Capítulo 1
Leire estaba conmocionada. La muerte de su abuela Berta le había dejado un gran vacío en el fondo de su corazón.
Era cierto que la mujer tenía una personalidad muy particular, pero en el fondo se hacía querer.
En los últimos años, los padres de Leire, Marisa y Leonardo, habían superado muchas de las rencillas que arrastraban desde hacía tiempo.
Aunque la relación no era de excesiva confianza, habían logrado establecer un trato más que cordial; habían vuelto los domingos de comida familiar y Leire sonreía al ver a su familia unida de nuevo.
La muerte de su abuelo, hacía cuatro años y a causa de una horrible enfermedad, provocó que su abuela decidiera distanciarse.
Se ahogó en el dolor y en la negación a aceptar esa realidad tan dolorosa que la consumía día tras día.
Para Berta, el contacto con su entorno más cercano solo empeoraba las cosas.
Sus padres no lo entendieron; se enfadaron ante las constantes evasivas de la mujer y se embarcaron en una relación que sobrevivía a duras penas, a base de discusiones telefónicas.
Sin embargo, suelen decir que el tiempo todo lo cura.
Berta, con el apoyo incondicional de su nieta Leire, terminó por ponerse en manos de un profesional.
Al principio se rehusaba a ello; no estaba segura de que ver a un psicólogo dos veces al mes fuese a servirle de algo.
Pero así fue. Después de mucho trabajo, logrando descifrar las emociones más ocultas de su alma, Berta pudo seguir adelante.
Su nieta tenía razón. Parecía que las nuevas generaciones habían aprendido más sobre el cuidado de la salud mental que aquellos que las habían precedido, y Berta siempre se lo agradeció.
A partir de ese momento, la relación familiar fue mejorando y, poco a poco, recuperaron la cercanía que alguna vez los unió, basada en el cariño y el afecto que siempre se tuvieron.
No obstante, la ley de la vida terminó por imponerse: Berta falleció de un infarto a los ochenta y nueve años.
Leire lloró desconsoladamente. Era la única abuela que le quedaba, la madre de su padre, y tras haber logrado sanar el vínculo entre ambas, sentía que el destino les debía un poco más de tiempo. Un cierre menos abrupto. Un adiós más justo.
Pero a veces la vida era caprichosa y, por mucho que se deseara que todo siguiera un curso determinado, la realidad era que las circunstancias jugaban sus propias cartas, como si una fuerza invisible manejara los hilos a su antojo.
Por más que se luchara, el destino, de algún modo, ya estaba escrito, impidiendo cambiar aquello que parecía inevitable.
Una semana después de la misa y el entierro, Leire, aún con el corazón encogido, reunió el valor para volver a la casa de su abuela y empezar a recoger sus cosas, enfrentándose al silencio y a los recuerdos que llenaban cada rincón.
Observó con pena la vivienda. Sin su presencia, era como si aquella casa hubiese perdido el color; como si, al estar ella, todo se llenase de una energía rebosante y de una magia que flotaba en el ambiente.
Sin embargo, su ausencia se sentía como una sombra persistente, instalada en cada esquina, negándose a marcharse.
El aire era frío y denso, como si el propio hogar hubiese contenido la respiración durante días.
Nadie había encendido la calefacción en toda la semana, y el silencio calaba tanto como el frío invierno.
Leire recorrió cada habitación con pasos lentos, casi arrastrando los pies, como si temiera borrar con su presencia los últimos pasos de su abuela.
Entró con cautela en su dormitorio. De pronto, sintió un revoloteo en su interior y una sensación agridulce se apoderó de ella.
Se sentó en la cama y acarició suavemente el edredón mientras observaba detenidamente las fotos que su abuela tenía en la mesita.
En una de las imágenes aparecían Berta y su abuelo; en la otra, toda la familia reunida en una foto que se tomaron cuando Leire tenía unos diez u once años.
Estaban sus padres, Marisa y Leonardo, y también su abuela Berta.
Al verla, Leire rompió a llorar. Tras la muerte de su abuela, podía apreciar cómo la tristeza comenzaba a crecer en su interior conforme pasaba el tiempo, hundiéndose en lo más hondo de su ser.
Cogió ambas fotos y se las llevó consigo; al menos, quería conservar el único recuerdo que podía quedarle de ella.
—Ay, cariño. Nosotros también la vamos a echar de menos.
Marisa se sentó al lado de su hija y le pasó un brazo por encima.
—Tuvimos unos años difíciles, pero conseguimos superarlos y, la verdad, la pobre mujer era un encanto. Tu padre está muy afectado, pero estoy segura de que con el tiempo y con nuestro apoyo logrará que cada vez le duela menos.
Leire asintió; no sabía qué decir. Creía que había momentos como ese en los que, a veces, no había palabras suficientes para describir lo que uno sentía.
Sonaron unas pisadas y la imagen de su padre apareció por la puerta.
Tenía la mirada cansada, unas grandes ojeras y bolsas bajo los ojos, que estaban rojos de tanto llorar.
—Me ha llamado el notario —anunció Leonardo—. Quiere que la próxima semana vayamos los tres a la lectura.
El hombre alzó la vista, miró a su hija, tragó saliva e hizo ademán de irse de nuevo. Su madre asintió y ambas se quedaron mirando las fotografías que Leire sostenía en las manos, sin saber qué más decir.
La semana pasó y el día del testamento llegó.
Leire se mostraba inquieta. El notario había insistido varias veces en que en la lectura debía estar la unidad familiar al completo: Leonardo, por ser el hijo de Berta; su madre y ella, como nieta de la fallecida.
No entendía a qué venía tanta insistencia en que ella también asistiera, así que la incertidumbre la tenía un poco en ascuas.
¿Qué le quería decir el notario con eso? ¿Acaso su abuela le había dejado algo?
Cuando llegaron, notificaron en la recepción que tenían una cita con el notario, Antonio del Río, para leer el testamento de Berta. Apenas esperaron diez minutos cuando un señor de unos cincuenta años, vestido con un elegante traje, salió a recibirlos.
—¿Familiares de Berta Agramonte Menéndez? —preguntó. Todos asintieron mientras le estrechaban la mano.—Bienvenidos, soy Antonio del Río, el notario que los atenderá hoy. Pasen conmigo, por favor.
El despacho lucía elegante, con cuadros que daban luz y color a un lugar que, en otra ocasión, habría podido pecar de tétrico. Se sentaron en las sillas ubicadas frente a la gran mesa de despacho y aguardaron en silencio, mientras el hombre se disponía a sacar el papeleo correspondiente.
—Buenos días. Como os he comentado, soy Antonio del Río y voy a proceder a leer el testamento que la señora Berta Agramonte Menéndez ha dispuesto para ustedes.
El hombre fue leyendo, poco a poco, las últimas voluntades de la anciana. Había dejado su residencia habitual a nombre de su hijo, así como diversas tierras de su propiedad.
—Instituyo como heredero universal de todos mis bienes e inmuebles a mi hijo, Leonardo. Asimismo, lego a mi nieta, Leire, la plena propiedad del inmueble de mi titularidad sito en la rue Saint-Nicolas, número…
Leire había dejado de escuchar lo que le decía el notario. ¿Que su abuela qué?
—… en Colmar, Francia, con todos sus usos, derechos y pertenencias —continuó el notario, ajeno al escepticismo de Leire.
Sus padres la miraron, sorprendidos, y ella no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Su abuela le había dejado una casa? ¿En Colmar? ¿Francia? Su cabeza no lograba comprender nada.
—¿Desde cuándo mi madre tenía una casa en Francia? —le murmuró Leonardo a su esposa.
Marisa alzó los hombros, igual de sorprendida y confusa que su marido.
—Disculpe, eh, Antonio. ¿Está usted completamente seguro de que esa propiedad era de mi madre y de que se la ha dejado a mi hija?
El notario se rio.
—Oh sí, claro que estoy seguro. Su madre me lo dejó más que claro y, de hecho, también quiso que le entregara esto a su nieta cuando llegara este momento.
El notario buscó en su expediente y le entregó a Leire un sobre con su nombre escrito en él.
—Bueno, tienen mucho trabajo por delante y muchas cosas de las que ponerse al día —continuó el hombre—, así que, una vez leído el testamento y firmados los documentos pertinentes, los dejo tranquilos.
Creo que tienen muchas cosas de las que hablar.
Sobre todo, usted debe leer esa carta para entender a su abuela.
El notario miró a Leire y le sonrió.
La joven, un poco aturdida por lo que acababa de pasar, salió del despacho junto a sus padres, con la carta aún cerrada y el corazón en un puño.
¿Ahora tenía una casa en Francia? ¿Por qué su abuela tenía una casa en territorio francés y nadie de su familia lo sabía?
¿Acaso era un secreto? ¿Y por qué se lo había dejado exclusivamente a ella?
Leire no conseguía encontrar las respuestas para todas aquellas preguntas que se agolpaban en su cabeza, así que caminó hacia su casa, dispuesta a leer esa misteriosa carta cuando estuviera cómoda y un poco más tranquila.
¿Qué aguardaba en su interior?