Capítulo 27
Dos futuros
Regresó a la casa Klein poco después del mediodía. Nikolaus intentó preguntarle qué había sucedido pero Maria no respondió.
—Necesito estar sola.
Su padre la observó. Quizá vio algo en su rostro que le hizo comprender que insistir sería inútil.
Asintió. Maria subió, cerró la puerta de su dormitorio y entonces se apoyó contra ella.
Todo el cuerpo empezó a temblarle. Johann.
Herzfeld. No podía continuar pensando en ambos nombres como si fueran únicamente dos hombres.
Eran dos formas distintas de futuro. Caminó hasta el tocador.
Abrió el cajón. La caja negra estaba allí.
Había guardado el anillo Goldmann antes de marcharse, incapaz de dejarlo abajo, incapaz también de llevarlo consigo a casa del hombre con el que debía casarse.
Lo sacó. Permaneció varios segundos sosteniéndolo.
Después abrió la caja. El diamante antiguo y los zafiros oscuros la esperaban.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Maria lo tomó, lo deslizó por el dedo. Encajó.
La reacción fue inmediata. Un vuelco brutal.
Después una oleada de náuseas. Maria llevó la otra mano al vientre.
Se miró en el espejo. El anillo Goldmann… Su mano. Maria Goldmann…
La imagen apareció en su cabeza con tanta violencia que tuvo que agarrarse al borde del tocador.Johann, la casa, Anna, sus cartas, la noche del jardín, sus manos, su voz.
Siempre te volvería a amar.
Sintió que iba a vomitar. Se quitó el anillo de golpe, lo dejó dentro de la caja, cerró la tapa.
Respiró.
Una vez.
Otra.
No era rechazo. Eso era lo peor. No se había sentido enferma porque no quisiera aquella vida. Se había sentido enferma porque la deseaba demasiado. Y porque desearla significaba renunciar a otra. Abrió entonces el pequeño bolso. Sacó la esmeralda de Herzfeld. La dejó junto a la caja negra.
Dos anillos.
Uno abierto solo unos minutos antes. El otro todavía sin volver a su dedo.
Maria se sentó. Y el día empezó a hacerse interminable.
Pensó en Johann… Pensó en el muchacho que había huido al ejército para no convertirse en una pieza de su padre.
En el hombre que había aprendido a amarla en cartas.
En aquel que había regresado endurecido, distinto, pero todavía incapaz de separar el amor que sentía por ella de la guerra que sostenía contra Karl.
Pensó en el jardín y el cuerpo recordó antes que la mente. Cerró los ojos.
No.
Aquello tampoco podía decidir por ella.
Deseaba a Johann. Lo amaba. No había manera digna de suavizar esa verdad.
Johann había sido el primer hombre capaz de hacer que el mundo desapareciera cuando la miraba.
Con él todo parecía demasiado vivo. Los silencios tenían significado, las manos tenían memoria, las habitaciones se hacían pequeñas.
Hasta el dolor parecía adquirir una intensidad que la obligaba a reconocerse de maneras que nunca había conocido antes.
Pero también había llorado por él más que por cualquier otra persona. Había esperado, había dudado de sí misma, había sido elegida y rechazada demasiadas veces por el mismo hombre. Johann sabía incendiarla. Maria no sabía todavía si sabía cuidarla.
Entonces pensó en Herzfeld. En cómo había pedido permiso antes de abrazarla. La memoria de aquel abrazo produjo un calor inesperado bajo su piel. Maria abrió los ojos. Eso también era verdad; había sentido algo.
No podía fingir que no. Recordó la firmeza de su pecho, el perfume, el modo en que había retrocedido al sentirla tensa. La mirada de Herzfeld cuando sus rostros habían quedado demasiado cerca. Había deseo allí.
Y, por primera vez, Maria había respondido. No como respondía a Johann. No con aquella violencia inmediata que parecía arrancarle el pensamiento del cuerpo. Pero sí con algo… curiosidad, nerviosismo, posibilidad.
Pensó en las palabras del marqués.
La integridad de una mujer no reside en llegar intacta a un matrimonio. Reside en llegar verdadera.
Maria apoyó la frente sobre las manos.
¿Cómo podía elegir entre un hombre que la había amado tan mal durante tanto tiempo y acababa de aprender a hacerlo bien, y otro que parecía haber sabido hacerlo bien desde el principio?
La tarde avanzó. No comió. La doncella dejó una bandeja y regresó una hora después para encontrarla intacta.
—Señorita, debe tomar algo.
—No tengo hambre.
—Mañana...
Maria cerró los ojos. Mañana.
La palabra parecía enorme. La muchacha retiró la bandeja. Se acercó al ventanal. La luz comenzaba a descender sobre Viena. En algún lugar de la ciudad Johann esperaba.
No.
Había prometido no hacerlo. Pero ¿cómo podía no esperar? Imaginó su casa, su habitación, la caja ya no estaba con él. El anillo que había pertenecido a su abuela estaba a pocos pasos de Maria. Él había puesto en sus manos una vida y se había marchado.
Después imaginó a Herzfeld. Mañana estaría frente al altar. Sin saber si ella aparecería. También él había puesto una vida en sus manos. Y también se había apartado.
Aquello era nuevo.
Durante demasiado tiempo los hombres habían organizado el mundo de Maria alrededor de ella. Su padre para protegerla. Karl para utilizarla. Johann para rebelarse. Ahora, de pronto, dos hombres la amaban lo suficiente para no decidir.
Y Maria descubrió que la libertad podía ser una carga casi insoportable. Porque ya no había nadie a quien culpar. Si elegía mal, sería su elección. Si se equivocaba, el error llevaría su nombre. Se volvió hacia los anillos.
La esmeralda. Los zafiros.
Uno hablaba de paz. El otro de historia.
Uno pertenecía al hombre que podía imaginar dentro de veinte años. El otro al hombre al que no conseguía imaginar fuera de su vida.
Pero ¿era eso amor? ¿O dependencia? ¿Era la calma de Herzfeld amor? ¿O miedo a volver a sufrir?
No lo sabía.
Y cuanto más trataba de separar las preguntas, más se mezclaban. Cayó la noche. Encendieron las lámparas, pero Maria no bajó a cenar. Nikolaus acudió una vez. Llamó.
—Maria.
—Estoy bien.
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Habrá boda mañana?
Ella cerró los ojos.
—No lo sé. Su padre no insistió. Los pasos se alejaron. Maria regresó al tocador. Tomó la caja Goldmann. No volvió a abrirla. Solo apoyó
la mano encima.
—¿Por qué ahora? —susurró.
Como si Johann pudiera escucharla.
¿Por qué había tenido que aprender precisamente ahora?
¿Por qué no antes? ¿Por qué no el día del paseo?
¿Por qué no cuando volvió del ejército? ¿Por qué no antes del jardín?
¿Por qué había necesitado verla comprometida con otro hombre para comprender que el amor sin elección era solo una emoción inútil?
Después miró la esmeralda. Herzfeld no había necesitado perderla para tratarla con dignidad. Aquello pesaba. Y entonces comprendió que había una pregunta que no había formulado correctamente durante todo el día.
No era:
¿A quién amo más?
Porque la respuesta era Johann. Todavía. Tal vez durante mucho tiempo.
La pregunta era otra.
¿Con quién quiero construir mi vida?
Maria se quedó inmóvil. El corazón empezó a latir más despacio. Por primera vez en horas apareció un poco de claridad. Suficiente para asustarla.
Johann era el amor que ya existía. Herzfeld era el amor que podía existir. Johann le pedía confiar en aquello que por fin había aprendido. Herzfeld le ofrecía confiar en aquello que había demostrado desde el principio. Y Maria estaba cansada de tener miedo.
Quería saber qué se sentía al amar sin preguntarse constantemente cuándo llegaría la siguiente herida. Quería descubrir si la tranquilidad podía volverse deseo. Si la ternura podía volverse pasión. Si una vida podía crecer en lugar de incendiarse.
Las lágrimas regresaron. Porque elegir una cosa hermosa no convertía la otra en menos hermosa. Eso era lo que nadie le había enseñado. A veces una elección correcta también rompía el corazón.
La doncella entró cerca de medianoche. Encontró a Maria todavía vestida, sentada junto al ventanal.
—No puede llegar a mañana así.
Maria sonrió débilmente.
—No creo que pueda dormir. La mujer dejó sobre la mesa una taza pequeña.
—He preparado algo.
El líquido tenía un aroma vegetal, dulce y amargo al mismo tiempo.
—¿Qué es?
—Tila, un poco de valeriana y miel.
Maria hizo una mueca.
—Suena espantoso.
—También sabe espantoso.
Aquello consiguió hacerla sonreír.
—Bébalo.
Maria obedeció. El sabor confirmó la advertencia.
—Tenía razón.
—Siempre.
La doncella la ayudó a desvestirse. Retiró las horquillas del cabello una a una.
Cepilló las largas hebras hasta que quedaron sueltas sobre su espalda.
Maria se metió en la cama. Antes de apagar la lámpara miró una última vez hacia el tocador.
Los dos anillos seguían allí. Separados. La doncella apagó la luz.
—Duerma, señorita.
Maria cerró los ojos. Pensó en Johann. Después en Herzfeld. Después, por primera vez, en sí misma. El sueño llegó lentamente. No fue profundo. Pero llegó.