Capítulo 3
Al día siguiente, Leire fue incapaz de pensar en otra cosa que no fuera aquella maldita carta.
¿Por qué su abuela habría hecho algo así?
Bien era cierto que la anciana no había sido una mujer común; al contrario, destacaba entre la multitud gracias a una personalidad única y diferente a la del resto.
Leire, que trabajaba como editora en un gran sello editorial, decidió ese mismo día solicitar los días libres para poder cumplir con la última voluntad de su abuela.
No iba a ser ella quien dejara el sobre a un lado e hiciera caso omiso de lo que estaba escrito en él.
Así que, tras una larga conversación con su jefa, salió del trabajo con una sonrisa en los labios: solo quedaban dos semanas para las vacaciones de Navidad.
Como estaba tan contenta, pensó que quizá era un buen momento para llamar al chico con el que llevaba saliendo unos meses para contárselo y pedirle opinión.
Era verdad que no eran novios, pero todo ese tiempo había sido muy bonito para ella y le apetecía compartir una situación así con él.
Sin darle más vueltas, se decidió a llamar a Hugo, un chico con cierta pinta de macarra pero que, en el fondo, era buena persona…
o eso creía ella. Sacó el teléfono del bolso y marcó su número.
—¿Hola? —respondió una voz chillona al otro lado del teléfono.
Leire se extrañó. ¿Quién era esa chica? Si bien recordaba, Hugo no tenía hermanas y sus padres no vivían en la misma ciudad que él.
—¿Quién eres? —preguntó, tensando el tono—. Preguntaba por Hugo.
—¿Quién eres tú? Soy Amanda, su novia.
El suelo pareció temblar ante sus pies. La mano que sostenía el teléfono se le puso rígida, tanto que sus nudillos comenzaron a volverse completamente blancos.
Apretó con fuerza los dientes, esperando una respuesta coherente a todo aquello.
¿Su novia? ¿Pero no le había dicho que estaba soltero?
Un cúmulo de rabia empezó a brotar en su interior.
—¿Hola? ¿Sigues ahí? —insistió la voz.
—Eh… sí, perdona. Dile a Hugo que ha llamado su amiga Leire. Necesito contarle algo importante.
—Espera, te lo paso.
Leire oyó ruidos extraños y una conversación amortiguada que no llegó a discernir. El corazón le bombardeaba a mil por hora, imaginando miles de palabras malsonantes que podía soltarle ahora mismo a través del teléfono.
—Leire, ¿hola? —La voz de Hugo sonaba sorprendida, con un hilo de aire que dejaba entrever la sorpresa de la llamada y la incomodidad de la situación.
Leire no titubeó. Aunque aquello le dolía, no quería montar un escándalo y mucho menos, hacerle ver a Hugo que aquello le acababa de romper en pedazos.
—Creo que se te olvidó mencionar un detalle bastante importante cuando nos conocimos, ¿no te parece? —Su voz daba a entender de forma cristalina que estaba furiosa. Hugo y ella no eran pareja, pero no por ello debía engañarla de esa manera y, menos aún, jugar así con los sentimientos de su novia.
—Leire, lo siento. Quería decírtelo… yo…
—¿¡Cuándo pensabas decírmelo!? —escupió ella, cortándolo en seco—. ¿Desde hace cuánto estás con ella?
—Un mes…
Leire soltó una carcajada amarga para tratar de lidiar con aquella conversación que quería terminar lo antes posible.
—¿¡Un mes!? Tienes suerte de que yo no sea tan mala persona como tú, pero te juro que no me faltan ganas de contarle a Amanda tus aventuras de la semana pasada.
—Leire…
—¡No, escúchame! —dijo sin darle pie a decir nada más—. Si no quieres que tenga una conversación con ella y se lo cuente todo, hazme un favor. Ten un poco de decencia y no vuelvas a llamarme ni a escribirme. Borra mi número y deja de seguirme en todas las redes sociales, ¡so cerdo!
Pulsó el botón de colgar y soltó un grito de pura frustración. ¡Qué asco de hombres! ¿Es que no se podía confiar en ninguno? Furiosa, caminó dando grandes zancadas hacia la cocina; con las manos todavía temblorosas, comenzó a prepararse una manzanilla.
Estaba sola en casa; sus amigos seguían trabajando, lo que hacía que las paredes amenazaran con caérsele encima.
Para obligar a su mente a quedarse en blanco, empezó a recoger las tazas secas del lavavajillas y a alinear los cojines del salón con cierta brusquedad y apilar los libros de la mesita con una energía violenta, concentrando toda su atención en que todo estuviera en perfecta armonía.
Una hora después, Chloe llegó de trabajar. Había sido otro día más en el que el estudio de fotografía para el que trabajaba le mandaba hacer las fotos que nadie quería hacer. Se quitó las botas de mala manera y las dejó desordenadas en la entrada.
—Mm… ¿a qué huele aquí? ¿Leire? ¿Has cocinado? —preguntó en voz alta desde el pasillo.
Chloe se adentró en la cocina, dejándose guiar por el delicioso aroma que impregnaba la casa. Al ver a su amiga frente a los fogones, se detuvo en el umbral con los ojos abiertos de par en par.
—¿Fajitas? ¿De verdad has preparado fajitas? ¿Tú?
—No te extrañes tanto, amiga, ni que fuera la primera vez que hago algo —Leire seguía concentrada ante los fogones; había dejado sofriendo las verduras y acababa de echar el pollo a la sartén, añadiendo un condimento que intensificó el olor de inmediato.
—Bueno… cocinas más bien poco, Leire, y lo sabes. ¡Pero qué bien que hayas decidido preparar la cena! ¿A qué debo el honor? —Chloe esbozó una amplia sonrisa mientras comenzaba a quitarse el bolso y el abrigo.
—Hugo tiene novia. Lo llamé para contarle lo de mi abuela y me lo ha cogido una chica que, al parecer y por una obra macabra del destino, ¡es su novia!
El muy gilipollas ha tenido la poca vergüenza de admitir que llevaban un mes saliendo.
¡Harta! ¡Estoy harta! —Dejó caer la espátula con fuerza sobre la encimera, un golpe seco que hizo que Chloe se sobresaltara.
—¡Bueeeeeno! ¿Qué tal si me dejas acabar las fajitas a mí, eh? Vamos a tranquilizarnos un poquito —Chloe le quitó el delantal a su amiga para ponérselo ella misma, cogió el utensilio y siguió removiendo la comida—. ¡Esto está prácticamente listo!
Vertió el sofrito en un bol y calentó unas tortillas de trigo en el microondas. En cuanto terminó, sirvió las raciones y colocó los platos sobre la mesa.
—Gracias. Siento haber gritado de esa manera. Es que me cabrea muchísimo que haya jugado así conmigo.
Notó cómo se le humedecían los ojos. No quería llorar, porque en el fondo sabía que alguien como Hugo no merecía sus lágrimas.
Sin embargo, no lloraba por él, sino por la certeza de que, una vez más y sumando otro desastre a su historial amoroso, Leire sentía que no había sido suficiente para nadie.
Eso era, sin duda, lo que le cortaba la respiración.
Chloe, ajena al nudo que se le formaba en el pecho, le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja mientras la miraba con compasión.
—Cielo, no pasa nada, tienes todo el derecho del mundo a estar cabreada —la consoló—. Lo de ese imbécil no tiene nombre, pero ahora mismo ya no se puede hacer nada. Lo que sí podemos hacer es irnos este fin de semana de fiesta, ¡para celebrar que nos vamos a Colmar en pocos días!
—Sí, suena bien. Nada me apetece más que un poco de música y buena compañía —Leire sonrió, un poco más aliviada, y miró a su amiga—. ¿Y tú? ¿Qué tal con Biel?
—Bien, aunque aún no hemos profundizado en lo nuestro… no hemos hablado del futuro —Chloe bebió un poco de agua antes de proseguir—. Tampoco estoy segura de si es el hombre de mi vida; hay algo ahí que me falta.
—¿Y no sabes qué es?
Chloe negó con la cabeza. Llevaba un tiempo viéndose con aquel chico de ojos marrones y tez ligeramente morena, bastante atractivo y muy extrovertido.
Sin embargo, sentía que, pese a la buena sintonía que había entre ellos, no resultaba suficiente como para formalizar una relación.
Todavía no había llegado esa persona con la que experimentar una conexión lo bastante fuerte como para comprometerse.
—Tendrás tiempo para ello. Y si no, ya sabes lo que digo siempre…
—¡Hay más peces en el mar! —completó Chloe.
Ambas asintieron sonriendo y, pese a que solo tenían vasos de agua, brindaron la una con la otra. Su amistad era lo mejor que les había podido pasar; al fin y al cabo, se habían encontrado en un momento bastante vulnerable de sus vidas.
—Mi conexión más fuerte ha sido contigo —intervino Chloe—. No sé qué haría sin ti.
—Anda, deja de hacerme la pelota. Ya sabes que yo también te quiero.
Terminaron de cenar hablando de trivialidades y temas sin mayor importancia, hasta que Iván llegó al piso, visiblemente agotado tras su jornada laboral.
—¡Chiquis, estoy en casa! ¡Uy, qué bien huele! ¡Decidme que me habéis guardado algo!
—¡Siiiii! —respondieron Leire y Chloe al unísono.
—Pero tendrás que recalentarlo, ya debe de estar frío —advirtió Chloe.
Iván se encogió de hombros y metió el plato con las sobras en el microondas.
—Te veo… abatido. Parece que acabas de regresar de combatir en una guerra —comentó Leire mientras daba un sorbo a su infusión.
—Entre los descuentos y los preparativos para la campaña de Navidad, me tienen harto. ¡Menos mal que tengo las vacaciones para irme con vosotras! Odio trabajar de cara al público; la mayor parte de las veces me gustaría darle una colleja a más de uno.
Leire y Chloe se echaron a reír, pero Iván no había terminado con su drama.
—¡Que sí, que es verdad! —insistió, alzando la mano en el aire como si estuviera señalando un cartel invisible en mitad de la cocina—.
Preguntan cosas sin sentido, no leen… Una señora me ha preguntado hoy si, al comprar una prenda, la segunda unidad le salía gratis.
¡Que no, señora! ¡Que pone bien grande: «SEGUNDA UNIDAD AL CINCUENTA POR CIENTO»!
—Bueno, sinceramente, nadie puede ser más tonto que Hugo —soltó Leire con total tranquilidad.
Iván se giró para mirarla, impresionado por aquella revelación espontánea.
—Ya sabes, ¡lo típico! Una sale con un chico y de repente, ¡sorpresa!
Resulta que tiene novia… ¡desde hace un mes! ¡Un clásico del romance moderno!
Leire volvió a dar un sorbo a su infusión como si acabara de comentar el último episodio de su serie favorita. Chloe puso los ojos en blanco mientras Iván parpadeaba varias veces seguidas, procesando la información.
—¿¡Cómo!? Uy, pero qué cabrón el pimpinelas este. ¿Quién se ha creído que es? ¿David Beckham? ¿Theo James? ¿Ryan Gosling? O espera… ¿acaso se cree Maxi Iglesias?
—Después de que hayas enumerado a tus principales amores platónicos…
sí, no sé quién se cree que es —respondió Leire con una sonrisa amarga—, pero me ha estado ocultando que tenía pareja desde hace un mes y, como comprenderás, me he cabreado muchísimo.
Pero no os preocupéis, estoy bien. Solamente me da rabia que la gente no tenga responsabilidad afectiva; un poco de empatía debería regalar Santa Claus estas Navidades, que a más de uno le hace falta.
—Y por eso… —intervino Chloe—. He decidido que lo mejor es que este viernes salgamos de fiesta. ¿Qué me dices? ¿Te apuntas?
Iván y Chloe se miraron el uno al otro y, al instante, él comenzó a dar saltitos de emoción.
—¡Vamos! ¡Nos vamos de parranda! Quizás esté mi Maxi Iglesias de la suerte esperándome en la barra del bar.
Chloe negó con la cabeza. Su amigo no tenía remedio, pero si alguien se ganaba a pulso el título de alma de la fiesta, ese era Iván.