Capítulo 11
Leire se desperezó. Eran las ocho de la mañana; un poco temprano para estar de vacaciones, pero tampoco le importó demasiado.
Intentó darse la vuelta en el colchón y recuperar el sueño, pero los finos rayos de luz que se colaban por la ventana no ayudaban demasiado.
¿Por qué en el resto de Europa les costaba tanto instalar las mismas persianas que en España?
Aquellas contraventanas de madera bloqueaban la mayor parte de la claridad de la habitación, pero inevitablemente siempre se filtraba algún destello, y eso a ella la desvelaba por completo.
Un tanto fastidiada, apartó la colcha con energía y se sentó en el borde de la cama. Se pasó las manos por la cara y asumió que ya era hora de ponerse en marcha.
Tras calzarse las zapatillas y ponerse una sudadera, abrió con sigilo la puerta del dormitorio. Pasó por el baño y luego se dirigió a la cocina, observando desde la distancia a sus amigos, que seguían durmiendo profundamente en el sofá cama.
No parecía importarles la luz ni el hecho de descansar sobre una estructura que debía de ser una auténtica antigualla.
Leire caminó de puntillas, pero sus precauciones no impidieron que un leve crujido despertase a Iván.
Este emitió un gruñido gutural y se dio la vuelta bruscamente, llevándose toda la manta consigo y dejando a Chloe al descubierto.
—Joder, qué frío… Iván… Oye… Eh… Que me has quitado la manta —Chloe zarandeó a su amigo con sutileza, pero, al ver que no reaccionaba, lo sacudió con más fuerza—. ¡Iván! ¡Que me estoy congelando, coño!
—Mmmm… —Iván alzó la cabeza a duras penas en dirección a Chloe, pero volvió a desplomarse sobre el cojín, vencido por el sueño.
—Cojonudo —refunfuñó ella.
Chloe se incorporó en el sofá y miró hacia la cocina, donde vio a Leire observando la escena con una humeante taza de café entre las manos. Caminó hacia ella arrastrando los pies.
—No veas cómo se mueve el tío por la noche. Me habrá quitado la manta diez veces por lo menos. Ya me estás dando otra.
—No hay más —respondió Leire con una sonrisa de disculpa.
Chloe la miró con fingido horror.
—Tranquila, esta noche dormirás conmigo en mi cama —la consoló Leire—. Así no tendrás que pelearte contra los ronquidos de Iván.
—No sabes cuánto te lo agradezco. ¿Y cuál es el plan para hoy?
—Buscar la llave de la habitación que está cerrada a cal y canto… si no queremos terminar tirando la puerta abajo.
—Al final no te va a parecer tan mala idea lo que propuso Iván, ¿eh?
—Digamos que ya no lo descarto —admitió Leire antes de dar un sorbo a su café—. Tengo demasiada curiosidad por saber qué hay ahí dentro y por qué mi abuela se molestó en dejarlo bajo llave.
—Bien, pues habrá que investigar. ¿Y luego?
—Luego… luego podemos hacer algo de turismo, ¿no crees?
—O… ir al spa donde trabaja Joyce.
Leire puso los ojos en blanco y regresó a la cocina, donde trató de hacerse unas tostadas con mermelada de arándanos.
—¡Spa reservado! —sonrió Chloe, triunfal.
—¿Ya? ¿Pero cómo? ¡Apenas has tenido dos minutos!
—Soy demasiado rápida —Chloe le quitó la tostada de la mano a su amiga y le dio un suave mordisco.
—Y encima me robas el desayuno, ¡genial! —Leire le volvió a quitar la tostada y apresuró a morderla, antes de que Chloe volviese a hacer el amago de volver a cogerla.
Media hora más tarde, con todo el mundo despierto (Iván solo a medias), se volcaron en el registro de la casa. Si Leire ya tenía curiosidad por saber que había al otro lado de la puerta, ahora su cabeza no podía pensar en otra cosa.
Era un entresijo que la reconcomía por dentro, un enigma que no dejaba de crecer en su pecho.
Ya resultaba bastante enigmático que Berta le hubiera legado aquella propiedad en Alsacia con unas instrucciones tan precisas.
En silencio, Leire repasó mentalmente los puntos de la carta que el notario le había entregado el día en que leyó el testamento:
1. Ve a mi habitación y abre el tercer cajón del joyero que está en la cómoda. Allí encontrarás las llaves.
2. Ve en diciembre. Tienes que respirar el ambiente navideño para entenderlo. ¡Y llévate a tus amigos! La aventura se vive mejor si es en buena compañía.
3. Rebusca en el despacho e indaga en su interior. Lee y descubre la historia de tu abuela.
4. Conoce cada rincón de Colmar y viaja por sus cafeterías y sus tiendas.
5. Y sobre todo, y no menos importante, déjate llevar por la magia de la Navidad.
Los dos primeros pasos ya estaban cumplidos y, por tanto, podían tacharse de la lista. Se prometió hacerlo físicamente más tarde, como quien tacha tareas en un inventario para no perder el rumbo.
«Rebusca en el despacho e indaga en su interior. Lee y descubre la historia de tu abuela». Leire repetía una y otra vez el tercer punto de la lista, como si de tanto repetirlo la puerta se fuera a abrir por arte de magia.
—Nada, por aquí no hay nada —anunció Iván, asomándose desde el pasillo.
—Aquí tampoco —secundó Chloe desde la cocina—. He mirado hasta en el interior de las tazas, por si se nos hubiera pasado al fregar. Pero ni rastro. ¿Estás segura de que no venía con las llaves de la entrada y te la dejaste en Madrid?
—Imposible. Solo estaba ese manojo en el joyero, fue el que cogí. No había ninguna más —Leire se dejó caer desanimada en el sofá. Llevaban una hora de reloj registrando los rincones y se les agotaban las opciones.
—Tranquila, ya encontraremos la forma de entrar.
—Igual tiene razón Iván y no quedará de otra que tirar la puerta abajo.
—¿Veis? Al final lo que yo decía no era tan descabellado —intervino Iván, sentándose a su lado con aire triunfal.
Leire lo miró con un gesto de desaprobación.
—No me gustaría llegar a ese extremo, pero si no queda otra… Lo que no entiendo es por qué mi abuela escondería esa llave en un lugar tan enrevesado.
—Espera —a Chloe se le iluminó el rostro de repente—. ¿Y si está en algún sitio que fuera muy suyo?
—Chloe, es la casa de mi abuela. ¡Aquí todo era suyo!
—Sí, yo tampoco te pillo, Chloe —coincidió Iván.
—Ya sé que todo es de ella, me refiero a algo más personal o simbólico. ¡Las fotos! ¡Hay que mirar detrás de las fotos!
—Que ese instinto de fotógrafa no te falle por favor —Leire corrió hacia los portarretratos cubiertos de polvo que descansaban en la cómoda del dormitorio principal.
Les dio la vuelta uno a uno, retirando las pestañas, pero no encontró nada.
Desesperada, cogió un marco un poco más grande que había localizado envuelto en una manta sobre un viejo baúl y repitió el movimiento.
Nada. Al posar el objeto sobre la madera con evidente frustración, un sutil clic llamó su atención.
Volvió a tomarlo entre sus manos y lo sacudió; un leve repiqueteo metálico sonó en su interior.
Con los dedos temblorosos y el pulso acelerado, retiró la solapa de cartón trasera. Allí estaba. Una llave antigua y pesada.
—¡Bingo! —Chloe le sonreía con una sonrisa victoriosa y dejó que su amiga se encargase de abrir la puerta que con tanta desesperación había estado tratando de abrir.
Al sostenerla entre los dedos, Leire sintió un escalofrío, como si el bronce tuviera el peso real del alma de su abuela.
El corazón comenzó a latirle con fuerza, sin ser consciente de que no sabía lo que se encontraría al otro lado de la puerta.
Al introducir la llave en la cerradura, notó una ligera resistencia, pero el mecanismo cedió con un suave susurro de metal.
Al abrir, le recibió un olor a madera vieja y húmeda, a libros empolvados y secretos enterrados.
El interior permanecía en penumbra, pero Leire no dudó en avanzar.
Encendió la linterna del móvil y la luz reveló lo que, en su época de esplendor, debió de ser un rincón de lectura maravilloso.
Se acercó a la ventana y la abrió de par en par, no sin antes comerse ciertas motas de polvo. Con la claridad del día iluminando la estancia, Leire contempló el lugar ensimismada. Sin duda, era la habitación más hermosa de la casa.
Casi podía sentir la sombra de su abuela aguardando en su interior, como si sus palabras escritas y su voz resonaran entre las paredes, susurrando historias del pasado.
—Esto es maravilloso —se atrevió a decir Chloe, rompiendo el silencio sepulcral que se había instalado en aquel rincón.
—Sí, lo es —coincidió Leire con un hilo de voz—.
A mi abuela siempre le apasionó leer y, en parte, yo heredé ese amor por los libros.
Creo que es el legado más bonito que me ha podido dejar.
Es como si, de alguna manera, me recordase que aunque ya no esté físicamente, su esencia sigue viva entre estas páginas.
—Eso que has dicho es precioso, ¿lo sabes? —Chloe le pasó un brazo por los hombros y la estrechó en un abrazo reconfortante.
—Tu abuela te acompañará siempre, dondequiera que vayas, y seguro que estaba muy orgullosa de la persona en la que te has convertido —añadió Iván.
Leire miró a su amigo y asintió, incapaz de articular palabra mientras parpadeaba para contener una lágrima que amenazaba con resbalar por su mejilla.
—Es emocionante saber que aquí dentro se esconde una gran historia. Una que quizás nadie más conoce. Cumplir su voluntad le dará a su recuerdo un significado aún más especial.
—Pues me parece un plan perfecto, cielo —intervino Chloe, palmeándole la espalda—. Pero vamos a tener que ponernos a limpiar ya, o de lo contrario el polvo nos va a comer vivos.
Al cabo de un par de horas de arduo trabajo, contemplaron con orgullo el resultado.
Habían devuelto la vida al despacho. Junto al ventanal destacaba un sillón de lectura tapizado en un tono verde aceituna, flanqueado por una pequeña mesa auxiliar y una lámpara de pie antigua que le daba un toque retro y vintage al rincón.
A su alrededor, una hilera de estanterías recorría la estancia hasta dar lugar a una gran mesa de madera con diversos cajones.
Leire se acercó a la mesa, imaginando a su abuela en aquel mismo asiento, ojeando las noticias de la época o escribiendo cartas.
Fue entonces cuando lo vio. Sobre la superficie, semioculto, descansaba un cuaderno de tapas de cuero marrón, desgastado por los años.
Leire acarició la portada con nostalgia y sintió un vuelco al reconocer la caligrafía de su abuela. Con letras curvas y con un trazo tembloroso, pero inconfundible. Con delicadeza, abrió la primera página.
1 de diciembre 1952.
Es la primera vez que tomo la iniciativa de plasmar mis vivencias y pensamientos en un cuaderno.
En realidad me da un poco de miedo; siempre he considerado que escribir es una forma de desnudar el alma y concederle a los demás la oportunidad de descubrir tu fragilidad.
Seas quien seas, si estás leyendo esto, espero que disfrutes con una joven qué no sabe que hacer con su vida, pero que a pesar de todo, sigue buscando su lugar.
Hoy me he despertado contenta, como si tuviese la sensación de que algo bueno está a punto de suceder.
¡Es uno de diciembre! Eso significa que la Navidad está tocando a la puerta y yo no puedo estar más feliz.
Mamá me ha dicho que tenemos que ir pensando en los regalos y mantener la ilusión, porque no hay nada más mágico que la Navidad y reunir a toda la familia.
Estoy de acuerdo. Es todo tan bonito que parece sacado de un cuento.
Hoy vamos a ir con la amiga de mi madre a dar un paseo por el mercadillo navideño de la Place Rapp. La Noël Féerique de Colmar es maravillosa, nos gusta ir todos los años. Mañana os cuento más.
Leire sintió su corazón bombardear con fuerza ante lo que acababa de leer.
¿Cómo era posible? ¿Qué maldita señal del universo era aquella?
Con el cuaderno sobre su pecho, sintió que sin ningún atisbo de duda, la mujer que la había abrazado anoche era su abuela, en el cuerpo de otra mujer.
Sin poder evitarlo, ojeó la segunda entrada del diario, correspondiente al día siguiente.
2 de diciembre 1952.
La feria ha estado genial, aunque estaba atiborrada de gente. A pesar de que aún no estamos en días festivos, viene mucha gente de la región de Alsacia, desde Estrasburgo, hasta Altkirch pasando por Sélestat. Hemos tomado vino caliente y hemos comido unos bretzel. ¡Estaban riquísimos!
Por otro lado, mi madre es muy amiga de Élise, una mujer encantadora y compañera de costura de mamá.
Élise tiene un hijo, Étienne. Es muy guapo.
Hace tiempo que nos conocemos, aunque no hemos hablado demasiado hasta ahora.
Nuestras madres han afianzado su relación desde que se encontraron en el taller de costura al que van todas las semanas.
Así que cuando hacemos planes en común, a veces me encuentro con Étienne.
A mí me da un poco de vergüenza hablar con él, porque no sé qué decirle, pero a él no parece darle nada de miedo.
Se ha pasado toda la tarde hablando conmigo y preguntándome cosas.
Al final, he pasado un rato de lo más agradable.
Hemos estado tres horas hablando sin parar, mientras que disfrutábamos del ambiente navideño.
Al despedirnos, nos hemos dado dos besos.
Espero que no se me haya notado lo roja que me he puesto al sentir su piel en contacto con la mía.
Étienne es encantador y tiene unos ojos azules preciosos.
Creo que me gusta. Pero no soy capaz de decírselo.
Además, estoy segura de que yo a él no le gusto.
Así que me conformo con disfrutar de su compañía.
La semana que viene hemos vuelto a quedar.
Nuestras familias han decidido que sería buena idea ir a la nieve y esquiar en Le Lac Blanc, en la cordillera de los Vosgos.
Después iremos a comer a Kaysersberg. ¡Y eso no es todo!
Vamos a pasar el fin de semana entero, eso significa que voy a estar con Étienne casi tres días seguidos.
Va a ser un fin de semana de lo más deportivo.
Además de esquiar, haremos una ruta con raquetas.
¡Espero no liarla y hacer el ridículo delante de Étienne!
Como voy a estar todo el fin de semana fuera, no escribiré, pero prometo dejarlo todo por escrito a la vuelta. ¡Hasta luego!
Leire cerró el cuaderno despacio, intentando procesar las líneas que acababa de leer.
¿Su abuela había vivido un romance secreto en Colmar?
Aquello era fascinante. Se propuso firmemente reanudar la lectura después de cenar, enganchada a las páginas como si se tratara de una novela romántica de la que era imposible despegarse.
Lo que Leire todavía no sospechaba era que aquel diario, en realidad, reflejaba su propia vida de una forma mucho más exacta de lo que jamás alcanzaría a imaginar.