Los hilos invisibles del destino Capítulo 14
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Capítulo 14

En la terraza exterior de las instalaciones del hotel, Leire se tomaba un café con leche con sus amigos mientras disfrutaban del agradable sol mañanero.

—Esto ha sido una auténtica maravilla. El chico que me ha dado el masaje era todo un profesional. ¡Qué manos, por favor! —Chloe dio un sorbo a su taza y observó a su amiga Leire, que mantenía la mirada perdida en el horizonte—. Eh, tú, ¿te ha dejado atontada el spa o te ha comido la lengua el gato?

Al ver que Leire seguía sin responder, Iván le dio un ligero pellizco en el brazo.

—¡Auuu! Eso ha dolido. ¿Por qué haces eso?

—Llevas ensimismada media hora. ¿Qué te pasa?

—¿A mí? Nada. Es solo que necesito cafeína para recargar la energía. El spa me ha dejado adormecida.

—No sé por qué no me creo esa respuesta —Chloe olfateó el aire dramáticamente—.

Aquí me huele a chamusquina. A gato encerrado.

Espera… ¿A ti te ha dado el masaje Joyce, verdad?

Juraría que lo he visto salir de tu sala —Chloe se llevó las manos a la boca, soltando pequeños grititos de emoción como si fuera una niña pequeña.

—Calla, por favor, que vamos a llamar la atención —pidió Leire en un susurro—. Sí, me lo ha dado Joyce, ¿cuál es el problema?

—¡Problema ninguno! ¿Qué tal ha estado? Uf, ya quisiera yo que me hubiese tocado ese Adonis con sus manos esculpidas por los mismísimos dioses —Leire puso los ojos en blanco ante el comentario de Iván, quien continuó divagando—.

Aunque el mío tampoco se quedaba atrás; lástima que parecía demasiado hetero.

—Ha estado bien. Ha sido un gran masaje, se nota que es un buen profesional.

—¡Mentira, mentira! ¡Te estás poniendo roja!

—Uy si, es verdad, te has puesto roja —dijo Iván corroborando lo que decía su amiga.

—¡Vale, me rindo! —claudicó Leire, resoplando—.

Me ha gustado mucho. Ha sido… complicado.

—Al ver que sus amigos fruncían el ceño, se apresuró a matizar—.

Complicado en el sentido de que ha sido muy sensual y me he puesto un poco nerviosa.

La delicadeza con la que mueve las manos, cómo trazaba los movimientos por la espalda…

—¡Madre mía! ¡Vamos, que os lo podíais haber montado allí mismo!

—¡Cállate, Iván, por Dios, ni por asomo! Él solo hacía su trabajo. En cuanto ha terminado, se ha marchado. Ha venido a cumplir con su turno y ya está.

—¿Y por qué tengo la sensación de que no para de mirarte? —le rebatió Chloe.

Leire giró la cabeza de reojo y, a través de las cristaleras, observó el mostrador de recepción.

En efecto, captó a Joyce mirándolos fijamente.

Al verse descubierto, él desvió la vista de inmediato y se pasó los dedos por el cabello avellana, echándose hacia atrás los mechones que le caían por la frente.

—Qué sexy es este chico. Cada vez que hace ese gesto con el pelo…

—¡Iván, por favor!

—¿Qué? Está buenísimo. Si estás segura de que no lo quieres para ti, me lo quedo yo.

—Estoy segura de que a Joyce no le gustan los chicos, Iván. De hecho, está realmente interesado en Leire. ¡Es que se respira a kilómetros!

Chloe dio un sorbo a su café y mientras, rechazó una llamada entrante con el nombre de Biel en la pantalla de su teléfono.

—Una pena, él se lo pierde —Iván dio el último trago a su taza y clavó los ojos en el otro lado de la terraza, donde un chico parecía de lo más despistado—.

Creo que ese otro Adonis de allí necesita ayuda.

Voy a ver qué se le ha perdido por aquí, además de que mi radar me dice que este sí que no es hetero.

Sin más preámbulos, Iván se levantó con su confianza innata y caminó directo hacia el desconocido, quien se mostró gratamente sorprendido cuando entabló conversación con él. Al cabo de un par de minutos, ambos se reían y conversaban tranquilamente bajo la mirada interesada de Chloe y Leire.

—Siempre me ha fascinado la capacidad que tiene Iván para echarle narices a las cosas —confesó Leire.

—¡Y sin idiomas! —le recordó Chloe—. Si alguien le echa huevos a la vida, ese sin duda es Iván.

—Yo sería incapaz de acercarme así a un extraño, ¡me moriría de vergüenza!

—Cada uno es como es, Leire. Tú eres una chica dulce, que prefiere hacer las cosas con delicadeza y medita los pasos con calma; necesitas masticar la situación un buen rato antes de lanzarte.

Iván no, él es más bruto y le da menos miedo lo que pueda pasar, aunque ojo, en cuanto empieza a pillarse por alguien, corre despavorido. No sé si te has fijado en ese patrón.

Leire asintió en silencio. Todo lo que decía Chloe era una verdad innegable que encajaba a la perfección con ellos. Iván y ella eran como el día y la noche, pero aun así se entendían a ciegas y se querían con locura.

—Sí, soy consciente. Pero a veces me gustaría ser un poco más como él. Lanzarme a la aventura, probar cosas nuevas o perder el miedo. ¿Sabes la de oportunidades que se pierden por culpa de la vergüenza o el miedo a intentarlo?

—Eso es un trabajo de valentía, Leire. Es quitarse el miedo al miedo. ¿Qué te da pavor hacer algo? Está bien, es normal. Pero hazlo igualmente. Hazlo con miedo.

—¿Y tú crees que eso me traerá cosas buenas?

—No lo sé, pero al menos no te quedarás con la duda eterna de qué hubiese pasado de haberlo intentado, ¿no crees?

Leire la miró, conmovida por la sensatez de sus palabras.

—Te quiero mucho, Chloe. Eres una amiga increíble, ¿lo sabes?

—Eso también lo sé —rio ella—. Por eso mismo, porque nos queremos, te voy a proponer un reto. Tienes que ir ahora mismo a la recepción y pedirle una cita a Joyce.

—¿¡Qué!? ¡No! ¡Ni de coña! ¡No puedo hacer eso!

—¿Qué acabamos de decir sobre perder el miedo? ¿Sobre romper la vergüenza?

—Pero, Chloe, ¿no te das cuenta de que no? ¿De que ese chico no busca nada conmigo? ¡Qué me voy a ir en unos días!

—Yo de eso no estaría tan segura. Por cómo te mira, te garantizo que le interesas. Además, ¿por qué no dejarte llevar los días que estás por aquí? ¡Anda, venga! ¡Ve!

Leire negó con la cabeza, aferrándose a los reposabrazos de la silla como si lo que su amiga le propusiera fuera escalar el Everest en chanclas.

Volvió a girar el rostro y observó a Joyce charlar con un compañero de turno mientras esbozaba una espléndida sonrisa.

Qué sonrisa tan bonita tenía. Impulsada por ese destello, se armó de valor y se dijo que sí, que no perdía nada por arriesgarse.

Al fin y al cabo, allí nadie la conocía.

Si salía bien, eso que se llevaba; si recibía un no, la distancia de las vacaciones y el olvido harían su trabajo.

—Vale. Voy. Solo para que te quedes tranquila.

Chloe soltó otro chillido ahogado y se removió entusiasmada en el asiento, recolocándose las gafas de sol mientras sostenía la taza con ambas manos para disfrutar del espectáculo en primera fila.

Leire inició la marcha. Conforme se aproximaba al mostrador, notó que el corazón se le desbocaba y las palmas de las manos comenzaban a sudar.

Estuvo a punto de dar media vuelta, pero retirarse en ese momento la haría quedar como una auténtica cobarde.

¡Por favor, que solo era hablar con un chico!

Caminó con paso firme hasta la recepción y se apoyó levemente en la barra.

—Ejem —se aclaró la garganta.

Joyce levantó la cabeza y arqueó las cejas en una clara señal de sorpresa.

—Eh… Hola, Leire. ¿Necesitáis algo? ¿Todo bien?

—No. Es decir… Sí, todo está bien —se corrigió, chasqueando la lengua. ¡Qué ridícula debía de estar resultando!—. Quería preguntarte una cosa.

Joyce mostró un interés inmediato. Posó los antebrazos sobre el mostrador, inclinando levemente la cabeza para acortar la distancia entre ambos.

—Tú dirás.

—Quería preguntarte… bueno, si no te importaría que quedáramos algún día. Ya sabes, para dar un paseo por la ciudad o tomar algo. Si a ti te apetece, claro. Sin ningún tipo de compromiso.

Joyce abrió los ojos de par en par, completamente descolocado por la iniciativa.

—¡Vaya! Eh… esto sí que no me lo esperaba. Verás…

—Dios, lo siento. No tenía que haberte puesto en este compromiso. Olvídalo, de verdad, no te preocupes —le interrumpió Leire atropelladamente, dándose la vuelta dispuesta a tragarse la humillación y regresar con Chloe para marcharse de allí cuanto antes.

Sin embargo, antes de que pudiera dar el primer paso, los dedos de Joyce la sujetaron suavemente por el brazo.

—Eh, espera —Leire se detuvo y sus ojos volvieron a naufragar en aquel mar infinito—. La verdad es que me encantaría.

Esta vez fue Leire la que arqueó las cejas, estupefacta.

—¿Sí? ¿De veras?

Joyce asintió con una leve sonrisa mientras tomaba un bolígrafo y anotaba unos dígitos en un bloc de notas. Arrancó el papel y se lo tendió con un gesto elegante.

—Ten. Este es mi número. Escríbeme y concretamos día y lugar. Ahora debo volver al trabajo, si me disculpas.

Leire asintió, tomando el trozo de papel. Al rozar levemente sus dedos contra los de él, un escalofrío familiar le recorrió la espalda. Solo el contacto de su piel le provocaba un abismo de emociones difícil de gestionar.

Regresó a la mesa exterior, donde sus dos amigos la aguardaban con una sonrisa de oreja a oreja. Iván ya se había reincorporado tras su intento de ligar con aquel maromo francés.

—¿Y bien? —preguntaron al unísono.

—Pues parece que tengo una cita con Joyce.

Los dos vitorearon y palmearon la mesa emocionados. A veces, Leire se preguntaba seriamente si de verdad tenían veinticinco años o seguían atrapados en la adolescencia.

—Me alegro un montón, ¿ves cómo no era para tanto? —Chloe esbozó una amplia sonrisa y prosiguió—. Además, no pareces ser la única que ha triunfado hoy. Iván también ha tenido suerte.

Leire miró a su amigo, que lucía una sonrisa tan descomunal que apenas le cabía en el rostro. ¡Era increíble lo suyo, siempre conseguía lo que se proponía!

—¿Y tú? —le preguntó Leire—. ¿No quieres sacar tus garras y triunfar también?

Chloe negó con la cabeza.

—Me temo que no. Aún tengo que aclarar en qué punto estoy con Biel. No me siento con fuerzas para flirtear con nadie.

Leire e Iván asintieron.

—He visto que antes has rechazado su llamada —afirmó Leire, que nunca se le escapaban ese tipo de pequeños detalles.

—Sí. No quería hablar con él aquí. Después lo llamo. ¡Pero tú céntrate en lo tuyo! ¡Tienes una cita con Joyce! ¿No estás contenta?

Leire sonrió, tímida, con el corazón palpitando a un ritmo alegre, y se guardó el papel en el bolso, sin ser consciente de que aquellos dígitos eran el detonante de todo lo que estaba a punto de suceder en Colmar.