Capítulo 12 #2
—También tenemos salas especializadas para talleres de yoga, mindfulness o meditación guiada.
Si deseáis realizar algo de deporte, tenemos una piscina cubierta y una pista de tenis en el exterior.
Además, podéis reservar actividades en la nieve en colaboración con una empresa que se dedica a organizar actividades en el área montañosa de la ciudad; si vais de nuestra parte, os harán un veinte por ciento de descuento.
Si tenéis alguna otra duda, podéis preguntarme a mí o a mis compañeros, que estarán encantados de ayudaros.
Antes de dejaros disfrutar de la sesión de spa, os recuerdo que el personal os irá llamando para daros el masaje solicitado al finalizar la hora termal.
Los vestuarios —dijo señalando hacia ambos lados— están pasando la puerta principal: el de hombres a la izquierda y el de mujeres a la derecha. Espero que lo disfruten.
Con una sonrisa amable, Joyce se retiró para dejarles espacio y que se adentraran en los vestuarios.
Leire enderezó sus pasos hacia allí, no sin antes darse la vuelta y observar los ojos azules de Joyce fijos en ella.
Al darse cuenta de que le había pillado mirándola, él continuó haciendo su trabajo y atendiendo a los próximos clientes que cruzaron la puerta principal.
—¿Qué hay entre Joyce y tú? —Leire dio un saltito, sobresaltada por la interrupción de Chloe en mitad del vestuario.
—¿Qué? —murmuró titubeando—. Nada. ¿Qué va a haber? Apenas lo conozco, Chloe.
—Bueno, eso lo dirás tú. ¿Has visto cómo te mira? —añadió Iván, asomándose un segundo por el marco de la puerta antes de cambiarse—. Cariño, seré gay, pero no se me pasa por alto el interés romántico de un chico hetero.
—Eso, no ha parado de mirarte en toda la explicación. Eso para mí es un claro interés. Cuando ha dicho lo del masaje, ha dirigido su mirada completamente a ti —sentenció Chloe—. Llámame loca, pero eso en mi universo son unas ganas locas de tener algo contigo.
—¡Eso! ¡Un buen revolcón como regalo de Navidad! ¿No es maravilloso? —Iván estaba disfrutando completamente con aquella conversación.
—Dios mío. Dejaos de tonterías, por favor —les suplicó Leire, sintiendo el rubor encendiéndole las mejillas—.
Estamos en Colmar para disfrutar de un bonito viaje entre amigos y descubrir lo que mi abuela tenía guardado entre sus cosas.
Ya he avanzado un poco con el cuaderno que escribió mi abuela, ¡es tan emocionante!
—Si no decimos que no… ¿pero tú has visto cómo está Joyce? Amiga, está para comérselo. Si no lo haces tú, me lanzo yo.
—¡Agg, calla! Ya hablaré con él.
—¿Ves? Si ya decía yo que te colabas por sus huesos.
—De ninguna manera me estoy colando por sus huesos.
El chico es guapo, ¿y? No nos vamos a volver a ver en cuanto regresemos a Madrid, así que paso de perder el tiempo con cosas que no van a ninguna parte.
Y ahora, por favor, me apetece relajarme en el spa y descansar mi mente libre de amoríos y líos innecesarios.
Sus amigos asintieron, llevándose las manos a los labios en un gesto de cremallera sellada, antes de desaparecer en los vestuarios.
Una vez fuera, se metieron en la piscina con chorros burbujeando sin parar.
—¡Esto es como estar en el séptimo cielo! ¿Así es como deben de sentirse los dioses del Olimpo? —exclamó Iván, apoyando los brazos en el borde.
—Podría vivir esta vida para siempre. Ser una mujer rica que vive en una ciudad con tanto encanto como Colmar, quedando con sus amigas para tomar el café, paseando entre sus paisajes verdosos y viniendo al spa de vez en cuando —murmuró Chloe mientras flotaba agarrada a uno de los soportes, mientras los chorros salpicaban su espalda con gran presión.
—Te dejo que por hoy vivas ese día de ensueño. No te voy a negar que sería un estilo de vida maravilloso —exclamó Leire con deleite al sentir el agua deslizándose por su cuello y espalda, dejando un rastro de frescura y alivio frente a la tensión acumulada en los últimos días con el viaje.
Cerró los ojos y su mente viajó a las páginas de aquel diario, donde pudo seguir conociendo nuevas historias durante la madrugada:
4 de diciembre 1952.
¡Mañana es el gran día! Mañana me voy con Étienne, su familia y la mía de fin de semana rural.
Nos vamos de excursión a Le Lac Blanc, en la cordillera de los Vosgos.
¡Me encanta la nieve! Pero me pone muy nerviosa que Étienne esté conmigo todo el fin de semana, ¡madre mía!
No voy a saber ni qué decirle durante tanto tiempo… A la vuelta, os lo contaré.
7 de diciembre 1952.
Estoy agotada. Acabo de llegar a casa de un fin de semana de lo más extenuante.
No hemos parado de hacer cosas, ¡ha estado genial!
Mi cuerpo no puede más. Étienne y yo nos lo hemos pasado muy bien.
Hemos hablado de muchas cosas sin parar y nos hemos tirado bolas de nieve.
En un descuido, hemos caído rodando hacia abajo y me he caído encima suyo.
Nos hemos quedado mirándonos durante escasos segundos.
Por un momento, pensé que sería buena idea besarlo, pero me detuve.
¡No estaba preparada para eso! Tras ese incidente, Étienne se ha levantado y se ha ido corriendo con su familia.
Ha sido muy confuso. Pero me he dado cuenta de una cosa.
No ha dejado de mirarme en todo el fin de semana.
10 de diciembre 1952.
Hoy he vuelto a ver a Étienne. Esta vez nos hemos encontrado en el parque.
Él estaba jugando con sus amigos al fútbol y yo daba una vuelta con mi amiga Céline.
Al verme, se ha quedado pasmado como una estatua y le han quitado el balón de entre las piernas.
Mi amiga cree que le gusto. Yo ya no sé qué pensar.
Me gustaría hablar con él y decírselo, pero aún me da demasiada vergüenza como para hacerlo.
Algún día lo haré. O eso creo. Mis padres son muy amigos de los suyos y tampoco me gustaría estropearlo.
Si le dijese que le gusto y descubriese que él no siente lo mismo, sería muy incómodo.
No quiero que eso pase. Me lo paso bien cuando estoy con él y creo que con eso debería conformarme.
Sí, a veces no todo resulta tan fácil como lo pintan en las historias que se escriben en los libros.
Leire abrió los ojos despacio, contemplando el vaho flotar sobre el agua termal. Qué razón tenía su abuela: nada era tan fácil como en los libros. Y justo en ese preciso instante, la puerta de madera del recinto se abrió.