Capítulo 12
Joyce se tomaba su segundo café del día mientras esperaba a los próximos clientes del hotel que querían hacer uso del spa.
El Hotel Le Refuge Enchanté era sin ningún atisbo de duda, el hotel más lujoso de todo Colmar; un espacio donde se brindaban los mejores servicios y se ofrecían a los huéspedes unas vacaciones de ensueño, especialmente en plena época navideña.
El spa aumentaba considerablemente su volumen de trabajo durante todo el mes de diciembre, por lo que Joyce apenas tenía un respiro.
Pero no le importaba. Era una labor que disfrutaba y que, por encima de todo, le ayudaba a mantener la mente ocupada.
Cuando terminaba, muchas veces estaba tan cansado que no tenía tiempo ni ganas de pensar en nada más.
Además, como empleado, disfrutaba de la ventaja de poder hacer uso de las instalaciones una vez que el spa cerraba sus puertas al público, algo que nunca dudaba en aprovechar.
Sentir cómo sus músculos se relajaban y se destensaban entre las aguas burbujeantes de aquel spa era una auténtica bendición después de un día agotador.
Mientras se disponía a doblar las toallas para almacenarlas correctamente apiladas en el estante, una voz chillona lo sobresaltó.
—Buenos días, teníamos una reserva para las diez y media —Joyce alzó la cabeza y observó a un grupo de chicas que entraba en la recepción.
Palideció por completo al cerciorarse de quién caminaba un paso por detrás. Era Léa. Su ex.
Joyce resopló para sus adentros. No tenía la más mínima gana de entablar conversación con ella, así que intentó disimular, concentrándose en el orden de las toallas como si no se hubiera percatado de su presencia. Por desgracia, no surtió el efecto deseado.
—Buenos días, dígame su nombre, por favor —solicitó Joyce, forzando su mejor tono profesional a la chica que lideraba el grupo.
—Claire Dubois.
—Perfecto, aquí tengo su reserva. Acompáñenme, por favor.
—¿Qué? ¿No me vas a decir nada? —le preguntó Léa con cierta coquetería.
—Léa, estoy trabajando. Y no tengo nada que hablar contigo —soltó a regañadientes.
Joyce giró la cabeza hacia todos lados. No quería que ninguno de sus superiores le vieran con una actitud hostil o poco amable con los clientes. Aquello era un hotel de lujo y había que mantener cierta reputación y ofrecer un servicio de lo más impecable.
—Pues qué pena —replicó ella, arqueando una ceja—. Me he pedido un masaje de cuarenta y cinco minutos y creo que vas a tener que dármelo tú.
—Léa, no me jodas.
—Oh, no, cielo. Solo soy una simple clienta haciendo uso del spa.
—Sabes perfectamente que no eres una simple clienta. Eres mi ex —insistió él en un susurro tenso, ojeando de reojo el pasillo de las oficinas. ¿Por qué demonios le tenía que estar pasando esto precisamente hoy?
—¿Y yo qué quieres que le haga? —Léa encogió los hombros—. Estamos celebrando el cumpleaños de Claire y este spa es el mejor de la ciudad.
—Pasad, anda. No quiero que me llamen la atención.
Joyce guió a Léa y al resto de sus amigas hacia el interior de las instalaciones.
Les explicó el funcionamiento de los distintos circuitos de aguas y les indicó dónde quedaban ubicados los vestuarios.
Les recordó que, si tenían contratado algún servicio especial como masajes, tratamientos faciales o talleres de aromaterapia, debían notificárselo al personal para proceder con la cita.
En cuanto Léa desapareció con sus amigas camino a los vestuarios, Joyce se fue a la recepción y al toparse con Axel, su compañero de trabajo, no dudó en dirigirse hacia él.
—Tengo un problema, tío.
—Tu dirás.
—Tengo un masaje a las diez y media y es mi ex la que ha solicitado el servicio. Dime por favor, que puedes cambiarlo o algo. No quiero darle un masaje. A ella no.
—Uf, voy a ver qué puedo hacer —Joyce observó con nerviosismo cómo su compañero ojeaba las reservas de ese día—. Te voy a cambiar un masaje que hay contratado para la misma hora. Yo me encargo de dárselo a Léa y tu te encargas de la persona que venga. ¿Te parece bien?
—Sí, cualquier persona mejor que Léa, muchísimas gracias. Te debo una.
Mucho más aliviado, Joyce se acomodó en el mostrador de la recepción.
Desde allí observó cómo su compañero Axel se adentraba en la zona de aguas y preguntaba por la persona que había reservado el tratamiento especial.
A través del cristal, Joyce sintió cómo Léa lo fulminaba con la mirada al percatarse de la jugada.
¡Le daba exactamente igual! No había terminado bien con ella y se negaba en rotundo a someterse a semejante situación. Solo de imaginarse en esa tesitura tan incómoda, sentía que le entraban sudores fríos.
Léa, con quien había compartido dos años de su vida, lo había dejado de la noche a la mañana para empezar a salir con la estrella del RC Strasbourg Alsace, un equipo que competía en la Ligue 1, la máxima categoría del fútbol francés.
Aquello suponía una alta dosis de fama y dinero, y Léa se había dejado seducir por los focos sin mirar atrás.
En cuanto conoció a Laurent Boucher, el máximo goleador de la temporada, la relación con Joyce se fue al traste.
Se disipó en el aire como una cortina de humo, como el viento que arrastra las hojas secas hacia ninguna parte.
Léa demostró con creces no haber estado enamorada, pero Joyce, que en su día creyó ciegamente que ella era la mujer de su vida, quedó devastado tras la ruptura.
Aquel fue el segundo gran motivo por el que se había jurado no volver a implicarse emocionalmente con nadie.
El compromiso era una trampa. Le entregabas tu vida y tu confianza a una persona que, al final, no las valoraba lo suficiente; como si el amor y el tiempo invertidos fueran meras piezas de un tablero con las que jugar a su antojo, moldeándolas hasta que se cansaban y las soltaban, dejándolas marchar a la deriva como un barquito de papel.
Joyce tenía claro que, por más que su ex intentara propiciar un acercamiento, él rechazaría cualquier tipo de contacto.
No solo por orgullo o por la incomodidad del momento, sino por su propia salud mental.
Permitir que aquellos recuerdos se reprodujeran de nuevo en su mente, o sentir el tacto de la piel de Léa bajo sus manos en la sala de masajes, era un lujo autodestructivo que no se podía permitir.
De hacerlo, la rabia y el dolor reprimidos volverían a emerger a flote, y no estaba dispuesto a quebrarse.
No ahora, cuando por fin había logrado construir una barrera de estabilidad donde nadie podía dañarlo.
Su corazón estaba a salvo, protegido bajo la armadura que había creado y lo cierto era que estaba demasiado cansado de que la gente jugara con él según le viniera en gana.
Fue entonces cuando la vio entrar por la puerta, acompañada de Chloe e Iván.
El corazón le dio un pequeño vuelco, pero lo suficiente para ponerse en alerta.
Era Leire. Estaba preciosa. Su melena ondulada, que le caía a la altura de los hombros, brillaba bajo los finos rayos de sol que atravesaban las cristaleras de la estancia principal.
Él no pudo evitar sonreír al verla reírse con tanta naturalidad por las ocurrencias de Iván.
Al llegar al mostrador, Leire le dedicó una mirada tímida, todavía un poco recelosa a raíz de cómo había terminado su paseo de la noche anterior, con aquella despedida tan abrupta.
Tras darle vueltas en la cama, había dudado si dejar pasar la propuesta de Joyce, pero la insistencia de Chloe e Iván la había terminado arrastrando hasta allí.
—Buenos días. Veo que al final me habéis hecho caso —Joyce optó por aparentar normalidad y regalarles una sonrisa pícara, dejando a un lado su semblante más profesional—. Bienvenidos.
—Hombre, nos vendes el mejor spa de Colmar y no íbamos a venir, no te fastidia —intervino Iván, apoyándose en el mostrador con desparpajo—. Además, queríamos comprobar si de verdad trabajabas aquí o era una milonga para impresionarnos. O para impresionarla.
Iván señaló a Leire, quien le reprendió con la mirada.
—Ya ves que no miento —respondió Joyce con un deje divertido, fijando sus ojos azules en Leire—. Me alegra que hayáis venido.
—Tenías razón, el sitio es impresionante —admitió Leire, rompiendo el hielo y dejando atrás esa inseguridad con la que había empezado el día respecto a Joyce.
—Dispuesto a ofrecer el mejor servicio con la calidad de siempre —Joyce prosiguió, ignorando que su corazón seguía latiendo a un ritmo inusual y adoptando esta vez su habitual tono profesional—.
Bienvenidos a Le Refuge Enchanté . Tenemos a su servicio un sinfín de opciones y actividades que podéis contemplar en el amplio panel de alternativas que tenemos en la entrada, al lado de la recepción.
Tenemos desde un servicio de spa básico con masaje incluido, como es vuestro caso, hasta otro tipo de opciones premium .
Un masaje con aromaterapia y una copa de champagne con degustación del mejor chocolate de Francia, el del chef Alain Ducasse.
—Ohhh, champán y chocolate… suena de lo más romántico —comentó Iván, con una sonrisa traviesa mientras alternaba la mirada entre Joyce y Leire—. ¿Ese es el pack que hay que reservar cuando quieres impresionar a alguien, Joyce?
Joyce carraspeó, tratando de reprimir una sonrisa, y sus ojos se posaron en Leire durante una fracción de segundo.
A Leire no le pasó desapercibida la mirada intensa que Joyce le echó al comentar esto último. Pero sin más dilación, se limitó a continuar con la explicación técnica de las instalaciones: