Capítulo 24 #2
Nikolaus apretó la mandíbula.
—Puedes estar asustada y seguir queriendo casarte.
—Lo sé.
—Puedes amar de una forma distinta a dos personas. Maria guardó silencio. Eso también lo sabía. Tal vez era precisamente lo que estaba ocurriendo. No amaba a Herzfeld como amaba a Johann. Aquello resultaba evidente. Pero había
aprendido a sentir cariño por él, a confiar, a descansar en su presencia.mY quizá llevaba demasiado tiempo confundiendo la intensidad con la verdad. Quizá la paz también podía ser amor. Quizá el amor no tenía por qué parecerse siempre a Johann Goldmann.
A cartas releídas hasta desgastar el papel, a esperas, a huidas, a noches en jardines, a tres semanas de fiebre. Quizá Herzfeld representaba algo mucho más adulto, más seguro, más habitable. Y Maria necesitaba descubrir si aquella serenidad era una renuncia... o precisamente la vida que quería.
—Tengo que verlo —repitió.
Nikolaus comprendió que no iba a convencerla de lo contrario.
—Mandaré avisar.
—No.
—Maria.
—Quiero ir yo.
Su padre la miró largamente. —La víspera de vuestra boda.
—Precisamente por eso.
Nikolaus cerró los ojos durante un instante. Después asintió con resignación.
—Haré preparar el carruaje.
—Gracias.
Maria comenzó a subir las escaleras.
—Maria.
Se detuvo.
Su padre permanecía abajo.
—¿Lo amas?
No necesitó preguntar a quién se refería. Maria apretó el pasamanos. Podría haber mentido, habría sido más fácil. Pero toda aquella mañana parecía haber sido construida precisamente para terminar con las mentiras cómodas.
—Sí.
Nikolaus bajó la mirada. Maria añadió:
—Pero eso no significa que deba casarme con él. Su padre volvió a levantar los ojos. Ella miró la esmeralda.
—Y querer a Herzfeld tampoco significa necesariamente que deba casarme mañana con él.
—Entonces ¿qué significa algo?
Maria permaneció unos segundos en silencio.
—Eso voy a averiguar.
Continuó subiendo.
Media hora después, el carruaje abandonó la casa Klein.
Maria iba sola en el interior, acompañada únicamente por una doncella que ocupaba el asiento exterior junto al cochero.
No había vuelto a ponerse el anillo, lo llevaba dentro de un pequeño bolso cerrado entre sus manos.
Durante todo el trayecto sintió su presencia.
Las calles de Viena avanzaban al otro lado del cristal mientras ella intentaba ordenar pensamientos que llevaban demasiado tiempo negándose a ocupar un lugar definitivo.
Johann la amaba, ya no podía dudarlo. Lo había dicho antes, pero aquella mañana había hecho algo mucho más difícil que decirlo. Había aceptado perderla.
Maria apoyó la cabeza contra el respaldo. Cerró los ojos. «Si le digo que quiero casarme mañana con él, ¿qué hará?» «Me marcharé.»
No había dramatismo en el recuerdo. Solo la respuesta.
Me marcharé.
Y lo había hecho. Se había ido.
Y Maria descubrió que aquella ausencia libre pesaba más que todas las veces anteriores en las que Johann había desaparecido por miedo.
Porque esta vez no huía, se apartaba. Por ella.
Abrió los ojos. No. No podía pensar así.
No ahora. Johann le había pedido exactamente aquello; que no pensara en él cuando hablara con Herzfeld.
Maria casi sonrió ante la imposibilidad de la petición.
El carruaje comenzó a reducir la velocidad. Reconoció la calle, después la fachada, la casa de los Herzfeld. Sintió miedo. Un miedo distinto al que había sentido cuando vio llegar a Johann. Este no nacía de aquello que podía perder, sino de aquello que podía destruir.
El carruaje se detuvo. Maria permaneció sentada unos segundos.
La mano buscó el pequeño bolso. Dentro estaba el anillo.
Herzfeld no había hecho nada malo, no había llegado tarde, no había huido, no había convertido su vida en un campo de batalla.
La había tratado bien, había confiado en ella, y mañana esperaba casarse.
Maria descendió. El mayordomo la reconoció inmediatamente y la sorpresa en su expresión fue tan ligera como permitía su profesión.
—Señorita Klein.
—Necesito ver al marqués.
—Naturalmente. ¿La esperábamos?
Maria sostuvo la mirada.
—No.
El hombre comprendió que aquello no era una visita ordinaria.
—Avisaré al señor.
Maria entró. La casa estaba llena de flores. Aquello fue lo primero que vio. Flores preparadas para mañana, para su boda. Sintió una opresión en el pecho. Pocos minutos después escuchó pasos. Herzfeld apareció al fondo del salón y sonrió al verla. Una sonrisa auténtica, abierta. Casi feliz.
—Maria.
Ella sintió que algo se rompía dentro de sí.
Porque Johann tenía razón, no había un villano al otro lado de aquella decisión.
Sólo había otro hombre que la quería. Herzfeld se acercó.
Su mirada descendió casi de inmediato hacia la mano izquierda de Maria.
La sonrisa desapareció lentamente. Sus ojos regresaron a los de ella.
—¿Qué sucede?
Maria apretó el bolso entre las manos. Durante un instante no consiguió hablar. Herzfeld la observó. Y comprendió antes de que ella dijera una sola palabra que aquella visita no tenía nada que ver con los preparativos de la boda. Maria respiró profundamente.
—Necesito hablar contigo.
Herzfeld permaneció completamente quieto. Después señaló el salón.
—Entonces hablemos.
Maria entró. Y por primera vez desde que todo aquello había comenzado, no supo qué vida encontraría al volver a salir.