Capítulo 2
Leire caminó hacia la casa que compartía con su mejor amiga, Chloe, y con su amigo Iván.
Ellos no solo eran sus compañeros de piso, sino sus dos pilares fundamentales.
Aunque sus padres habían insistido en que leyese aquella carta con ellos, sentía que era algo que tenía que hacer a solas; ya habría tiempo de comentárselo.
Su abuela, por alguna extraña razón, le había dejado la casa y el sobre exclusivamente a ella.
¿El motivo? No lo sabía. Pero sí creía que había algo más esperando ahí fuera: una especie de mensaje o de legado que su abuela le había confiado por un insólito motivo que aún estaba por descubrir.
Tras llegar a casa, su amiga Chloe se abalanzó sobre ella y le dio un largo y cálido abrazo.
—Te he echado de menos.
—Chloe, me viste hace dos días. Es imposible que me hayas podido echar de menos.
Leire se zafó como pudo del efusivo abrazo de su amiga y comenzó a quitarse el abrigo. El invernal ambiente empezaba a asentarse en la capital madrileña y, a pesar de que en pleno mes de noviembre ya deberían estar tiritando, el auténtico invierno todavía se resistía a llegar del todo.
—Pues por eso mismo, cabeza hueca, dos días sin ti es como vivir en el infierno. ¿Tú eres consciente de la que se ha liado en esta casa? —Leire arrugó el ceño y su amiga le hizo una seña con la cabeza en dirección a la habitación de su compañero Iván.
—Ah, sí, me lo puedo imaginar. ¿Ha intentado probar suerte con una de sus últimas conquistas?
—Efectivamente. No veas lo difícil que se me ha hecho intentar dormir sin ti.
—¿Estáis hablando de mí? —Iván apareció en calzoncillos, con la bata abierta y unos calcetines de flamencos que le llegaban casi por las rodillas. Sostenía una taza de Stitch en la mano y lucía una sonrisa de oreja a oreja que hizo que se le subieran un poco las gafas redonditas.
—Es que ya te vale. No sé cómo no salen huyendo al verte. ¿Tú te has dado cuenta de las pintas que llevas? —Chloe lo señaló de arriba abajo y Leire no pudo evitar soltar una pequeña risa.
—Las buenas galas se reservan para la noche.
Al día siguiente, nadie me puede impedir que aparezca con pintas de comerme el mundo cabalgando en un unicornio —Iván se miró los calcetines y se pasó una mano por el pelo—.
No sé, chicas, pero yo me sigo viendo buenísimo. Tenéis la vista un poco atrofiada.
Chloe resopló y se sentó en la mesa de la cocina, con una taza humeante de café entre las manos.
—La noche de ayer fue un escándalo, por cierto —retomó él—. Ningún chico decente en el mercado. Todos heteros. ¡Así no se puede, chicas! De verdad que no se puede.
—Leire, corazón. ¿Quieres contarnos qué tal ha ido la lectura del testamento? —Chloe hizo caso omiso de su amigo, que parecía no darse cuenta de lo que era realmente importante en ese momento, mientras le lanzaba una mirada fulminante.
—Eso, cuéntanos. ¿Tu abuela ha decidido dejarte todo su imperio? —intervino Iván. Chloe le dio un codazo y le ordenó con la mirada que se callara, que no era momento para hacer bromas—. Lo siento. No quería sonar… em… poco empático —rectificó él de inmediato.
—No pasa nada. Lo cierto es que no vas muy mal encaminado.
Iván y Chloe se removieron en sus asientos, expectantes. Leire mantuvo la mirada en ellos un par de segundos antes de continuar:
—Pues… resulta que mi abuela ha decidido dejarme una propiedad en Colmar.
—¿Colmar? ¿Dónde está eso? ¿En Marte? —preguntó Iván. Chloe volvió a darle un codazo y puso los ojos en blanco.
—¡Mira que eres memo! ¡Está en Francia, imbécil! ¿Qué hace tu abuela con una propiedad allí? ¿Tú lo sabías?
Leire negó con la cabeza y se sentó en la silla que quedaba frente a ellos. Sacó la carta del bolsillo trasero de su pantalón y sus compañeros de piso la miraron sin entender nada.
—Es la primera noticia que tengo. Y además…
me ha dado esto —les acercó el sobre. Iván lo cogió sin ningún tipo de miramiento y comenzó a observarlo como si fuese a adivinar un código secreto—.
La escribió solamente para mí. Y la verdad es que no entiendo por qué motivo mi abuela tenía una casa en Colmar, y mis padres tampoco sabían nada de ello.
—Wow, tu abuela era una señora muy misteriosa. Igual la usaba para vender droga, vete tú a saber —comentó Iván. Esta vez recibió una colleja bastante fuerte de parte de Chloe.
—¡Auuu!
—Ya te vale, Iván —murmuró Chloe entre dientes. Acto seguido, cogió de las manos a su amiga y se las acarició con dulzura—. Lo siento, cielo. ¿Hay algo que podamos hacer por ti?
Leire negó de nuevo con la cabeza.
—Bueno, en realidad, creo que sí hay algo que me gustaría que hicieseis por mí —admitió.
Al oírla, Iván levantó la cabeza y dejó la carta en el centro de la mesa—.
Quiero que leáis la carta junto a mí. No estoy segura de lo que me voy a encontrar en su interior y, la verdad, me da un poco de miedo hacerle frente yo sola.
No creo que tenga la fuerza suficiente para ello.
—Claro, lo que necesites —Chloe esbozó una amplia sonrisa y Leire se la devolvió. ¿Qué haría sin ella? Sin embargo, en un descuido, Iván volvió a coger la carta e hizo ademán de abrirla.
—¡Mira que eres desgraciado! —Chloe le arrebató el papel de las manos y se lo devolvió a Leire—. Ha dicho que la leamos con ella, no que la abras y la leas por ella.
—Lo siento, ¡es que me puede el misterio! —se justificó Iván mientras se removía impaciente y se reajustaba las gafas—. Pero sí, creo que es algo importante y debes ser tú quien lo abra.
Leire le sonrió. Iván era especial a su manera y ella lo adoraba igual. Acto seguido, comenzó a rasgar el sobre.
—¡Pero date prisa, por Dios!
—Déjala que se tome su tiempo. ¿Es que tienes prisa?
—No, pero a las seis juega el Atleti contra el Real Madrid ¡y ya sabes que no me pierdo ningún partido! —protestó Iván.
—¡Qué pesadilla! Empiezo a pensar que debiste darte un golpe en la cabeza al nacer —se burló Chloe.
Iván le devolvió una mueca mientras Leire sacaba la carta. La desplegó con cuidado, apreciando la preciosa letra de su abuela; cualquiera habría dicho que aquella caligrafía pertenecía a un manuscrito antiguo, de esos que merecen estar expuestos en un museo.
Leire miró a sus amigos y ellos le hicieron una seña con la cabeza para que comenzara a leer en voz alta:
Querida Leire:
Si estás leyendo esto es porque yo ya no formo parte de este mundo. Bueno, al menos mi cuerpo físico no. Mi alma seguirá deambulando por las calles de Malasaña por las que tanto me gustaba pasear o inhalando el aroma fresco del Retiro.
El propósito de esta carta es expresarte mi más sincero agradecimiento por todo lo que has hecho por mí.
Sé que hemos tenido nuestras diferencias y que a veces no os lo he puesto fácil.
Sé que tu padre ha tenido que aguantar a una madre un poco terca y testaruda, cascarrabias en ocasiones, pero gracias a tu incansable esfuerzo por hacerme ver la vida de otra manera, lograste que la relación con mi hijo no se fuese al traste con el tiempo.
Te estaré eternamente agradecida por no dejar que eso pasara.
No era consciente de lo nublado que tenía el juicio y, sin quererlo, dejé que el dolor y la pena me consumieran, ahogándome sola en una copa de vino.
Pero tú, querida nieta, nunca te rendiste, y me diste la oportunidad de disfrutar de mi hijo lo que me quedaba de vida.
Esos años no los cambio por nada del mundo. Así que gracias.
En este preciso instante, acabo de tomar la decisión de dejar por escrito mi testamento.
Y junto a él, esta carta. Una ya tiene ochenta y siete años y no sabe cuándo se va a morir…
No quiero que la vida me sorprenda y no pueda decirte lo mucho que te quiero y lo mucho que te querré siempre, esté donde esté.
Leire, tienes el alma más bonita que un ser humano puede albergar en su interior y te mereces todo lo bueno que la vida pueda darte.
Yo sé que la vida a veces es complicada, ¡qué me vas a contar a mí!
Una guerra civil, una guerra mundial, la dictadura franquista y el COVID…
¡Anda que no me ha sorprendido la vida ni nada!
Y aquí estoy, sana y entera a mis ochenta y tantos años.
Claro que, cuando estés leyendo esto, muy sana ya no estaré…
estaré enterrada bajo tierra o mis cenizas habrán volado hasta el País de Nunca Jamás…
¡Bueno! ¡Me enrollo más que las persianas, querida!
Tú eso lo sabes bien. No sé cuántas veces has aguantado que te contara la misma historia una y otra vez y nunca me has interrumpido ni me has recordado que ya te la sabías de memoria.
Cuando digo que tienes un corazón enorme y bonito, lo digo de verdad. Eres incapaz de matar a una mosca.
Leire, corazón. Solo quiero decirte que te he querido como a nadie y que tus padres me hicieron la mujer más feliz sobre la faz de la tierra al darme a una nieta como tú.
Cuando vi por primera vez esos ojitos color avellana, no cabía en mí de la emoción.
Eras como un ángel caído del cielo y ahora que eres toda una mujer, eres como mi ángel de la guarda.
Por este motivo, quiero dejarte una propiedad que tengo en Colmar, Francia.
Nadie sabe de su existencia. Excepto yo.
Quiero que vayas a esa casa, pero prométeme y cumple, como última voluntad de tu abuela, que seguirás los siguientes pasos:
1. Ve a mi habitación y abre el tercer cajón del joyero que está en la cómoda. Allí encontrarás las llaves.
2. Ve en diciembre. Tienes que respirar el ambiente navideño para entenderlo. ¡Y llévate a tus amigos! La aventura se vive mejor si es en buena compañía.
3. Rebusca en el despacho de la casa e indaga en su interior. Lee y descubre la historia de tu abuela.
4. Conoce cada rincón de Colmar y viaja por sus cafeterías y sus tiendas.
5. Y sobre todo, déjate llevar por la magia de la Navidad.
Te quiere, con amor.
Tu abuela, Berta Agramonte Menéndez.
Leire dobló la carta mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Sus amigos no pudieron evitarlo y se acercaron a ella, fundiéndose los tres en un fuerte abrazo.
—¡Qué bonita era tu abuela! —Iván se limpió el rostro mojado con el dorso de la mano.
—Era la mejor —sentenció Leire—. Bueno, pues parece que en diciembre nos vamos de viaje.
Todos sonrieron mientras Leire se enjuagaba los ojos antes de volver a abrazar a sus amigos; lo hizo con tanta fuerza que sintió que aquel gesto, en realidad, se lo estaba dedicando a su abuela Berta.