Capítulo 16
Joyce llegó a casa abatido tras una jornada extenuante.
Era plenamente consciente de que el cansancio no se debía únicamente al volumen de trabajo acumulado durante el día, sino más bien al torbellino de emociones que había sentido en los últimos días.
Desde aquel masaje, en su cabeza se repetía un sinfín de preguntas sin respuesta y el estómago le daba un vuelco cada vez que evocaba la calidez de la piel de Leire bajo sus dedos.
Se echó con el móvil sobre la cama y abrió la bandeja de entrada. Su mensaje seguía allí, aguardando una respuesta. Lo leyó de nuevo:
«Hola, Joyce. Soy Leire. Te escribo para que guardes mi número. Ya me dices cuándo te viene bien quedar, si te apetece».
¿Que si le apetecía? ¡Pues claro que le apetecía!
El problema era que estaba acojonado, para ser completamente sinceros.
La sensación que experimentaba cuando estaba cerca de Leire no era normal; sabía que aquel cúmulo de sentimientos revoloteando sin control y en direcciones contrapuestas dinamitaría su capacidad para actuar de forma racional.
Eso escapaba a su dominio, y perder el control era algo que le producía un pavor absoluto.
Hasta entonces, había mantenido la cabeza fría y los pies en la tierra, sin permitir que nada ni nadie lo apartara de su camino.
Pero era consciente de que perder la cabeza por una chica implicaba entregar las armas, y no sabía si estaba dispuesto a ceder.
Mostrar su mundo interior, desnudarse y revelar sus temores más íntimos significaba adentrarse en un terreno pantanoso en el que ni él mismo quería hurgar.
Le aterrorizaba que una desconocida tuviera la facilidad de entrar en su vida, cuando él aún estaba dolido y, en cierta manera, no estaba seguro de poder abrir su corazón a otra persona.
Joyce se sentía como una cebolla a la que le iban arrancando las capas, o como una flor despojada de sus pétalos: indefenso, sin protección, con el alma desnuda.
Releyó la pantalla una vez más. Sabía que tenía que responder.
Porque, a pesar del miedo, las ganas de verla eran infinitamente superiores a la batalla interna que se fraguaba entre su mente y su corazón.
Volver a escuchar su risa, mirarla a los ojos o simplemente rozar sus dedos con los suyos era todo lo que necesitaba en ese momento. Así de contradictorio era el asunto.
«Hola, Leire. ¿Nos vemos mañana después de mi turno? A las 18:00 h en la Rue des Marchands, enfrente del Musée Bartholdi. He pensado en un plan que estoy seguro de que te gustará mucho».
Estuvo a punto de adjuntar un sticker tierno, pero en el último segundo optó por uno más desenfadado: un pingüino caminando de manera divertida.
Resopló, dejando el móvil sobre el colchón.
Había estado devanándose los sesos con un itinerario para sorprenderla, pero tampoco quería pecar de romántico.
Aunque, a decir verdad, cualquier rincón resultaba idílico en Colmar durante la Navidad.
La decoración de la ciudad te inducía a adentrarte en una espiral de magia, bondad y alegría constante, como si el aura del ambiente fuera un veneno dulce que te obligaba a suspirar por las esquinas.
Joyce, exhausto y atrapado por un sueño inminente donde Leire era la protagonista, se durmió con el teléfono pegado al costado, ignorando que los sentimientos que empezaban a florecer en su pecho ya serían imposibles de cambiar.
¿Era el momento de abrir su corazón al amor?
A la mañana siguiente, Leire se despertó con una buena sensación.
Su cuerpo estaba descansado y su mente, totalmente despejada.
Se levantó y abrió la ventana de par en par, contemplando un nuevo día alsaciano.
Aquella aventura estaba resultando de lo más emocionante y, aunque todavía le quedaba mucho por descubrir, decidió que debía disfrutar del presente y saborear la experiencia con calma.
Por eso leía el cuaderno de Berta con tanta cautela: quería compaginar la exploración de la ciudad con las vivencias de su abuela.
Unir ambas cosas hacía que su viaje fuese mucho más bonito y entrañable, a pesar de lo mucho que le abrumaba toda esa situación.
Al salir del dormitorio, se percató de que un silencio sepulcral reinaba en la casa.
No se oían las voces de Chloe y de Iván, lo cual era extraño; no es que fueran escandalosos por naturaleza, pero tampoco destacaban por su discreción.
Echó un vistazo al móvil y descubrió varias notificaciones en el grupo que compartían:
Chloe: He salido a correr. Me apetecía hacer algo de ejercicio y el Parc du Champ-de-Mars me ha parecido el sitio perfecto. Luego vuelvo.
Iván: ¡Cuánto deporte! Yo he quedado con Bastian, el chico que conocí ayer en el spa. Nos vamos a tomar un café… ¡y lo que surja!
Leire sonrió frente a la pantalla. Le encantaba que sus amigos también disfrutaran de Colmar por su cuenta.
Que hubieran decidido cruzar Europa para acompañarla ya era un regalo de valor incalculable, pero también agradecía disponer de un rato a solas para sentarse en silencio, con una taza de café caliente, a ver la vida diaria de aquella ciudad transcurrir al otro lado del cristal.
Dejó que los rayos del sol invernal le iluminaran la cara mientras saboreaba el desayuno.
Volvió a desbloquear el teléfono por inercia y por poco no se le cae la taza encima: ¡tenía un mensaje de Joyce! ¿Cómo no lo había visto antes?
Leyó y releyó las líneas varias veces. ¡Le había contestado!
Y encima le proponía una cita para esa misma tarde.
Le respondió con un escueto pero entusiasta: «Genial, allí nos vemos» , acompañado de una carita sonriente.
Acto seguido, los nervios se apoderaron de ella y comenzó a ojear las prendas del armario con creciente ansiedad.
¡Madre mía! Ni siquiera sabía qué clase de plan tenía pensado.
¿Llevar vestido sería excesivo? ¿Pasaría mucho frío en la calle o irían a un sitio cubierto?
Pensó en escribirle para preguntar, pero, tras meditarlo, decidió que era mejor no hacerlo y dejarse llevar.
Tras darse una ducha rápida, concluyó que un paseo matutino le vendría de perlas para rebajar su nerviosismo y, de paso, echar un vistazo a los comercios locales.
Un viento frío le rozó las mejillas nada más cruzar el umbral de la calle.
¡Tendría que haberse abrigado más si no quería morir congelada!
Se colocó correctamente la bufanda que se había comprado en Madrid —que le estaba salvando la vida durante el viaje— y comenzó a caminar guiándose por las indicaciones que le daba su teléfono.
Empezaba a familiarizarse con el trazado de las calles, pero aún desconocía cómo llegar a ciertos puntos.
Lo bueno del apartamento de Berta era su ubicación privilegiada, que le permitía acceder a pie a todos los lugares de interés.
Se dirigió hacia la Grand Rue, una avenida comercial flanqueada por fachadas de entramado de madera, tiendas de artesanía y restaurantes acogedores.
Sin duda, allí encontraría lo que buscaba.
A pesar de ser de día, contempló fascinada los abetos navideños de gran altura colocados en las plazas, las ventanas repletas de guirnaldas y los osos de peluche gigantes que colgaban de los balcones.
Se detuvo ante una librería preciosa, decorada con un gusto exquisito.
Aunque todos los volúmenes estaban en francés, le apasionaba hojearlos, acariciar las cubiertas y sumergirse en la atmósfera silenciosa de las librerías.
Tras dejarse embaucar por el aroma a papel, sus pasos la guiaron hacia la Rue des Clefs.
Entró en varios establecimientos de moda buscando algo que captara su atención, hasta que sus ojos se clavaron en él.
Era el vestido . Una pieza larga de color rojo intenso y tirantes finos.
Se metió en el probador y, al mirarse al espejo, supo que aquella prenda parecía diseñada exclusivamente para ella.
Le sentaba de escándalo. No era un diseño ostentoso ni pretendía ser lujoso, pero poseía un corte etéreo que nacía en la cintura y aportaba un aire sofisticado y ligero.
Se ceñía con suavidad en el torso y caía en picado de forma fluida hasta la altura de los tobillos.
El contraste del carmín de la tela con su piel blanquecina y las mejillas ligeramente sonrosadas por el frío la hacía lucir espectacular.
Se preguntó si no sería demasiado llamativo, pero de inmediato desechó el pensamiento.
Si se sentía cómoda y guapa, ¿por qué iba a privarse de llevarlo?
Estaba harta de boicotearse con las mismas dudas de siempre.
Tenía que vestirse por y para ella misma, no para complacer las expectativas de nadie.
Colmar y la Navidad constituían el telón de fondo idílico para estrenarlo bajo el alumbrado navideño.
Satisfecha con la compra, continuó el paseo hasta sentarse a descansar en un banco frente al Musée Unterlinden, un antiguo convento de monjas dominicas del siglo XIII que albergaba una impresionante colección de arte medieval y contemporáneo.
Mientras contemplaba el paisaje urbano bañado por la luz del día, sintió cómo una calma cálida la envolvía por completo.
Dedicarse tiempo a una misma, disfrutar de la brisa y observar el deambular de la gente en absoluto silencio era un momento de paz necesario.
Una pausa en medio de todo el desorden para que la cabeza respirara, libre de las interferencias del resto del mundo.
Cuando regresó al apartamento, se encontró a Chloe secándose el pelo con una toalla tras pasar por la ducha. Iván aún no había dado señales de vida.
—¿Qué tal el paseo matutino? —Chloe se aproximó a ella, ojeando con indisimulada curiosidad la bolsa que traía.
—Maravilloso. Me ha venido de perlas.
—Cualquiera diría que te estorbamos, chica. A ver, ¿qué has comprado?