Los hilos invisibles del destino Capítulo 8
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Capítulo 8

Leire se tiró exhausta en el sofá. ¡No podía más! Había pasado toda la tarde batallando contra el polvo y trastos viejos que no sabía dónde meter. Menos mal que sus amigos la habían ayudado; de lo contrario, no habría podido con todo sola.

—Bueno, esto ya parece otra cosa. Pero creo que me he roto algo limpiando. ¡Estoy reventada! —Chloe aterrizó a su lado y posó la cabeza en su hombro.

Ambas observaron a Iván, que se había sentado en el sillón de enfrente en una postura que no parecía nada cómoda, con el móvil a punto de caérsele en la cara.

— ¿Has venido a Colmar y no sabes qué hacer? Te dejo por aquí cinco grandes actividades… —la voz enlatada de una chica retumbaba en el salón—. Uno: pasear por el casco antiguo y sus luces. Dos: perderse en sus seis mercados navideños. Tres: un paseo en barco por los canales de la Pequeña Venecia…

—Oye, pues tiene buena pinta —intervino Leire—. Guarda el vídeo, Iván. ¿Quién es?

—Una influencer española, Marta Ferrer. Casi un millón de seguidores. Es modelo y creadora de contenido de viajes. ¡Menudo pastón se debe de estar embolsando! Si yo fuera un poco más guapo, igual también podría vivir de esto, ¿no?

—Tú ya eres guapo, Iván —Chloe le guiñó un ojo—. Deberías probar. Así empezaron muchos, subiendo vídeos haciendo el tonto. Ahora es un poco más difícil, requiere de mucho trabajo y estrategia… ¡pero nada que no seas capaz de hacer!

—¡Pues también es verdad! Ea, decidido. Voy a empezar mi era de influencer aquí en Colmar; no existe un escenario mejor. Y vosotras —las señaló con un dedo acusador— vais a ser mis modelos y cómplices.

—Uy, no, a mí no me metas —se plantó Leire con una sonrisa—. Bastante tengo con lo mío. Necesito averiguar cómo abrir la habitación cerrada y descubrir qué escondía mi abuela.

—Cariño, lo harás —Chloe se incorporó y se desperezó—. Pero hay tiempo para todo. Primero vamos a probar alguno de los platos que han recomendado en el vídeo, ¿cómo dices que se llaman?

—El baeckeoffe , el kougelhopf y la soupe de Noël —respondió Iván tratando de pronunciarlos correctamente.

Cuando salieron a la calle, las luces navideñas de Colmar lograron quitarles el aliento.

No había fachada que no estuviera decorada con guirnaldas luminosas, estrellas centelleantes y figuras decorativas colgando de los balcones.

A escasos metros de la casa, se toparon con el Koïfhus, la Antigua Aduana, conocido por ser el edificio público más antiguo de la ciudad.

Ese sitio que antiguamente se usaba como espacio aduanero, hoy en día era un espacio cultural donde en Navidad ponían uno de los mercados navideños de la ciudad.

El aroma a vino caliente, canela y jengibre flotaba en el aire, envolviendo las casetas donde los artesanos exponían sus productos.

Cuando entraron en el restaurante Au Koïfhus se dejaron llevar por el ambiente. Leire se fijó en las sillas de madera, que tenían un precioso corazón tallado en el respaldo. El local estaba abarrotado y el olor a buena comida se quedaba impregnado en las fosas nasales.

—Me pregunto si mi abuela habrá cenado alguna vez en este rincón —murmuró Leire con cierta nostalgia.

—Es muy probable. Este sitio tiene pinta de llevar en pie una eternidad —le respondió Iván, hojeando la carta.

—Siento la necesidad de recorrer la ciudad y caminar por las mismas calles que caminó mi abuela.

—Lo haremos, de eso puedes estar segura —le dijo su amiga con amabilidad.

Mientras cenaron, no fueron conscientes de la cena que se estaba celebrando al otro extremo del local, donde Joyce y sus amigos vitoreaban la victoria del equipo de Dean.

—Esta por Dean y esta otra por el mejor jugador de fútbol de Francia —Nathan brindó con su cerveza junto a Joyce y otros compañeros del equipo.

—¡Por Dean! —gritaron todos al unísono, chocando sus bebidas.

—Gracias, chicos, pero esto es una cosa de todos. No podría haber metido ese gol sin vosotros.

—Tío, déjate de cursilerías. Eres un crack. ¡Nos has salvado de una derrota absoluta! —comentó uno de los compañeros.

—Eso, díselo, Patrick. Teníamos que haber grabado ese momento… Cuando solo quedaban tres minutos para terminar, llega Dean y ¡zas!, se hace con el balón tomando la delantera; ignorando a sus contrincantes, lanza la pelota y por la escuadra derecha, ¡pum! ¡Goooooool!

—Bua, es que ha sido épico, tío. Digno de una final de la Champions.

Joyce sonrió, alzando su botellín de cerveza. El ambiente rústico del restaurante Au Koïfhus estaba a rebosar, pero a ellos no les importaba el bullicio; estaban acostumbrados al incremento del turismo de su ciudad en esas fechas.

Con la adrenalina de la victoria aún flotando en la mesa, Dean dejó a un lado la botella vacía y se inclinó hacia delante, dispuesto a ponerse al día sobre la vida de sus amigos.

—Y bueno chavales, ¿qué planes tenéis para estas Navidades?

—Yo me iré a Montpellier con mi familia —comentó uno del grupo.

—Yo voy a pasar unos días en París con Arlette. De hecho… —respondió Patrick, limpiándose los labios con la servilleta. Sonrió de oreja a oreja, bajando la voz con misterio—. Estoy pensando en pedirle matrimonio allí.

—¿¡Cómo!? —exclamó Nathan, dándole una palmada en la espalda—. ¡Qué callado te lo tenías, cabrón!

Joyce abrió mucho los ojos y miró incrédulo a su amigo.

—Pero… solo lleváis tres años saliendo, ¿no? —Patrick asintió—. ¿Y no te parece un poco pronto?

—No, tío, estoy más que seguro de lo que quiero hacer.

¿Sabes? No es como en mis relaciones pasadas.

Siento que es aquí. ¿Entendéis eso que dicen de que a veces te da como un pálpito y te hace saber que ahí no es?

—Sus compañeros asintieron mientras seguían comiendo—.

Pues a mí me pasa al contrario. Mi pálpito me dice que es aquí.

—¿Vas a casarte con Arlette por un pálpito? —Joyce frunció el ceño. Tres años no le parecía el tiempo suficiente para tomar una decisión que condicionaba el resto de tu vida—. Igual, no sé, es demasiado pronto.

—Joyce, la quiero. Es la mujer de mi vida. ¿Por qué noto que no te alegras por mí?

—Yo… —Joyce balbuceó ante la atenta mirada de sus amigos—. Solo digo que me parece pronto. La gente cambia y las promesas se las lleva el viento.

—Bueno, pues la verdad es que no quiero esperar más y creo que este viaje a París es la ocasión perfecta. Me parece la hostia de romántico —Patrick endureció un poco el tono de voz y un clima tenso empezó a embriagar la mesa.

—¿Por qué ahora noto yo que te has tomado a mal mi opinión? —Joyce tenía el puño cerrado por debajo de la mesa.

—¡Porque me sorprende que un colega no se alegre por mí!

Llevo tres años con Arlette y nos has visto siempre muy felices.

Que tú no creas en el amor no significa que los demás no podamos disfrutar de él.

Desde que se fue tu padre estás totalmente cerrado en banda a hablar de sentimientos y créeme, Joyce, eso no te hace ningún bien.

Joyce se levantó repentinamente y dio un golpe sobre la mesa, haciendo que todas las personas dirigiesen su mirada hacia ellos.

—No te atrevas a mencionar a mi padre —le señaló con el dedo—. No. Te. Atrevas.

Patrick tragó saliva ante el enfurecimiento de su amigo.

—Joyce, tío. Yo… lo siento —Nathan posó su brazo sobre la espalda de su amigo y le hizo señas para que lo dejase estar.

—Me voy. Mañana trabajo y ya no pinto nada aquí.

Joyce extrajo un billete de veinte euros de su bolsillo, lo estampó contra la mesa al lado de su plato y, sin mirar atrás, agarró su abrigo de la silla y caminó con paso firme hacia la salida del restaurante.

Sus amigos se quedaron enmudecidos en los asientos, sin ser capaces de articular palabra alguna ante lo que acababa de suceder.

Dean y Nathan se hundieron en sus asientos y Patrick se cruzó de brazos.

—Lo siento, no quería provocar esto. Pero es que Joyce lleva mucho tiempo cerrado en banda.

—Lo sabemos —dijo Nathan— y estoy de acuerdo contigo. Pero el tema de su padre no lo puede ver ni en pintura, tío. Ya has visto cómo se pone.

—Lo sé, pero no puede ser. Han pasado cuatro años. Debería levantar cabeza o ir al psicólogo, no sé.

—Patrick, no digas cómo debe gestionar Joyce este tema —interrumpió Dean—. Esto ha sido muy duro para él y, aunque haya pasado algo de tiempo, le sigue doliendo. Cada persona tiene sus tiempos.

—Lo entiendo, pero lleva cuatro años y…

—No, no lo entiendes. Si lo entendieses no te pondrías así —Dean levantó la mano para llamar al camarero y que les trajese la cuenta—. Chavales, creo que podemos dar por terminada la velada.

Joyce avanzaba hacia la salida con la respiración acelerada y los puños apretados dentro de los bolsillos del abrigo, deseando que el aire helado de la calle le ayudara a apaciguar la rabia contenida que sentía en su cuerpo.

Cuatro años de silencio no habían bastado para cerrar aquella herida que aún le oprimía el pecho.

Empujó la pesada puerta de madera y justo en ese mismo instante un grupo de tres turistas españoles reían a pleno pulmón mientras el chico que acompañaba a las dos chicas apuraba un cigarrillo.

Fue entonces cuando la rabia de Joyce pareció evaporarse de golpe, porque frente a sus ojos estaba la chica de melena caoba que su mente se había negado a olvidar.