Capítulo 10
Todos menos Leire quisieron subirse a una nueva atracción que, para horror de esta, prometía dar las mismas o incluso más vueltas que la olla gigante del Tagadá.
Por mucho que Iván y Chloe insistieron, Leire se negó en rotundo; no pensaba volver a jugarse la vida aquella noche.
Se quedó abajo, resguardándose del frío mientras preparaba el teléfono para grabarlos en un vídeo.
Joyce también se animó a subir con ellos. ¿Por qué no?
Mientras buscaba el mejor ángulo con la cámara del móvil, observó como a unos pocos metros, había una señora mayor abrazando a una chica joven con ternura.
Sin poder evitarlo, la estampa la golpeó de lleno.
En un universo alternativo, aquellas podrían haber sido perfectamente ella y su abuela.
Una lágrima inevitable recorrió su mejilla y acto seguido, trató de limpiarla con el dorso de la mano.
—¿Todo bien, bonita? —Leire se giró bruscamente al oír una voz suave a su lado. Frente a ella se encontraba una mujer bajita, de pelo canoso y arrugas amables esculpidas en la piel.
—Oh, sí. Es solo… que me he acordado de mi abuela. Falleció hace poco.
—Cuánto lo siento, corazón —la anciana frunció los labios con empatía y ladeó la cabeza—. ¿Estabais muy unidas?
Leire asintió, tragando saliva.
—Tuvimos nuestras cosas, ya sabe, rencillas varias… pero sí, estábamos unidas. La quería mucho.
—Eso es lo importante. El amor que tenías por ella. Al final, es lo último que nos queda, el amor por las personas —Leire miró a la anciana, conmovida por la calidez con la que le hablaba aquella completa desconocida.
—¿Usted tiene nietos? —se interesó, buscando reconducir la conversación hacia un terreno menos doloroso.
La mujer asintió con una leve sonrisa.
—Oh, sí. Tengo una nieta, igual de joven que tú —la sonrisa de la anciana se desvaneció un poco con lo próximo que confesó—, pero no sé nada de ella. Apenas viene a visitarme.
—¿Ni en Navidad?
—Ni en Navidad. Es un poco triste si lo piensas, la verdad. Tener una nieta que no te hace caso, ¿sabes? Algún día abandonaré este mundo y ya no quedarán más oportunidades. Luego llorarán, pero entonces ya será demasiado tarde.
—Lo siento… yo… no sé qué decir —admitió Leire, sintiéndose de pronto un poco incómoda.
—¡Oh, no! No lo sientas. Yo soy feliz —la interrumpió la mujer, recuperando el brillo en los ojos—.
Tengo un marido maravilloso y unas amigas buenísimas que vienen a tomar el té conmigo todos los días.
Ellos son mi familia. Y tú deberías sentirte feliz por todos los buenos momentos que viviste con tu abuela.
Siempre estarán aquí —añadió, dándose unos golpecitos afectuosos sobre su propio corazón—.
Y eso no hay tiempo que lo borre, jovencita.
—Eso es verdad. Mi abuela Berta siempre quedará en mi memoria y en mi corazón. Ella vivió aquí, ¿sabe? Y estoy, digamos, recorriendo su propia historia de cuando residió en este lugar. Es lo último que me pidió. Su última voluntad.
—Entonces, haz caso a tu abuela. Si te mandó aquí es porque tenía algo importante que enseñarte.
Y no te lo digo yo solo porque sea colmariense; te lo digo porque sé que hay algo mágico en esta ciudad que se impregna en el aire y te absorbe por completo.
Has sido una mujer muy afortunada por haber compartido esos momentos con ella.
Quédate con lo bueno y con el recuerdo, atesóralos como oro en paño.
A Leire se le volvieron a inundar los ojos, pero esta vez de gratitud.
—Muchas gracias por sus palabras. ¿Le puedo dar un abrazo?
La anciana ensanchó su sonrisa.
—¡Por supuesto, ven aquí!
Leire le dio un cariñoso abrazo a esa completa desconocida, sintiendo la fragilidad de sus hombros y la reconfortante calidez de su cuerpo.
Por un momento, se imaginó estar dándole un último abrazo a su abuela a través de aquella mujer.
Fue un instante suspendido en el tiempo, un oasis de calma en mitad de aquel bullicio.
Fue la manera que tuvo Leire de despedirse de su abuela de una forma mágica y espiritual, pues en el pecho aún le escocía el hecho de que su abuela se había marchado de este mundo sin que ella fuera capaz de decirle adiós.
Abrazar a esa desconocida no fue solo un milagro; fue un acto de fe, un hilo movido por el destino, como si su propia abuela hubiera entrelazado los caminos dondequiera que estuviese para reconfortar a su nieta.
Cuando se separaron, la mujer la tomó cariñosamente de las manos, mirándola con una ternura infinita.
—Feliz Navidad, bonita. Que encuentres lo que tengas que encontrar y, sobre todo, sé muy feliz. Tu abuela estaría orgullosa de ti. Ahora me voy, que me están esperando mis amigas para jugar al parchís. ¡Y hoy gano yo!
—Feliz Navidad —alcanzó a responder Leire, con un nudo en la garganta.
Se quedó viéndola alejarse entre la multitud hasta que su silueta se perdió entre las luces de las casetas.
«Feliz Navidad, abuela», susurró para sus adentros, sintiendo que un calor extraño y reconfortante le subía por el pecho.
Con el corazón encogido, Leire se limpió el resto de las lágrimas y regresó junto a sus amigos que ya habían bajado de la atracción y en compañía de Joyce, se habían parado a observar la representación teatral que estaban haciendo para los más pequeños.
—¿Qué tal las vistas desde ahí abajo? —le preguntó Joyce, acercándose a Leire con una sonrisa.
—Maravillosas —respondió, omitiendo deliberadamente su encuentro con la anciana—. Mucho más tranquilas, desde luego.
—Bueno, no sabes lo que te pierdes. Aunque he de decir que estás fuerte, a juzgar por cómo te has aferrado a mí antes. Casi mejor que no hayas subido a esta.
—Madre mía, ¿te he hecho daño?
—No te voy a mentir, creo que voy a tener un buen moratón en el bíceps —bromeó Joyce. Se tocó el brazo por encima del abrigo, masajeándose el músculo con una mueca exagerada—. No me esperaba que tuvieras tanta fuerza en las manos.
Ella palideció por completo.
—¡Madre mía, Joyce! ¿De verdad te duele? ¡Ay Dios mío! ¡Lo siento muchísimo! No era consciente de que te estaba apretando tanto. Qué desastre, de verdad, que bochorno…
Joyce comenzó a reírse al ver el agobio en la expresión de Leire.
Sin embargo, la risa se agolpó en su garganta al sentir los dedos de Leire hacer un amago para calmarlo.
Fue un contacto sutil pero bastó para sentir un escalofrío recorrerle la espalda, algo que le incomodó al momento.
¿Por qué se sentía así en su presencia? Al levantar la vista se topó con sus ojos avellanados que suplicaban perdón con una honestidad que no había observado en ninguna otra mirada. Estaba realmente arrepentida.
Ver aquella preocupación sincera por algo que ella no había podido controlar le conmovió.
Joyce se detuvo y contempló su rostro con ternura: la delicada forma ovalada de su cara, la piel blanca y tersa, y esos pómulos sonrosados por una mezcla perfecta del frío alsaciano y el rubor de sus mejillas.
Sintió el impulso de alzarle el mentón para obligarla a mirarlo y apartar su atención del brazo, pero se contuvo en el último milisegundo.
Fue entonces cuando Leire alzó la vista y sus miradas se encontraron, fundiéndose en un instante eterno.
En ese cruce de miradas, Joyce supo que la calidez que emanaba de su mirada era capaz de atravesar cualquier frontera.
Asustado e incómodo por la intensidad de sus propios pensamientos, dio un paso atrás para separarse de ella, rompiendo el hechizo.
—Estoy bien, Leire. No te preocupes —dijo más seco de lo que pretendía.
Para disimular la tensión, la invitó a seguir caminando.
Chloe e Iván estaban un poco más adelante, absortos con los decorativos de la Noël Féerique .
Leire, un poco desconcertada por el cruce intenso de sus miradas y por la ligera brusquedad con la que Joyce se había distanciado, aligeró el paso para mantenerse a su altura.
—Y… ¿vives aquí desde siempre? —preguntó ella, decidida a romper el denso silencio que se había instalado entre los dos. No se sentía incómoda, pero al fin de cuentas, no dejaba de estar dando un paseo con un completo desconocido.
—Sí, vivo aquí. Vivo con mi madre y mi hermano —respondió él, con las manos ocultas en los bolsillos—. ¿Y tú? ¿Siempre has vivido en Madrid?
—Sí. Mis padres se mudaron nada más casarse y al poco nací yo. Y hasta hoy. Ahora vivo con ellos —le indicó señalando a sus amigos que seguían caminando a pocos metros de distancia.
—¿Es fácil convivir con tus amigos?
—A veces es un poco caótico, sobre todo porque solo tenemos un baño —bromeó Leire, encogiéndose de hombros—. Pero se hacen de querer. Chloe e Iván son dos de las personas más importantes de mi vida; no sé qué haría sin ellos.
Joyce asintió en silencio. Él apreciaba a sus amigos, pero dudaba seriamente que fuese capaz de convivir con ellos más de un fin de semana.
—Entiendo, que suerte tener la tranquilidad de saber que siempre estás tan bien acompañada.
Leire frunció el ceño sutilmente. Había algo en el tono de Joyce que le dio la sensación de estar cargado de resentimiento.
—¿Os lleváis bien tu familia y tú? —se atrevió a preguntar.
Joyce apretó los dientes. Agradecía que Leire quisiera saber más, pero a decir verdad, no se sentía cómodo hablando de su familia.
—Sí, bueno… Ya sabes, a veces discutimos, pero nos llevamos bien —dijo encogiéndose de hombros—. Como casi todas las familias, supongo.
La verdad que parecía ocultarse bajo su respuesta, le llamó la atención. Vaciló sobre si era buena idea ahondar un poco más en el asunto, pero antes de que pudiera decidirse, Joyce cambió el rumbo de la conversación.
—Se está haciendo un poco tarde, Leire. Mañana trabajo y debería descansar —Ella asintió, todavía un poco confusa por su cambio de actitud.
—Trabajo en Le Refuge Enchanté , un spa en el mejor hotel de la ciudad. Deberíais pasaros un día.
—Claro, lo miraremos.
Leire esbozó una tímida sonrisa y tras despedirse de Chloe e Iván, Joyce desapareció entre el murmullo del gentío y la fría noche de un diciembre que prometía ser distinto a todos los demás.
Cuando Joyce llegó a su casa, intentó echarse en la cama y mirando al techo se dio cuenta de que iba a ser incapaz de pegar ojo.
Respiró hondo varias veces y se puso algo de música para amortiguar sus pensamientos.
Escogió una de sus canciones favoritas, Wind of Change de Scorpions.
Dejó que la letra y la música llenaran sus oídos, obligándolo a centrarse en la melodía.
Aun así, su mente no le dio tregua alguna y empezó a pensar en la vida.
En cómo le había cambiado en esos cuatro años.
Le daba rabia ver cómo la gente continuaba con sus vidas pese a cualquier adversidad, mientras que para él, la bola se hacía cada vez más grande en su interior.
Sentía el dolor y la rabia esparcidos por su cuerpo, como una maldita enfermedad crónica, una pólvora invisible que le recorría las venas.
En su pecho parecía haberse instaurado una tormenta constante y, cada vez que alguien le preguntaba por su familia, sentía un relámpago capaz de destruirlo todo.
No podía oír hablar ni una sola palabra. No de él. No de su padre.
Tenía demasiado dolor acumulado en lo más hondo de su corazón, un dolor sordo que se había quedado a dormir allí y que no tenía ninguna intención de despertar de su periodo de hibernación.
Por más que lo intentase, Joyce sabía que eso iba a seguir ahí el resto de su vida y que a este paso, iba a ser incapaz de sentir nada por nadie.
Se prometió a sí mismo, al igual que hizo otras tantas noches que había pasado en vela, que amar y poner la confianza ciega en una persona, a veces traía más problemas que beneficios. Y él lo había podido comprobar de la peor manera posible.
¿Para qué poner tu corazón a disposición de alguien? Amar incondicionalmente implicaba entregarle tu vulnerabilidad a otra persona. Dejar que viera tu peor faceta y aún así, que deseara aceptarla.
Y Joyce no podía hacerlo. Simplemente no se lo podía permitir. Todo su ser rechazaba cualquier amago de afecto porque, en el fondo, ya le habían roto el corazón. Porque la persona a la que más quería y admiraba, le decepcionó.
Le destrozó hasta tal punto que era imposible volver a creer en el amor.
No después de eso. No después del daño que le había hecho su padre.
No tras esa traición. No tras el daño que les había infligido a su madre y a su hermano.
No después de romper, una a una, todas las promesas que le había hecho cuando era niño.
No después de largarse y pasar cuatro malditos años sin dar señales de vida.