Capítulo 4
La noche del viernes llegó y Leire, Iván y Chloe se reunieron con varios amigos en el local « Fire ». La discoteca les gustaba bastante a todos; tenía buen ambiente y los precios de las consumiciones no eran tan prohibitivos como en los bares del centro de la ciudad.
Leire había elegido un pantalón negro de campana, un top de lentejuelas y el abrigo de pelo sintético que siempre reservaba para ese tipo de ocasiones.
Chloe, fiel a su estilo básico, llevaba unos vaqueros, una blusa de tirantes y sus inseparables Converse negras.
Iván, en cambio, había arriesgado más: llevaba unos vaqueros pitillo y una camiseta negra de manga corta tan ceñida al torso que se dejaban adivinar unos incipientes abdominales, coronados por un estampado de flores malvas y mariposas que ascendían hacia el pecho.
Su lema estaba clarísimo: «antes muerta que sencilla».
Con los ojos y las uñas pintadas de negro, lograba un aspecto totalmente despampanante.
Al entrar, un estruendo ensordecedor les golpeó el pecho.
Tardaron unos minutos en aclimatarse a la música atronadora y al vaivén de las luces que cruzaban el local de un lado a otro.
El espacio era impresionante, envuelto en una decoración que simulaba llamaradas rojas, naranjas y amarillas sobre fondos oscuros.
En un lateral, una marea de gente se agolpaba en la zona del photocall para inmortalizar la noche en sus redes sociales, sosteniendo vasos serigrafiados por un conocido grafitero del barrio.
—Vamos a pedir algo a la barra, chicas. ¿Os venís?
—Iván ya movía las caderas de un lado a otro, agarrado de la mano de uno de sus amigos.
Leire notó que ya llevaba el primer cubata a medias y que hablaba con una velocidad ligeramente acelerada, esa energía desbordante que Iván utilizaba como escudo cuando no quería enfrentarse al silencio de su propia cabeza.
—¡Id yendo! ¡Ahora vamos nosotras! —le respondió Chloe a gritos.
Leire y Chloe se quedaron un momento en la pista, contoneándose al ritmo de la música mientras hacían una inspección del panorama.
—A veces me pregunto si parecemos del FBI —comentó Leire al oído de su amiga—. Siempre estamos analizando al personal.
—Hombre, muchacha. Hay que localizar dónde está el buen pescao. Si no, luego te quedas con el bacalao y las pescadillas que no tienen sabor.
—¿El bacalao? ¿No te gusta el bacalao?
—¡Puaj, no! ¡Está asqueroso! Prefiero un buen salmón. O el bonito del norte.
—¡Nos ha jodido! ¡Esos son los más caros! —se burló Leire entre risas.
—Pues por eso. Hay que fijarse en los salmones y en los bonitos, ¡y si son del norte, mejor! Creo que ya tengo a un par en el radar… Vamos a la barra, que se me está quedando la boca seca.
Leire se rio ante el descaro de su amiga. Ella jamás habría soltado un comentario así en público; era mucho más reservada y prefería dejar esa clase de comentarios para cuando se quedaran a solas. Pero Chloe era su mitad, su compañera de batallas.
Contoneándose al compás de la música, se abrieron paso hacia la barra.
Era increíble lo mucho que había cambiado su vida en tan poco tiempo.
Cuando se mudó a Madrid tras aquellos dos años en Valencia, la soledad la ahogaba; no sabía cómo encajar en una ciudad tan inmensa.
Jamás habría imaginado que coincidir en el evento de su artista favorito con aquella chica de melena caoba se convertiría en un salvavidas mutuo.
Por aquel entonces, Chloe arrastraba una tormenta familiar que la sumía en una ansiedad constante, y encontrar el apoyo incondicional de Leire fue un regalo caído del cielo.
Conectaron a la perfección y, desde ese día, se volvieron inseparables.
Ya con sus respectivas consumiciones en la mano, regresaron al centro de la pista.
Allí, al son de « La Reina » de Lola Índigo, ambas desataron la adrenalina, coreando la letra a pleno pulmón.
Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, el calor y la densidad del ambiente empezaron a pasar factura.
A Leire le encantaba bailar, pero el volumen atronador y las grandes aglomeraciones terminaban por agobiarla.
Cuando comenzaron a sonar los primeros acordes de « El principio de algo », de La La Love You y Samuraï, le hizo una seña a sus amigos, indicando que salía un momento a tomar el aire.
Recogió su abrigo en el guardarropa y subió las escaleras hacia al exterior, donde la recibió el frío ambiente de los primeros días de diciembre.
Al salir, esquivó a un grupo de chicos que charlaba en un extremo y con la intención de pasar desapercibida, caminó hacia el lado opuesto para apoyarse contra la pared de piedra.
Sacó el teléfono de su diminuto bolso y la pantalla iluminada le devolvió dos llamadas perdidas y cinco mensajes de WhatsApp.
Al desbloquear la pantalla, el nombre de Hugo apareció en las notificaciones:
Hola, Leire.
Quería pedirte disculpas por lo sucedido.
No sabía cómo decírtelo, supongo que todo fue demasiado rápido y no encontré el momento.
Me gustaría que habláramos. No quiero que dejemos esto así.
Piénsatelo, ¿vale? Un besito, gordi.
Leire se quedó mirando fijamente las palabras, que parecían bailar por la pantalla de su teléfono. Una mezcla de incredulidad y desprecio le revolvió el estómago. ¿De verdad tenía tanta cara?
—¿Gordi? ¿En serio? —susurró, con una risa amarga.
Leire apretó los dientes, profundamente indignada.
Bloqueó el contacto en el acto y borró la conversación entera; no quería volver a saber absolutamente nada de aquel imbécil.
Le reventaba la cobardía, la facilidad con la que algunas personas jugaban a dos bandas, destrozando la confianza de los demás, para luego pretender solucionarlo con unos pocos mensajes de texto.
Como le dijo Chloe antes de marchar: «Si hubiera usado un poco más la cabeza en lugar de dejarse guiar por la polla, otro gallo cantaría».
Siguió toqueteando con cierta furia los botones de su smartphone, abriendo y cerrando aplicaciones sin ningún tipo de orden ni sentido.
Ajena a su alrededor, Leire no se percató de que un chico había caminado hacia ella, apoyándose a su lado.
Él la miraba de reojo, mientras ella seguía mirando sus redes sociales, pasando stories con mucha rapidez.
Fue el rastro de su perfume, amaderado y limpio, lo que la obligó a alzar la cabeza y mirar a aquel extraño a los ojos.
—Si sigues así, vas a terminar rompiendo el teléfono.
Sus ojos azules hicieron que Leire se detuviera en seco y saliera de su ensimismamiento. Leire parpadeó, encontrándose con un chico de melena corta de un cálido color avellana peinado hacia atrás con un estudiado desorden. Él le sonreía, esperando por su respuesta.
Al ver que ella no contestaba, el chico trató de cambiar su estrategia.
—Perdona, ¿tienes mechero?
—Eh… no, lo siento. No fumo —respondió, apartando la vista. Aquella mirada le imponía demasiado. Al ver por el rabillo del ojo que el chico no se movía y que tampoco pretendía hacerlo dada su insistencia, volvió a mirarlo con cara de circunstancias.
—Yo tampoco fumo.
—Entonces, ¿por qué me pides un mechero? —Leire alzó una ceja.
Él esbozó una sonrisa todavía más amplia.
—Simplemente no se me ocurría una manera mejor de acercarme a ti —Por su cadencia al hablar, Leire percibió un acento extranjero, sutil pero muy bien logrado.
—Creo que te has equivocado de persona y de momento —replicó ella, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Vaya. ¿Alguien ha tenido un mal día? —El chico se apoyó de nuevo en la pared, guardando una distancia prudencial entre los dos.
—¿Te importa, acaso?
—Bueno, habiendo decidido hablarte sin conocerte de nada, algo de curiosidad sí tengo. ¿Tan mala es la música que ponen ahí dentro? —Señaló hacia la puerta de la discoteca sin perder el buen humor que parecía acompañarlo siempre.
—Solo necesitaba tomar un poco de aire.
—¿Mal de amores?
—¿Por qué todo se tiene que reducir a eso? ¿No puedo estar de mal humor por otra cosa?
—Ajá. Así que es eso. Ahora, si quieres, puedes decirme el motivo.
—No te conozco de nada, no voy a ir contándole mi vida a un desconocido.
—Entiendo. Va a costar sacarte información —afirmó él, divertido—. ¿Qué tal si pruebo a sacarte una sonrisa primero?
Leire giró la cabeza y lo miró de frente, sintiendo un leve cosquilleo en el estómago.
El chico era magnético. Iba vestido con una chupa de cuero negro y, cuando un par de mechones rebeldes le cayeron sobre la frente, se los apartó recolocándoselos hacia atrás con los dedos.
Sin poder evitarlo, las comisuras de los labios de Leire se curvaron hacia arriba.
—¡Anda! Si tenías una sonrisa ahí escondida. No ha sido tan difícil como creía. Y eso que los franceses solemos tener que currárnoslo un poquito más. El acento solo no basta.
A Leire no le pasó desapercibido el comentario. ¿Intentaba flirtear con ella? Cerró los ojos un segundo. Uf, otro lío no, por favor. El cupo de dramas amorosos estaba cubierto por hoy.
—Así que eres francés… —intentó reconducir la conversación para no darle demasiadas alas.
— Oui —respondió él con un impecable acento francés—. Me llamo Joyce. He venido a pasar unos días a Madrid con mis amigos.
—¿Y qué tal Madrid? ¿Te gusta la ciudad?
—¡Me encanta! La comida, el clima, la gente… Os esforzáis por parecer agradables.
—Y vosotros sois un poquito bordes —soltó Leire.
Al instante, abrió los ojos como platos dándose cuenta de lo que acababa de decir.
¿Por qué demonios había dicho eso?—. Perdón, qué horror, no quería decir eso.
Es lo que suelen decir… de los franceses.
No conozco a muchos, así que no sé por qué lo he dicho.
Lo siento —se mordió el labio inferior, maldiciendo su metedura de pata.
¡Ella, que siempre pensaba las cosas antes de hablar!
Joyce se echó a reír a carcajada limpia. Leire lo miró, desconcertada.
—Tranquila. Conozco nuestra fama y a veces nos la ganamos a pulso. Pero no todos somos iguales; somos divertidos, bailamos, reímos… como cualquier otra persona, ¿sabes? No nos pasamos la vida siendo unos antipáticos.
—Supongo que no —admitió Leire un poco sonrojada por su desliz.
—¿Qué tal si te lo demuestro? —Joyce la miró con un brillo divertido en los ojos mientras le tendía la mano—. ¿Sería tan amable, mademoiselle , de acompañarme a la pista de baile?
Ella observó la mano del francés. Dudó un segundo, pero sin embargo, terminó por aceptar el gesto. ¿Por qué no? ¿Qué podría salir mal? Un poco de distracción era justo lo que necesitaba para borrar el mensaje de Hugo de la cabeza.
—¿Pista de baile? ¿Acaso estamos en los años ochenta?
— Mademoiselle , sería un poquito más sencillo si usted no fuese tan impertinente.
Leire esbozó una auténtica sonrisa y lo siguió hasta el corazón de la discoteca.
Ambos se sumergieron entre la muchedumbre justo cuando los altavoces sonaron al son de « Criminal », de Ana Mena y Fred de Palma, mientras a lo lejos Chloe e Iván los miraban con una sonrisa socarrona.
—¡No serás borde como yo pensaba, pero bailar se te da un poquito mal! —le gritó Leire para hacerse oír por encima de la música.
Joyce sonrió, fascinado por la chispa de la chica que tenía ante él.
—¡ Au revoir a mi autoestima! ¡Me acabas de romper el corazón! —Se llevó la mano al pecho, fingiendo que las palabras de Leire habían sido un puñal directo al centro de su orgullo.
—¡No te ofendas! Yo tampoco soy una experta, pero al menos no me estás pisando los pies como hacen casi todos —le contestó ella entre risas.
—¿Has bailado con muchos chicos?
—Con algunos.
—Seguro que ninguno de ellos te ha dicho « tu es tellement belle » mientras bailabas.
El tono sutilmente más grave de Joyce y el sonido de aquellas palabras en francés le provocaron un escalofrío inesperado que sintió en su nuca.
—No, no había tenido la suerte de tropezar con un francés.
Supongo que siempre hay una primera vez para todo —respondió, pero en ese momento giró la cabeza hacia su amiga, que sostenía como podía a un Iván completamente borrachísimo—.
Lo siento, el deber me llama —le indicó señalando a su grupo, especialmente hacia su amigo.
Joyce miró en la misma dirección y asintió con una mueca de simpatía.
— Merci , Joyce. Ha sido un placer bailar avec toi ce soir —se despidió ella con una sonrisa juguetona y dejando a Joyce totalmente enmudecido por su repentino correcto acento.
Antes de que pudiera dar media vuelta, los dedos de Joyce la sujetaron suavemente de la mano, deteniéndola.
— Enchanté —le susurró muy cerca del oído, provocándole un nuevo escalofrío—. Ojalá podamos volver a vernos.
—Quién sabe, igual es cosa del destino.
Leire alzó los hombros y sin mirar atrás, fue al rescate de sus amigos y salió del local, completamente inconsciente de que la mirada de Joyce no dejó de seguirla hasta que cruzó las puertas de salida.
Quizás el destino había decidido echarle una mano para olvidar el sabor amargo que le había dejado su incipiente ruptura con Hugo.