Capítulo 5
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Y a se ha quedado frito —comentó Chloe entrando en el baño, mientras Leire, con el pijama recién puesto, se desmaquillaba frente al espejo.
—No sé cómo lo hace, pero siempre logra desfasar en todas las fiestas a las que va.
—Bueno, ya sabes cómo es. Hablamos de Iván. —Ambas rieron bajito para no despertar a su amigo. Chloe cogió un disco de algodón y comenzó a imitar la rutina de Leire—. Por cierto, ¿quién era el guaperas con el que bailabas? ¿Lo conozco?
—No, qué va, ha sido de lo más random . Cuando salí a tomar el aire, vino a hablar conmigo. Al principio fue un poco raro, pero luego me cayó bien. Y, sin más, bailamos.
—¿Sin más? ¡Pero muchacha! ¿Tú le has visto? ¡Está tremendo! Dime por lo menos que le has pedido el Instagram o el número de teléfono.
Leire negó con la cabeza y su amiga hizo un gesto de absoluta desaprobación.
—Es francés, no lo voy a volver a ver. Además, después de lo de Hugo no me apetecía meterme en otro rollo sin sentido.
Chloe se limitó a encogerse de hombros, contagiada por el cansancio.
—Una pena, amiga —bostezó—. Estoy muerta, necesito dormir.
Le dio un abrazo de despedida y, tras desearse las buenas noches, ambas se fueron por fin a la cama.
Esa noche, a pesar de haberle asegurado a Chloe que no iba a volver a ver a aquel francés de ojos azules, Leire soñó con la remota posibilidad de volver a encontrarse con esa sonrisa y repetir aquellos pasos desastrosos en la pista de baile.
En su mente se mezclaron el vaivén de las luces de neón, el olor a alcohol combinado con el calor enfermizo del local y la sensación de que, pese a la traición de Hugo, siempre quedaba tiempo para divertirse con un rollo de una noche.
Sin embargo, cuando la fría luz del amanecer se filtró por la persiana del piso, su sueño se disipó como la niebla, dando paso a un frío día de diciembre que parecía susurrarle que era el momento de prepararse para ese viaje que cambiaría su vida por completo.
A la mañana siguiente, Leire se despertó cerca de las doce sin ningún tipo de remordimiento; a veces no era necesario exprimir el día al cien por cien.
La noche no se había alargado demasiado pero, al no estar acostumbrada a trasnochar, su cuerpo agradecía el descanso.
Tras desayunar, darse una ducha rápida y vestirse con unos vaqueros y el primer jersey que pilló en el armario, salió a dar una vuelta.
Quería exprimir las vacaciones por la ciudad antes de emprender el viaje.
Mientras paseaba, el frío viento de la capital le recordó que se marchaban a Colmar en cuatro días.
Su maleta estaba prácticamente lista, pero al echar un rápido vistazo a los escaparates de la calle, se dio cuenta de que no le vendrían mal un par de bufandas gruesas, guantes y calcetines térmicos tras comprobar en el móvil que el norte de Francia ya rozaba los cero grados.
Quería que todo saliera perfecto; estaba intrigada y emocionada a partes iguales.
Sus padres compartían ese entusiasmo y, aunque les habría encantado ir, se habían quedado tranquilos al saber que su hija viajaría arropada por sus dos mejores amigos para vivir una época navideña de ensueño.
Eso sí, con una condición: pasar la Nochebuena juntos a su regreso.
A Leire le pareció un trato más que razonable; la idea de pasar las fiestas lejos de ellos no terminaba de convencerla, ya que sus padres ocupaban un lugar fundamental en su vida.
Satisfecha con las compras, buscó refugio en el único lugar de Madrid donde para ella parecía detenerse el tiempo: la hermosa librería de Rosa.
Nada más cruzar el umbral, se topó con el rostro amable y cariñoso de la dueña, que la saludó mientras ordenaba unas estanterías.
Sonrió al percibir el embriagador aroma dulce a papel y a vainilla que la hizo soltar el aire de golpe.
Aquel lugar parecía sacado de un cuento de hadas.
Las estanterías, de un blanco roto, se curvaban ligeramente y su sección de romance favorita descansaba bajo un techo del que suspendían flores secas y corazones de papel. Era su santuario.
—Este rincón tiene tu nombre escrito —la voz de Rosa la sobresaltó—. Nunca he visto a nadie adorarlo como lo haces tú.
—Es que es precioso, Rosa. Tienes mucho arte para decorar.
—Gracias, querida. Las librerías de barrio hacemos lo que podemos para atraer a los clientes —Leire le sonrió con amabilidad—. ¿Buscas algo en concreto?
—Pues, sinceramente, quería una novela ligera y romántica para mis vacaciones.
—¡Qué bien! ¿Te vas de viaje? ¿A dónde te vas, tesoro?
Leire le confesó el motivo de su escapada, omitiendo los detalles más privados. Le habló de Colmar, de la herencia inesperada de su abuela Berta y de la llave que llevaba en el bolso. Rosa la escuchó fascinada, sin interrumpirla ni una sola vez.
—¡Qué me cuentas! Madre mía, tesoro, creo que ese viaje va a ser el principio de algo grande. De hecho… sé exactamente qué libro necesitas.
La librera desapareció un segundo y regresó con un ejemplar entre las manos. Le tendió El cielo que nos une de María Vaquero, y junto a él, una libreta preciosa con motivos florales grabados en la tapa.
—La novela es para el viaje. Y esto…, es un regalo de la casa —Rosa le guiñó el ojo—.
Para que apuntes cada secreto que encuentres en esa casa y no se te escapen las ideas, antes de que el nuevo año empiece a cumplirlas por ti.
Estoy segura de que a tu abuela le habría gustado ver cómo experimentas todo lo que te queda por descubrir.
A Leire se le formó un nudo tierno en la garganta.
Agradeció el detalle con dos besos sonoros y, tras desearle una feliz Navidad, salió de nuevo al frío de la calle.
Mientras caminaba de regreso a casa, apretó la libreta contra el pecho, preguntándose qué clase de secretos custodiarían las paredes que su abuela había ocultado en Colmar durante tanto tiempo.
Los cuatro días restantes pasaron volando.
Entre las compras de última hora, cerrar las maletas y las visitas a sus padres, quienes no dejaban de suplicarle que estuviera siempre pendiente del móvil, Leire se despertó la madrugada del quince de diciembre con un auténtico nido de mariposas revoloteando en el estómago.
Pese a que el reloj apenas marcaba las cuatro, no le importó el madrugón; saltó de la cama y se metió directa a la ducha para espabilarse del todo.
Escogió unos vaqueros y una sudadera, buscando la máxima comodidad para el trayecto, y se aplicó un toque ligero de corrector para camuflar sus ojeras.
Al salir al pasillo, comprobó que en el piso aún reinaba un silencio absoluto.
Siendo ya las cuatro y veinte, no dudó un segundo.
—¡Buenos días, dormilones! —exclamó mientras aporreaba las puertas de sus amigos—. ¡Os recuerdo que tenemos un avión que coger!
—¡Serás desgraciada! —se quejó Chloe desde el otro lado, con voz ronca—. ¡Podía haberme dado un infarto! ¡Vaya susto me has metido, tía!
—¡Haberte levantado cuando te ha sonado la alarma, guapa!
—A veces me pregunto si eres una auténtica villana o si simplemente disfrutas con el sufrimiento ajeno —refunfuñó Iván, saliendo de su habitación con los ojos entrecerrados y arrastrando las zapatillas en dirección al baño.
—¡Vamos, que no es para tanto! ¿Es que no estáis emocionados? ¡Nos vamos juntos de viaje!
—Creo que mi cuerpo y mi mente son incapaces de procesar ninguna emoción a estas horas, pero sí, supongo que lo estoy —admitió él.
No lo parecía con aquella cara de haber chupado un limón, pero Leire lo conocía de sobra y sabía que, aunque los madrugones se le atragantaban, esta aventura sería inolvidable para los tres.
—Desayunamos en el aeropuerto, ¿verdad? —preguntó Chloe, que intentaba cerrar su equipaje con desesperación y muy poco éxito.
—Chloe, nos vamos menos de dos semanas. No creo que necesites medio armario.
—Eso lo dirás tú. Necesito prendas para el frío, ropa para salir de fiesta y algo por si nieva, cada look con sus correspondientes zapatos, además del neceser, los imprevistos y, por supuesto, los «por si acasos», que nunca se sabe —replicó, sentándose con todo su peso sobre la tapa antes de hacerle un gesto a Leire para que la ayudara con la cremallera.
—Listo. Mientras no reviente en la bodega del avión, todo irá bien.
Chloe le dedicó una sonrisa a su amiga, empezando a espabilarse.
Agarró la ropa y marchó directa al baño, advirtiéndole a Iván que saliera de una vez.
El chico obedeció entre gruñidos y murmullos ininteligibles, arrastrando los pies de vuelta a su cuarto.
Leire prefirió darle espacio; su amigo a esas horas no era persona y no tenía ninguna gana de lidiar con su mal humor antes de despegar.
A las cinco de la mañana, con las maletas cargadas, se subieron al Uber que habían reservado la noche anterior. Al llegar al aeropuerto de Madrid-Barajas, se toparon con una marea humana que se desplazaba bajo los paneles informativos y prisas de última hora.
—¿De verdad la gente madruga tanto para viajar? Y yo que pensaba que seríamos los únicos pringados en pie… —se lamentó Iván.
—Iván, el mundo no se detiene porque tú estés durmiendo la mona. La gente viaja constantemente —le rebatió Chloe—. Mismamente yo que estoy harta de viajar Madrid-Londres cada poco tiempo. Espera, ¿y Leire? ¡Ya la hemos perdido! Ah, no, mira, ahí viene.
—Un café con leche de soja, uno sin lactosa y otro normal —anunció ella, apareciendo con tres vasos humeantes de cartón que le quemaban las yemas de los dedos—. A ver si nos despertamos un poquito y se os quita esa cara de funeral, que parece que os llevo obligados.
—Obligados no, pero es demasiado temprano para el nivel de energía que manejas, amore —bromeó Iván, aliviado al recibir el café—. Parece que, en vez de dormir, te ha recargado la batería un Pikachu .
Leire le sonrió a su amigo y le plantó un beso en la mejilla.
¡Qué más daba el madrugón! Se iba a Colmar con sus personas favoritas en plena época navideña.
Aquello tenía que ser mágico: calles iluminadas, chocolate caliente, mercados de cuento y, sobre todo, la libertad de descubrir algo nuevo junto a ellos.
Tras superar el pertinente control de seguridad y ver cómo las maletas desaparecían por la cinta de facturación, cruzaron la pasarela de embarque.
En cuanto ocuparon sus asientos en la cabina, Iván se colocó de inmediato los auriculares y el antifaz, suplicándoles que no lo despertaran bajo ningún concepto.
Chloe, sentada en el asiento del medio, buscó la mano de Leire y se la apretó con fuerza.
—Va a ser un viaje increíble, ya lo verás —le aseguró, contagiada por fin de su energía.
Aquel gesto reconfortó a Leire profundamente.
Sentir el apoyo de sus amigos la hacía sentirse inmensamente afortunada, pero cuando las turbinas del avión empezaron a rugir y el aparato comenzó a coger velocidad por la pista de despegue, sintió una punzada en el estómago.
No era por el vuelo. Era por la llave que llevaba guardada en su bolso.
La intriga de descubrir qué clase de propiedad tenía su abuela en Colmar la mantenía en vilo desde la cita con el notario.
Si Berta había mantenido ese secreto oculto durante tantas décadas, aislado del resto de la familia, debía de haber una razón poderosa para ello.
Una parte de Leire se resguardaba entre la emoción por pasar las festividades navideñas allí, pero también sentía miedo.
Berta había sido una parte fundamental en su vida, y temía que el misterio que aguardaba en Francia cambiara para siempre los recuerdos que guardaba de ella.
Miró por la ventanilla. Madrid empezó a encogerse, convertida en un sinfín de luces doradas que parpadeaban en la oscuridad de la noche.
Cuando apenas habían transcurrido veinte minutos desde el despegue, Leire comprobó que Chloe también había caído rendida al sueño.
Aprovechó entonces para colocarse sus propios auriculares y dejarse llevar, cerrando los ojos al compás de Where’s My Love , de SYML, mientras el avión se abría paso entre las nubes.