Los hilos invisibles del destino Capítulo 9
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Capítulo 9

—¿ L eire?

El mundo pareció detenerse en seco. Joyce la observó con las cejas alzadas, incapaz de procesar que el rostro que tenía a menos de un metro era real.

Nunca se le habría borrado de la memoria aquella risa espontánea cuando se tropezaron bailando en la discoteca, ni el misterio que intuía detrás de sus ojos tristes; una mirada perdida que en Madrid lo había incitado a saltarse sus propias reglas y acercarse a hablar con ella.

Y ahí estaba, delante de sus narices. Tan guapa como la recordaba.

No, mucho más guapa si cabía, con las mejillas encendidas por el frío alsaciano.

—¿Joyce? —Leire parpadeó incrédula, mientras notaba como el corazón comenzaba a latir a más velocidad—. ¿Qué haces tú aquí?

—La pregunta sería más bien qué haces tú aquí —replicó Joyce, dibujando una media sonrisa descolocada—. Yo vivo aquí.

Leire abrió los ojos como platos, asimilando la revelación.

—Yo… estoy de viaje. Con mis amigos.

—Eso es genial —se sintió estúpido, pero eso fue todo lo que alcanzó a decir, la sorpresa había podido más que sus palabras.

Joyce miró a Leire y tragó saliva, incapaz de apartar los ojos de ella.

La chispa que los había hecho conectar en Madrid parecía seguir intacta escasas semanas después, y en otra parte del mundo diferente.

El silencio se instaló entre ambos, espeso y cargado de una electricidad inesperada.

Solo la intervención de Iván, que los observaba con el cigarrillo entre los dedos, consiguió romper el hielo.

—Bueeeeeeno, ¿pero qué tenemos aquí? —Iván observó a Joyce de arriba abajo sin esforzarse en reprimir la sonrisa pícara que tenía encajada en el rostro.

Leire se aclaró la garganta, sintiendo como el calor le subía por las mejillas.

—Joyce, estos son mis amigos, Chloe e Iván.

—Encantado de conoceros —les dijo con amabilidad—. Iba a irme a casa pero… ¿queréis acompañarme a un mercado navideño con atracciones? ¡Hoy abren hasta tarde!

—¡Por supuesto que sí! ¡Ay, qué emoción, chiqui!

—Iván tomó el rumbo de la conversación, encantado con el plan y contento por haberse encontrado con aquel muchacho.

Se adelantó un par de pasos para ponerse a la altura de su amiga y la agarró para pegarse a ella.

—Oye, yo no lo recordaba tan guapo —le siseó al oído.

—Eso es porque ibas demasiado borracho como para recordarlo —matizó Chloe en el mismo tono—. Pero amiga, esto es como el reencuentro de Mia y Sebastian en La La Land .

—¡Shh!… Que sigue aquí, ¿sabéis? —les susurró Leire, sintiendo como le ardía la cara.

Joyce esbozó una sonrisa de medio lado mientras caminaba. Había captado el comentario de Iván y el de Chloe a la perfección.

En los escasos diez minutos que duraba el trayecto a pie, Joyce les habló de la Noël Féerique , hacia donde se dirigían.

Uno de los mercados más grandes de la ciudad, que además del atractivo turístico con los diferentes puestos de comida, el centro cultural de la ciudad había organizado diferentes actividades para todos los públicos.

Desde juegos para los más pequeños hasta otras opciones para los más mayores.

Al llegar, la plaza los recibió con una animada música y destellos de colores.

A Leire le llamó la atención la cantidad de gente que disfrutaba del ambiente festivo en aquel lugar; no solo había familias, sino corrillos de personas mayores que reían y compartían bromas.

Ver aquellos rostros curtidos por la experiencia de sus años, le encogió el corazón.

Una de aquellas mujeres podía ser perfectamente su abuela Berta mientras pensaba si ella también había sonreído y encontrado la felicidad en aquel lugar de la misma manera que aquellas mujeres parecían haberla encontrado.

—¿Todo bien? —le preguntó Chloe.

—Sí, solo… me he acordado de ella.

Chloe e Iván asintieron y a Joyce no le pasó por alto la sonrisa nostálgica que Leire tenía en el rostro mientras miraba a aquel grupo de ancianas tomándose un chocolate caliente.

—¡Leire, mira! ¡Tenemos que montarnos en esto! —Iván daba saltitos, emocionado como si fuese un niño de cinco años.

—¿Qué es esto? —Leire arqueó las cejas ante la gran plataforma circular que se alzaba frente a ellos. Una cazuela gigante rodeada por una barra de acero donde la gente se aferraba como podía.

Observó horrorizada cómo el grupo que estaba montado en ese momento daba botes de un lado a otro, algunos incapaces de mantenerse firmes a la barra de acero. Sin darse cuenta, sus amigos la arrastraron hasta ella, sin poder tener opción a negarse.

—¡Esperad! ¡No sé de que va esto! ¿Y si me mareo? —suplicó Leire, tratando de buscar apoyo en Joyce.

—No te vas a marear, es pura adrenalina —le aseguró Joyce con una sonrisa de medio lado, sentándose justo a su izquierda—. Solo tienes que hacer una cosa: pase lo que pase, no sueltes la barra.

—¿Cómo se llama este artefacto del demonio? —preguntó ella, con la voz un punto más aguda de lo normal.

—En mi pueblo lo llamábamos el Tagadá —intervino Iván, acomodándose al otro lado de Chloe—. Aunque también le dicen «La olla».

Leire palideció por completo.

—No, no, no. ¡Sacadme de aquí! ¡Me quiero bajar!

—Tarde —sentenció Iván—. ¡Agárrate fuerte!

La puerta de la atracción se cerró con un gran estruendo metálico a la vez que comenzaba a sonar una ridícula música de videojuegos.

Al principio, la atracción comenzó a moverse a un ritmo aceptable, pero a los pocos segundos, comenzó a coger más velocidad, haciendo que la gente diera botes en su propio sitio.

—¡Estáis fatal de la cabeza! ¡Os odiooooo! ¡Vais a pagar por esto! ¡Vais a dormir fuera esta noche! ¡Aaaaaaaaaaaah! ¡Me voy a moriiiiir! ¡No quiero morir!

Joyce estalló en una fuerte carcajada, contagiado por el pánico de Leire. Hacía apenas quince minutos que el pecho le ardía de pura impotencia por la discusión en el restaurante, pero aquel inesperado encuentro había sido el milagro de la noche.

—Calla hombre y disfruta. ¡Aguanta mientras puedas!

—Chloe se reía mientras se aferraba como podía a la barra de atrás.

Un bote especialmente fuerte la hizo rebotar contra Iván y ambos casi terminaron en el suelo de la plataforma, desternillándose de la risa mientras el viento frío les quemaba la cara.

—¡Agárrate a mí!

—¿Cómo dices? —gritó Leire, haciéndose oír por encima del bullicio.

—¡Qué te agarres a mí! —le respondió Joyce a grito pelado—. ¡Así no saldrás volando!

—¿¡Cómo has dicho!? ¿Qué puedo salir volando de esta atracción y no me habéis dicho nada? ¡Quiero salir! ¡Quiero salir! ¡Por favoooooor!

Sin embargo, sus palabras se quedaron suspendidas en el aire.

La fuerza de la inercia fue implacable. El agarre de Leire falló y su cuerpo se desplazó ligeramente hacia la izquierda.

Desesperada por no caer rodando al centro, estiró las manos y chocó de bruces contra un torso firme.

Se aferró con uñas y dientes a su brazo, usándolo como un auténtico salvavidas.

Joyce recibió el impacto con un leve quejido, pero reaccionó al instante.

Al darse cuenta de que las manos de ella lo aferraban con fuerza, él giró la cabeza.

Sus ojos azules se toparon con la mirada avellanada de Leire, que respiraba entrecortadamente, presa del terror.

A pesar de la velocidad, sus labios entreabiertos y el pelo recorriéndole el rostro le provocaron cosquillas en el estómago.

Con una mano, cogió la mano libre de Leire y se la estrechó con fuerza, algo que pareció calmarla el tiempo que duró la atracción.

Leire, incapaz de mirar a otro sitio, escondió la cabeza tras su hombro y apretó los dientes hasta que, por fin, la música se apagó y la plataforma se detuvo por completo.

Al levantar la vista, se dio cuenta de que seguía aferrada a su brazo, hundiendo sus dedos con fuerza en el abrigo de Joyce.

—Perdón, lo siento… Yo no quería… —balbuceó, acalorada, mientras Iván y Chloe se aproximaban tambaleándose y riendo a su costa—. Es que me solté de la barra y la inercia me… Lo siento mucho, de verdad.

Joyce se sacudió el abrigo y sonrió en su dirección. Aquello no le había molestado en absoluto. Al contrario. Tenía una sonrisa enorme en los labios que, a juzgar por la noche que había tenido, parecía que no iba a volver a salir de su boca.

—No te preocupes —le dijo Joyce, con los ojos brillándole por la energía del momento—. Te dije que te aferraras a mí y eso has hecho. Buen gancho, por cierto.

Después de un buen momento de adrenalina, dieron un paseo tranquilo entre las casetas navideñas de la Place Rapp.

—¡Gofres! ¡Gofres! ¡Chloe ven conmigo! —Iván cogió a su amiga de la mano. Ella ni siquiera tuvo opción a protestar.

—¿En serio? ¿Después de todo lo que hemos comido te apetece un gofre? —se quejó Chloe.

—Para un buen gofre siempre hay sitio, muchacha. ¡Siempre! —Iván se plantó frente al puesto y comenzó a relamerse los labios, concentrado en decidir qué toppings añadir.

Joyce y Leire se quedaron unos pasos atrás, observando la escena con diversión.

—¿Siempre son así? —Joyce arqueó una ceja, mirándolos—. Tus amigos, digo. ¡Están como cabras!

—Lo sé, por eso son mis amigos —Leire se encogió de hombros con una sonrisa, viendo como los dos trataban de hacerse entender con su penoso acento francés.

—Me caen bien —confesó Joyce—. Ven, te invito a probar una de las mejores cervezas de todo Colmar.

Leire lo siguió hacia una caseta de madera de la que se escapaban unas notas dulces que se esparcían por el ambiente.

—Las elaboran aquí artesanalmente —le explicó Joyce mientras le tendía un vaso—. Tiene un sabor dulce y deja una sensación fresca al final.

Leire le dio un sorbo y comprobó que Joyce tenía toda la razón.

Ambos brindaron en silencio contemplando el panorama navideño que se cernía ante sus ojos.

Al cabo de unos instantes, ella se giró hacia él para mirarlo con detenimiento.

Joyce arqueó una ceja, esperando a oír aquello que Leire parecía tener en la punta de la lengua.

—Igual te parece un poco cursi pero… ¿no te parece que está coincidencia solo puede significar una cosa?

—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que crees que significa? —preguntó él, divertido.

—Creo que estábamos destinados a conocernos. Parece que la vida se ha empeñado en juntarnos en dos partes del mundo diferentes.

—¿Siempre usas frases de ese estilo para tratar de impresionar?

Leire se rio por lo bajo y, con un gesto pícaro, prosiguió.

—No, solo cuando me encuentro con alguien que, honestamente, no pensé en volver a ver.

Joyce esbozó una sonrisa, satisfecho con la respuesta, aunque negó rápidamente con la cabeza.

—El destino no existe, Leire. Puede ser que existan las casualidades o las coincidencias, pero al final son las acciones de las personas las que hacen que las cosas pasen.

Joyce se guardó las manos dentro de los bolsillos del abrigo y la miró fijamente. Leire se quedó unos segundos sin saber muy bien cómo encajar esas palabras.

—Entonces, ¿cómo explicas que ahora mismo estemos aquí hablando cuando ni tú ni yo tenemos ningún tipo de relación previa?

Joyce se encogió de hombros con naturalidad.

—Simple. Tú has tomado la decisión de venir de viaje con tus amigos a Colmar, que casualmente es la ciudad donde vivo yo.

—A mí me parece que todo esto es demasiada casualidad —insistió ella, cruzándose de brazos—. Suena más a que había algo premeditado. Como si estuviéramos destinados a conocernos.

—Bueno, Leire. A veces, las casualidades existen, ¿no crees? —Volvió a sonreír y ella terminó por devolverle el gesto. Sin duda, aquel chico era un misterio que transmitía una curiosidad innegable.

—Yo solo sé que como no me quites esta cerveza de las manos, me va a pegar un pelotazo de los buenos. Y eso sí que no va a ser ninguna casualidad.

Joyce soltó una gran carcajada y estiró el brazo para quitarle el vaso. El breve roce de sus manos frías con las de ella le provocó un ligero estremecimiento que lo pilló completamente desprevenido.

Mientras Joyce se bebía la cerveza que Leire no había logrado terminar, Chloe e Iván aparecieron por fin entre la multitud: este último maldiciendo a viva voz que se le hubiera caído un poco de chocolate en la chaqueta nueva.

Quizás el destino no existiera para Joyce, pero él sabía que la aparición repentina de Leire había sido un acto milagroso imposible de negar.