Los hilos invisibles del destino Capítulo 15
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Capítulo 15

Joyce negaba con la cabeza desde su puesto en la recepción.

¿Por qué demonios había accedido a tener una cita con ella?

Se había jurado a sí mismo que lo mejor era mantener las distancias.

Alimentar aquella sensación no podía traer nada bueno.

Moverse por impulsos solía ser un tremendo error, y él lo sabía por experiencia propia.

Años atrás, cuando se enteró de que su padre se había largado de casa, se puso hecho una furia. Destrozó gran parte del mobiliario del salón y, cuando logró calmarse, observó con una culpa asfixiante el lienzo que había pintado su hermano, partido a la mitad.

Lloró. Lloró desconsolado por la marcha de su padre, pero lloró aún más por haber sido tan impulsivo y haber destruido uno de los regalos más emotivos que su hermano Jérôme le había hecho a su madre.

Pero el retrato de lo que había sido una familia feliz ya no era real; estaba plagado de mentiras, engaños y traición.

Era solo un cuento que venderle al mundo, porque la realidad de su familia resultaba radicalmente distinta a la imagen que la gente tenía de ellos.

Su padre se había marchado, dejándolos solos y sumidos en un abismo del que no sabía cómo iban a salir.

A día de hoy, su madre y Jérôme parecían haberlo superado, pero Joyce no.

Él guardaba la rabia concentrada en el pecho y, cada vez que pensaba en el hombre al que más había admirado, el enfado le brotaba como un veneno, que estallaba, silencioso pero intenso en su interior.

Por eso se prometió que intentaría tomarse las cosas con calma, que la vida no volvería a pillarlo desprevenido y que actuar por meros impulsos era un fallo que costaba demasiado remediar a largo plazo.

Como aquel lienzo roto.

Se maldijo en silencio. No entendía cómo no había sido capaz de frenar el impulso de decirle que sí a Leire.

No sabía si eran sus ojos o el brillo que desprendía su mirada.

Tal vez era la delicadeza con la que parecía estar moldeada, como si fuese algo frágil que tuviera que proteger.

O quizás era el hecho de que, con solo verla, un fuego crepitaba en su pecho para dar paso a una calidez profunda que lo instaba a estrecharla entre sus brazos, solo para asegurarse de que era real y no un espejismo.

—Tío, ¿te pasa algo? Llevas toda la mañana un poco raro. No sé, como descentrado —intervino Axel, sacándolo de sus pensamientos—. Tú nunca estás así, siempre estás focalizado en el trabajo.

Joyce chasqueó la lengua. Tener tanta complicidad con su compañero tenía su lado malo: Axel siempre notaba cuando los engranajes fallaban.

Era evidente que el reencuentro con Leire lo había descolocado.

Verla a las puertas del restaurante había sido una sorpresa, pero experimentar el tacto de su piel bajo sus manos había sido un detonante peligroso.

—No, no me pasa nada. Estoy bien —mintió Joyce, dejando escapar el aire con fuerza.

—A ver, a mí no me engañas. ¿Qué te traes entre manos? —Axel se cruzó de brazos, plantándose frente a él, dispuesto a escucharlo.

—Es por… una chica. Pero da igual. Se me pasará.

—¿Es por Léa? —Joyce negó con la cabeza—. ¿Un nuevo amor? —Él ladeó el rostro y apretó la mandíbula—. Ah, vale. Un nuevo amor, entonces. ¿Y dónde está el problema?

—El problema es que la chica no es de aquí. Es española.

—Entiendo. Te has enamorado hasta las trancas y las relaciones a distancia no funcionan a menudo.

—¡NO! NO ESTOY ENAMORADO —le respondió alzando la voz—. Ni te atrevas a repetirlo. Apenas la conozco.

—Pero te gusta.

—¡No! N-O. No —sentenció.

—Vale, vale. Madre mía, no hace falta que te pongas así, tío —Axel dio dos pasos hacia atrás con las manos en alto—. Solo preguntaba. Siento si te ha molestado. —Se giró hacia el ordenador para revisar los correos pendientes de la bandeja de entrada.

—Perdona, Axel. No quería levantarte la voz —se disculpó Joyce, frotándose la nuca—. Es solo que… llevo muchísimo tiempo sin sentir nada por nadie. Y… me da miedo.

—Vaya. Entonces lo que te sucede es que estás intentando reprimir emociones que no puedes ignorar, Joyce. Y créeme, fingir que no existen solo hará que pesen más. A veces lo mejor es encajarlas, darles un nombre y dejar que sigan su curso.

—Es que no puedo hacerlo sin más. Me cuesta. Me cuesta horrores confiar en alguien. Dejar que me vean vulnerable significa entregarle al otro las armas para destrozarme en cuanto tenga la ocasión.

—Si vives pensando en el sufrimiento y te olvidas de amar, también te olvidas de vivir, Joyce.

Y eso es verdaderamente triste. La vida es difícil, pero también tiene cosas hermosas, y el amor es una de ellas en todas sus formas.

Sea lo que sea que sientas por esa chica, abre la puerta y fluye.

Deja que todo siga su cauce. Te lo dice alguien que sabe de lo que habla.

—¿Tú…? ¿También estuviste en una situación así?

—Perdí a la que creía que era el amor de mi vida por no atreverme a luchar cuando tocaba.

Por llegar tarde, por no decir lo que sentía a tiempo.

Por quedarme callado cuando debía hablar —confesó Axel, recordando viejos tiempos—.

Y cuando finalmente quise mostrarle lo mucho que la quería, ya estaba con otra persona.

Se cansó de esperar a alguien que nunca estaba seguro de lo que quería.

Y la entiendo, de verdad. Así que no cometas mi mismo error.

Déjate llevar. Que sea lo que tenga que ser.

—Nos acabamos de conocer, aún es pronto para saber si siento algo por ella —matizó Joyce. Lo cual era totalmente cierto, pero en el fondo, sabía que esa chica tenía algo diferente a las demás.

—Pues disfruta mientras tanto, conócela, déjate llevar y si la vida os ha puesto al uno en el camino del otro, será por algo.

Axel le dio un par de palmaditas solidarias en el hombro y se adentró en el área del spa para atender a los siguientes clientes.

Joyce se dejó caer en la silla de la recepción, completamente abatido.

¿Su compañero también iba a saltarle con la idea de qué «todo pasaba por algo»?

Joyce negó con la cabeza. Era un nudo de contradicciones: deseaba arriesgarse y conocerla, pero su mente siempre encontraba una razón lógica para frenar el impulso de continuar.

De pronto, el teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de un número desconocido apareció en la pantalla. Lo abrió al instante.

«Hola, Joyce. Soy Leire. Te escribo para que puedas guardar mi número. Ya me dices cuándo te viene bien quedar, si te apetece».

El corazón le comenzó a ir deprisa. Otra vez.

Junto al texto había incluido un sticker gracioso que le arrancó una sonrisa espontánea.

Guardó el contacto y se quedó contemplando su fotografía de perfil.

La imagen mostraba a Leire, de lado, en lo que parecía un jardín repleto de flores; se fijó en la naturalidad de su sonrisa y en cómo la luz realzaba sus facciones.

—¿Perdón? ¿Me puede atender, por favor?

Joyce alzó la vista de golpe y carraspeó, guardándose el teléfono en el bolsillo a toda prisa. Se había quedado tan ensimismado mirando la imagen que ni siquiera se había percatado del cliente que aguardaba al otro lado del mostrador.

—Sí, disculpa. Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle? —articuló, recuperando el tono profesional para desglosar las tarifas y los horarios del spa.

Al otro lado de la línea, en el apartamento, Leire se mordía las uñas con nerviosismo mientras observaba el temible doble check azul.

Joyce había leído el mensaje y no había respondido.

¿En qué demonios estaba pensando cuando le pareció una idea brillante sugerirle una cita?

Lanzó el móvil contra la colcha y se cubrió el rostro con las manos, maldiciendo internamente haber seguido el consejo de Chloe. ¿Por qué se había dejado arrastrar?

Molesta consigo misma, se levantó de la cama y tomó el cuaderno de Berta, decidida a enterrar la humillación bajo las páginas antiguas del diario de su abuela. Se refugió en el aroma a papel viejo y, eclipsada por la caligrafía de aquella mujer, retomó la lectura.

12 de diciembre de 1952.

Hoy he vuelto a coincidir con Étienne. Esta tarde hemos celebrado el cumpleaños de un amigo en común y hemos estado hablando de lo que haremos en Navidad.

¡Y no puedo estar más feliz! ¿Sabéis por qué?

Étienne me ha invitado a casa de su familia.

Los fines de semana previos a las fiestas organizan actividades navideñas familiares y comparten muchos juegos y actividades.

¡Y él quería que yo estuviera allí con ellos!

No voy a negar que me he puesto nerviosísima, pero me ha encantado la propuesta.

Os contaré con más detalle en las próximas páginas. ¡Estoy muy emocionada!

Leire pasó la hoja, sintiendo el pulso de la juventud de su abuela latir entre las líneas.

15 de diciembre de 1952.

He pasado el fin de semana en casa de Étienne.

Ha sido divertidísimo. Su familia es fantástica y me han enseñado sus tradiciones alsacianas.

Hemos diseñado nuestros propios gorros de Navidad y hemos horneado galletas con forma de abeto.

También hemos cantado y bailado villancicos.

Su padre me ha sacado a bailar delante de todos y, aunque al principio me moría de la vergüenza, al ver el rostro divertido de Étienne me he puesto a bailar como una loca hasta que me he armado de valor y lo he invitado a unirse.

Él ha posado su mano sobre la mía sin dudarlo un segundo y nos hemos puesto a saltar entre risas.

Lo mejor ha venido después: me ha invitado a dar un paseo y, mientras nos tomábamos un chocolate caliente, se ha quedado mirándome fijamente.

Yo no sabía qué hacer porque me ha pillado desprevenida, pero cuando me ha tomado la mano, he creído flotar en una nube.

Me ha dado un suave beso en la mejilla y, sin soltarnos, hemos seguido caminando.

Como dos personas que se quieren, sin llegar a ser amantes todavía.

Ay… si este chico supiera lo mucho que pienso y suspiro por él…

Leire cerró el cuaderno despacio. Su abuela se había enamorado perdidamente en su juventud de aquel misterioso Étienne.

¿Por qué jamás se lo había mencionado a la familia?

¿Por qué guardarlo como un secreto bajo llave en un despacho polvoriento?

¿Llegaron a construir una vida juntos o aquello se quedó en un romance efímero de invierno?

Y, sobre todo, ¿por qué Colmar? ¿Acaso Berta aún tenía esa casa en Colmar por él?

Tenía demasiadas preguntas flotando en el aire, pero mientras su mente divagaba buscando respuestas, el cansancio del spa comenzó a adueñarse de sus párpados.

Sin darse cuenta, se quedó dormida abrazando el cuaderno contra su pecho, dejando que la imaginación la transportara a una historia de amor que, lejos de ser un cuento de hadas, había cobrado vida varias décadas atrás en aquellas mismas calles adoquinadas con casas de entramado de madera.