Capítulo 7
— M amá, ¡no encuentro mi sudadera negra!
—¡Se está lavando! —le devolvió el grito su madre desde el salón.
Joyce resopló, contrariado. Rebuscó en su armario hasta que dio con otra de sus sudaderas favoritas, que al menos le serviría para combatir las bajas temperaturas a esas horas de la tarde.
Se la pasó por la cabeza y observó su imagen reflejada en el espejo.
Se sacudió los mechones avellana que le caían sobre los ojos y, tras meter el móvil en el bolsillo del pantalón, salió al pasillo.
—¿A dónde vas? —Su madre levantó la cabeza del libro en el que estaba inmersa frente a la chimenea y lo miró de arriba abajo.
—He quedado con Nathan. Vamos a ver el partido de fútbol de Dean.
—¿Te espero para cenar?
Joyce se limitó a encogerse de hombros. Su madre soltó un largo suspiro y poniendo el marcapáginas para no perder el hilo de la historia, se quitó sus gafas de lectura y lo miró con rostro serio.
—Cielo, no quiero volver a verte con esa actitud. Cada vez que llega diciembre te conviertes en un desconocido. De hecho, cuando volviste de tu viaje a Madrid, parecías otro… Pero es entrar en estas fechas y te cierras en banda.
—No me gusta la Navidad, mamá. Ya lo sabes.
—Ya, si a mí también me entristecen, pero… estamos tu hermano, tú y yo. Podríamos intentar hacer algo juntos, celebrarlo como nos merecemos.
—No hay nada que celebrar —sentenció Joyce. Le plantó un beso rápido en la mejilla y cruzó el umbral—. Me voy, que llego tarde.
Salió por la puerta, visiblemente enfadado.
Bajó las escaleras de su edificio con el estómago revuelto y una punzada de culpa quemándole en el pecho.
Pero odiaba que su madre siempre sacase ese tema, aunque fuera algo inevitable: la Navidad estaba a la vuelta de la esquina y todo el mundo hablaba de lo mismo.
La gente solo hablaba de menús, de regalos caros y de escapadas de ensueño; un sinfín de consumismo camuflado bajo las bonitas luces navideñas.
De niño, claro, se había tragado el cuento.
Además de que su situación familiar no era la de ahora.
A sus veinticinco años ya no había espacio para la inocencia.
Para él, la Navidad se había convertido en una farsa y no había luces en toda la región de Alsacia capaces de hacerle cambiar de opinión.
Sin embargo, en el fondo, le dolía tener que responder así a su madre.
Ojalá pudiera sentarse en la mesa y celebrar la Navidad brindando copas de champán; pero la realidad era que no podía.
En lo más hondo de su corazón solo había rabia y un dolor tan profundo que llegaba hasta las mismísimas puertas del infierno.
Aceleró el paso, exhalando vaho. El frío le mordió las manos desnudas en cuanto puso un pie en la calle.
Maldijo para sus adentros no haber cogido guantes.
Caminó un par de calles hasta donde tenía aparcado su coche.
Un Citroën ë-C3 que había comprado de segunda mano a un conocido de su hermano Jérôme.
Su sueldo como masajista en el spa del hotel más lujoso de Colmar no le daba para ese tipo de privilegios, sobre todo porque las propinas y el dinero de las horas extras iban para su cuenta de ahorros.
Su meta era París, aunque el mercado inmobiliario de la capital se encargara de recordarle a diario lo ambicioso que era su plan.
Se metió en el coche, tiritando mientras arrancaba el motor y se dirigía al estadio de la ciudad.
Su amigo Dean jugaba esa tarde y Nathan ya debería de estar esperándolo en el parking.
Los tres formaban un trío inquebrantable desde el instituto; conocían sus trapos sucios y sus secretos más profundos.
Lo que más agradecía Joyce era el respeto que siempre tenían hacia él.
Tanto Dean como Nathan eran muy familiares y adoraban pasar tiempo en familia en Navidad, pero respetaban que Joyce no compartiera esa visión.
No como su madre, que se había pasado los últimos cuatro años intentando convencerle de celebrar la Navidad como era debido.
Pero pese a sus evasivas, ella no se cansaba.
Para Joyce, esas fiestas eran un suplicio que quería que pasara lo más rápido posible, dando lugar a un frío y largo invierno.
Por ello, él prefería refugiarse en el trabajo.
En el fondo, las reservas en el hotel y en el spa se agotaban en esas fechas y eso significaba hacer horas extra que le pagaban generosamente.
Joyce habría masajeado la espalda de miles de turistas si eso significaba ver crecer su cartera de fondos para París.
Tras estacionar en el aparcamiento donde tenía lugar el partido, caminó hacia la entrada principal donde Nathan ya lo estaba esperando dando saltitos para combatir el frío.
—Hola, tío. ¿Cómo estás? —Nathan lo saludó con un fuerte apretón de manos que terminó en un abrazo rápido y una clásica palmadita en la espalda.
—Pues ahí vamos, disfrutando de mi día libre.
—Es verdad, mañana te toca pringar. Oye, Joyce, igual deberías aflojar un poco. Después del partido queríamos ir a tomar algo a un bar con los chicos. Deberías venir, te sentará bien.
—Ya veré. Que luego me liáis y mañana tengo una jornada larga. Salgo a las nueve de la noche.
Su amigo insistió, sin perder la sonrisa.
—No me defraudes, Joyce. Tengo ganas de pasar tiempo contigo.
Joyce sonrió y obligó a Nathan a entrar a trompicones por la puerta.
—¿Eso es un sí?
—Sí, pesado —le contestó con una sonrisa—. Ahora cállate y sube las escaleras. Dean nos va a matar como no nos vea en las gradas.
Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, en el estadio donde Joyce intentaba ahogar sus propios fantasmas, Leire, Chloe e Iván encontraron refugio en una cafetería cuyo escaparate estaba custodiado por figuras de Papá Noel y otros decorativos navideños que los habían invitado a entrar en aquel establecimiento.
Al entrar, el tintineo de las tazas y el murmullo de las parejas se mezclaron con un aroma dulce y a bollitos recién horneados.
Se acomodaron en una mesa redonda de mármol blanco, rodeada de sillones azul celeste.
Desde el techo, diferentes bolas de Navidad caían suspendidas hacia abajo y en un extremo del local, un imponente árbol navideño se alzaba decorado en tonos plateados, azules y blancos.
Ahora entiendo el concepto de la cafetería: Le ciel de Colmar . —dijo Chloe dejándose caer en el asiento—. Es como estar en un pedacito del cielo.
Leire sonrió, ojeando la carta con la mirada.
—Yo lo tengo claro: un café crème et un croissant, s’il vous plaît .
—¡Menudo acentazo, muchacha! —se mofó Chloe—. Que se noten esos años de instituto.
—Algo se me ha quedado, aunque hace un siglo que no leo nada en francés.
—Pues yo no me entero de nada y mis tripas llevan rugiendo desde hace un buen rato —intervino Iván alzando la mano para llamar al camarero.
— Bonjour, monsieur. ¿Que désirez-vous?
Iván parpadeó dos veces; solo había entendido el « bonjour ».
—Eh… oui, bonjour … yo… —buscó a sus amigas con la mirada pidiendo auxilio—. Perdón, ¿hablas español?
Chloe y Leire aguantaron la risa. El camarero sonrió con simpatía y, tras hacerle una señal de espera, avisó con un gesto a su compañero detrás de la barra, que se acercó de inmediato.
—Anda que también… —Iván agitó la mano hacia ellas—. Qué perras sois.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarles?
— Merci, merci —le respondió Iván soltando el aire de golpe mientras se llevó una mano al pecho—. Los idiomas no son lo mío.
—¡Tranquilo! Suele pasar. Mi marido es francés y nunca ha querido estudiar español. Dice que no se le dan bien los idiomas, yo creo que es una cuestión de pereza.
A Iván no le pasó desapercibido el comentario. Su marido. Observó el cruce de miradas cómplices entre los dos hombres y sintió una punzada de envidia en el pecho.
—¿Sois los dueños? —preguntó Iván, intrigado.
—Sí. Conocí a mi marido en un viaje a París y tras sobrevivir a la distancia que nos separaba, decidimos emprender nuestra vida en Colmar. Abrir esta cafetería siempre fue su sueño.
—Wow, ¡qué bonita historia! —añadió Leire, conmovida. Siempre había sido una romántica empedernida y le encantaban las historias de amor donde la distancia es más fuerte que los kilómetros.
Iván asintió en silencio, pero la historia de aquellos hombres le dejó un regusto amargo en la garganta.
Al verlos tan felices y compenetrados se dio cuenta de que él nunca había tenido un amor así.
Ni creía poder tenerlo. Su historial amoroso se resumía en encuentros fugaces y efímeros en discotecas, chicos que ni siquiera acudían a las citas o personas que desaparecían de la faz de la tierra cuando la palabra «compromiso» salía a la luz.
El camarero tomó nota de los cafés y los croissants para las chicas. Para Iván, sugirió una generosa tarte flambée de manzana y canela, junto a unas merveilles tradicionales crujientes, cubiertas de azúcar glas.
—Te vas a poner las botas, Iván —le picó Chloe en cuanto los platos llegaron a la mesa.
—Uno necesita energía para la tarde de limpieza que nos espera —replicó él, adoptando un semblante serio mientras daba un sorbo a su café.
—Iván, ¿estás bien?
—Sí, sí. Estoy perfectamente. Solo… solo necesito comer un poco.
Leire cruzó una mirada con Chloe que masticaba su delicioso croissant con lentitud. Iván era como un libro abierto, a pesar de que no querer demostrar su estado de ánimo, se le notaba a kilómetros cuando algo lo inquietaba.
—Te hemos notado… melancólico —trató de averiguar Chloe, con los brazos cruzados sobre la mesa—. Como si estuvieras recordando algo.
Iván se removió incómodo en su asiento. Odiaba que lo conocieran tan bien.
—Bueno, me he acordado de una cosa. Pero da igual, este no es el momento.
—Sabes que estamos aquí para lo que sea, ¿verdad? —Leire le rozó la mano con suavidad.
Iván asintió, obviando el nudo que tenía en la garganta y comenzó a cortar un trozo de tarta para romper la tensión.
—¡Uf! ¡Tenéis que probar esto! Está espectacular.
Entre risas, probaron la tarta y los dulces típicos de la ciudad.
Iván, por su parte, trataba de disfrutar del momento mientras en su mente combatía con un doloroso recuerdo que amenazaba con salir a flote.
Una punzada de dolor le recorrió la espalda pero trató de disimularlo; es lo que hacía siempre.
Pero lo que Iván tardaría tiempo en comprender es que, a veces, hay recuerdos que es mejor que salgan a la superficie. Aunque duelan.