Capítulo 28 Lo siento
Despertó antes de que llamaran a la puerta. El cielo todavía no había aclarado del todo. Durante unos segundos no recordó qué día era. Después lo supo.
La boda.
Maria permaneció tumbada. No sintió pánico.
Aquello fue lo primero que advirtió. Tampoco sintió felicidad.
Todavía no. Había otra cosa; una serenidad triste.
Se incorporó. Miró el tocador. La decisión estaba allí antes de que pudiera pensarla.
No apareció como una revelación, ni hubo música, tampoco hubo certeza absoluta. Solo una frase sencilla dentro de ella.
Voy a casarme con Herzfeld.
Maria cerró los ojos. El dolor llegó. Y con él supo que la decisión era real.
Porque elegir al marqués no había borrado a Johann.
No quería borrarlo. Nunca podría convertir lo que habían vivido en un error simplemente para facilitar el futuro.
Johann había sido amado, profundamente. Seguiría siendo una parte de ella.
Pero Maria no quería construir su vida esperando que un hombre recordara cada día cómo debía elegirla.
Quería caminar hacia alguien que ya hubiera entendido que el amor no otorgaba derechos sobre ella.
Abrió los ojos, fue hasta el tocador, tomó la esmeralda, la sostuvo, después se la puso.
No hubo náuseas. Sintió tristeza. Pero debajo de ella había algo más. Paz y un ligero sabor dulce.
La misma palabra. Solo que aquella mañana ya no sonaba a renuncia, sonaba a decisión Maria llamó a la doncella.
—Estoy despierta.
La mujer entró casi inmediatamente. Al ver el anillo en su mano, sonrió. El día comenzó. Primero prepararon el baño.
Agua caliente llevada en jarras sucesivas llenó la bañera, perfumada apenas con unas gotas de agua de azahar y jabón suave. Maria permaneció dentro poco tiempo. No quería que el calor la debilitara.
Después llegó la ropa interior. La camisola de lino fino cayó sobre su cuerpo con una suavidad casi fría.
Sobre ella, la doncella ajustó las prendas que debían sostener la compleja arquitectura del vestido: las medias claras, sujetas cuidadosamente; los pantalones interiores de algodón fino; después el corsé.
Maria se colocó frente al espejo mientras la mujer comenzaba a tensar los cordones.
Lo suficiente para definir el talle y sostener el cuerpo del vestido.
—Respire.
Maria obedeció. La presión alrededor de las costillas resultó extrañamente tranquilizadora.
Algo exterior sosteniendo aquello que por dentro todavía parecía demasiado frágil.
Después colocaron la pequeña estructura que llevaba el volumen hacia la parte posterior de la falda, más discreta que los enormes aros de años anteriores, y sobre ella varias enaguas cuidadosamente almidonadas que suavizaban la línea y evitaban que la estructura resultara visible.
Cada capa transformaba su cuerpo. No lo hacía más suyo.
Lo convertía poco a poco en el cuerpo de una novia.
La peluquera llegó al amanecer. Maria se sentó.
El cabello fue dividido con precisión, cepillado hasta adquirir brillo y recogido en una construcción baja y elegante en la parte posterior de la cabeza, adecuada para sostener el velo.
No hicieron rizos excesivos. Algunos mechones fueron trabajados cuidadosamente junto a las sienes, suavizando la frente sin romper la serenidad del conjunto.
Después llegó el vestido. Dos criadas lo trajeron.
Maria se puso en pie. Lo había visto muchas veces, pero nunca así.
La seda marfil parecía casi blanca bajo la luz de la mañana.
El cuerpo era ajustado, construido con una precisión exquisita, cerrado en la parte delantera con pequeños botones revestidos de la misma tela.
El cuello subía lo suficiente para conservar la solemnidad de una ceremonia religiosa y estaba rematado por un encaje finísimo que repetía su dibujo en los puños.
La falda caía limpia en la parte delantera. Detrás, la tela se recogía suavemente sobre el volumen de las enaguas antes de prolongarse en una cola amplia, elegante sin resultar desmesurada. No era un vestido destinado a convertirla en un espectáculo. Era demasiado “Maria" para eso.
La decoración se concentraba en los detalles: pequeñas aplicaciones de encaje, cintas de seda dispuestas con precisión y diminutos azahares que aparecían en puntos concretos de la falda y del cuerpo sin invadirlo, y que ahora le parecían innecesarios.
La doncella abrió el vestido. Maria entró en él.
La seda ascendió alrededor de su cuerpo.
Ajustaron primero la falda. Después el cuerpo.
Uno a uno, los botones fueron cerrándose.
Maria miraba el espejo. Con cada botón desaparecía un poco más la mujer que había pasado la noche dudando.
No porque dejara de existir sino porque estaba siendo cubierta por una decisión.
Cuando terminaron, la peluquera colocó el pequeño arreglo de flores.
Azahar, para representar la virtud intacta de la joven.
“Qué estupidez” Pensaba ahora Unas hojas delicadas.
Unas ramitas de mirto entrelazadas discretamente.
Después el velo. El encaje cayó desde la parte posterior del cabello y descendió sobre la espalda hasta fundirse visualmente con la cola. Una de las criadas se alejó.
—Señorita...
No terminó. Maria miró el espejo. No se reconoció durante un segundo.
La mujer que le devolvía la mirada parecía serena.
Hermosa. Extrañamente adulta. No era la muchacha que bordaba junto al ventanal mientras su padre decidía cuánto aire podía entrar en la habitación.
No era la joven entregada como solución a una deuda.
No era tampoco la mujer que había corrido hacia Johann dentro de un jardín oscuro.
Era todas ellas y ninguna a la vez Maria sintió las lágrimas.
—No —dijo la doncella rápidamente—. Ahora no.
Maria soltó una pequeña risa.
—Lo intento.
Le colocaron los zapatos de seda clara. Después los guantes, que quedarían para el último momento antes de salir. Un pequeño ramo esperaba sobre la mesa. Flores blancas. Azahar y myrto. Nada demasiado grande. Maria lo tomó. El perfume floral la envolvió. Mañana.
No.
Hoy. Hoy se casaba.
Sintió un vuelco de vértigo. Pero no retrocedió. Antes de abandonar el dormitorio, se sentó frente al escritorio. Tomó una pequeña hoja. La pluma permaneció sobre el papel durante mucho tiempo.
Había tantas cosas que podía escribir.
Te amo.
No.
Sería cruel.
Perdóname.
Tampoco.
No había suficiente papel en el mundo para explicar aquello. Pensó en Johann esperando. En aquella caja. En el hombre que le había dicho que aceptaría cualquier decisión aunque lo destruyera. Finalmente escribió dos palabras.
Lo siento.
Nada más. Doblando la nota sintió que una parte de sí misma quedaba atrapada dentro. Llamó a un criado.
—Lleve esto a la casa Goldmann.
El hombre tomó el sobre y la caja negra.
—¿Para quién, señorita?
Maria necesitó un segundo.
—Para Johann Goldmann.
Johann llevaba despierto desde antes del amanecer.
No había dormido. Había permanecido durante horas sentado junto al ventanal de su dormitorio, observando cómo la oscuridad se retiraba lentamente de Viena.
No esperaba noticias, se había prometido no hacerlo.
Pero cada sonido en la casa lo obligaba a levantar la cabeza.
Cada paso en el pasillo, cada puerta, cada carruaje en la calle.
A media mañana llamaron. Johann se quedó inmóvil.
—Adelante.
Entró un criado. Llevaba un pequeño sobre y la caja negra. Johann reconoció la letra y la caja. El corazón dejó de latir durante un instante.
—Ha llegado esto para usted, señor.
Johann tomó la carta.
—Gracias.
El criado salió. No la abrió inmediatamente. La sostuvo. Algo dentro de él ya lo sabía. Quizá porque el sobre era demasiado pequeño. No había espacio para una explicación. Ni para una esperanza. Johann rompió el sello. Dos palabras. Nada más.
Lo siento.
Las leyó. Después otra vez. Y otra. Como si la tinta pudiera transformarse si la miraba el tiempo suficiente. No ocurrió.
Lo siento.
Maria iba a casarse. Johann dejó caer la mano.
No lloró al principio. El dolor fue demasiado grande para convertirse inmediatamente en algo tan sencillo como lágrimas.
Sintió una especie de vacío. Como si alguien hubiera retirado de golpe algo situado en el centro de su cuerpo y todo lo demás hubiera quedado sin estructura.
Se puso en pie. No supo por qué. Caminó hasta el armario, lo abrió, permaneció observándolo, después llamó. Su criado apareció.
—Prepare un carruaje.
El hombre parpadeó.
—¿Señor?
—Ahora.
—¿Adónde desea ir?
Johann tardó un segundo.
—A la casa de campo. El criado lo miró.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
Johann empezó a sacar cosas. No muchas. Camisas, ropa sencilla. Un par de libros, documentos…
El criado intentó ayudar. Johann no lo permitió al principio. Necesitaba hacer algo con las manos, cualquier cosa, encontró las cartas. Las de Maria.
Todas.
Atadas.
Se quedó inmóvil. El criado bajó la mirada. Johann las tomó. Las metió dentro del equipaje.
—También eso.
—Sí, señor.
Después se sentó. Necesitaba escribir a su madre. Tomó papel. La pluma tembló apenas entre sus dedos.
Madre:
Maria ha elegido casarse con el marqués.
Se detuvo. Las palabras parecían obscenas sobre el papel. Continuó.
No se preocupe por mí. Sé que esa petición resultará poco convincente después de todo lo ocurrido, pero necesito marcharme unos días. Quizá más. No lo sé todavía.
No estoy huyendo de ella. Esta vez no.
Johann cerró los ojos. Después escribió:
Estoy intentando cumplir lo que le prometí. Le dije que aceptaría su decisión aunque me destruyera. Ahora necesito aprender cómo se hace eso.
La mano empezó a temblarle.
No busque culpables. No los hay. Maria no me debe nada. El marqués tampoco. Y mi padre, por una vez, no tiene nada que ver con esto.
Una pausa.
He llegado tarde a una vida que podría haber sido mía. Eso es todo.
Johann tragó saliva.
Dígales a mis hermanos que estoy bien. A Leopold puede decirle la verdad si insiste; probablemente la adivinará de todos modos.
Volveré cuando pueda regresar sin convertir esta casa en un lugar donde todos tengan que caminar con cuidado alrededor de mí.
La última frase fue la más difícil.
La quiero, madre.
Johann.
Dobló la carta, la dejó sobre la mesa. No escribió a Karl, no tenía nada que decirle. El carruaje estuvo preparado poco después. Johann bajó sin despedirse de nadie. Anna todavía no había recibido la nota. Eso era mejor. Si la veía, quizá no conseguiría marcharse.
El mayordomo abrió la puerta. La mañana era hermosa. Johann la odió por ello. Subió al carruaje.
—Vámonos.
Las ruedas comenzaron a moverse. Viena fue quedando atrás. En algún lugar detrás de aquellas fachadas, Maria se estaba vistiendo de novia, Johann cerró los ojos. La vio. No sabía cómo sería el vestido. La imaginación lo construyó de todos modos.
Blanco. Ella. Caminando hacia otro hombre.
Abrió los ojos de golpe. No podía. El trayecto hacia la propiedad rural duró varias horas.
Johann no habló. A medida que la ciudad desaparecía, los edificios dieron paso a caminos más abiertos, campos, árboles y extensiones de terreno que en cualquier otro momento habrían producido una sensación de descanso.
Nada llegaba hasta él. El dolor había dejado de ser agudo, era peor.
Se había vuelto continuo, un fondo, una certeza: Maria se casaría.
Mientras él avanzaba hacia ninguna parte.
Cuando llegaron a la casa de campo, el servicio apenas había tenido tiempo de recibir aviso.
La propiedad llevaba semanas prácticamente vacía y sólo permanecía allí el personal imprescindible.
Johann descendió. Rechazó la comida. rechazó el té y eechazó que prepararan un baño.
—Solo la habitación.
Subió, entró, cerró la puerta. Y entonces, finalmente, dejó de sostenerse.
Se sentó en el borde de la cama. Metió la mano en el bolsillo buscando la caja.
Aquello lo destruyó. Se inclinó hacia delante, las manos cubrieron su rostro.
Y lloró, no como había llorado durante la fiebre, ni en silencio, ni con dignidad.
Lloró con la violencia desordenada de un hombre que ya no tenía nada que proteger porque nadie podía verlo.
Por Maria, por el año perdido, por cada carta que había tardado demasiado en responder, por el jardín, por aquella mañana, por las dos palabras que llevaba horas viendo cada vez que cerraba los ojos…
Lo siento.
Acabó tumbado sobre la cama todavía vestido.
No sabía cuánto tiempo había pasado. La luz de la habitación cambió.
Quizá fuera tarde, quizá Maria ya estuviera casada.
Ese pensamiento consiguió arrancarle el poco aire que todavía le quedaba.
Se giró hacia un lado. Encogió ligeramente el cuerpo. Un gesto impropio de él.
Sobre una silla, el equipaje permanecía cerrado. Dentro estaban las cartas de Maria, no tuvo valor para sacarlas. Todavía no. Cerró los ojos. Durante un instante recordó algo que le había dicho aquella misma mañana.
—¿Aunque lo destruya?
Y su propia respuesta.
—Aunque me destruya.
Johann dejó escapar una risa rota que inmediatamente se convirtió en otro sollozo. Había creído entender lo que estaba prometiendo.
No tenía ni idea.
Porque amar a Maria y dejarla elegir había sido la decisión más digna que había tomado en toda su vida. Y también la primera que lo había dejado completamente destruido por hacer lo correcto. Se quedó allí. Solo, lejos de Viena, de la iglesia. y de ella.
Mientras en algún lugar, bajo un velo blanco y con el anillo de otro hombre en la mano, Maria caminaba hacia la vida que había elegido. Y Johann Goldmann, por primera vez, no intentó detenerla.