Los Goldmann: El pacto de Viena (Los Goldmann 1) Capítulo 25 La elección
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Capítulo 25 La elección

Herzfeld comprendió que algo había ocurrido antes incluso de que Maria pronunciara una sola palabra.

No fue solo la visita inesperada, ni la hora, ni siquiera la ausencia del anillo en su mano izquierda.

Fue su manera de entrar en el salón. La forma en que sostuvo el pequeño bolso entre las manos, demasiado juntas sobre él, como si necesitara aferrarse a algo concreto para impedir que todo lo demás se desordenara.

El marqués no preguntó inmediatamente. Aquello, pensó Maria, era tan propio de él. No se abalanzaba sobre los silencios ajenos para llenarlos. No exigía respuestas antes de que estuvieran preparadas. Había en su manera de observar una paciencia que no era pasividad, sino respeto.

—Siéntese —dijo.

Maria obedeció. El salón le resultaba conocido. Había estado allí varias veces durante las últimas semanas, había tomado té junto a la marquesa, había escuchado historias de lugares que nunca había visto, había reído allí con una libertad que en otros espacios necesitaba vigilar.

Aquella mañana, sin embargo, todo parecía distinto. Sobre una consola descansaban varias cajas relacionadas con el viaje que Herzfeld debía emprender después de la boda. Cerca del ventanal había un arreglo de flores que Maria reconoció inmediatamente como parte de los preparativos del día siguiente.

Todo en aquella casa parecía recordar que existía un mañana. Herzfeld se sentó frente a ella. Sus ojos descendieron una vez más hacia la mano desnuda. Después volvieron al rostro de Maria.

—¿Quiere decirme qué ha ocurrido?

Ella respiró.

—Johann Goldmann ha venido esta mañana.

El marqués no modificó la postura, solo hubo un silencio.

—Entiendo.

—No —respondió Maria con suavidad—. Todavía no.

Herzfeld la observó con atención.

—Entonces explíquemelo.

Maria bajó los ojos. Había ensayado aquella conversación durante todo el trayecto. Ninguna de las frases que había construido dentro del carruaje parecía ahora pronunciable.

—Ha venido a decirme que quiere casarse conmigo. El silencio se volvió más preciso. Herzfeld tardó unos segundos.

—Supongo que eso explica parte de esta visita.

Maria apretó las manos.

—No toda.

El marqués esperó. Y Maria comprendió que si seguía retrasándolo terminaría perdiendo el valor.

—Hay algo que usted debe saber antes de mañana.

Herzfeld no respondió. Maria sintió cómo el corazón empezaba a golpearle con una fuerza desagradable.

—Algo que ocurrió antes de que usted y yo nos comprometiéramos.

Él seguía mirándola.

—Pero que afecta a lo que usted cree saber sobre mí.

Por primera vez, Herzfeld frunció ligeramente el ceño.

Maria abrió la boca, la volvió a cerrar.

Había formas elegantes de decirlo. Podía hablar de un error, de una imprudencia, de una intimidad impropia.

Podía esconder el hecho dentro de palabras suficientemente correctas como para reducirlo a algo soportable.

No quiso hacerlo. Había ido allí para decir la verdad, así que la dijo.

—Johann Goldmann y yo… tuvimos un encuentro íntimo la noche antes del compromiso.

El silencio que siguió tuvo un peso real. Maria sintió que las mejillas comenzaban a arderle. No levantó la mirada.

—Fue antes de aceptar su propuesta —añadió enseguida—. No estaba comprometida con usted entonces. Pero eso no cambia que debí habérselo contado antes de permitir que nuestra boda llegara hasta este punto.

Herzfeld no habló. Maria empezó a interpretar aquel silencio. La vergüenza llegó primero, después el miedo.

—Comprenderé si esto cambia su decisión.

Nada.

—También comprenderé si considera que...

Tuvo que hacer un esfuerzo para pronunciar la palabra.

—...su honor quedaría comprometido casándose conmigo.

Herzfeld inspiró lentamente. Maria continuó antes de que él pudiera hablar.

—No quiero que piense que he venido esperando que ignore lo ocurrido. Sé perfectamente lo que significaría si alguien lo supiera. Para usted. Para su familia. Para...

—Maria.

Ella calló. Era la primera vez que la llamaba por su nombre en aquella conversación. El marqués la observaba con una expresión que no se parecía a ninguna de las reacciones que ella había imaginado. No había repugnancia, ni decepción moral, ni siquiera verdadera sorpresa. Había tristeza.

—Míreme.

Maria tardó unos segundos. Finalmente lo hizo.

—¿Ha ocurrido antes de nuestro compromiso?

—Sí.

—¿Me ha sido infiel?

—No.

—¿Me está mintiendo ahora?

—No.

Herzfeld asintió. —Entonces no comprendo qué parte de mi honor cree que ha destruido.

Maria lo miró sin entender.

—Señor...

—No.

Su tono seguía siendo suave.

—Ha venido hasta aquí aterrada para decirme algo que sabe que podría costarle su futuro.

Se inclinó apenas hacia ella.

—Eso me habla mucho más de su honor que el hecho que acaba de contarme.

Maria sintió que algo cedía dentro de ella.

—Pero yo...

—Se enamoró de Johann Goldmann.

No era una pregunta. Maria bajó los ojos.

—Sí.

—Él se enamoró de usted. —Sí.

Herzfeld dejó escapar el aire, casi con resignación.

—Han pasado un año entero escribiéndose, haciéndose daño, esperándose, huyendo uno del otro y regresando siempre exactamente al mismo lugar.

Maria lo miró, sorprendida. Una sombra leve apareció en el rostro del marqués.

—No necesitaba conocer todos los detalles para comprender que entre ustedes había una historia antes de que yo llegara.

—No sabía esto.

—No.

Herzfeld guardó silencio.

—Pero saberlo no convierte esa historia en algo distinto.

Maria sintió que las manos comenzaban a temblarle.

—¿No le importa?

Herzfeld reflexionó la respuesta. Aquella pausa la hizo todavía más valiosa.

—Me importa que todavía lo ame. Maria dejó de respirar.

—Me importa que pueda presentarse mañana ante mí y descubrir dentro de diez años que una parte de usted continúa preguntándose qué habría ocurrido si hubiera elegido otra vida.

La sostuvo con la mirada.

—Me importa que sea feliz.

Una pausa.

—Pero que haya compartido su cuerpo con un hombre antes de comprometerse conmigo...

Negó lentamente.

—No. Eso no cambia mi decisión de convertirla en mi esposa.

Maria lo contempló como si hubiera hablado en una lengua que entendía perfectamente y que, sin embargo, jamás hubiera esperado escuchar.

—¿Nada?

—Nada.

—Pero...

—Maria. Herzfeld sonrió muy ligeramente.

—He recorrido suficientes lugares para descubrir que los hombres son extraordinariamente ingeniosos a la hora de inventar normas que solo deben cumplir las mujeres.

Ella quedó inmóvil.

—No voy a añadir una más.

Maria bajó la mirada. Las lágrimas aparecieron tan deprisa que apenas tuvo tiempo de comprenderlas.

—No merezco que sea tan bueno conmigo.

La expresión de Herzfeld cambió.

—No vuelva a decir eso.

Maria se secó una lágrima con rapidez. Otra ocupó su lugar.

—Le he ocultado algo que podría haber hecho que rechazara este matrimonio.

—Y ha venido a contármelo cuando habría sido mucho más sencillo callar para siempre.

—Porque no podía casarme con usted de otro modo.

—Precisamente. La miró con una serenidad que empezó a resultar insoportable.

—Eso es integridad.

Maria lloró. No de la forma contenida con la que

acostumbraba a hacerlo. No fue un desbordamiento dramático, pero las lágrimas comenzaron a caer una detrás de otra, silenciosas, imposibles de detener. Herzfeld se quedó quieto. No se acercó inmediatamente, no la tocó, esperó. Después se puso en pie. Maria lo vio detenerse frente a ella.

—¿Puedo abrazarla?

La pregunta consiguió quebrar algo más. Maria levantó la mirada. Herzfeld estaba allí. No había avanzado el último paso.

Esperaba.

Incluso entonces, incluso cuando ella lloraba frente a él, incluso cuando podía haber interpretado su vulnerabilidad como permiso, seguía esperando que fuese Maria quien decidiera la distancia que debía existir entre ambos.

Ella no consiguió responder con palabras, solo lo miró y asintió muy ligeramente.

Herzfeld se acercó, la rodeó con los brazos.

Maria se quedó rígida durante el primer segundo.

Después el cuerpo comprendió algo antes que la mente.

Calor, eso fue lo primero. Herzfeld era más alto de lo que la cercanía habitual permitía percibir.

Su pecho, firme bajo la chaqueta, se convirtió en un apoyo inesperadamente sólido cuando ella dejó caer apenas la frente contra él.

Una de sus manos descansó entre sus omóplatos; la otra, algo más abajo, pero todavía cuidadosamente alejada de cualquier intimidad que pudiera incomodarla.

No la estrechó demasiado; no necesitó hacerlo. Maria cerró los ojos. Y entonces percibió su perfume. Lo había notado otras veces, pero nunca así. Madera limpia. Algo cítrico. Un fondo cálido que le recordó vagamente al cuero y a las especias que a veces impregnaban las cajas traídas de sus viajes.

Era un aroma profundamente masculino. Distinto al de Johann.

El pensamiento apareció antes de que pudiera impedirlo.

Y con él llegó algo inesperado; un estremecimiento.

Maria abrió los ojos. El corazón había cambiado de ritmo, no era solo consuelo.

La cercanía de Herzfeld empezaba a hacerle consciente de su cuerpo de una manera que nunca había permitido hasta entonces.

De la firmeza de sus brazos, la respiración masculina sobre su cabello, la distancia prácticamente inexistente entre ambos.

Sintió un nerviosismo súbito en el vientre.

No era el incendio que Johann provocaba en ella con una sola mirada.

Era diferente, más lento, más profundo. Una inquietud tibia, nueva.

Y precisamente por ser nueva, resultaba más desconcertante.

Herzfeld debió sentir que su cuerpo se tensaba porque inmediatamente aflojó el abrazo.

—¿Está bien?

Maria levantó la cara. Fue un error. Sus rostros quedaron demasiado cerca.

Herzfeld la miró. No hizo nada. Pero algo cambió en sus ojos.

Maria lo vio. Por primera vez comprendió de una forma completamente física que aquel hombre deseaba también a la mujer con la que pensaba casarse.

No solo su compañía, ni su inteligencia, ni una marquesa adecuada.

A ella. El descubrimiento le produjo otro vuelco.

Herzfeld fue quien retrocedió primero, muy poco. Lo suficiente.

—Creo que será mejor que le consiga un pañuelo antes de que mi talento para consolarla termine arruinando su reputación de hombre razonable.

Maria soltó una pequeña risa entre lágrimas. Él sonrió. Fue hasta una mesa lateral, tomó un pañuelo limpio y se lo ofreció.

—Gracias.

—No estoy seguro de que deba agradecerme un pañuelo después de la conversación que estamos manteniendo.

Maria se secó las mejillas. Herzfeld llamó al servicio y pidió té. No permitió que aquello se convirtiera en ceremonia. Cuando la bandeja llegó, él mismo sirvió una taza y se la acercó.

—Beba. Maria obedeció. El calor la ayudó. Sus manos dejaron de temblar poco a poco. Herzfeld esperó hasta que hubiera bebido

varios sorbos antes de volver a hablar.

—Quiero que escuche algo.

Maria dejó la taza sobre el plato.

—He viajado mucho.

Ella sonrió apenas.

—Eso sí lo sabía.

—Y he conocido lugares donde los hombres llaman honor a cosas completamente distintas.

Se sentó frente a ella.

—He visto mujeres que podían mostrar el rostro y otras que no.

Mujeres que podían viajar solas y otras cuya sola presencia fuera de casa necesitaba explicación.

He conocido sociedades donde una viuda era considerada libre y otras donde parecía condenada a vivir para siempre dentro del recuerdo de un hombre muerto.

Maria lo escuchaba.

—Y en todas he encontrado una constante bastante desagradable.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Siempre hay alguien dispuesto a explicar a una mujer dónde reside su virtud.

La palabra quedó suspendida. Maria apretó el pañuelo. Herzfeld continuó:

—He terminado por desconfiar profundamente de quienes creen saberlo.

Una pausa.

—La integridad de una mujer no reside en llegar intacta a un matrimonio.

Maria dejó de respirar. La voz del marqués no cambió.

—Reside en llegar verdadera.

Los ojos de Maria volvieron a llenarse.

—Su cuerpo no es una propiedad que yo deba recibir sin historia para poder considerarme honrado.

Aquella frase la atravesó. Herzfeld la sostuvo con la mirada.

—Y el hecho de que otro hombre haya sido amado por usted antes que yo no me convierte en menos hombre.

Una pequeña pausa.

—Me convertiría en uno mucho más pequeño si la castigara por haber amado.

Maria se llevó una mano a la boca. Herzfeld continuó.

—¿Quiere saber dónde veo yo su virtud?

Ella no pudo responder.

—En que está sentada aquí.

Una lágrima cayó.

—En que podría haberse casado conmigo mañana sin decir una sola palabra y ha preferido arriesgarlo todo antes que entrar en mi casa sosteniendo una mentira.

La voz descendió.

—En que ha cargado durante demasiado tiempo con decisiones tomadas por otros y aun así sigue preocupándole más herirme que protegerse usted. Maria negó lentamente.

—No me convierta en algo que no soy.

—No lo hago.

—He cometido errores. —Yo también.

—No como este.

Herzfeld sonrió.

—No sabe absolutamente nada de mis veinte años.

Maria lo miró sorprendida. Aquello consiguió arrancarle otra risa pequeña.

—No pienso preguntarle.

—Se lo agradezco enormemente.

Después la sonrisa desapareció.