Capítulo 6
Unas dos horas de vuelo después…
La megafonía del avión les dio la bienvenida a Francia. Contagiados por la prisa que debían tener algunos pasajeros por salir cuanto antes, Iván se desperezó y por fin, parecía tener la energía que necesitaba.
—¡Qué bien! ¡Esta aventura está a punto de empezar! ¿Apostamos cuántos chicos franceses caerán rendidos a mis pies?
Leire y Chloe intercambiaron una mirada de complicidad y se encogieron de hombros; Iván era incorregible y ellas lo sabían de sobra.
—¿Qué? ¡Yo también quiero divertirme!
—Lo harás, lo harás. No tengo ninguna duda —le respondió Chloe.
Leire reprimió una carcajada. Iván tenía muchas cosas buenas, pero sin duda su habilidad para los idiomas dejaba mucho que desear, y la mera idea de tratar de ligar con un francés le resultaba cuanto menos cómica.
No obstante, al mirarlo de reojo, se sintió feliz al ver al Iván de siempre con esa vitalidad que tanto lo caracterizaba.
Solo Chloe y ella sabían lo difícil que había sido devolverle el brillo a aquellos ojos, cuando él solo quería hacerse pequeño y volverse invisible ante el mundo.
La masificación de gente a la salida del avión quedó atrás cuando lograron encontrar el cartel que indicaba hacia donde tenían que dirigirse. Una vez acomodados en los asientos del tren que los llevaría hacia la Gare de Colmar, respiraron tranquilos y se limitaron a disfrutar del paisaje.
A medida que el tren avanzaba hacia la región de Alsacia, pudieron apreciar las colinas y los viñedos que, aunque sin las hojas perdían cierto encanto, quedaban en un segundo plano al sortear los diversos pueblos que parecían sacados de un cuento medieval, con sus casas de entramado de madera y aquellas vigas oscuras que tanto caracterizaban a la región.
—¡Qué bonito! —susurró Chloe con la cabeza pegada al cristal.
Leire, por su parte, era incapaz de articular palabra.
Mientras sus ojos trataban de familiarizarse con los edificios y el entorno de la zona, fue consciente de que, detrás de esa postal invernal, su abuela ocultaba una historia a ojos del mundo.
El mero hecho de que todo fuese tan misterioso hacía que experimentara una conexión con aquel lugar de una forma que no sabía cómo explicar.
Media hora después, y arrastrando las maletas entre el bullicio de la estación de Colmar, Leire se detuvo en seco al tropezarse con unos ojos en la distancia que le resultaban familiares.
Quiso cerciorarse de que no había sido producto de su imaginación, pero un grupo de turistas se interpuso en su campo de visión.
—¡Hey! ¿Pasa algo? ¿Qué mirabas? —Iván imitó su gesto, tratando de discernir hacia donde apuntaba la mirada fija de su amiga.
—No, nada… —Leire parpadeó, volviendo a la realidad—. Me había parecido ver un rostro conocido, pero supongo que estaba equivocada.
—¿En Colmar? ¡Sería todo un milagro navideño! Venga, vamos, tengo la dirección en Google Maps y dice que apenas debemos caminar quince minutos.
Mientras atravesaban el Parc du Champ-de-Mars , flanqueado por árboles que aún conservaban el rocío de la mañana en sus ramas y que los conducían en línea recta hacia la casa de su abuela, Leire no pudo evitar pensar que esos ojos azules ya los había visto en alguna parte.
—Bueno, pues esta es la casa. Según pone en el registro catastral… —Leire dejó la frase en el aire. Buscó las llaves en su bolso sin dejar de mirar la fachada e inspiró y expiró tantas veces que el aire frío le quemaba los pulmones.
—Cariño, estamos aquí contigo —Chloe le puso la mano en el hombro a su amiga, que había palidecido un poco al contemplar el edificio, imponente ante ellos.
Ahí dentro aguardaban los secretos de Berta. Leire asintió; era el momento. Empujó la pesada puerta del portal y cruzó el umbral. Iván miró horrorizado las escaleras de caracol que debían subir para llegar hasta la cuarta planta del edificio.
—Yo de aquí no salgo vivo. No me quiero imaginar a tu abuela de joven, subiendo por estas escaleras con unas copas de más. Santo Cristo bendito, yo me quedaba a dormir en el rellano de la entrada.
Leire notó como sus nervios se disipaban un poco ante el comentario de su amigo. Millones de preguntas comenzaron a rumiar por su mente. ¿A qué se dedicaba su abuela? ¿Vivió aquí con sus padres? ¿Quiénes eran sus amigos?
Tratando de recobrar el aliento, llegaron exhaustos al último rellano.
Con la lengua fuera por el esfuerzo, Leire cogió la llave de la vivienda principal y, con las manos un poco temblorosas, la introdujo en la cerradura.
Al girarla, sonó un chirrido bastante estridente, recordando a una película de suspense.
Alumbrando el interior con la linterna del móvil, un olor denso a madera mojada, humedad, polvo acumulado y hierbas secas le golpeó de frente.
Muchos de los muebles estaban cubiertos con una fina tela; algunos tan solo tenían un plástico impermeable por encima.
Chloe e Iván se quedaron rezagados en el salón, mientras que Leire, movida por una necesidad de dejar entrar luz natural, caminó hacia los ventanales, empujando los postigos de madera hacia el exterior.
Un rayo de sol se coló tímidamente, dibujando líneas de luz que alumbraban el envejecido suelo de madera.
—Esto es maravilloso, ¿no crees? —Chloe posó su brazo sobre los hombros de su amiga—. Con un poco de limpieza y algunos adornos, este sería el refugio perfecto para unas vacaciones navideñas.
—Sí… —El nudo en la garganta apenas le permitió reconocer la hermosura de aquella estancia—. Es… demasiado.
—Por eso estamos nosotros aquí, para ayudarte y que no hagas este camino sola —Iván esbozó una amplia sonrisa que reconfortó a Leire—. ¿Quieres que te acompañe a ver el resto de la casa?
Leire asintió y, aferrándose a la mano de Chloe, se adentraron en el resto de habitaciones de la casa.
La primera habitación era amplia, con una robusta cama de matrimonio en el centro.
Tras abrir la ventana al igual que habían hecho en el salón, observó una cómoda con varios portaretratos en ella.
Leire se acercó y pasando el índice por la foto, observó que detrás de esa mota de polvo estaba una imagen en blanco y negro de su abuela Berta de joven.
Su sonrisa radiante dejaba ver los ecos de la bella mujer que había sido en sus años mozos, con esos pómulos altamente pronunciados y una mirada limpia y sincera.
—No sabía que tu abuela fuera tan hermosa —Chloe le cogió el marco a su amiga y observó la foto con detenimiento.
Mientras su amiga apreciaba los detalles de la foto, Leire cogió el segundo marco que le tendía Iván y observó la imagen de su abuela con un bebé en brazos.
¿Sería su padre de pequeño? ¿O sería el hijo de alguien conocido?
Si eso resultaba ser así, ese recuerdo valía su peso en oro.
Le hizo una foto para enviársela a su padre más tarde y siguió observando el resto de la habitación.
Contigua a esta, había una puerta cerrada a cal y canto, con cerradura.
—Qué extraño… —murmuró Leire tratando de hacer fuerza, sin éxito.
—¿La llave no está en el manojo que te dio el notario? —preguntó Iván, inclinándose para examinar la ranura.
Leire negó con la cabeza, sintiendo el peso de la decepción caerle sobre los hombros. Repasó mentalmente las notas de la carta que le había escrito su abuela, pero en ningún lado le hablaba de una llave o de una habitación secreta.
—Bueno, si no se encuentra la llave, también podemos tirar la puerta abajo —sugirió Iván.
—¡Ni de coña, Iván! ¡No voy a romper la casa de mi abuela!
—Mujer, pero si no la encuentras, ¿vas a dejar esa habitación cerrada para siempre?
—Encontraremos la llave —dijo Leire tratando de convencerse a sí misma—. Tiene que estar en alguna parte. De momento, ¡habrá que ponerse manos a la obra! ¿Qué queréis hacer?
—Si te soy sincera, creo que estaría bien salir a tomar un café en alguna cafetería cerca de aquí —sugirió Chloe mirando en derredor—. Con el estómago vacío no podremos trabajar en condiciones.
Todos estuvieron de acuerdo. Tras dejar las maletas en la habitación principal, cogieron los abrigos y salieron para explorar los alrededores de Colmar.
De nuevo, Colmar parecía haberlos envuelto en un cuento de ensueño: con las fachadas de color pastel y entramados medievales, transmitía la sensación de haber viajado años atrás.
Leire observó los adornos con una mezcla de impaciencia y fascinación; deseando que cayera la noche para ver el alumbrado navideño de la ciudad.
Pero primero, hacía falta un café y algo dulce con lo que llenar el estómago.