —dijo con firmeza—. Pero es muy interesante y muy bonito que estés cumpliendo su última voluntad. ¿Y has conseguido averiguar algo ya?

—Pocas cosas, aunque he empezado a tirar del hilo. Mi abuela vivió aquí cuando era joven —Joyce asentía, genuinamente curioso—. Y no solo eso. Había un chico del que estaba locamente enamorada.

—Así que una historia de amor secreta, ¿eh? —Joyce arqueó las cejas—. Me encantaría que mi abuelo me contara las suyas, pero… ya no se acuerda.

Leire lo miró, pensativa.

— Alzhéimer —aclaró—. Pero no hablemos de mí, me estabas contando lo de tu abuela. ¿Y bien? ¿Llegaron a salir juntos? O no me digas… ¿se casaron?

Leire negó con la cabeza, desviando la vista un segundo.

—No. Mi abuela se terminó casando en España con mi abuelo Antonio. Él falleció hace años y ella se quedó sumida en un dolor muy profundo, hasta que logró superarlo.

Leire prefirió omitir los problemas familiares que surgieron a raíz de aquello y la decisión de llevar a Berta al psicólogo. Era una parte tan íntima y dolorosa que no se sentía preparada para compartirla con él.

—Entiendo que tuvo que ser durísimo —comentó Joyce con empatía—.

Cuando compartes tantos años de tu vida con una persona y de pronto desaparece…

es como si se rompiera algo por dentro. Cuesta gestionar ese vacío, esa ausencia que se queda flotando.

Es como si la casa hubiera perdido su olor o el sentido que tenía antes.

Leire suspiró. Tenía toda la razón. Miró de reojo a Joyce, que mantenía la vista fija en el frente mientras continuaban avanzando por la Rue des Marchands. La calle estaba tan masificada que resultaba complicado caminar sin tropezar de continuo con los turistas.

—Ven, te voy a llevar a otro sitio. Este no es un buen lugar para hablar —interrumpió él, como si le hubiera leído el pensamiento.

La tomó con suavidad del brazo y la guió por un callejón transversal mucho menos concurrido.

—Si seguimos por aquí, llegaremos a lo que se conoce como La Petite Venise. ¿La conoces?

Leire negó con la cabeza. Le sonaba haber visto imágenes en internet durante los preparativos del viaje, pero aún no había tenido ocasión de acercarse. El rincón, famoso por sus canales y el colorido de sus fachadas, ofrecía un paisaje idílico de puentes y edificios tradicionales alsacianos.

Al llegar, Leire contempló el lugar fascinada.

El sitio era precioso, repleto de hileras de enredaderas y de luces navideñas.

Al ver a varias familias fotografiándose junto al canal, Leire le pidió a Joyce que le hiciera un par de fotos y, desafiando el frío viento invernal, se atrevió a desabrocharse el abrigo.

Cuando se liberó de la prenda y se la tendió para que se la sujetara, Joyce recorrió con los ojos su silueta, deteniéndose en cada línea de su cuerpo.

Ensimismado, hizo un esfuerzo sobrehumano por disimular su expresión, pero le resultó verdaderamente difícil.

Leire estaba espectacular con aquel vestido rojo.

—¡Vamos, Joyce, hazme la foto, que me congelo! —le urgió ella entre risas.

—Sí, perdona. Allá voy.

Joyce le tomó varias instantáneas mientras ella posaba en diferentes ángulos, antes de correr a refugiarse de nuevo bajo el abrigo.

—Ehh… Te queda genial. Estás preciosa —admitió él mientras le devolvía el abrigo y se lo ponía sobre los hombros.

Leire alzó la vista y se topó con la intensidad de aquellos ojos azules que no se apartaban de ella. «Qué mirada tan profunda», pensó. Intentando que el magnetismo de Joyce no la embaucara por completo, desvió la atención hacia el camino que tenía delante de sus ojos.

—Gracias. ¿Adónde quieres que vayamos ahora?

—Conozco una cafetería maravillosa un poco más adelante que seguro que te encanta. ¿Te apetece?

Leire sonrió y reanudaron la marcha, cruzando miradas y apartándolas de inmediato, como si fueran dos adolescentes que se estuvieran descubriendo por primera vez y no supieran muy bien qué decir.

—Antes me has hablado de tus abuelos —comentó él—, pero ¿qué hay de ti? ¿A qué te dedicas en Madrid?

—Soy editora. Trabajo en una editorial, ya sabes, me llegan manuscritos y me dedico a corregir y editarlos para que quede de la mejor manera posible.

Sorprendido e interesado, Joyce asintió ante el descubrimiento.

—Tiene que ser un trabajo muy bonito, ¿no? Me parece algo que requiere de mucha concentración.

—Lo es. A veces es fascinante —reconoció Leire—.

Pero también es una profesión muy esclava y mentalmente agotadora.

Casi todos los días tienes que batallar contra tu propia frustración al darte cuenta de que el mercado literario es durísimo y que, por mucho que te dejes el alma en un libro, es difícil que consiga el hueco que merece.

Tienes que pelear por tus autores y tomar decisiones difíciles con historias que a lo mejor te encantan, pero que no son viables.

Requiere mucha fortaleza mental no llevarte el trabajo y las preocupaciones de otros a casa, ¿sabes?

Joyce asintió, comprendiendo perfectamente el trasfondo de lo que decía.

Aunque él no tratara con textos ni galeradas, encontraba cierto paralelismo con su empleo; le reconfortaba ver cómo la gente se marchaba más feliz tras pasar por el spa.

Observar los rostros relajados de los clientes le resultaba satisfactorio porque sabía que, si alguien cargaba con un día gris o una preocupación pesada, su labor consistía en cuidar de ellos y aliviarles la carga, igual que Leire hacía cuidando el alma de los libros para que los lectores encontraran un refugio en ellos.

—¿Y tú? ¿Siempre supiste que querías ser masajista? —preguntó Leire.

Joyce titubeó unos instantes antes de responder.

—No exactamente. Es algo que me gusta y con lo que disfruto, pero mi verdadero sueño siempre ha sido montar mi propio negocio.

Como hacía mi padre. —Joyce endureció sutilmente el tono de voz al mencionar la figura paterna, un matiz que no le pasó desapercibido a ella—.

Él era el dueño de una empresa y me enseñó muchas cosas de pequeño.

Me hizo ver que emprender es arriesgado y difícil, pero de lo más valioso.

Mi meta es tener mi propio hotel o un centro de bienestar independiente, pero se necesita una inversión enorme y alguien que apueste por ti.

—¿Y tu padre? —indagó Leire con inocencia—. Si tenía una empresa, ¿no podría echarte una mano con la inversión? O al menos, ayudarte con los trámites.

Joyce resopló para sus adentros. Se maldijo por haber sacado el tema; no debería haber mencionado a su padre en absoluto. Ahora ella preguntaba, como era normal y a él no le apetecía lo más mínimo tener que dar explicaciones sobre la relación que tenía con su padre.

—Es complicado —zanjó de forma tajante.

Leire captó el semblante rígido de Joyce y vio cómo apretaba la mandíbula. Dedujo de inmediato que era mejor no ahondar en esa herida; por la razón que fuera, hablar de su padre le causaba una mezcla de dolor y hostilidad.

—Háblame de tu madre, entonces —espetó, tratando de cambiar el de rumbo de la conversación—. Me dijiste que vivías aquí con ella y con tu hermano, ¿verdad?

Las facciones de Joyce se destensaron notablemente y asintió con la cabeza.

—Sí. Vivo con mi madre y con Jérôme, mi hermano. Ella trabaja en una librería de la ciudad y él es abogado; ahora mismo está haciendo las prácticas en una empresa de la zona, aunque su meta es trasladarse a París para crecer laboralmente.

—¿Y tú? ¿Cuáles son tus metas, aparte de la empresa? —Leire lo observó con una mezcla de dulzura, esperando la respuesta. Al notar su silencio, añadió—. No tienes por qué responder si no quieres. Es una pregunta difícil. Ni siquiera sé qué contestaría yo si estuviera en tu lugar.

—Es difícil, sí —rio él, más relajado—. Sé que me atrae la idea de mudarme a París en algún momento.

Es una ciudad enorme con muchas oportunidades, pero no estoy seguro de si es lo que busco.

Establecerme allí o independizarme por mi cuenta es casi prohibitivo; los precios están por las nubes y no sé si podría mantener una vida estable y tranquila allí.

Leire lo escuchó atentamente, agradecida por saber que compartían el mismo punto de vista. Le animó a seguir con su discurso, deseosa de saber su opinión.

—A veces siento que a la gente joven no nos permiten tener proyectos, o sueños propios —reflexionó Joyce, adoptando un tono más amargo—.

Está todo tan complicado que alcanzar un estilo de vida básico se vuelve una auténtica odisea.

Es imposible tener las cosas claras porque nunca tienes la certeza de que tu esfuerzo sirva para algo.

—Dímelo a mí —coincidió Leire, completamente de acuerdo—.

Yo comparto piso con Iván y Chloe porque en Madrid pagar un alquiler en solitario es casi un deporte de riesgo.

Así que imagínate: tres adultos intentando coordinar sus vidas y sus horarios en torno a un único cuarto de baño.

Pero nos tenemos los unos a los otros y eso lo cambia todo.

Joyce la miró de reojo, cautivado por la ligereza y espontaneidad con la que se tomaba aquel tema. Siguieron caminando en silencio hacia la cafetería. En un cruce de peatones, sus manos se rozaron de forma fortuita y ambos se detuvieron en seco, clavando la mirada el uno en el otro.

—¿Hay algo en esta vida de lo que estés completamente seguro? ¿Algo que tengas realmente claro? —preguntó ella en un susurro.

Joyce dejó que sus ojos recorrieran el brazo de Leire hasta posarse en sus manos, antes de volver a buscar sus ojos avellanados. La tentación de confesarle que se moría por besarla latió con una fuerza ensordecedora en su mente, pero optó por refrenar el impulso y guardar silencio sobre eso.

—Estoy seguro de que quiero conocerte, Leire. Siento una curiosidad inmensa por descubrir quién eres. ¿Me vas a dejar hacerlo?

Leire tragó saliva, completamente desarmada por la respuesta. ¡Eso sí que no se lo esperaba! Terminó por asentir mientras una sonrisa tímida se dibujaba en su rostro. Joyce le devolvió el gesto, y ella se fijó en las pequeñas arrugas que se le formaban alrededor de los ojos al sonreír de verdad.

—Pues ven, te invito a un café. ¡Aquí preparan los mejores de la ciudad!

Leire posó su mano sobre la que Joyce le tendía y juntos cruzaron el umbral del local.

Un calor reconfortante los envolvió de inmediato, calmando el impacto del clima invernal.

Aunque, a decir verdad, en ese momento Leire ya no sabía si la calidez procedía de los radiadores de la cafetería o de aquel torbellino de emociones que la mera presencia de Joyce hacía florecer en su interior.