Los hilos invisibles del destino Capítulo 13
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Capítulo 13

— L eire. Leire.

Una voz grave pero cálida la despertó de su ensimismamiento.

—Ay, perdón, creía estar en una nube ahora mismo.

—Suele pasar —respondió Joyce entre risas—. Pero es la hora de tu masaje. ¿Quieres acompañarme?

Leire asintió avergonzada y salió de la piscina, escurriendo el agua de su melena.

—Ten. Ponte esto —Él le tendió un albornoz blanco que llevaba bordado el logo del hotel.

Al hacerlo, Joyce tragó saliva. El traje de baño se ceñía al cuerpo de Leire y se obligó a apartar la vista de inmediato antes de que sus ojos continuaran recorriendo su silueta. Era un empleado del hotel; no podía permitirse mirar así a las clientas.

Leire se envolvió en la prenda, un tanto azorada por la situación, y lo siguió por el pasillo hacia una de las salas de tratamiento.

El espacio estaba decorado en sutiles tonos tierra; en el centro, una camilla se bañaba en una luz tenue y ámbar.

Una melodía relajante sonaba a bajo volumen: un repiqueteo suave que simulaba el discurrir del agua mezclado con el canto lejano de los pájaros.

—Te dejo un minuto para que te quites el albornoz y te tumbes boca abajo —le explicó él—. Voy a por los aceites esenciales para realizar la sesión con aromaterapia, tal y como indica tu reserva.

Sin añadir nada más, Joyce salió entornando la puerta con suavidad. Leire se despojó del albornoz, lo colgó en el perchero y se dispuso a acomodarse boca abajo en la camilla, encajando el rostro en la apertura acolchada. Al cabo de un par de minutos, Joyce regresó a la sala.

—Ya estoy aquí. Tenemos esencia de lavanda, de eucalipto o una combinación de cítricos. ¿Cuál prefieres?

—El de lavanda está bien. Gracias.

—Bien, pues comenzamos. ¿Es todo de tu agrado? La música, la intensidad de la luz… ¿estás cómoda?

—Sí, todo perfecto.

—Disfruta del viaje —murmuró él.

Leire se estremeció al notar el primer hilo de aceite templado descender por su espalda.

—Voy a tener que desabrocharte esto —le indicó Joyce con voz baja mientras rozaba el cierre trasero de su biquini. Ella asintió levemente y él soltó el nudo con extrema delicadeza.

Posó sus manos sobre su espalda suavemente y comenzó a trazar pequeños círculos con ayuda de su dedo pulgar.

Fue realizando movimientos circulares en la parte alta de la espalda, creando una danza delicada que despertaba hasta el último halo de consciencia de su ser.

Poco a poco fue deslizando sus dedos hacia la parte inferior de la espalda, con pequeñas y breves caricias, como si exploraran un mapa secreto hasta que sus manos llegaron a sus caderas.

Allí, con una mezcla de delicadeza y fervor, logró que la piel de Leire se erizara, desatando un escalofrío de placer que la atravesó de pies a cabeza.

Al ver su reacción, Joyce tragó saliva, mientras se fijaba en los lunares de su espalda; dispuestos en diferentes puntos de su dorso, comenzó a unirlos mentalmente, creando constelaciones imaginarias mientras buscaba la forma de seguir trazando recorridos sobre su anatomía.

Con el contacto de sus manos sobre la piel, Leire sentía su corazón bombardeando con fuerza en su interior.

En ese momento, dejó de escuchar el leve sonido de la música relajante, para pasar a escuchar el cañoneo constante de su corazón vibrando con fuerza.

Joyce, al notar que le sudaban las manos, las apartó de las caderas de Leire y las llevó lentamente hacia la parte alta de su espalda, hasta llegar a los hombros.

Allí descargó la tensión con un suave apretón.

Leire dejó escapar un leve gemido, y eso hizo que él tragara saliva de nuevo.

Incapaz de mantener la calma, intentó pensar en cualquier otra cosa.

Tareas pendientes que tuviera que realizar el resto del día, solo para olvidar la ardiente sensación que sentía de recorrer el cuerpo de Leire con sus manos.

¿Qué demonios le estaba pasando?

Se obligó a ceñirse al protocolo estricto del tratamiento que aplicaba a cualquier huésped. Al comprobar que los cuarenta y cinco minutos reglamentarios habían concluido, anudó con sumo cuidado la parte posterior del biquini y, en un susurro casi imperceptible, murmuró:

—Ya hemos terminado. Puedes ponerte el albornoz y finalizar el circuito termal. Estaré en recepción si necesitas algo.

Sin más dilación, cruzó la puerta a zancadas.

Dejó atrás a una Leire absorta, completamente azorada tras la intensidad de la experiencia y con la ferviente sensación de que habría permanecido en aquella camilla horas enteras si hubiera tenido la oportunidad.

El tacto de Joyce le resultaba extrañamente placentero, como si aquellas manos hubieran sido esculpidas con precisión quirúrgica para encajar en su espalda.

Se incorporó despacio y se miró en el pequeño espejo de la habitación; tenía las mejillas encendidas, completamente rojas.

Dispuesta a recuperar la compostura, se anudó el albornoz y salió al área común, encaminándose directa hacia la ducha de agua fría con la firme intención de rebajar la temperatura que su propio cuerpo le exigía con urgencia.

Joyce, por su parte, intentaba respirar tranquilo, inspirando y expirando pausadamente.

Se había refugiado en el almacén de las toallas y permanecía apoyado contra la pared, tratando de recuperar el control.

El corazón le iba a mil por hora y en su cabeza bullía un batiburrillo de emociones que danzaban sin ningún tipo de orden.

¿Qué le pasaba? ¿Por qué se había puesto tan nervioso?

¿Por qué demonios había sentido una conexión tan asombrosamente fuerte con esa chica?

Fuese lo que fuese, tenía que sacarlo de su cabeza.

No podía bajar la guardia. No podía concederle a su corazón la más mínima oportunidad de sufrir.

Tenía claro que no debía enamorarse de ella; sabía que si cedía a mantener el más mínimo contacto, aunque solo fuera un beso, perdería los estribos. Se conocía demasiado bien.

Aunque desde fuera todo el mundo tendía a tacharlo de frío, hermético e insensible, aquella fachada no se correspondía bajo ningún concepto con la realidad.

Él siempre había sido un chico abierto, dispuesto a dar lo mejor de sí mismo y a dar todo el amor posible a quienes estuvieran dispuestos a recibirlo.

Sin embargo, las decepciones y el dolor de la traición de su padre lo habían quemado hasta tal punto que no creía ser capaz de soportar una sola herida más.

Él solo tenía que centrarse en su trabajo, en independizarse y en perseguir sus metas sin dramas ni sufrimiento.

Esa era la única manera de progresar y llegar a ser alguien en la vida.

El amor solo lo volvía vulnerable, y eso no podía permitírselo.

No cuando ansiaba alcanzar una estabilidad para la cual necesitaba orden y tranquilidad absoluta.

Sin alteraciones. Sin alborotos. Sin mariposas revoloteando en el estómago.

Sin preocupaciones por nada ni por nadie.

Lo único que deseaba era limitarse a coexistir con sus propios pensamientos, en paz.

Cuando se sintió un poco más sereno, salió del almacén asegurándose de que nadie lo hubiera visto y regresó al mostrador de recepción para revisar el calendario de citas programadas.

Comprobó que tenía otro masaje agendado para dentro de quince minutos y se dispuso a preparar el material.

Al cruzar las instalaciones, se percató de que Leire salía en ese instante de la piscina de agua fría.

Sin la más mínima intención de detenerse a observarla más de la cuenta, entró en la sala vacía y comenzó a ambientar el espacio para la siguiente clienta.

La chica a la que le tocaba atender era bastante atractiva: alta, rubia y de ojos azules.

Joyce realizó exactamente el mismo procedimiento que había ejecutado con Leire minutos antes, dejándola a solas un instante mientras acudía a por los aceites esenciales.

Tras reingresar en la sala, contempló la espalda ligeramente musculada de la joven, que ya descansaba boca abajo, y comenzó a trabajar con movimientos fluidos.

Sin embargo, a medida que sus dedos recorrían la piel de la mujer, Joyce se dio cuenta de que hasta ahora, nada le había descolocado más que sentir las manos sobre la espalda de Leire.

Lo que en su trabajo era una rutina mecánica, en la espalda de Leire lo había sentido completamente distinto.

Como un cúmulo de explosiones que se habían disparado en su interior.

En cuanto finalizó la sesión, salió de la habitación con un humor de perros, profundamente molesto por la inminente fijación que crecía en su pecho por culpa de aquella chica.

¿Qué demonios tenía Leire que no tuvieran las demás?

¿Por qué con ella las reglas del juego cambiaban?

Si apenas la conocía; solo habían cruzado cuatro frases contadas en un par de ocasiones.

Contrariado, se sentó tras el mostrador y se juró a sí mismo que interpondría una distancia prudencial con ella, aunque dudaba seriamente que sus caminos volvieran a cruzarse durante el viaje.

Volver a coincidir en una ciudad entera ya serían demasiadas casualidades, y la vida no era una maldita novela romántica. El destino no existía.

O al menos, él no creía en él.