Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

La forma de amar

La miró de nuevo, directamente a los ojos, y Maria sintió que aquella mirada se detenía en ella con una ternura tan desnuda que por un instante tuvo la impresión de estar viendo al hombre que Herzfeld escondía detrás de toda su serenidad.

No había lástima, ni juicio, ni siquiera resignación.

Solo una ternura quieta y profundamente masculina, la de un hombre que podía estar a punto de perderla y, aun así, seguía mirándola como si proteger su libertad importara más que protegerse a sí mismo.

—Maria, una persona íntegra no es una persona sin pasado.

Una pausa.

—Es una persona capaz de mirar su pasado sin convertirlo en excusa para dejar de ser honesta en el presente.

La observó.

—Y usted es una mujer íntegra.

Maria sintió que ya no podía sostenerle la mirada.

—Si mañana decide convertirse en mi esposa, no recibiré una mujer disminuida por lo que acaba de contarme.

Herzfeld esperó hasta que ella volviera a mirarlo. —Recibiré a la mujer completa.

La frase le dolió de una manera hermosa.

—Con lo que ha amado. Con lo que ha perdido. Con lo que ha hecho bien y con aquello que todavía le cuesta perdonarse.

Herzfeld respiró.

—Y consideraré un honor que esa mujer me haya elegido a mí.

Maria cerró los ojos. Johann. La voz apareció dentro de ella.

Te volvería a amar. Siempre te volvería a amar.

Después Herzfeld.

Recibiré a la mujer completa.

Dos hombres.

Dos formas de llegar hasta el mismo lugar dentro de ella. Abrió los ojos.

—¿Y si no lo elijo?

Herzfeld guardó silencio durante un momento.

—Entonces comprenderé que su historia con Johann Goldmann todavía no había terminado.

Maria sintió que la garganta se cerraba.

—¿No me odiará?

—Probablemente estaré enfadado durante una temporada.

Ella parpadeó.

—Aprecio su sinceridad.

—Me parecería sospechoso ofrecerle santidad además de fortuna.

Maria volvió a sonreír. Herzfeld también, y durante un instante la tensión pareció aflojarse entre ambos, como si hubieran conseguido regresar brevemente a esa facilidad que siempre había existido en sus conversaciones.

Pero la sonrisa de él se desvaneció despacio.

No de golpe. Primero desapareció de su boca y después de sus ojos, dejando al descubierto algo más vulnerable, más difícil de ocultar.

Herzfeld bajó la mirada un instante, como si necesitara reunir el valor suficiente para decir lo siguiente sin protegerse detrás de una broma.

Cuando volvió a mirarla, había en sus ojos una tristeza serena, contenida, la de un hombre que ya había aceptado que podía perderla y que, aun así, se negaba a convertir ese dolor en una carga para ella.

—Estaré dolido. Una pausa.

—Mucho.

Maria bajó la mirada.

—Pero no humillado.

Ella volvió a mirarlo.

—Una mujer no humilla a un hombre por no elegirlo.

Herzfeld dejó que la frase permaneciera entre ambos.

—Y guardaré su secreto.

Maria sintió una punzada.

—Aunque me vaya con él.

—Especialmente entonces.

—¿Por qué?

—Porque si decide construir una vida con Goldmann, no permitiré que el precio de esa decisión sea que Viena destruya su nombre.

Maria lo contempló. Herzfeld no apartó la mirada.

Había algo profundamente conmovedor en la forma en que la sostenía con los ojos, sin reproche, sin orgullo herido, sin exigir nada a cambio.

Como si incluso ante la posibilidad de perderla siguiera pensando primero en proteger aquello que ella era, y no en todo lo que él podía perder.

Por un instante, Maria sintió que el aire se volvía más denso entre ambos.

—Nada de lo que me ha contado saldrá de esta habitación por mí.

—Señor...

—Jamás.

La firmeza de su voz eliminó cualquier posibilidad de duda.

—Si se casa conmigo, será asunto nuestro y dejará de importarme desde el instante en que pronuncie sus votos.

Una pausa.

—Y si se casa con Johann, seguirá siendo asunto suyo y de él.

Herzfeld se recostó ligeramente.

—No utilizaré una verdad que me ha confiado para castigarla por tomar una decisión que no me favorezca.

Maria sintió otra vez ganas de llorar. —¿Cómo puede hacer esto?

La pregunta salió casi con enfado.

Él frunció el ceño.

—¿Hacer qué?

—Facilitarme tanto marcharme.

Herzfeld la observó largamente.

—No se equivoque.

Su voz cambió. Era más baja, más masculina.

—No estoy facilitándole nada.

Maria se quedó quieta.

—Quiero que se case conmigo.

La frase no tuvo ni rastro de ligereza.

—Quiero verla mañana caminando hacia mí.

Herzfeld inclinó apenas el cuerpo hacia ella.

—Quiero despertarme a su lado dentro de veinte años y seguir encontrando libros abiertos donde no deberían estar. Quiero llevarla a todos esos lugares de los que le he hablado y descubrir cuáles le decepcionan. Quiero escucharla discutir conmigo cuando crea que estoy equivocado.

Maria no respiraba.

—Quiero hijos con usted, si Dios nos los concede.

El corazón le dio un vuelco.

—Quiero una casa en la que su risa llegue antes que mis invitados al salón.

Maria apretó el pañuelo.

—No piense ni por un segundo que la dejo libre porque no la quiero lo suficiente.

Herzfeld la miró directamente.

—La dejo libre precisamente porque la quiero demasiado para aceptar una versión de usted que tenga que quedarse por miedo.

El silencio fue absoluto. Maria sintió que aquellas palabras descendían dentro de ella con una lentitud casi dolorosa.

Nunca nadie le había hablado del amor de aquella manera.

No como una promesa de posesión, ni como una súplica, ni como una deuda.

Herzfeld acababa de ofrecerle algo mucho más difícil: la posibilidad de marcharse sin dejar por ello de ser amada.

Y esa libertad, precisamente porque nacía del amor, la conmovió más de lo que estaba preparada para admitir.

—Mañana —continuó él— voy a estar en el altar.

Ella levantó los ojos.

—No me dé una respuesta ahora.

—Pero...

—No.

Sonrió suavemente.

—Ya ha pasado demasiadas horas respondiendo preguntas de hombres.

Maria quedó inmóvil.

—Esta noche no responda ninguna más.

Herzfeld se puso en pie.

—Mañana la esperaré.

Maria sintió una presión insoportable en el pecho.

—¿Y si no voy?

Herzfeld la miró durante unos segundos. Y Maria comprendió, por la tristeza desnuda que apareció en sus ojos, cuánto deseaba realmente que ella cruzara aquella iglesia hacia él.

Había esperanza. Había miedo. Había incluso una súplica que jamás permitiría llegar a sus labios.

Pero por encima de todo había amor: uno lo bastante grande como para aceptar que la felicidad de Maria pudiera existir lejos de él.

—Entonces entenderé.

—Habrá invitados.

—Sí.

—Toda Viena...

—Sobreviviré a Viena.

Maria casi sonrió. Herzfeld continuó:

—Si aparece, seré inmensamente feliz.

Una pausa.

—Y si no aparece, no pensaré que me ha humillado.

La sostuvo con los ojos.

—Pensaré que una mujer encontró el valor de elegir su vida antes de que fuera demasiado tarde.

Las lágrimas regresaron. Herzfeld no intentó detenerlas.

—Y si esa vida es con Johann Goldmann...

Respiró lentamente.

—Espero que ese idiota comprenda finalmente la fortuna que tiene.

Maria soltó una risa entre lágrimas.

—No debería hablar así de él.

—Permítame al menos eso.

—Solo hoy.

Se miraron. Y Maria sintió de nuevo aquella sensación extraña. Aquella inquietud cálida que había aparecido en el abrazo, no era gratitud, no solamente. Había algo más, algo que empezaba, muy pequeño. Pero real.

Herzfeld la acompañó hasta la puerta, no la besó, no le pidió la mano, ni reclamó el anillo. Cuando Maria estuvo a punto de marcharse, él habló una última vez.

—Maria.

Ella se volvió. —Cualquier hombre se sentiría afortunado de que usted decidiera compartir su vida con él.

La voz se suavizó.

—Si mañana ese hombre soy yo, consideraré que la vida me ha hecho un regalo extraordinario.

Una pausa.

—Si no lo soy, no dejará usted de ser la mujer que acabo de describir.

Maria lo miró.

—Y su secreto estará a salvo conmigo hasta el día de mi muerte.

Maria permaneció unos segundos frente a él sin saber qué hacer con todo lo que acababa de recibir.

Había llegado a aquella casa preparada para soportar la decepción de Herzfeld.

Incluso su desprecio, si era necesario. Había imaginado su rostro endureciéndose al conocer la verdad, la distancia apareciendo entre ellos, quizá el alivio cruel de descubrir en él algún defecto que facilitara la decisión que llevaba horas intentando tomar.

Pero Herzfeld no le había ofrecido nada de aquello; le había dado algo mucho más peligroso. Comprensión.

Había escuchado la parte de su historia que Maria temía que pudiera disminuirla ante los ojos de cualquier hombre y, en lugar de apartarse, la había mirado como si conocerla por completo no redujera su valor, sino que lo hiciera más verdadero.

Había sabido que todavía amaba a Johann y no había intentado competir con él.

Había descubierto que otro hombre había conocido su cuerpo y no había convertido aquello en una afrenta contra el suyo.

Había tenido delante la posibilidad de perderla y, aun así, su primera preocupación había sido que ella pudiera elegir sin miedo.

Maria sintió que algo dentro de sí se desplazaba.

No con la violencia con la que Johann había entrado en su vida.

Johann siempre había sido una irrupción.

Una carta esperada demasiado tiempo. Una mirada capaz de alterar una habitación entera.

Una ausencia que dolía más de lo razonable.

Un beso que hacía desaparecer cualquier pensamiento anterior.

Con él había aprendido que el amor podía convertirse en deseo antes incluso de que las manos se tocaran, y que una persona podía ocupar lugares dentro de otra que ninguna distancia conseguía vaciar.

Lo amaba. Aquella verdad no había cambiado.

Pero por primera vez comprendió que eso no impedía que otra verdad comenzara a existir junto a ella.

Herzfeld. Pensó en el instante en que le había pedido permiso para abrazarla.

En la paciencia de sus brazos rodeándola sin apresarla.

En el perfume que todavía parecía permanecer de alguna manera sobre su piel.

En aquella cercanía inesperada que había alterado su respiración y despertado un nerviosismo nuevo, casi tímido, que no se parecía en nada a lo que sentía por Johann y que precisamente por eso no podía ser confundido con ello.

No había sido únicamente consuelo. Maria lo sabía ahora.

Había sentido a Herzfeld como hombre. Había reparado en su cuerpo contra el suyo, en la seguridad de sus brazos, en la profundidad distinta de su voz cuando había confesado cuánto deseaba verla caminar hacia él al día siguiente.

Y algo dentro de ella había respondido. Todavía pequeño, inseguro, pero vivo.

Aquello la abrumó más que cualquier otra cosa sucedida aquella mañana. Porque habría sido mucho más sencillo si Herzfeld hubiese sido únicamente paz. Paz podía elegirse con la razón, paz podía agradecerse, paz podía incluso confundirse con resignación. Pero Herzfeld empezaba a ser otra cosa.

Empezaba a despertar en ella una ternura que ya no nacía únicamente de la gratitud.

Una curiosidad íntima por el hombre que existía detrás de aquella serenidad.

El deseo extraño de descubrir cómo sería verlo perder alguna vez la compostura, escuchar su risa al despertar, conocer sus silencios cuando no hubiera visitas, compartir con él alguno de aquellos viajes de los que hablaba como si el mundo fuera demasiado grande para conformarse con una sola vida.

Por primera vez Maria pudo imaginarlo no simplemente como el hombre con el que podría casarse.

Sino como su marido.mLa idea produjo algo cálido y doloroso a la vez.

Porque no borró a Johann, no quería que lo hiciera El amor que sentía por él no podía desaparecer en una conversación ni debía convertirse de pronto en un error para justificar una elección diferente.

Johann había formado parte de ella durante demasiado tiempo.

Había conocido lugares de su alma que nadie más había alcanzado.

Había sido su espera, su enfado, su deseo, su primera entrega y también una de sus heridas más profundas.

Pero Herzfeld acababa de mostrarle algo que Maria nunca había sabido que necesitaba hasta tenerlo delante.

Un amor que no pedía que se hiciera más pequeña para poder permanecer dentro de él.

Y quizá por eso empezaba a comprender lo que había visto durante toda aquella conversación en los ojos del marqués.

Herzfeld la amaba. La amaba lo suficiente como para estar aterrado ante la posibilidad de perderla y, aun así, negarse a utilizar aquel miedo para sujetarla.

La quería en su casa, en sus viajes, junto a él al despertar, madre, quizá de sus hijos, envejeciendo entre los libros que imaginaba desordenados por las habitaciones.

La quería de una forma profundamente humana, concreta, incluso física.

Pero la quería libre.

Y Maria comprendió que quizá aquella fuera la parte más pura de todo cuanto Herzfeld le había ofrecido.

No la promesa de hacerla feliz o su apellido, ni su fortuna, ni siquiera la protección de su secreto.

Sino el hecho de que había imaginado una vida entera a su lado y, llegado el momento de poder asegurarla mediante el miedo, había preferido arriesgarse a perderla.

Maria sintió que los ojos volvían a llenársele.

Porque ahora la elección era todavía más difícil.

Ya no tenía delante al hombre que amaba y al hombre con el que podía conformarse.

Tenía delante dos formas de amor. Una que había nacido entre cartas, deseo, errores y heridas, y que parecía haber necesitado atravesar el dolor para aprender a sostenerla.

Y otra que apenas comenzaba, tan silenciosa que casi podía pasar inadvertida, pero que había sabido desde el principio hacerle espacio sin pedirle que dejara ninguna parte de sí misma fuera.

Johann seguía viviendo en ella como un incendio que conocía de memoria.

Herzfeld empezaba a habitarla de otra manera.

Como una luz encendida en una habitación en la que Maria todavía no había entrado, pero cuya puerta acababa de quedar abierta.

Y mientras abandonaba la casa del marqués, con el secreto a salvo, el corazón dividido y una nueva inquietud latiendo bajo la piel, comprendió que ya no podía preguntarse únicamente a cuál de aquellos dos hombres amaba.

La pregunta se había vuelto mucho más peligrosa. Porque, por primera vez, empezaba a preguntarse hasta dónde podría llegar a amar a Herzfeld si se permitía hacerlo.